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El río que nos reúne

martes 17 de octubre de 2017
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I

Yo soy el alma de la patria. Los individuos que le han dado forma a ella son mis tributarios: ustedes son mis tributarios y yo soy el alma de todos. Cuando me encuentren, colectivamente, hallarán la identidad como pueblo. El caudal del tiempo sigue su curso, yo continuaré esperándolos. He sido testigo de actos heroicos y nobles, pero también de actos protervos y depravados: todo llega a mí. Me he expresado —tal vez con un candor pernicioso al omitir la intención que subyace en las palabras— a través de ustedes: historiadores, poetas, músicos, políticos, hombres de ciencia y hombres llanos, acerca de la compleja historia de esta nación. Hoy quiero que sea mi acuoso efluvio el que evoque este disruptivo y anastomosado relato que nació en el segmento más conmovedor de mi serpenteante viaje: el trayecto frente a la antigua ciudad de Angostura (renombrada a partir de 1846 como Ciudad Bolívar).

Ustedes no han comprendido que son una unidad histórica y social que tiene el aspecto de una gran amalgama, pero como son micrógrafos del presente y eruditos de la banalidad no son capaces de digerir su propia historia.

Dios concertó el encuentro para un 20 de marzo: ellos se conocerán ese día. Al plan de Dios el hombre lo llama destino. Yo también desconozco mi porvenir, sólo que mi tiempo por su viscosa lentitud geológica solapa al tiempo de ellos —también al tiempo de ustedes, obviamente.

