A Raúl Aray
in memoriam
I
Desde la última desgracia que devastó a nuestra familia ella no ha dejado de sentarse, día tras día, en el tronco que quedó de la tala que le propinamos al árbol de mango. Ella permanece inmóvil en el asiento que brota de esa tierra dura, propia de las áridas mesetas donde yace olvidado el pueblo de Santa Ana. Ahora mi abuela es una estaca que la muerte no puede arrancarle a la vida. No sé qué se empoza en su corazón, mi abuela sólo habla para comunicarse consigo misma, en zonas recónditas suyas, ya inaccesibles para mí.
En las entrañables tardes antes de la tala, mi abuela me llevaba a pasear por estos mismos caminos desolados, relataba anécdotas de la Guerra de Independencia, de las interminables revoluciones que arruinaron al país y de algunas extensas dictaduras.
De esas caminatas otra cosa quedó en mi memoria: el sonido que producían los taladros de perforación de pozos petroleros. Era un zumbido que estaba en todas partes. Mi abuela me decía que nuestro porvenir era magnífico, porque dependía de lo que extraían de esos pozos, y el país estaba hasta los tuétanos de esa sustancia. En aquel momento así sonaba la esperanza. Pero la esperanza se alimenta de engaños y no de decepciones. Esa palabra (esperanza), este país y su petróleo, son capas de un mismo espejismo.
Mi abuela se convirtió en estaca y yo en hombre cuando talamos el árbol que años atrás ella había plantado junto a su esposo e hijos, en una jornada ambientalista familiar. Ella recordaba siempre qué árbol había plantado cada uno de ellos. Su hijo menor, David, plantó el árbol de mango. Y con ese árbol fijaba también los límites de su propia historia, forjaba una forma de alcanzar su destino.
II
En 1968 ocurrió un accidente en un taladro en el campo Santa Rosa del Área Mayor de Anaco. Tres muertos dejó el reventón: el perforador, el encuellador y un cuñero. El perforador de esa cuadrilla era mi abuelo. Su deceso determinó el retiro de mi abuela. Ese mismo año ella arregló todo: renunció a su puesto de secretaria en una compañía petrolera en Anaco, y compró otra casa en un espléndido terreno en el pueblo de Santa Ana (a treinta kilómetros de Anaco).
Mi tío Luis se quedó en la casa de Anaco, contaba con trabajo estable y disponía ya de varias mujeres. Mi madre en esa época estaba embarazada, y a pesar de eso, continuaba buscando a mi itinerante padre en cualquier tugurio de Santa Ana, Anaco, Cantaura o El Tigre. Ella, no obstante los consejos de mi abuela, pasó casi tres años correteándolo, escudriñando lugares sórdidos, hasta que se cansó de eso, y de mí, y desapareció para siempre. Mi abuela, por su parte, todavía no mostraba las grietas que la vida se empeñaba en producirle.
Para mi tío Luis, de sus tantas mujeres una sola fue decisiva en su vida: una hermosa morena de quince años, hija de su padrino. Embelesado, estaba resuelto a llevársela de su casa. Retrasó la petición hasta que no tuvo más opción.
Mi tío Luis se fue con los familiares de la morena a la represa de El Chaparro; allí pasarían el día tomando ron, jugando dominó y comiendo carne asada. Cuando la caña comenzó a propiciar chistes, gritos y juegos de mano, mi tío soltó ante su padrino, sin matizar la conversación, la confesión del romance y la noticia del embarazo. El silencio se propagó bajo el inclemente sol de la tarde. Comprendió que aquel silencio escondía una violenta pasión, y que tal violencia era contenida por el mismo silencio que la retenía, en esa mudez residía su salvación. Sintió miedo, deseó ensordecer, llorar. Pero se contuvo. Miró al cielo y halló, sobre la vastedad de aquel silencio, un azul límpido, puro. Quiso absorber esa pureza, pero sentía que algo concluía.
Apenas mi tío entreabrió los labios se desató una feroz discusión que pronto se transformó en violencia. Uno de los hermanos de la morena, el que estaba encargado de asar la carne, esperó su momento y se integró con tal determinación que acabó rápido con la riña: clavó el cuchillo con firmeza en el torso de mi tío. Y esta lamentable historia hubiese terminado ahí si alguien no le hubiese insistido a mi abuela sobre la necesidad de un abogado. Esa misma persona le sugirió enfáticamente un hombre.
El abogado llegó a Santa Ana a los pocos días. Durante los primeros meses venía esporádicamente; luego, cuando los trámites hicieron más lucrativo su trabajo, alquiló una casita. La presencia del abogado llenaba de paz a mi abuela, le garantizaba que en algún momento se haría justicia. La tierna candidez de mi abuela, además de la natural obsesión por resarcir el delito, permitieron solapar una imperdonable humillación sobre su dolor.
