Lecturas de poesa en apoyo a afectados por el volcn en La Palma

Saltar al contenido

Metahumanos

sábado 4 de septiembre de 2021
¡Compártelo en tus redes!

Se ajustan los micrófonos mientras la música del programa transcurre. Margaret Cárdenas lo ve con una dulce sonrisa y hace una seña con la mano. Más allá de las cámaras, alguien grita: ACCIÓN.

—Hoy tenemos al señor Carlos Sosa. Su fama de defensor de los inocentes crece en las calles. ¿Qué desea decirle a toda esa gente que lo ve por televisión?

—No me gustan las entrevistas, señorita. Dejo claro que lo hago sólo por lo convenido antes de la trasmisión. Aunque me gustaría aprovechar para desmentir las sandeces que se dicen sobre mí…

—¿Quiénes lo dicen?

—Bueno, algunos periódicos y programas de televisión.

Algunos dicen que usted es el portador de una clase de poder, ¿eso es cierto?

—¿Puede mencionarlos?

—No creo que le convenga…

—¿Está acusando de algo a la producción de este programa?

—Mire, no he venido a buscar altercados, sólo quiero que me haga las preguntas para salir de esta vaina.

Ella lo fulmina con los ojos y sonríe mirando a la cámara.

—Algunos dicen que usted es el portador de una clase de poder, ¿eso es cierto?

—Yo no lo llamaría poder, es una especie de don que me hace presentir el mal.

—¿Puede dar un ejemplo a la audiencia?

Carlos puso expresión de sorpresa.

—¿Ahora mismo?

—Por supuesto, señor. Claro, si es capaz de demostrar lo que dice.

—En este momento no es posible. Es más, no puedo controlarlo, cuando viene viene… y el sobresalto y las imágenes se dan porque en breve se producirá algo malo.

—Bueno, díganos un caso que haya resuelto.

“Héroes y degenerados”, de Axel Blanco Castillo
“Metahumanos” es uno de los cuentos incluidos en Héroes y degenerados (2019), libro de Axel Blanco Castillo. Disponible en Amazon

—Por ejemplo, ayer en un autobús se montaron dos sujetos que pensamos eran buhoneros. Brincaron el torniquete con esa habilidad callejera, usted sabe… uno de ellos balbuceó un palabreo que nadie supo traducir inicialmente. Mi corazón comenzó a saltar como loco y las imágenes a producirse… de inmediato, supe lo que pensaban… Uno de ellos sacaría un arma y le volaría la cabeza al chofer, luego a los que se resistieran al robo.

—¿Y qué pasó?

—Me acerqué al que tenía el arma y le apreté un brazo con mucha firmeza. Le dije que sabía que tenía la Beretta de un comisario de policía. Que si no se bajaba de la unidad con su cómplice, todo terminaría muy mal para ellos. Por supuesto, el hombre se puso muy nervioso porque yo sabía lo que pensaba y enseguida le avisó a su compinche que debían bajarse de la unidad.

—Muy interesante.

—Sí, nadie me engaña cuando oculta algo que pueda afectarme. A veces, sólo a veces, cuando el peligro sobrepasa toda lógica, puedo ver cada idea de sus mentes. Claro, sólo por cuestión de segundos… Incluso ahora podría leer la suya, si quiere…

Margaret carraspeó fuerte, disimulando el proyectil que estaba a punto de lanzar.

—Eso no es completamente verdad, ¿o sí, señor Carlos?

—¿Qué?, disculpe, ¿cómo dice?

—Eso de que nadie lo engaña. Una fuente nos contó un episodio que ocurrió hace dos semanas en un banco…

La frente de Carlos se llenó de puntitos de sudor que traspasaban la fina capa de maquillaje.

El sobresalto y las imágenes casi nunca me fallan. Y sólo contar con esta habilidad en esta Caracas tan peligrosa es ya una ventaja. ¿No lo cree?

—En la cola de la taquilla le gustó una chica, ¿cierto?… estaba justo delante de usted. Se la describo: nariz fina, cabeza rapada por un lado y por el otro, largo y rubio. Vestido marrón muy ajustado, con escote en la espalda que dejaba expuesto un gran delfín multicolor. Usted no paraba de hacerle comentarios para buscarle conversación. Llegó al punto de intercambiar números telefónicos y quizás hasta le propuso una cita… Usted estaba avorazado, señor Carlos, ¿no es así?, pero el ensueño se disipó cuando su diosa alzó un arma llegando a la taquilla, dio dos tiros al techo, y lanzó un bolso para que lo llenaran de billetes grandes. Se escucharon detonaciones en otros puntos. Sus cómplices gritaron que todos se lanzaran al piso, ¿lo recuerda? Y usted no pudo predecirlo. Al parecer sus facultades se esfumaron. Entonces no es cierto eso de que sus dones son infalibles.

—No, eso no es cierto, ¿quién se lo dijo? Eso no es totalmente la verdad… me gustaría conocer la fuente que se lo dijo.

—No se extrañe, hay más videos, y muchos lo han bajado por las redes sociales. No se puede negar que ha salvado personas, señor Carlos, pero ese día algo le falló.

—No, usted miente, señorita, eso no es así. Esas imágenes deben estar trucadas o algo.

Margaret lanzó una mirada encubridora a los ojos de su entrevistado y sonrió socarronamente.

—No lo siga negando. Su don es bastante inestable para ser confiable.

—No, yo… en realidad lo que quise decir… es que el sobresalto y las imágenes casi nunca me fallan. Y sólo contar con esta habilidad en esta Caracas tan peligrosa es ya una ventaja. ¿No lo cree?

Carlos metió una mano temblorosa en su chaqueta y sacó un cigarrillo.

