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Casa robada

martes 22 de febrero de 2022

Me gustaba mucho nuestra casa. Mamá me contó que mi papá y mi abuelo la construyeron poco antes de que yo naciera. Ella sembraba las gardenias y buganvilias en el frente, mientras los hombres clavaban los maderos y levantaban las paredes. Al principio no era muy grande, pero cada año papá agregaba un poco más. Yo no quería que siguiera construyendo, en un patio grande se puede jugar bien a la pelota. No me importaba que el baño estuviera tan lejos, aunque fuera difícil aguantarse podía hacer pipí sobre las matas cuando mi mamá no se daba cuenta.

Me decían que esas paredes eran las de mi cuarto pero yo no pedí una habitación, me gustaba que mi cama estuviera junto al comedor. En las noches cuando mis papás se encerraban en su cuarto esperaba a que se quedaran dormidos para ir a comer algún plátano o pedazo de pan que hubiera quedado y luego salir por la puerta de atrás a jugar un rato. En el día no me dejaban entrar a la cocina, a mi mamá no le gustaba que jugara ahí. Se enojaba mucho cuando me ponía una caja de zapatos en la cabeza, que era mi casco, y giraba las rueditas de la estufa que eran los controles de mi nave espacial. Apenas sentía el primer coscorrón magullándome la caja y la cabeza, salía disparado al patio de atrás para jugar a otra cosa. Tenía cuatro años cuando me llevaron al cine a ver la guerra de las galaxias y pasé todo el siguiente año rogándole a mi papá que me comprara una nave, pero nunca lo hizo. En vez de eso robaba las pinzas para la ropa de los tendederos vecinos (mamá recogía las suyas) y armaba mis propias naves con ellas.

A lo que más me gustaba jugar era arrojar una pelota, de esas que son un poco más grande que la mano y rebotan mucho. La aventaba sobre el techo de lámina y corría pa’l otro lado a atraparla. El balón me lo quitaron cuando mamá sembró un nogal en la parte de atrás, me dijo que no quería que lo echara a perder como a sus rosales. Había muchas cosas a que jugar en la vieja casa, cuando la tuvimos.

Teníamos tanto espacio que mi papá, o el abuelo, no lo sé, habían invitado a una familia a vivir con nosotros.

En un ratito el fuego acabó con casi todo. Recuerdo a mi mamá llorando con la cara clavada en el pecho de papá mientras veíamos las flamas apaciguarse de a poco hasta que quedaron puras cenizas. Recuerdo la sirena de los bomberos y las ambulancias acercándose por las calles lejanas y a los vecinos corriendo con baldes de agua para apagar las últimas flamas. Sólo quedaron de pie las paredes de lo que iba a ser mi cuarto y el baño junto al arbolito recién plantado, sostenido apenitas por un palo y unos cordones. Ahí nos tuvimos que quedar pues no teníamos otro lugar a dónde ir.

Cuando pasó el tiempo la construimos de nuevo, pero esta vez era muy diferente a la casa donde nací. Las paredes no eran de madera, sino de ladrillo y cemento. No tenía las láminas empinadas por donde corriera la pelota, era una casa alta y cuadrada como la caja que usaba en la cabeza. Tenía cuartos suficientes para que cada uno tuviera el suyo y todavía sobraban, pero de todas formas seguíamos durmiendo todos juntos, en el mismo lugar donde iba a ser el mío.

Papá dijo que esa era una casa muy cara y no podíamos mantenerla. Teníamos tanto espacio que mi papá, o el abuelo, no lo sé, habían invitado a una familia a vivir con nosotros.

Los Silguero venían de muy lejos, lo sé porque hablaban con un acento chistoso. No debes burlarte nunca de su forma de hablar, ni molestarlos, es más, no te les acerques siquiera, me decía mi mamá después de ponerme un coscorrón. Yo no podía evitarlo, siempre me le acercaba, y es que me gustaba mucho verla. La señora Silguero era muy joven para que le dijeran señora, sus cabellos eran rubios y le gustaban mucho los libros. Llenó la sala con novelas, cuentos y muchos libros iguales que tenían números en las portadas. Se pasaba las tardes recostada en el sofá leyendo, esperando que diera la hora de hacer la cena, con sus cabellos como hilos de oro y plata colgando por un costado del descansabrazos. Un día, con mucho cuidado me atreví a arrancarle uno sin que se diera cuenta. Di el tirón y la pobrecita soltó un grito agudo retumbó en toda la casa. No alcanzó a verme, fui muy rápido para escabullirme. La que sí me vio fue mi mamá, que me llevó arrastrando de la oreja hasta la recámara donde dormíamos. Me prohibió con la cara colorada que me acercara a la sala cuando la señora Alondra Silguero se sentaba a leer. Lo decía muy en serio. Nunca había visto a mi mamá tan enojada como esa vez.

