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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

No apagues la luz

jueves 2 de diciembre de 2021

A Juan Carlos Rodríguez, director de la Banda de Conciertos del estado Lara.

Tadeusz tenía el dulce olor del abeto blanco. Claro que podría destacar su inquietante flacura o sus ojos pequeños de aceituna o su piel rojísima. Podría pasar a hablarles —sin traicionar la justeza del retrato— de su voz ronca o de su pelo abundante y blanco o de la mínima cicatriz de su labio superior. Pero lo que más recuerdo de él es ese olor que soy capaz de reconocer a leguas por mi oficio de luthier. Tadeusz era polaco de nacimiento —aunque ya tenía más de medio siglo viviendo en Venezuela. Y era, también, un eminente concertista de viola.

Conocí al querido músico en Barquisimeto, hace diez años, en una gira que hicimos con la Orquesta Sinfónica Venezuela para la que él fue invitado de honor en la interpretación de dos piezas: el muy celebrado “Concierto para viola y orquesta” de Béla Bartók, y una obra del compositor británico Benjamin Britten, su “Doble concierto para violín y viola”. En esta última yo era responsable de la parte solista del violín, de modo que compartiría escenario con el maestro. El director de la orquesta, procurando que Tadeusz y yo congeniáramos antes de la puesta en escena, lo dispuso todo para que se nos asignara la misma habitación.

Recuerdo muy bien que el día en que llegamos a Barquisimeto había llovido. La tarde estaba fresca. Como el hotel era vecino de un centro comercial, fui allá con algunos de mis compañeros a fisgonear un rato hasta que, cansados, volvimos al hotel, justo a tiempo para la cena. Me llamó la atención no ver a mi colega polaco allí, pero luego le resté importancia al asunto seducido por la delicada oferta de manjares. Después de las chanzas acostumbradas en una reunión de cincuenta músicos, decidí que era hora de ir a descansar. Cuando abrí la puerta de la habitación, hallé a Tadeusz sentado de piernas cruzadas en una silla negra, revisando lo que parecían partituras. Serían poco más de las ocho de la noche. Y fue entonces cuando percibí su característico aroma de abeto. Lo saludé y él me correspondió con un gesto muy sutil de la cabeza sin levantar ni una vez la vista de sus papeles. En ese instante pensé que empatizar con él no resultaría sencillo. Sin embargo, a los minutos se disipó esa primera impresión.

El sueño me doblegó rápidamente. Apagué la luz. Fue entonces cuando me estremeció el grito.

Tomé una ducha y mientras me acicalaba frente al espejo me preguntó por el fabricante de mi violín, los años de ejecución que acumulaba, mi trayectoria con el instrumento. Hizo a un lado lo que leía y me interrogó de manera cordial, desde ese áspero acento suyo que matizaba con una sonrisa invencible y transparente. Me parecía inverosímil que el virtuoso ejecutante que había sido solista en el Royal Opera House, la Fenice o el Winspear de Dallas se interesara por el discreto historial de un concertista como yo, que apenas si había traspuesto las fronteras un par de veces sin salir nunca del continente.

Ya me incomodaba que el único tema de conversación fuera mi escueta biografía, así que, por mudar el foco de atención hacia él, le pregunté acerca de los escritos que revisaba cuando entré. Su respuesta no hizo más que aumentar mi vergüenza: “Leo la partitura de Britten”, dijo, cariñoso. ¿Cómo era posible que un tipo que había tocado esa obra decenas de veces en las mejores plazas del mundo estuviera leyendo la partitura como un nervioso debutante? “Siempre hay algo que aprender de Britten. Siempre hay algo que aprender”, añadió con tranquilidad.