En efecto, por la mañana de ese día coincidieron en la universidad. La conversación surgió espontánea y se mantuvo volátil, hablaron de series de magmas, de rocas volcánicas y plutónicas: la Piedra del Medio como guiño poético del Complejo de Imataca viró la conversación hacia el poema “Angostura” de Andrés Eloy Blanco, rememoraron la primera y la última estrofa del poema: la primera alude al misterio que triangulamos la ciudad, la Piedra del Medio y yo, y la última le canta al glorioso 15 de febrero de 1819. La plática, hilvanada con armonía, continuó profusa: elogiaron el cuadro El Congreso de Angostura que pintó Tito Salas. Este gran pintor fue el que cerró, anacrónicamente —aunque el tema temporal para mí es irrelevante, lo que realmente me perturba es la dañina generalización que ustedes han hecho a partir de la errada interpretación de la obra de este pintor—, el ciclo iniciado por Juan Lovera, seguido por Martín Tovar y Tovar, Cristóbal Rojas y Arturo Michelena, titulado Pintura Histórica: movimiento apegado a la estética del romanticismo y academicismo; contrario al impresionismo: corriente que se oponía a los temas clásicos, su intención ya no era retratar fielmente un paisaje, sino retratar la sensación que ese paisaje producía; este movimiento comenzó gradualmente a ganar auge en Francia a mediados del siglo XIX, arraigándose masivamente en el resto de Europa y América en las postrimerías de esa centuria y el inicio del siglo XX. En este país el impresionismo llegó finalizando la primera década del siglo XX a través de la rebeldía de un grupo de jóvenes pintores que se oponían a la enseñanza dogmática de su nuevo maestro y, al no contar —las reformas que ellos proponían— con el apoyo gubernamental, trasladaron sus caballetes y pinceles desde la Academia de Bellas Artes (lugar donde recibían sus lecciones) hasta el Teatro Calcaño (su propietario, Eduardo Calcaño, alojó a los desobedientes cediéndole un local dentro de las instalaciones de dicho teatro caraqueño) para convertir, a partir de ese momento, a la naturaleza en el motivo de sus creaciones. Pronto la iconografía nacional nombraría a este movimiento Círculo de Bellas Artes. La energía de esos jóvenes, que de alguna manera también fue estimulada por el inaudito cambio de gobierno que aconteció en el país antes de la disidencia de ellos —y que volvió a despertar en la población una nueva esperanza y luego una nueva decepción: en el fondo es la misma esperanza y la misma decepción de siempre; cada generación ha tenido la misma pretensión: caminar hacia adelante sin voltear y ver la estela del pasado para orientar los pasos del presente; eso la ha conducido, infaliblemente, al mismo punto: ¿será esa la causa por la cual ustedes no son felices sino jocosos?—, pronto se extinguió —¿al mismo tiempo que se extinguía la esperanza en el pueblo?—: cada pintor tomó caminos estéticos distintos, coincidieron únicamente en una cosa: ninguno desarrolló en su obra el tema histórico; Tito Salas, ajeno a este grupo, sí lo hizo —a pesar de que su obra y técnica es variada, es recordado por su pintura histórica. La inflexión que llevó a Tito Salas a desembocar en dicho estilo pictórico —coetánea tal vez con el momento más conspicuo del Círculo de Bellas Artes— la produjo la misma fuente que avivó y menguó la llama de aquellos jóvenes pintores. Es paradójico cómo la misma cosa es buena y mala a la vez, cómo suma y resta al mismo tiempo, cómo por un lado forma y por otro lado destruye; el planeta Tierra se comporta igual: en las dorsales oceánicas hay formación de corteza y en los bordes de placas convergentes hay destrucción de corteza, pero la Tierra deglute todo eso, nada le falta, nada le sobra: amasa y asimila toda esa amalgama y ella es la unidad. Ustedes no han comprendido que son una unidad histórica y social que tiene el aspecto de una gran amalgama, pero como son micrógrafos del presente y eruditos de la banalidad no son capaces de digerir su propia historia, y si no son capaces de eso no podrán descifrar y aplicar una sencilla alegoría de la naturaleza. Toda sociedad exhala un aroma particular que la define, y, ese aroma es el producto que se obtiene de la reacción química (interacción social) originada por la combinación —y transformación— de todos los olores que emanan de las acciones de los integrantes de esa sociedad —¿algún político ha intentado, con sinceridad, balancear la ecuación química de esa reacción?—; cuando les hablo a ustedes, hablo de su aroma, por eso generalizo. La coyuntura que llevó a Tito Salas a continuar con el movimiento iniciado por Lovera permitió cerrar un ciclo importante para la pintura nacional, y en algún momento debería tener efectos positivos en ustedes, en su devenir como pueblo, ya que este movimiento construyó, a través de la pintura, la historia primogénita que había sido contada e imaginada pero no esbozada con la impronta de un anecdotario histórico nacional. Lamentablemente da la sensación de que los efectos hasta el momento han sido negativos; parece que dichas pinturas, específicamente las de Tito Salas, viven, nocivas, en el imaginario colectivo de cada generación: su pintura —algunas—, llena de cielos borrascosos, montañas enigmáticas y escenas cargadas de drama y cierto efectismo, que le confieren un aire profético y mitológico a la obra (acerca a Simón Bolívar al Bolívar mitológico que retrató el escritor Eduardo Blanco en su libro Venezuela heroica), los estimula a mitificar a cualquier personaje histórico o de paso, es decir, personajes —y hechos— de su pasado y su presente, no los valoran en su justa dimensión: humana. Después de un breve silencio, Carolina y Mauricio reconocieron en sus miradas —a partir de ese momento: ella en la mirada de él y él en la mirada de ella— el crepitar del amor que comenzaba a quemar sus vísceras; tal vez por eso reanudaron la conversación hablando de tentativas religiosas, de Dios, motivo por el cual afloró Hermann Hesse y su Siddhartha. Antes de despedirse, Carolina invitó a Mauricio a un festival de poesía que se llevaría a cabo ese mismo día por la noche en la ciudad; él aceptó tácitamente al responderle que le llevaría el libro del escritor alemán. Mauricio, al llegar a la residencia estudiantil donde se hospedaba —él no era nativo de esa región del país—, convidó a un amigo sin saber que ella iría con una amiga: el destino ya Dios lo tiene estipulado, y cuando la naturaleza del acontecimiento es pura, los elegidos, sin percatarse, han escuchado ese susurro cósmico que los impulsa a actuar sin razonamiento alguno pero con plena seguridad.

Mauricio llegó a la velada junto a Francisco, su amigo; éste trataba de calmarlo porque estaba muy nervioso. Cuando entraron en el salón Carolina se hallaba de pie, irrepetiblemente hermosa. La efusiva mirada de Mauricio no necesitaba en ese momento palabras para describir tanta belleza nunca antes vista.