El abogado planificó marcharse cuando notó que los recursos de mi abuela habían mermado tanto que ya no le permitiría seguir diluyendo el proceso en procedimientos absurdos. Y no se marchó cuando lo tenía previsto porque a una hermana suya, que pasaba los días bebiendo, fumando y revolcándose con muchachos del pueblo, la hallaron colgada en su habitación. Esa muerte permitió confirmar un rumor: la hermana del abogado era la madre de la morena.
III
El hijo menor de mi abuela, David, mujeriego y parrandero también, pasaba solamente los fines de semana en Santa Ana. La casa de mi abuela adquiría una atmósfera de júbilo, y aquello se llenaba de licores, música y comida. También se llenaba con algunos pleitos que él, por más que lo evitara, terminaba arrastrando. El domingo, en el transcurso de la tarde, la casa quedaba vacía. Mi abuela y yo evitábamos acercarnos para no reafirmar nuestra tristeza en la mirada del otro.
El amor descentra, desajusta, y cuando el amor se vive desde la obsesión, o desde el dolor, la persona puede extraviarse y no encontrarse más: desacoplar por completo los engranajes mentales que equilibran su conducta. David jamás se detuvo en las innumerables mujeres que había conquistado, pero con una pérfida mujer, insólitamente, quiso formar un hogar. Su conducta con ella era patética: incesantes manifestaciones de afecto acompañadas con obsequios, acompañadas también con penosas escenas de celos. Mientras, ella no perdía ocasión para insinuarse con cualquiera que llamara su atención.
En algún momento de mi vida, para aplacar el resentimiento, intenté comprender la elección que tomó David. Buscaba el rincón más solitario de la plaza para esconder mi aflicción. Luego entraba al bar de Eusebio, ese viejo era una suerte de cronista de pueblo, conocía la historia de cada familia, de cada suceso, de cada persona.
Una noche, al salir del bar continué bebiendo en el negocio de la Culebra. Yo, aunque jamás había tratado con esa señora, no era un desconocido para ella. Me recibió como si tuviera años esperándome. Apenas me senté, la Culebra me sonrió con ternura, con celeridad me dio la cerveza que pedí y preguntó por mi abuela, mostró sincera preocupación por ella, por su alarmante permanencia sobre el tronco.
Por la Culebra supe con cuál de sus muchachas David intentó matizar su tormento. Aparte de repulsión sentía una amarga envidia hacia la muchacha: él pasó sus últimas noches a su lado: él, borracho, le hablaría del disparatado recorrido de su vida, quizá le hablaría también de sus innumerables hijos y mujeres, de su tardío anhelo de formar una familia, le comentaría de su ruina, de cómo la traición de una mujer logró moler su vida, ¿le hablaría también de su plan para escapar de todo?
Yo vivía interrogándola (antes, durante y después de revolcarnos en cualquiera de los catres de la Culebra); quería saber con exactitud qué le había dicho él. Pero pronto me di cuenta de que sus respuestas no eran consistentes, algún detalle omitía o modificaba, con descaro. Hasta que una noche, ebrio como siempre, me enfureció su cinismo y la golpeé, cada vez con más furia a medida que su siniestra risa me hincaba el corazón.
¿Aquella reiteración de un fragmento de la vida de David en mi propia vida logró atenuar mi resentimiento? No. En su ruta final no hallé respuestas ni alivio para mi dolor, el rencor continuó en mí, entrampado, impregnando todo, como el petróleo entre la arena.
La última vez que la Culebra vio a David fue una medianoche, no quiso hablar con nadie y se metió en un cuartico con la putica. Horas después, antes del amanecer, salió de la pieza, sereno, radiante.
El fulgor naranja con que el sol comienza a diluir la noche despuntaba sobre las primeras franjas del horizonte de Santa Ana. Mi abuela, en el fogón, montaba el café; en ese momento apareció su nieto. El niño, de pronto, le dio un viraje definitivo a nuestras vidas: comentó que él también quería mango. Mi abuela no prestó atención. El niño insistía en que él también quería mango. Mi abuela respondió, por salir del paso, que era muy temprano. El niño le dijo que su papá estaba tumbando mangos. Mi abuela lo ignoró. El niño, entonces, gritó: ¡Papá, voy para allá, ya te ayudo, espérame! Mi abuela dirigió la mirada hacia el niño que corría, luego hacia el árbol. Corrí con todas mis fuerzas, corrí con pavor, con angustia, sin saber el porqué; corrí como jamás he vuelto a correr. Comencé a llorar por mi abuela: cuando oí el desgarrador grito ante la inesperada imagen que ella recibió: una soga llevando a cabo la última decisión de su hijo David.
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