En algún momento de mi asombro, Tadeusz —todo risa— se levantó de la silla y, de manera graciosa, comenzó a rascarse la espalda con la pared. Sus mejillas muy coloradas hacían más cómico el cuadro. Hizo unos pasos de baile, supongo que de alguna danza polaca, estiró los brazos. Luego de su curioso ritual advirtió que ya era tarde. Recogió sus papeles en una carpeta que colocó en la mesa de noche, y se acostó. Al poco rato ya se había dormido. Yo tomé mi libreta de apuntes, anoté algunas de estas cosas que ahora cuento, registré los encargos que me hizo mi hija. Revisé mi celular. Pero al cabo de unos minutos el rubor me hizo dejar el aparato y salté por mis partes de la obra del británico. Le eché un vistazo detenido al primer movimiento pero el sueño me doblegó rápidamente. Apagué la luz. Fue entonces cuando me estremeció el grito. Volví a encenderla y le pregunté qué pasaba: “No la apagues”. Miré hacia su cama y seguía en la misma posición en que se había dormido, como si no hubiera sido él quien profiriera ese clamor intraducible, esas palabras. Sólo por cerciorarme de que no había escuchado mal le pregunté:

—Disculpe, maestro, ¿usted dijo algo?

—Que no apagues la luz —ni siquiera se volteó a mirarme.

No dijo más. Yo me sentí un poco molesto al principio, pero, por respeto, obedecí, aunque sospechara que la noche se me haría larga. Y, en efecto, tardé en dormirme.

Cuando desperté, al día siguiente, ya Tadeusz había salido a tomar el sol. Bajé al lobby y le comenté lo sucedido a dos de los colegas más veteranos de la orquesta. Por el timbalero y una flautista, comprendí a qué se debía la extraña reacción de mi ilustre compañero de cuarto.

Fue tan sublime, tan surrealista todo, que al concluir el primer movimiento sentía deseos de levantarme y abrazar a Tadeusz, que parecía un dios orquestando la creación de un mundo.

—Tadeusz se vino a Venezuela huyendo de la guerra, en el 44 o 45 —dijo él—. Llegó aquí desnutrido, enfermo de tuberculosis o algo así.

—Lo que pasa es que vio cómo los perros nazis ejecutaban a su mamá y a su papá. Imagínate esa tragedia —dijo ella, conmovida—. Era apenas un niño. Unas tías lograron rescatarlo, no se sabe cómo, de aquel infierno.

—Y desde que ocurrió aquella desgracia Tadeusz nunca volvió a dormir a oscuras —acotó mi amigo.

En la tarde ya había olvidado el asunto. Nos esperaba un teatro Juárez a reventar. La magia que concitamos en nuestra interpretación de la obra de Britten sigue siendo uno de los más bellos recuerdos que atesoro de mi vida musical. Fue tan sublime, tan surrealista todo, que al concluir el primer movimiento sentía deseos de levantarme y abrazar a Tadeusz, que parecía un dios orquestando la creación de un mundo.

Después de esa actuación inolvidable no volví a ver al maestro. De hecho, casi no tuve noticias de él. Supe que sobrellevaba su soledad —nunca se casó ni tuvo hijos— agobiado por un cáncer pancreático. Algún concierto pro fondos se organizó hace unos años aunque yo no pude tocar porque ya había dejado el mundo de las orquestas para dedicarme enteramente a la luthería. Después de eso le perdí el rastro hasta esta tarde cuando me enteré, por un profesor amigo, de su muerte. Murió en su casita valenciana con la única compañía que mitigó un poco su soledad por más de sesenta años: su amada viola, esa joya de arce y abeto. Era su otro yo. Por eso esta noche escucho la versión que hizo Tadeusz de una sonata para viola y piano de Johannes Brahms en un cidí que me obsequió aquella vez. Ya mi esposa y los niños duermen. El sueño me va ganando. Apago las luces de la sala, también las de la cocina. Sigo escuchando al viejo. Apago la luz del baño, la de mi estudio. Afuera, en el porche, solitaria, dejo una lamparita encendida, para Tadeusz.

Orlando Yedra
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