Después que se presentó la orquesta sinfónica (evento que marcaba la mitad en el itinerario del festival de poesía), Carolina y Mauricio salieron a la terraza: la noche comenzaba a acercarse al ápice de su perfección, una suave brisa los acariciaba sutilmente, millones de estrellas empastaban el cóncavo techo celeste. Desde su ángulo la luna no se veía, yo sí la veía mientras mi cuerpo fluvial rozaba las prístinas rocas. Ese sublime momento fue congelado por el aliento de Dios: dos seres encontrándose nuevamente, reconociéndose a través de las miradas, percibiendo cómo sus corazones latían al mismo ritmo, sintiendo repentinamente un amor intangible el uno por el otro, embriagados por una inefable sensación de transmigración: un amor que proviene de otras vidas.

Por acontecimientos como este, que no tienen parangón, es que deseo seguir discurriendo por el eterno caudal del tiempo a pesar de la perfidia de muchos de mis afluentes.

Al día siguiente Carolina se fue de la ciudad para visitar a su familia —ella tampoco era natural de la ciudad, pero sí de la región. Por la tarde del 22 de marzo, estimulado por una imperiosa necesidad de desahogar el sentimiento que le reptaba en las entrañas, Mauricio comenzó a escribirle una carta. Le comunicó que le enviaría una esquela por correo electrónico apenas la concluyera; ella le contestó que esperaría la misiva ansiosamente, que le avisara cuando la remitiera porque está en el cumpleaños de una prima. Esa tarde, José (amigo de Mauricio) y su novia fueron a buscarlo, sin avisarle, para ir a tomar café y conversar un rato; Mauricio salió a recibirlos, aturdido y un tanto inquieto les dijo que no podía ir con ellos porque necesitaba terminar de escribir algo, de lo contrario no podría estar tranquilo. Antes de despedirse les explicó —torpemente— lo que sucedía. Ellos rieron, le respondieron que no había problema, que comprendían la situación. Al comenzar la noche termina la breve carta, que titula “El pudor de la luna”, y se la expide:

El pudor de la luna

Para Carolina González

Noche preciosa, de esas que apuñalan y dejan una cicatriz indeleble en el pensamiento, cobijada por una miríada de diminutas y titilantes gemas embebidas en una pasta oscura, en ocasiones obstaculizadas por un tropel de nubes difusas que cabalgaban rápidamente para alcanzar al rebaño que las esperaba en el cenit donde el Apure se viste de Orinoco, y así dejarnos el firmamento diáfano, como suerte de metáfora que ejemplifica esa extraña eclosión que se produjo en nuestros corazones, mostrando sin obstrucción lo invisible: los intersticios donde habita la esencia, ese inefable mundo de mil formas y un fondo que poco le importa las leyes sino las excepciones.

Mis ojos divagaban por la bóveda celeste buscando a la luna, inútilmente repetía esa acción con acrecentada impaciencia, luego te observaba y veía cómo reverberaban hermosamente las estrellas en tu iris. No comprendía por qué la luna estaba ausente hasta que tú me la mostraste y entendí todo: la luna, pudorosa, se escondía a nuestras espaldas y te atisbaba a hurtadillas viendo celosamente cómo la luz que se gestaba en tu ser manaba halos de miel adamantina por las cuencas de tus ojos, volviendo penumbra lo que era fuente de luz. Usurpaste involuntariamente su lugar. Siempre tuve a la luna cerca y no me percaté.

Te confieso que me sorprende enormemente el engranaje de cada pieza que compone nuestra identidad, la sincronía de nuestra visión del mundo y la espontaneidad de nuestras conversaciones, pero a la vez me embarga un temor sigiloso, el temor por sentirme próximo a un vórtice.

Gracias por convertir una noche más en una noche menos para el olvido.

Atte. Mauricio Mariano

Ciudad Bolívar, 22 de marzo del año en curso

Carolina vibraba de la emoción mientras leía la carta; sus ojos húmedos por tan hermoso cumplido estaban en contraposición con la llama fulgurante que se producía en su interior. Su felicidad era indescriptible, se sentía ingrávida, le hizo saber a Mauricio cuánto le había encantado el escrito.

