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Ella

jueves 31 de marzo de 2022

“Y al instante llegaron. Y tú, oh feliz diosa,
mostrando tu sonrisa en el rostro inmortal,
me preguntabas qué de nuevo sufría y a qué
de nuevo te invocaba”.
Safo de Mitilene, Himno a Afrodita

La tarde comenzó a refrescar y Jaime sintió la mejora en el ánimo de los transeúntes. Probó otro bocado de su tarta de limón carlota y deslizó un dedo sobre la pantalla de su teléfono. Sentado en una de las mesas junto a la acera en uno de los muchos cafés al aire libre de la ciudad, esperaba a que diera la hora y repasaba las fotografías de varias muchachas que aparecían en un artículo sobre las grandes promesas del ajedrez en México y Latinoamérica. Observaba sus caritas llenas de juventud, la proporción de sus ojos y labios, la forma de las cejas, y extendía las imágenes tanto como podía para apreciar cada detalle de sus orejas. Abrió una nota y escribió el nombre y ciudad de residencia de cada una de ellas. Bebió un trago del café que acababan de servirle y no pudo contener una mueca de disgusto por la bebida que momentos antes, con toda claridad, ordenó sin azúcar. Recordó los momentos junto a su esposa, cuando en el café de cada tarde solían confundir las tazas y bebían del café del otro.

Durante muchos años Erika y Jaime bebieron café y comieron pan dulce al caer el sol, hasta que la edad y las órdenes del doctor le impidieron (la mayor parte de las veces) probar los bocados dulces que tanto le gustaban a ella. Sentados en dos mecedoras de yute en el frente de su casa, platicaban sobre las nimiedades del día a día, o compartían el silencio, uno lleno de amor y solemnidad, con frecuencia mientras cada uno se hundía en las páginas de la novela que estuviesen leyendo, cada quien con su copia personal, en tanto la vista de Erika se los permitió.

Fueron casi cincuenta años de paseos por las veredas y las calles empedradas, de partidas de ajedrez junto a la hoguera cuando en el pueblo no se conocía otro deporte que no fuera el futbol o el tiro con pistola, de tardes lluviosas haciendo el amor, de discusiones que terminaban con gritos e inevitablemente eran seguidas de reconciliaciones cargadas de lágrimas y caricias que terminaban en abrazos de finales oníricos con los cuerpos sudorosos en el suelo. Fue Erika quien le enseñó el gusto por los pastelillos y postres mexicanos, pero nunca pudo convencerlo de tomar el café dulce. ¿Qué pensaría Erika de los cafés helados, espumosos y cubiertos de chocolate, de la infinidad de postres y golosinas que se servían hoy en día en las cafeterías de las plazas? Tal vez lo mejor sería no preguntárselo. Enterró a Erika veinte años atrás, un día que ya olvidó, en un panteón de Jalisco al que jamás volvió y no quería recordar. ¿Para qué? No tenía objeto pensar en ello y, sin embargo, no podía evitar volver al recuerdo de tanto en tanto.

Quería aparentar treinta años o menos, pero no estaba seguro de que sus esfuerzos bastaran.

Remembró los pésames de amigos y familiares, los indiferentes Lamento tu pérdida de conocidos o lejanos, seguidos de los invariables qué joven te ves y qué bien te conservas de cada reunión. Revivió los abrazos y llantos compungidos de sus cuñados, a quienes probablemente ya los hayan enterrado en la misma tumba de su hermana. No había vuelto a saber de ellos después de ese día, pero qué más iba a ser de ellos sino morir como todos. Jaime y su mujer nunca habían podido tener hijos y una vez que Erika falleció no hubo nada más que lo uniera a esa familia.

El reloj marcó diez para las cinco. Jaime terminó su carlota y se limpió con la servilleta, pagó la cuenta y cruzó la calle, dejando sobre la mesa, junto al café dulce, los recuerdos de hace veinte años. Se detuvo frente a la puerta del edificio, contemplando su reflejo sobre el cristal. Trató sin mucho éxito de aplanar el cabello que el viento le había levantado, acomodó su saco y abotonó la camisa hasta el cuello. Se había cortado el cabello y rasurado la barba para verse lo más joven posible. Quería aparentar treinta años o menos, pero no estaba seguro de que sus esfuerzos bastaran. Empujó la puerta al tiempo que abría el último botón de la camisa, pensando que eso lo haría parecer más joven y despreocupado. Pidió instrucciones a la recepcionista. Atravesó la galería de arte y dio vuelta a la izquierda en el pasillo al fondo, subió las escaleras rápidamente y se internó en la sala de eventos donde unas treinta personas estaban de pie alrededor de una mesa en el centro de la habitación, con el tablero y las piezas acomodadas listas para comenzar la partida que definiría al campeón estatal.