Me daba mucha tristeza verla tan sola, y no hacía muchas cosas aparte de leer. Su esposo, el doctor, no pasaba mucho tiempo en casa, salía temprano y no regresaba hasta en la noche. Un día el señor regresó con una sorpresa para Alondra pero yo sentí que era un regalo para todos. Abrió la puerta y entró corriendo un perro, café, chaparrito, con unas orejas enormes que arrastraba por la alfombra cuando olfateaba el piso como loco. Le pusieron por nombre Chocolate, pero le decíamos Choco. Al principio andaba libre por toda la casa y daba de brincos y corría en círculos cuando Alondra se acercaba a la cocina. A mamá nunca le gustaron los animales, y desde entonces casi no salía de la habitación. Creo que le daban miedo los perros y hasta los gatos. Cuando vio entrar a Choco se llevó la mano al corazón y se regresó muy triste a la recámara. Los perros escarban, me va a desgraciar las matas, le decía a papá, y él le explicaba que la familia podía tener mascotas si eso querían. Choco era muy juguetón, corría detrás de mí y una vez tiramos unas fotos y rompimos un florero que estaba sobre una mesa. Alondra vino corriendo desde la sala a su recámara muy asustada, yo me escondí debajo de la cama y sólo vio a Choco agitar la cola muy contento.

Yo no entendía por qué nos teníamos que esconder si la casa era de nosotros, por qué papá les tenía tanto miedo.

Ahora tampoco podía jugar con él, después del coscorrón me prohibieron que me le acercara para no causar más problemas. ¿Pero qué podía hacer yo si Choco me extrañaba? A veces se pasaba las horas ladrándome para que me le acercara mientras yo me quedaba quieto en un rincón viéndolo desde lejos para no molestar a nadie y que no me dieran más coscorrones. Sólo jugaba con él cuando lo amarraban al nogal de atrás, me subía a las ramas y le arrojaba nueces para molestarlo.

En aquel tiempo los días se hicieron muy aburridos, adentro no había mucho que hacer. Alondra se hizo el pasatiempo de hornear pasteles y galletas y, aunque me encantaba el olor que se sentía en toda la casa, no podía acercarme para no hacer enojar a papá. Alondra comía mucho y se puso muy gorda, pero todavía se veía bonita.

Mamá y papá se la pasaban encerrados casi todo el tiempo, no querían molestar a los Silguero para nada. Yo no sé cómo pasó, pero sólo podíamos disfrutar de la casa cuando los señores salían de compras o a pasear, cosa que casi nunca hacían. Una vez el señor y la señora Silguero se desaparecieron por dos días. Papá aprovechó para leer varios de los libros con los que habían llenado la sala, mamá les dio la vuelta a todas las cosas en la cocina, Choco se quedó afuera y yo aproveché que no había nadie para encender el televisor. Siempre soñé que tendríamos uno. Papá nos prometió muchas veces que lo compraría, pero nunca lo hizo. Veía las caricaturas a color, de héroes y muchachos con poderes, de robots que se convertían en carros y tortugas que peleaban con tipos malos en pijamas. Fue muy divertido hasta que oímos el carro estacionarse en la entrada y nos regresamos rapidito a la habitación.

Yo no entendía por qué nos teníamos que esconder si la casa era de nosotros, por qué papá les tenía tanto miedo. El señor Silguero tenía cara de enojón, pero mi papá era más fuerte y podría haberlo corrido a patadas si quisiera. Cállate guerco, no digas tonterías. Papá me daba de coscorrones y me decía que me callara cada vez que se lo decía.

La puerta de enfrente se abrió y recordé que no había apagado la televisión, me preparé para recibir otro golpe, pero no llegó, mis padres estaban atentos viendo a los señores entrar con un bebé. Esa sorpresa sí le dio gusto a mi mamá, y a papá lo mortificó mucho.