El amor, pronto, empezó a fluir con intensidad: ellos eran dos espirales que giraban alrededor de un mismo eje, sus extremos se sabían predestinados y cuando se buscaban, una profusa humedad rezumaba, tibia, de los infinitos labios que brotaban de sus cuerpos, y los besos besaban todos esos labios, devoraban todas esas bocas. El último beso, el que traspasaba el umbral y abría todas esas bocas y los ojos y luego plegaba y desplegaba la mirada mientras los extremos se fundían frenéticamente, los hacía alcanzar el centro, absoluto, del espiral ahora convertido por un breve instante en una unidad. Cada vez que descendían de ese evanescente lugar sagrado la pureza de su amor dejaba de ser un presentimiento; por eso, paulatinamente, revelaban con mayor nitidez su alma. Sin embargo, en repetidas ocasiones surgían entre ellos innumerables dudas, pecaban de incrédulos, les costaba creer que su idilio era real, que Dios había vuelto a auspiciar su reencuentro; no obstante, se sentían bendecidos por él, la vida les parecía un camino menos tortuoso ahora que se tenían el uno para el otro el resto de su existencia, porque lo que Dios une nada lo separa.

 

II

Una extraña noche Mauricio invitó a Carolina a su pueblo natal. Su voz era una pausada procesión de suaves e intermitentes ondas. Ella aceptó la invitación con un movimiento de cabeza y no le prestó atención a la bitácora de viaje que él le planteó. En ese mismo instante salieron precipitadamente para el pueblo (seiscientos kilómetros los separaban de su destino). Ella estaba totalmente confundida: no llevaban maletas (ella solamente llevaba una escueta cartera), era de madrugada, no habían comprando boleto para trasladarse, desconocía el motivo de tanta prisa y eran los únicos pasajeros a bordo en el autobús. Mauricio no habló en todo el recorrido, por lo cual Carolina comenzó a conjeturar que tal vez se tratara de la muerte de algún familiar de él y por eso la naturaleza tan singular del viaje. Ella también calló para no molestarlo y acompañarlo en su dolor.

Cuando llegó a la casa de sus suegros percibió, inmediatamente, una atmósfera fúnebre, enrarecida, lo que le dio más firmeza a su sospecha. La madre de Mauricio se acercó a ella —el rostro de la señora, decrépito, reflejaba una monstruosa decadencia apenas adquirida, como si quisiera llevar el luto de la manera más tétrica: en el rostro—, después de observarla durante unos segundos con profunda tristeza, le dijo:

—¿Vas a ir?

Carolina, desconociendo el lugar al que se refería la señora y no atreviéndose a responderle con una pregunta, titubeó la respuesta, pero estaba muy aturdida, no podía articular frase alguna. Al notar que el silencio se prolongaba Mauricio intervino y le respondió ásperamente a su madre:

—¡Sí, ella irá!

Volteó con la intención de apoyarse en la mirada de Mauricio pero la habitación estaba desierta y atemorizantemente oscura.

La señora ni siquiera lo vio. Se quedó un instante —en vano— esperando contestación de Carolina, y se marchó.

Carolina se montó en un vehículo para ir al lugar al que se refería la señora, iba junto a personas desconocidas. Miró inútilmente a través de la ventanilla buscando a Mauricio, luego volteó, observó de reojo a sus acompañantes; como nadie hablaba no se atrevió a preguntar por él. Se sentía turbada e incómoda.

Cuando descendió del automóvil se percató de que, efectivamente, se trataba de algún difunto, porque llegó a una funeraria. En ese lugar volvió a ver a Mauricio, sentado imperturbable. Ella se sentó junto a él. Él, por su parte, quería escuchar música; a pesar de que a ella le parecía inapropiada la proposición sacó sus auriculares del bolso y los conectó al teléfono celular de él, para complacerlo; pensó que tal vez eso le aliviaría la congoja o le serviría de distracción para evadir esa misma aflicción. Por sugerencia de él se acercó al lugar donde estaba sentada su suegra y le preguntó si quería escuchar música; la señora, anonadada por lo inadmisible de la pregunta, la cual agudizó más su tormento, comenzó a llorar de manera copiosa y grotesca al mismo tiempo que se levantaba súbitamente de la silla con las manos sobre el rostro para salir del recinto. Los familiares (parientes de la señora) que presenciaron la escena observaron con desprecio a Carolina; ella muy apenada vio a Mauricio esperando una explicación mientras él le hacía un gesto con mucha parsimonia para que regresara al asiento.