Un jovencito muy delgado, encorvado y de cabellos largos, miraba fijamente las piezas sentado del lado de las negras. Ema llegó un poco tarde; lo suficiente para hacer que se preguntaran por ella pero no tanto como para molestar a nadie. Lucía un vestido azul corto de falda holgada y tacones altos que remarcaban sus piernas torneadas. Sus aretes dorados con piedras coloridas iban a juego con la pulsera en su muñeca derecha. Era diestra. Caminaba y se contoneaba con un aire de superioridad, como el que sólo una bella mujer de veinte años puede tener y que dejó muy en claro cuando saludó a su contrincante, el cual torpemente no sabía dónde colocarse para las fotografías. El muchacho sudaba en exceso y evitaba la mirada de otros, concentrándose casi exclusivamente en el tablero. A su lado, Ema lucía imponente y gloriosa. El organizador del evento hizo las presentaciones pertinentes y dio lugar al encuentro. Ema se deslizó en el asiento con elegancia. Cruzó las piernas, tenía muslos fuertes. Centró los peones en las casillas y giró los caballos con delicadeza.

—Cuando gustes —le dijo Ema al muchacho, con voz suave pero tono enérgico, casi ordenándole con ojos penetrantes y los labios teñidos de un rojo intenso.

Jaime reconoció ese pequeño gesto, lo había visto miles de veces.

El joven activó el reloj y al instante todo el murmullo cesó. Sólo se escucharon el movimiento de las piezas por el tablero y el flash de las cámaras de reporteros de diarios locales. Ema hizo el primer movimiento llevando el peón de rey a E4, el muchacho hizo E5, Ema desarrolló su caballo en F3 y el rival hizo caballo C6. Fue en la tercera jugada que Jaime se interesó de verdad. Ema movió su peón a C3. La apertura Ponziani siempre fue una de sus favoritas. A partir de ese momento, Jaime no despegó los ojos de Ema. Siguió cada movimiento de su mano, del tablero al reloj, del reloj a la pluma y la libreta, tocando un instante bajo el mentón y de nuevo a una pieza. A diferencia de Jaime, el oponente de Ema no conocía bien las jugadas y, luego de caer en una celada, no pudo zafarse de los problemas, lo que lo llevó a entregar la partida cuando una mala posición y una torre de menos lo dejaron sin opciones. Ambos jugadores estrecharon las manos sellando la victoria de Ema y fue en ese instante que la chica tuvo un momento de espontaneidad pura. Jaime advirtió algo que disipó toda duda en su mente.

Ema ladeó ligeramente la cabeza hacia la izquierda con una leve sonrisa, lamió un poco su labio superior y acomodó el cabello detrás de la oreja, acariciándola unos instantes. Jaime reconoció ese pequeño gesto, lo había visto miles de veces. Lo vio en una plaza de la antigua Babilonia, en el palacio del maharajá en donde con un juego de ajedrez ganó la libertad de una doncella, lo vio en el rostro de un joven soldado persa que murió luchando contra las filas griegas, lo vio en una mujer que conoció demasiado tarde en las costas italianas, lo vio en los campos de trigo en el Medievo, en un rostro gitano, en una mulata de la Nueva Vizcaya, lo vio sin duda en una joven llamada Erika setenta años atrás y en muchas otras encarnaciones. Era ella.

La ceremonia concluyó sin mayores festejos con una formalidad seca y francamente tediosa. Jaime iba de un lado a otro esperando el momento de poder acercársele, con el corazón lleno de excitación y miedo, como cada vez que la volvía a encontrar. El lugar se vació poco a poco y Jaime dudó de ir tras ella, el primer encuentro siempre lo ponía nervioso. Ema se fue sosteniendo el pequeño trofeo acompañada de una amiga. Las siguió de lejos, las vio detenerse a apreciar una de las pinturas y cuando salieron del edificio las vio cruzar la calle para entrar en la cafetería al otro lado. Vio a Ema elegir la mesa en la que él había estado esperando y lo interpretó como una señal de que todo iría bien en esta vida. Se armó de valor y cruzó la calle, decidido a conquistarla una vez más.

Édgar Adán Rivera García
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