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Sueño americano

jueves 9 de septiembre de 2021
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Era un buen plomero, pero en su pueblo de la sierra hidalguense en aquel 2008 había muy poco trabajo. Su familia pasaba hambres. Harto de la miseria, microempleado, Rufino salió de su pueblo a sus veintitrés años dejando esposa, dos hijos pequeños, madre y hermanas, para buscar lo que suele llamarse eufemísticamente el “sueño americano”, y que en el diario trajín tiene mucho de pesadilla. Salvo unos primos en Oaxaca, no tenía a nadie. En Estados Unidos, después de huir de la migra aquí y allá, pudo establecerse en Seattle y, luego de ejercer varios trabajos, lo consiguió de plomero, y era tan laborioso y eficaz que sus patrones lo tenían como el trabajador estrella. “Tienes manos indígenas”, le decía como gran elogio un colega, que venía del empobrecido norte zacatecano.

Rigurosamente Rufino enviaba cada mes dos tercios de remesa a la familia, que dependía totalmente del envío para la manutención de la casa y el colegio de los niños. Él vivía apretadamente pero las cartas de familia, llenas de afecto y gratitud, lo ponían muy contento. Hacia 2015 se enteró, con un profundo dolor que le duró meses, de la muerte de su madre. La suegra se fue a vivir a su casa para ayudar a su esposa e hijos.

En Seattle, se hizo de un grupo de amigos caribeños y centroamericanos, y hablaba, como todos, un mal inglés, pero entendía el idioma para llevar eficazmente su trabajo.

Algunos que lo vieron caminando en la calle lo reconocieron y preguntaron si pensaba quedarse aquí.

Durante doce años no volvió a su pueblo porque, como indocumentado, temía no entrar otra vez a Estados Unidos, pero en abril de 2020, cuando la pandemia del Covid-19 cundía en todo el mundo, y había visto morir a la mitad de sus colegas y a varios de sus amigos, contó sus ahorros y escribió a su esposa que se regresaba al pueblo hidalguense. Para su desengaño, para su dolor, contestaron su esposa y su suegra que era un mal alma, que no podía hacer eso, que la familia vivía sólo de lo que él enviaba, que sus hijos ya estaban en la preparatoria, en fin, de qué iba a vivir la familia de ahora en adelante.

Seis meses más tarde, mientras Estados Unidos se convertía en el principal país con fallecimientos en el mundo, de quedarse solo y sin empleo, no tuvo otra opción: regresar al pueblo.

Luego de tres días, viajando en autobús, llegó. Algunos que lo vieron caminando en la calle lo reconocieron y preguntaron si pensaba quedarse aquí. Contestaba en sentido afirmativo.

El pueblo había crecido. Al acercarse, vio frente a su casa corretear una niña y un niño de tres o cuatro años. Se quedó paralizado. Vio salir una mujer. Pese a que había engordado, que ya tenía canas, supo que era su esposa. Estuvo a punto de correr y abrazarla, pero en ese momento la señora gritó a los niños que ya era hora de comer.

—Ahorita vamos, mamá —dijo el niño.

Detrás de ella salió un hombre moreno y fornido como de cuarenta años, y detrás de él, como entre sombras, identificó a su suegra.

El hombre gritó:

—¡Julio, Rosenda! ¡La mesa está servida! ¡Los está llamando su madre! ¡Obedezcan!

Cuando los vio entrar en la casa, se quedó unos minutos inmóvil, luego dio media vuelta y se dirigió de nuevo a la estación de autobuses. Tal vez lo mejor era buscar a los primos en Oaxaca.

Ya en el autobús, sin dejar de llorar, lamentó no haber visto, siquiera de lejos, a sus hijos adolescentes.

Marco Antonio Campos
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