Ahí sentada observaba a los familiares acercarse al ataúd, era un desfile de rostros tristes languidecidos por la muerte. La mayoría no emitía palabras, el llanto vertía sobre el cristal las voces apagadas por el inmenso pesar; el resto profería frases ininteligibles que por el desgarro de la voz se infería que eran de grave dolor. Por su parte, Mauricio estaba desconectado de lo que allí acontecía, reflejaba un inexpresivo semblante; ella lo notó, lo atisbó fijamente un momento antes de inquirirle:

—¿No vas a acercarte al féretro para despedir a tu familiar?

—No —respondió parcamente—; tú sí deberías acercarte.

La respuesta, al instante, no despertó ninguna suspicacia en ella, pero unos segundos después fungió como el acicate que necesitaba para saciar la curiosidad que la aguijoneaba desde que comenzó a ver el desfile de rostros tristes.

Carolina se levantó nuevamente de la silla cuando todos los familiares vieron por última vez el cadáver que alojó el alma de quien ellos amaron tanto. Comenzó a caminar con algo de vergüenza, se aproximaba con lentitud al féretro a pesar de que la curiosidad que tenía era tan grande que deseaba precipitarse para ver lo que estaba allí dentro, pero por prudencia no lo hizo. Con cada paso que daba aumentaba excesivamente la transpiración, pastosa y helada, que le empañaba toda la piel. Sus miembros, trémulos, seguían avanzando como también lo hacía el horror que la invadía, su corazón palpitaba violentamente, volteó con la intención de apoyarse en la mirada de Mauricio pero la habitación estaba desierta y atemorizantemente oscura; de pronto comenzó a sentir unas ganas ineluctables de llorar, no entendía qué sucedía. Cuando por fin llegó a la urna su desconcierto fue inmenso al ver ahí dentro el cuerpo de Mauricio. Se abalanzó frenéticamente sobre el ataúd, gritaba horrorizada, pedía auxilio pero no había nadie alrededor, continuó vociferando con exasperación, salió corriendo del tanatorio para pedir ayuda pero sólo encontró una sombría y solitaria calle que se achicaba junto con ella a medida que el cielo encapotado se avecinaba vorazmente.

Hay vidas que se viven en un instante, hay existencias que valen innumerables vidas. Vivir y existir no son términos equivalentes, en el primero es necesario sentir, en el segundo es necesario pensar. A los seres humanos les cuesta comprender eso, no revelan la diferencia, y cuando la descubren, por lo general, es tarde, ya el tiempo los tiene postrados en el umbral de la muerte sin ningún recuerdo significativo que llevar para el etéreo viaje.

Lo que Dios une también lo puede separar porque ese intervalo de tiempo —unidos por el amor— era la vida que le correspondía compartir. Lo que viene después del amor es decisión de cada quien: volver a vivir o a existir. Nada muere. La muerte en realidad es la semilla de la vida. Yo soy un río pero a la vez soy muchos ríos: soy el Ventuari, el Atabapo, el Guaviare, el Meta, el Vichada, el Arauca, el Apure, el Capanaparo, el Caroní… y todos ellos tienen que morir para renacer en mí, y luego yo también tengo que morir para renacer en aguas oceánicas: yo muero cada instante y nazco cada instante. Deseo transmitirles eso, pero lamentablemente casi todos ustedes piensan que no hablamos el mismo idioma.

Además, yo soy el río por donde discurre la caudalosa historia de este territorio; así como mi destino es encontrar la salida al mar, el destino de ustedes, como sociedad, es encontrarme, porque yo soy el alma de esta tierra y ustedes son los hijos de esta tierra. Un pueblo sin alma es un país sin nombre, es una nación sin patria. Mauricio aquella intensa tarde de nuestro último encuentro todavía no podía comprender eso, aún desconocía que yo no puedo borrar los pasos de ustedes si ustedes no se acercan a mí: sin sus huellas yo dejo de ser el río que los reúne y paso a ser cualquier cuerpo fluvial. Con esto no quiero decir que las palabras que él me dijo aquella tarde antes de marcharse hayan evidenciado la incomprensión que acabo de indicar: esas palabras manifestaban sus temores, no los míos, sintetizaban su drama, no el mío: no era posible que él esa tarde supiera eso, porque todavía faltaban algunos días para que él advirtiera mi intrusión.

