Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Una imagen incompleta

sábado 16 de octubre de 2021
¡Compártelo en tus redes!

No son pocas las habladurías que tejen el recuerdo de Antonio Cardona. Hay quienes dicen que decidió volverse loco. Tomen nota: decidió, es decir, como acto de voluntad consciente.

—¿Decidió? Tonterías, Juan, nadie puede elegir algo así.

—Te sorprenderías de lo que uno es capaz, Ramona…

—Pues yo creo que el escritor muy cuerdo nunca estuvo. Aunque claro, después de semejante tragedia, como para no perder la cabeza. ¡Madre mía, pobre hombre!, si hasta dejó de escribir. Se puso a pintar sin parar, si es que a eso que hacía se le puede llamar pintar. ¡No veas qué cuadros! Fue Luisito quien…

—¿Quién es Luisito?

—El del estanco, Juan, el del estanco. Escucha: desde que Antonio volvió a instalarse en el pueblo, apenas salía de casa. Después del pésame y las correspondientes atenciones, Juanito empezó a llevarle el tabaco. Uno de esos días se encontró su piso casi sin muebles, había quitado la mesa del comedor, los sillones, las sillas, todo. Invadió el lugar con lienzos, que, por cierto, de artísticos tenían lo que yo de rusa, no eran más que rayajos desordenados, sin sentido.

Me abrió la puerta sin pronunciar sonido, hizo una pequeña mueca que interpreté como sonrisa, y se quedó de espaldas mirando por la ventana del salón.

—Ramona, eso se llama arte abstracto, y algún sentido tendrá, mujer, que tú no lo veas es otra cosa; de todas formas, ¿en qué momento fuiste tú a casa de Antonio?

—Ya salió el listillo, tú habrás leído unos cuantos libros, pero yo tengo el sentido común que a ti te falta. Que fuera un escritor brillante no le hace bueno en todo, ahora resulta que un par de trazos negros es arte, anda, anda… Al tema, ¿por dónde iba? Ah, pues eso, que Luisito naturalmente se quedó preocupado, le preguntó si había comido (porque tenía la cocina impoluta), y el otro ni caso, absorto con sus pinceles. El chico, consternado, me lo contó a mí. Que qué hacer, que si conocíamos algún familiar o amigo suyo. Qué va, le dije, si la única familia que le quedaba era su mujer y su hija… y de sus amistades de Madrid qué íbamos a saber nosotros, en fin, fui a visitar a Antonio para verlo con mis propios ojos. Fue terrible. Me abrió la puerta sin pronunciar sonido, hizo una pequeña mueca que interpreté como sonrisa, y se quedó de espaldas mirando por la ventana del salón, con las manos cruzadas por detrás y sin moverse un milímetro. No se inmutó por mi presencia. Así que, sí, vi sus horrendos cuadros, y luego fui a echar un ojo a ver si tenía algo de comida, y para mi sorpresa la nevera estaba a reventar.

—Así que para hacerse la compra sí salía de casa.

—Eso parecía, pero muy raro todo, Juan, no me cuadraba. Para todo esto no había cambiado de posición. Le propuse prepararle algo de comer, y con un hilo de voz me dijo que no me preocupara, que “Florentina (la que le hacía la limpieza) se encargaba”. Ya me iba cuando vi un cuaderno tirado en el suelo, con las hojas en blanco, lo recogí y aproveché para animarle: “Antonio, ¿sabe usted que todo el pueblo espera ansioso a leer lo próximo que escriba?”. Por primera vez se dio la vuelta y me miró desorientado, como sin poder enfocar la mirada, y me suelta con una voz más firme: “La omnipotencia de las palabas es una falacia, que di por cierta toda mi vida. Ahora sé que existen dolores que las queman vivas”.

—Joder…

­—Salí de ahí con un mal cuerpo que ni te cuento. Y esa fue la última vez que lo vi. Poco después me enteré de que ese mismo día, por la tarde, fue a verle Florentina, la supuesta chica que le hacía la compra. Pues resulta que hace veinte años que tiene no tiene contacto con Antonio; trabajó para ellos antes de que alcanzara la fama y se fueran a vivir a Madrid, pero desde entonces nada. La chica se enteró del accidente por el periódico y por eso vino. Contó que lo vio salir por la puerta del portal de casa con la camiseta manchada de pintura y una maleta en mano. Ella cree que ni la reconoció, tampoco pudo entablar conversación porque el otro le dijo que estaba con prisas de llegar a misa. Vamos, que alucinó a la tal Florentina o fue lo que me dijo para que lo dejáramos en paz. Y luego, él, ateo acérrimo pisando la iglesia por primera vez, a sus sesenta y tres años. ¿Cómo te quedas, Juan?

Me contó que en la cocina estaba toda la comida de la nevera desperdigada por el suelo. Y dentro del congelador había una fotografía de su mujer y su hija, nada más que eso.

­—Vete tú a saber lo que le pasaría por la cabeza, Ramona… y lo de la misa no lo veo tan ilógico, cuando no te queda nada, a algo hay que aferrarse. Pero ¿acaso a alguien le consta que llegara a ir?

—Sí, sí, para que veas, de eso sí hay testigos. Lo vio entrar el padre Miguel, y llevaba una maleta.

—¿Y quién se dio cuenta de que se había ido de casa?

­­—Luisito, que volvió como de costumbre a llevarle la cajetilla de cigarros. La puerta estaba entornada, los lienzos cubiertos con telas y todo limpio; los pinceles en su sitio, la cama bien hecha, y el armario de su cuarto medio vacío con una que otra prenda. Pero la cocina, dios santo, me contó que en la cocina estaba toda la comida de la nevera desperdigada por el suelo. Y dentro del congelador había una fotografía de su mujer y su hija, nada más que eso. ¿Qué opinas? No me irás a decir que algún sentido tendrá, eres capaz.

­­—No sé, Ramona, no sé… Si lo piensas, que la locura posea su propia lógica puede no ser tan descabellado.

Hoy han pasado dos meses desde que Antonio Cardona salió de su casa para no volver. Algunos vecinos murmuran que Ramona llamó a los servicios sociales y lo internaron en un sanitario. Otros, que antes de llegar al pueblo le habían diagnosticado demencia en Madrid. El padre Miguel también tiene su teoría: Hizo un pacto con Dios. Dejó de comer como previa ofrenda al Señor: abrió la puerta a la locura (el completo olvido) y a cambio, Él se llevó su sufrimiento.

Por otra parte, están los que dicen que todo lo anterior es cierto. Y los que afirman lo contrario.

También hay rumores de que vive en una aldea del norte, con una tal Florentina, y que se dedica al campo. Y a pintar.

Alicia Trujillo Aragón
Últimas entradas de Alicia Trujillo Aragón (ver todo)