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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Welcome

jueves 1 de julio de 2021
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Machado calculó el espacio con las dimensiones del auto y viró el volante hacia la derecha, volvió a girarlo retrocediendo y así hizo varias veces hasta que pudo estacionarlo. Silenció la voz de Perales en la emisora: “…¿y cómo es él, en qué lugar se enamoró de ti, de dónde es, a qué dedica el tiempo libre?, pregúntale…”. Le preocupaba que alguno de sus compañeros lo hubiera seguido; no le convenía mostrar su pedazo del pastel. Por si las moscas, avisó por radio que pasaría por su casa a dejar unas bolsas de comida. De hecho no eran bolsas, eran bolsos; bolsos de mucho espacio para guardar cientos de cosas, aunque en esta ocasión no eran víveres. Se sintió todo sudado. Afuera, el sol hacía su mejor show. Examinó su arma, una Taurus TS9 de diecisiete tiros, un imponente pedazo de polímero y acero, color negro mate con permanente olor a pólvora, la introdujo nuevamente en la incómoda funda; la cercanía entre ella y la axila le producía un terrible ardor, pero el sacrificio lo valía. En eso también le vino un picor insoportable en los bordes del ano y comenzó a rascarse. “Qué ladilla con Yasmeilis y su comedera de dulces, vale”. Tenía varias noches comprando bombas, profiteroles y otro coñazo de tortas que ni sabía de qué eran pero de los cuales también participaba en su degustación, todo por culpa de ella y su maldita debilidad por los productos de panadería.

Antes de presionar el mecanismo de la puerta, miró detenidamente a ambos lados, a todos lados. Nadie en el vecindario sabía lo que llevaba, pero sí que era un detective de la división antidrogas y eso parecía predisponer a los curiosos, sobre todo a la vieja Auristela, una doña que podría hacerle la competencia a los periodistas del New York Times. Era fácil notarla en la ventana de la sala que daba a la calle disimulando detrás de una vieja cortina; por eso nunca se dejaba puesto el chaleco ni el carnet de identificación al llegar a casa, tampoco discutía con Yasmeilis en la calle o andaba con bolsas transparentes. No era porque le importara realmente el qué dirán, a esas alturas del partido ya no podía creerse el gran señor, pero podía apostar lo que llevaba en esos maletines a que casi todos los venezolanos estaban en algún tipo de corruptela. Era una vaina lógica, ¿quién podría vivir hoy con un salario mínimo menor a los cuatro dólares mensuales?, menos un policía. Era verdad que, en cierto punto de su vida, el hijo de la maestra Fátima había poseído cierta reputación de intachable, pero fue cuestión de tiempo para que sus dioses comenzaran a caer del altar y sus alas se deshojaran como las plantas. Que el comisario Barrientos, el principal de todos sus ídolos, revelara su pérfida naturaleza, fue tremendo para él. Descubrir que su fortuna engordaba gracias a las incautaciones en los famosos operativos contra el crimen organizado, donde su imagen afloraba ante las cámaras junto a peligrosos narcotraficantes, sin duda esa vaina afectó sus convicciones. Simplemente no vio salida. Estar allí, en cada misión, disfrutando del caché de pertenecer a la división más jodida de la policía, implicaba aceptar los términos de un acuerdo de confidencialidad.

Era de esperarse, como que dos más dos son cuatro, que la vida de Machado diera un giro. Que lo añadieran al “selecto equipo” de Barrientos le forjó incontables ganancias, eso sí. Pero en el trascurrir, todo se fue desvirtuando. Hasta los entrenamientos fueron cada vez menos exigentes, deviniendo en un bochinche de tragos, dominó o incursiones a los antros de la Baralt. Por esa época también un loco empezó a eliminarlos de muy mala manera. Aparecían desmembrados, sin órganos, convertidos en murales humanos, una vaina asquerosa. Como si el asesino quisiera imitar a los enfermos que recrean en las películas gringas. Machado sospechaba del comisario y pensaba que él, más que ningún otro, tenía la chifladura y los recónditos motivos para hacerlo. En primera, porque siempre era quien informaba los decesos, ansioso de mantener la tesis de que los hombres de ElGato (nuestro último capo puesto tras las rejas) no habían sido del todo eliminados y andaban por ahí jodiéndonos o buscando la manera de hacerlo. Pero lo que Machado advertía era la forma en que la codicia y la propia droga habían transformando al jefe. Por eso, y por la fuerte sospecha de que el próximo en ser eliminado era él, tuvo que adelantarse, ni que fuera pendejo. No se sorprendió cuando el resto del grupo, en lugar de impedírselo, acabaron por rematar a Barrientos. La propia Baloa, la marimacha que el comisario siempre elogiaba por sus habilidades con los explosivos, fue la primera en molerlo a balas. Eso le produjo una triste impresión a Machado, y se dio cuenta del daño moral que Barrientos le había hecho a la división.