La linealidad del tiempo no nos permite ser totalmente felices, porque la felicidad —en parte— se trata de querer repetir, de querer volver a los instantes donde fuimos dichosos, donde nos sentimos bendecidos, pero para que eso suceda el tiempo tendría que ser circular, cíclico. Por eso no comprendo cómo ustedes no son felices: históricamente regresan al mismo punto: repiten los mismos hechos, reinciden en las mismas conductas, reiteran los mismos anhelos: la línea de partida es la misma de llegada e, irónicamente, no son felices. Por eso, pienso que, para paliar esa profunda aflicción, recurren a la eterna chanza, a la interminable burla, a la constante y socarrona risa, que puede surgir tanto del acontecimiento más trivial como del más trágico: todo aquello que obnubile y distraiga es panacea para ustedes. Lo que acabo de manifestar puede reflejar dos cosas —tal vez más, tal vez nada—: que, después de la reconstitución de esta tierra como república (el mismo año de la muerte de Antonio José de Sucre y Simón Bolívar), la abulia le ha despojado a cada generación la fortaleza necesaria para hacer desaparecer el fantasma del eterno retorno criollo (el caudillismo) que comenzó a merodear este territorio a partir del restablecimiento de la república: le ha faltado voluntad y compromiso para erradicar ese contumaz vicio: parece que, inconscientemente, cada generación ha tenido la certeza de que todo se repite, y que la única forma de suprimir esa muletilla colectiva es modular, todos —o por lo menos la mayoría de la población— al unísono, hacia una tonalidad más elevada, pero como eso requiere de cierto sacrificio y compromiso individual: salir de la zona cómoda —o de la modorra—, han preferido, por languidez y desapego, inmolarse. Pocos individuos están —han estado— dispuestos a dar esa ofrenda a la república. Sólo un espíritu acomodadizo puede amoldarse a las peores vejaciones, tal vez esa sea una de las características más notables del espíritu que han formado ustedes como sociedad. La segunda cosa es que ustedes simplifican el proceso independentista a dos fechas: 19 de abril y 5 de julio —el año no importa, lo importante es el día: festivo—, no vislumbran que esas dos fechas marcan, simbólicamente, el inicio de la gesta independentista; para ustedes no: el proceso independentista, inicio y fin, se reduce a esos dos días. Además, les ha hecho muchísimo daño creer que la gesta emancipadora culminó. Lo que realmente terminó fue la primera parte de la gesta: independencia política: conformación de una república independiente; pero la segunda parte de la gesta emancipadora, no menos importante que la primera, todavía no se ha llevado a cabo: la conversión que le permita a cada uno de ustedes emanciparse de ustedes mismos: de sus vicios, de su desarraigo, de su pusilanimidad, de su procacidad, de su inmoralidad, de su incultura; en fin, todavía no se ha producido la independencia, unánime y definitiva, que libere a cada uno de ustedes del ser primitivo y los eleve al ser ciudadano.