—Disculpe, pero no puede fumar aquí.

—Ah, sí, es verdad que estamos en esta mierda de…

—Cuidado, estamos frente a millones de televidentes, señor Carlos.

—No tiene que decirlo, señorita, lo comprendo perfectamente. Disculpe. Mire, voy a llegar al punto, le diré lo que me llevó a usar mi don con las personas.

—Aleluya, justo lo que esperan los televidentes…

—Hace un año leía el periódico y me alarmó la cifra de los decesos por asalto. Las fotos eran espantosas. Aquí en Caracas, los malandros matan por tener, pero también por no tener. Por las cosas más imbéciles asesinan a la gente en este país del carajo.

—Señor Carlos, recuerde la censura.

—Claro, claro, disculpe, ¿puedo seguir hablando?

—Por supuesto, es por eso que está aquí, ¿no?

—Bueno, me sentí un villano por tener este don y sólo usarlo sólo para mi satisfacción. Pensé, pobre gente, Dios mío. Muerta sólo por resistirse a que le quiten sus vainas y yo aquí guardándome esto… Entonces decidí irme a las calles y alertarlos minutos antes de producirse un atraco o un secuestro, o que alguno se metiera por una calle infectada por esas ratas humanas. No lo dude ni por un momento, señorita Margaret, esta vaina me ha funcionado.

—Bueno, otra más, ¿se considera un metahumano?

Carlos lanzó una graciosa carcajada que daba más gracia por los movimientos de su prótesis al abrir la boca.

—La verdad esa vaina me dan unas ganas de reír, señorita. Todos sabemos que los metahumanos no existen sino en las historietas o en las películas de Marvel. Yo, por mi parte, me considero un hombre con algo de ventaja sobre el resto de los hombres, eso es todo.

—Ah, sí, ¿y qué me dice de usar, por ejemplo, un supernombre?

—Es un chiste, ¿verdad?

—Bueno, no sé…, usted dice que no es un superhéroe, ¿entonces por qué trajo esa máscara?

Le molestó tanto que la presentadora adivinara sus pensamientos que llegó a dudar que fuera normal.

—No, lo que pasa es que no quiero que la gente me reconozca en la tele.

—Pero señor, muchos ya han visto su rostro. Por qué cree que supimos dónde ubicarlo. La gente a la que ha salvado sabe quién es usted. ¿Por qué no se la quita? Vamos, no es un delito ser un súper…

—No puedo.

—Ahora no me diga que tiene miedo a los televidentes. Si ya dio el paso más fuerte, presentarse aquí, en televisión.

—La verdad, entre usted y yo, no quiero que alguien en especial me reconozca.

—¿Se refiere a la chica del banco?

Si Carlos tuviera rayos X, la hubiera fulminado con la vista. Le molestó tanto que la presentadora adivinara sus pensamientos que llegó a dudar que fuera normal. Pero su silencio lo hizo tan evidente que…

—Entonces es por ella; ay, por Dios santo, señor Carlos, disculpe.

Lo dijo con esa sonrisita tan pícara que a él le molestó más la disculpa.

—Bueno, señorita, respete mi decisión, por favor… yo no voy a quitarme esta máscara y punto.

—Okey, pero no se moleste, está bien, le haré la última pregunta para cerrar. Si la policía lo contacta… ¿estaría dispuesto a colaborar con ellos?

Carlos puso esa expresión de interrogante.

—En realidad, no sé qué decirle…

—Le haré otra porque no me contestó la anterior. Tras el robo a la entidad bancaria, ¿no ha visto más a su diosa?

Una cosa era que adivinara sus pensamientos respecto a Dayana, y otra era su empeño de relacionarlo con ella frente a todos, sobre todo porque se trataba de la loca que había robado el banco.

—La policía no ha capturado a los asaltantes, qué tendría yo que ver con esos criminales.

—Bueno, según la historia del banco usted se hechizó con ella, ¿o no es cierto?

—Bueno, fue una cuestión de momento, como lo haría cualquier hombre cuando ve una mujer bella, ¿por qué, qué insinúa, que puedo ser su cómplice?

—Sólo es un comentario, señor Carlos. Y ya hemos terminado. Muchas gracias por aceptar nuestra invitación a Enigmas Urbanos.

La cámara hizo un close up rápido sobre el rostro del entrevistado y luego se centró en la anfitriona.

—Gracias a todos por su preferencia y pueden seguirnos en nuestras cuentas Instagram, Twitter y Facebook. Para la próxima semana, seguimos buscando a los metahumanos. ¿Existen en realidad los metahumanos?, ¿están en nuestras calles?, ¿de dónde vienen?, ¿por qué quieren ayudarnos? Hasta la semana que viene por el canal 23.

Carlos salió molesto del canal. Se quitó la máscara y la lanzó en un container. Pensaba en el abuso de algunos periodistas, esa vaina invasiva que usan para obtener la respuesta que quieren. Prendió un cigarro y siguió directo a su casa. No estaba de ánimos para salvar vidas. Pero no se arrepentía del todo por la entrevista. Fue inteligente hacerse el duro al principio y pedir un chequecito antes de aceptar. Porque si no, sería como otros pendejos que se conforman sólo con salir en televisión, como si fuera la gran cosa.

Llega a la puerta del departamento y la abre. Escucha el agua de la ducha caer incesante y una voz seductora y muy femenina decirle: “¿Llegaste, papito?”. Ansioso se quita la ropa sudada y camina hasta el baño. El estrés se disipa enseguida y se le dibuja una sonrisa guasona cuando la ve. Comienza a besar el delfín multicolor de su espalda.

Axel Blanco Castillo
Últimas entradas de Axel Blanco Castillo (ver todo)