No se asombró de que alguien lo apuntara, sino de quiénes se habían confabulado para hacerlo.

Salió del vehículo con los bolsos. Estaban muy pesados, de paso, pero procedió de la forma más normal posible. Empujó la puerta con el cuerpo para que cerrara, y activó los seguros. Al pisar el tapete de la entrada que decía Welcome, la puerta se abrió como si alguien desde adentro la impulsara. Qué extraño, usualmente Yasmeilis nunca dejaba la puerta abierta a menos que ella estuviera ahí mismo parada. Pensó que ella no sabía que vendría a esa hora y menos con el botín, ¿por qué dejaría la puerta abierta? Por puro instinto quiso soltar los tres bolsos en toda la entrada, para sacar la bicha, su Taurus, pero se arrepintió. Sobre todo cuando vio un vecino que salía de una casa y se le quedó mirando; lo bueno es que siguió su camino hasta desaparecer fuera del área. Entonces, ni modo, avanzó hacia adentro dando tímidos pasos, desbalanceado por el peso de los bolsos, hasta poder cerrar la puerta con un pie. No se asombró de que alguien lo apuntara, sino de quiénes se habían confabulado para hacerlo.

“¡Yasmeilis, ¿qué estás haciendo?! ¡Baloa, ¿qué vaina haces tú aquí?!”. Fue impresionante verlas juntas, nunca se lo habría imaginado. Yasmeilis, su amante, su mujer, la que había remplazado a su esposa un par de años atrás, estaba irreconocible encañonándolo con un revólver, mientras la negra Baloa, fornida y peligrosa, le aplicaba un amarre técnico con una soga. “¡¿Por qué hacen esta vaina?! ¡Mi amor, por Dios, qué te pasa, por qué te dejaste convencer por esta traidora! ¿Qué fue lo que te prometió? ¿Dinero?, yo mismo te lo puedo dar… ¡coño, déjame en paz, maldita negra, no me toques…!”. Baloa, sonriendo con sus dientotes de topo, le metió un artilugio de forma fálica en la boca, de los que usan las mujeres para autocomplacerse, y se lo sujetó con teipe de plomo dándole varias vueltas alrededor de su cabeza. Entonces tomaron los bolsos y, parándose un instante en el quicio de la puerta, se abrazaron delicadamente como cualquier pareja, y se jamoniaron. Luego, Yasmeilis, entre fría y risueña, alzó una mano y batió el manojo con las llaves del carro. “Y también nos llevamos esto, papito”, dijo con monería triunfalista mientras la otra vomitaba una carcajada.

Cinco minutos más tarde, Machado pudo volcar la mesita del recibidor, tomando uno de los vidrios para cortar las ataduras. Le pesó quedarse sin la plata, pero mucho, mucho más, el desengaño. Era tan desagradable sentirse abusado, tan jodido del corazón, que no tenía ni alma para pararse. Le daban ganas de vomitar ese beso, una vaina tan incomprensible, podía entender la existencia de cierta clase de relación, pero Yasmeilis, su mujer, tan femenina, tan hembra en la cama, era de un imposible imaginarla con una bicha tan ordinaria y bestia como Baloa. Gateó hasta un mueble al lado del minibar sintiendo la única lágrima fría y desquiciada que violaba su párpado, y llenó un vaso largo de cristal con güisqui. Fue como atenuar un gran incendio con una gota. Entonces, con una calma loca, marcó los dígitos de un celular… No se van a salir con la suya las perras estas, pensó. Del otro lado, el sucesor de ElGato apuntaba sobre un papel y agradecía el paradero de los tres millones de dólares. “Sí, seguro que antes de irse de Caracas pasan por casa de Baloa, la negra tendrá que buscar sus vainas, me imagino, sí, en los Guarataros de La Vega, anota la dirección… Claro, yo lo que te pido es una vaina, no me toques a la morena, a esa la jodo yo, sólo me la amarras bien y la dejas allí tranquilita que yo la paso buscando; ahora, con la negra, con la mierda esa, puedes hacer lo que te venga en gana…”.

Axel Blanco Castillo
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