Mariano Picón Salas, en uno de sus memorables ensayos, dijo que en este país el siglo XX comenzó después de 1935 con la caída de la dictadura (la misma que afectó a los jóvenes pintores del Círculo de Bellas Artes y a Tito Salas); entonces, ¿será que esto que ocurre hoy es una repetición de eso que ya ocurrió y el siglo XXI todavía no ha comenzado para ustedes? ¿Fueron Picón Salas y otros pensadores nativos de su estirpe, videntes? ¿Fueron ellos especies de Nostradamus criollos? No. Simplemente ellos amaron este país y digirieron su pasado desmontando altares ideológicos que refractaran su pensamiento, para así poder comprender con crudeza su presente. En geología existe un principio que reza “el presente es la clave del pasado”: los procesos físicos, químicos y biológicos que actúan hoy, lo han hecho también en el pasado geológico; en las ciencias sociales ese principio opera al revés: el pasado es la clave del presente. Tal vez por esa razón el maestro Rómulo Gallegos dejó con vida a doña Bárbara en su célebre novela homónima, él sabía que ella no era un personaje de ficción, tenía la certeza de que ella andaba galopando desde hace muchos años el alma colectiva de esta sociedad, y, todavía, faltando poco más de una década para que la novela cumpla cien años de su aparición, doña Bárbara aún galopa oronda y vil en el alma colectiva de esta nación. Cuando ustedes logren encarcelarla(lo) (doña Bárbara es hermafrodita) estarán dando un paso decisivo como sociedad, y, para encarcelarla(lo), tienen que devolverla(lo) al libro de donde surgió, es decir, tienen que convertirla(lo) en un personaje de ficción —esta es otra alegoría—: la labor que tienen es ardua: convertir la realidad de una mayoría en ficción y la ficción de una minoría en realidad: esta breve sentencia puede ser la síntesis de dos párrafos: el anterior y el siguiente; por lo pronto me interesa volver a la idea inicial de este párrafo: entiendo que el ilustre Picón Salas cuando acuñó aquella frase se refería al atraso en el que se sumió la nación durante esas casi tres décadas, y yo cito su frase aquí para enfatizar e ilustrar el problema del fantasma del eterno retorno criollo; pero, por otro lado, difiero de su aseveración porque esos veintisiete años que duró la dictadura también forman parte de la gran amalgama nacional. Cada época ha tenido sus particularidades: sus luces y sus sombras, sus cimas y sus abismos, sus caudillos y sus personajes ilustres —el ciudadano esclarecido, el valiente ciudadano, el ilustre americano, el benemérito, el comandante supremo; pero también ha tenido a Cecilio Acosta, Arístides Rojas, Lisandro Alvarado, Rufino Blanco Fombona, Jacinto Convit: de estos últimos nombro sólo los necesarios para hacer el contraste con los primeros: los primeros, por su parte, tienen apodos porque su mismo afán de grandeza propició eso en sus aduladores; los segundos, en cambio, tienen nombre y apellido porque fue su obra la que inmortalizó sus nombres—; no es correcto ver cada época como islas, como sucesos aislados separados por el tiempo cuando en realidad debajo de la superficie todas esas islas están enraizadas en un mismo sustrato: una gran corteza que todavía no ha logrado —no han dejado— emerger.

Posiblemente esta nación no ha existido más allá del sueño de aquellos que la han amado (como Picón Salas y los de su estirpe), no ha existido más allá del pensamiento de aquellos que la han imaginado, y, en algunas épocas, el sueño de esos tales —una minoría— se ha acercado a la realidad de muchos, por eso, en esporádicos períodos, ha existido una sensación de país; pero, en el momento menos esperado, cuando esa ficción parece aproximarse cada vez más a la realidad, se desploma: el morichal muestra nuevamente su verdadera apariencia: llanura estéril. Por eso ha sido imposible hallar a la nación en la realidad, en la vida cotidiana, en la calle, en las ideologías políticas que han teñido cada época: no existen vestigios allí. Es con la ayuda de los grandes soñadores de este territorio que es posible hallarla, por medio de la cristalización de sus sueños: a través de la poesía, la pintura, la narrativa, la música, el ensayo, la historia, la arqueología y demás ciencias: todos esos senderos son caminos que confluyen en mí.

Carolina también soñaba, mucho, durante los días previos a mi último encuentro con Mauricio. Era un sueño recurrente e insidioso el que colonizaba aquellas noches suyas. Ella jamás llegó a comprender ese sueño, simplemente, un día —cinco días antes de la última visita que me hizo Mauricio—, al despuntar el sol esculpió pertinazmente la realización de ese deseo que va escarbando y creciendo imperceptible en el pensamiento, amparado por el inconsciente y en ocasiones manifestado oníricamente de manera transfigurada.