Decoraron y le dejaron un cuarto para él sólito. Para nada se te vaya a ocurrir acercarte a ese niño, me dijeron muchas veces. Le pintaron unos caballos en las paredes y sobre la cuna colgaron unos avioncitos de colores que daban vueltas. Le gustaba que le hiciera caras y jugara con él, se carcajeaba y se mojaba todo de babas. Yo lo mecía para que se durmiera y lo arrullaba en las noches hasta que una vez la señora Alondra me descubrió y pegó el grito en el cielo. Corrió directo a él y se lo llevó por el pasillo gritando el nombre de su marido. No me dijo nada, ni siquiera me volteó a ver. Mi papá estalló de cólera y me puso unos coscorrones y nalgadas que me dolieron hasta el alma, no me soltó en varias horas hasta que mi mamá lo apartó. Ya no lo hagas llorar, sólo empeoras las cosas.

No pasó nada más esa vez. El bebé se hizo un niño muy travieso, corría por todas partes y tiraba todo lo que alcanzaba al piso para después babearlo. A él nadie lo regañaba ni le decía nada, ni cuando mordió a Choco de una oreja. El doctor seguía trabajando todo el día fuera de casa y la señora Alondra puso un negocio de pasteles, así que le pagaban a una muchacha para que viniera a cuidar del niño. Ella sí que me caía mal. Una tarde que la señora Alondra salió con un pastel, me metí al cuarto del niño. A los Silguero les encantaba llenar de cosas las habitaciones; la sala con libros, la cocina con pasteles, las paredes con fotografías, la cochera de cacharros y el cuarto del bebé, con muchos juguetes.

Tenía de todo tipo; dinosaurios y carritos, rompecabezas, pelotas y libros, pero lo que más me gustaba eran unos robots que cuando le aplanabas a un botón, caminaban dando vueltas con luces de colores y haciendo ruidos de disparos. Estaba jugando con ellos cuando me di cuenta de que la niñera se me quedaba viendo desde la puerta, luego se acercó y mandó a volar el robot de una patada frente a mí. No me aguanté y le grité, aventé los libros y juegos que estaban en una mesita y salí corriendo de ahí, aventé una pelota a la pared y rompí una de las fotos. Mis papás vinieron corriendo a ver por qué tanto alboroto. Mi mamá me abrazó y me levantó, intenté explicarles pero no podía parar de llorar. Mi papá fue a ver qué era lo que había hecho, encontró los vidrios y el marco con la foto tirados en el suelo, se asomó a la sala y luego nos hizo una seña para que nos acercáramos.

Se fueron después de unos minutos y no volvimos a verlos nunca. Yo estaba muy contento con la casa para nosotros solos.

La muchacha cargaba al niño y hablaba por teléfono llorando con las manos temblándole, dándoles quejas de mí a los Silguero. Nos encerramos los tres en la recámara de atrás. Papá se tallaba la cara y mamá lloraba desconsolada, nadie contestaba mis preguntas ni me decía nada. Escuchamos azotar la puerta de enfrente. Ahora sí nos va a ir mal. Esto no nos lo van a pasar, decía mamá, ¡No te das cuenta de lo que has hecho, mocoso!, me dijo al fin mi padre.

Yo estaba muy enojado. ¡Me vale! ¡Esa mujer es una grosera, quiero que se vayan de mi casa, ya no los quiero!

Los señores regresaron más temprano que de costumbre. Alondra se quedó con el niño en la puerta mientras su esposo sacaba algunas cosas. Miraba a todos lados, buscándome quizás para darme una buena regañada y unos cintarazos. Yo no creo que fuera para tanto, su hijo hacía peores berrinches y casi nunca lo regañaban, pero conmigo se veía que estaban muy molestos. Se fueron después de unos minutos y no volvimos a verlos nunca. Yo estaba muy contento con la casa para nosotros solos. Jugaba con los robots y dinosaurios y me divertía corriendo por toda la casa, aunque a veces extrañaba a Choco.

Un día entró un ladrón a la casa. Era un hombre grandote con cara de corajudo que entró con un libro debajo del brazo y una veladora en la otra mano hablando bajito. A mí me dio muy mala espina desde que lo vi llegar. Vestía todo de negro de pies a cabeza, con un collarcito blanco en el cuello. Se metió a todas las habitaciones y nos corría de ahí apenas nos veía el muy grosero. Si nos íbamos a encerrar a alguna habitación, ahí iba él detrás de nosotros, cerrándonos el paso, hasta que no pudimos hacer otra cosa que huir de nuestra propia casa. Ya no tenemos un hogar, nos lo robaron. Quisiera poder disculparme con los Silguero pero ya no nos dejan pasar. No me gusta caminar por las calles de noche. A veces me subo a los árboles, alcanzo a ver el viejo árbol de nueces y me preguntó si Choco seguirá amarrado debajo y si algún día podremos regresar o encontraremos otro hogar.

Édgar Adán Rivera García
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