Divisé a Mauricio apenas se perfiló en la cresta de la laja (domo granítico) donde se asienta el casco histórico de la antigua ciudad de Angostura —la roca granítica se va combando hasta deslizarse suavemente debajo del agua de mi ribera derecha. De inmediato supe que venía a conversar conmigo. Descendió pausadamente siguiendo la inflexión de la roca. Se detuvo en el mismo lugar donde ya lo había visto muchas veces —arrobado por los mayestáticos atardeceres, en donde el sol, el puente Angostura, la Piedra del Medio, la vegetación, las aves y yo, en un coalescente arrebato, formamos un tipo de cuadro que sólo puede contener rúbrica celestial—: bajo la sombra de un frondoso samán cercano a mi orilla; pero esta vez algo grave rezumaba de su semblante.

—Aquí estoy —dijo Mauricio—. La ciudad la siento deshabitada. Sólo quedamos tú y yo. Tú, ahí vas, seguro de ti mismo, seráfico, con tu petulante y turbia belleza, tu destino es infalible, socavas todos los obstáculos que se te presentan y hallas siempre tu salida al mar, mar como símbolo de grandeza, de realización. Naces con la gloria ganada. Yo, en cambio, soy una diminuta barca que no deja de zozobrar, hasta en medio de aguas apacibles me he desorientado. Tal vez sea un acto inconsciente, reflejo del miedo por acercarme a la desembocadura de la gloria que aguarda por mí. Pero, ¿acaso amar no denota uno de los actos de mayor valentía? ¡Un acto de fe en el que se va a ciegas no está hecho para cobardes!

Mauricio hizo silencio, lo profundizó meditabundo. Me observó gravemente durante un tiempo indeterminado, luego repuso:

La tarde comenzaba a bostezar, yo le daba la espalda pero por su reflejo en mi superficie sabía que agonizaba, también sabía que con ella Mauricio se marcharía.

—Sí, he sido injusto contigo. Tu destino no es infalible. Lo que a ti te sostiene es que tú ves la muerte como el inicio de algo, y lo que a mí me tumba es que yo la veo como el final de todo. ¡Cuán equivocado estoy! Tú también has zozobrado, mucho antes de que nuestros primeros aborígenes comenzaran a marcar sus huellas desembocabas hacia el noroeste de este territorio, y paulatinamente te fuiste desplazando hacia el este buscando tu lugar en la historia del hombre, hasta que por fin lo alcanzaste y te insertaste en tu configuración actual como suerte de grabado que nos identifica como pueblo. Tus aguas anhelan la espuma del mar, así vayas a ciegas y no tengas certeza de llegar a él, ya en tu boca presientes la sal. A partir de ese momento tienes la gloria ganada.

Mauricio hizo silencio de nuevo, pero ahora me miraba entrañablemente, exhaló un lento suspiro, luego continuó:

—Un día ella me dijo estas palabras: “Has llenado cada cráter con tu infinito amor, y te prometo que no se acabará nunca, porque incluso, cuando todas las estrellas se apaguen, tú y yo nos apaguemos, en plena oscuridad, jamás olvidaré toda la luz que me brindaste”. Es cierto, cuando se ha amado, esa luz no se extingue jamás, así nuestro presente se torne lóbrego, siempre tendremos viva la estela de ese instante que pasó como estrella fugaz. Sé que en otra vida nuestras almas se desgajarán del cielo para reencontrarse nuevamente.

La tarde comenzaba a bostezar, yo le daba la espalda pero por su reflejo en mi superficie sabía que agonizaba, también sabía que con ella Mauricio se marcharía. Deseaba paralizar ese momento, no quería que se despidiera, su presencia hacía menos aguda mi soledad, y mi presencia le proporcionaba la paz que da el esclarecimiento del pensamiento, pero el presente es inasible, ese instante también estaba destinado para que mi caudal lo transportara en suspensión. De pronto mi corriente se tornó penumbrosa y nostálgica.

Mauricio, antes de desaparecer en la noche apenas consumada, me dijo:

—Tú eres el tiempo, la arena que depositas es la vida, mis huellas ahora andan solas porque las huellas de ella ya no me acompañan. En algún momento borrarás mis huellas, también las de ella, y la de todos. ¿Ya sabes lo que eso significa? El tiempo, ¡qué problema con el tiempo!, que nos va empujando hacia la fosa que la muerte nos está cavando.

Aníbal Alvarado
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