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Huyendo de la sombra

jueves 17 de marzo de 2022

Nuestro deseo era quedarnos en casa; sin embargo, viajamos al lugar más lejano y exótico que pudimos.

Apenas el avión había despegado, empezamos a contemplar bajo nosotros, distantes y desperdigados, los picos de algunas montañas que asomaban como islas ceñidas en su base por un mar de nubes algodonoso que se extendía hasta donde alcanzaba nuestra vista.

—¿Estás bien? —le pregunté a Carolina.

—Sí —me contestó.

—¿Seguro?

—Sí, seguro –me dijo incómoda.

—Sólo quería saber…

—¿Vas a estar así todo el viaje? No seas pesado –sentenció poniendo punto y final a la conversación.

Llegamos al paraíso. Hacía un calor pegajoso, casi sofocante; era de noche, por lo que se hacía notar con mayor intensidad.

Mejor quedarme en silencio, me dije, aguardando con paciencia infinita a que las emociones se fueran sedimentando hasta que formaran un limo en el fondo del recuerdo.

Viajábamos hacia el oeste, cruzando el océano y persiguiendo al Sol en un eterno atardecer que duró cerca de ocho horas, casi las mismas del viaje. Ocho horas, pensé, el doble serían dieciséis, y dos más harían dieciocho. Sí, me dije, dieciocho… dieciocho… un número que clavado en el cerebro jamás me lo sacaría de la cabeza en lo que me quedara de existencia.

Llegamos al paraíso. Hacía un calor pegajoso, casi sofocante; era de noche, por lo que se hacía notar con mayor intensidad, ya que contrastaba con el frío gélido del que procedíamos. A la salida de la aduana nos estaba esperando un conductor con un cartelito con nuestros nombres sostenido en alto para que lo descubriéramos en la distancia. Nos condujo al hotel. Cuando llegamos, nos llevaron a una sala preferente de la recepción para efectuar el registro de entrada. Mientras realizábamos el trámite, como cortesía del hotel a modo de bienvenida, nos obsequiaron con unos zumos de un sabor muy agradable aunque insólito para nuestro paladar.

Para nuestra estancia nos asignaron un concierge que nos condujo a nuestro búngalo. Por el camino, según los cruzábamos, nos iba ilustrando sobre los distintos espacios que componían el complejo turístico.

La habitación del búngalo tenía la temperatura de una cámara frigorífica. Le preguntamos al concierge si podía subirla. La reguló a nuestro gusto y nos explicó con todo lujo de detalles cómo manejar el mando del aire acondicionado. También nos explicó que las bebidas del minibar, incluida alguna de alcohol típica del país, estaban a nuestra disposición sin gasto alguno extra.

Debido al cambio horario, y a pesar de lo entrada la noche en la hora local, teníamos algo de hambre y le preguntamos al concierge si podíamos tomar cualquier cosa ligera antes de acostarnos. El concierge nos comentó que la cocina estaba ya cerrada, pero nos enviaría un refrigerio. Tras deshacer las maletas y tomar unos sándwiches y algo de fruta, cansados como estábamos del largo viaje, nos acostamos y dormimos profundamente.

Por la mañana nos despertamos tarde y preferimos desayunar en la habitación. Luego fuimos a dar un paseo por el complejo turístico para ubicarnos. Nos dimos cuenta entonces de su enorme dimensión. Tras cruzar el vestíbulo donde se encontraba la recepción del hotel se desembocaba en una plaza central, y a partir de ahí se distribuían radialmente las calles en las que se ubicaban los búngalos y los edificios de apartamentos. Tanto en la plaza como en diversas zonas del complejo se podían encontrar, situados estratégicamente, los diferentes servicios, desde tiendas para cubrir cualquier necesidad, a cafeterías y restaurantes temáticos, bufés, salones de actos y reuniones, dos spas, discotecas para jóvenes y adultos, gimnasios con distintas especialidades de ejercicios, un casino, el campo de golf y el de minigolf, múltiples zonas de recreo adaptadas a distintas edades, piscinas varias… en definitiva, un pequeño mundo allí concentrado, con todo lo necesario para vivir sin que se tuviera que salir del recinto, y de tal dimensión que algunas personas, para trasladarse de un punto a otro, utilizaban unos escúteres eléctricos.

Al final de nuestra exploración, agotados de caminar de un lado para otro, acabamos en la playa tumbados en hamacas bajo unas sombrillas con techos de hojas de palmeras.

Los camareros de los chiringuitos del hotel próximos a la playa se acercaban continuamente para ofrecernos bebidas. Aunque no nos apeteciera nada se empeñaban en traernos algo, cualquier cóctel, lo que fuera. Llevaban unos gorros de Papá Noel, desconcertantes a treinta y cinco grados. Los gorros eran, por fortuna, el único detalle en aquel entorno que nos hacía recordar las fechas de la Navidad en las que estábamos, y de cuya iconografía tratábamos de huir por todos los medios, el motivo principal de nuestro viaje. Frente a nosotros, cerca de la orilla del mar donde las olas venían a languidecer, unos jóvenes de alrededor de dieciocho años jugaban gozosos al fútbol… sí, dieciocho, dieciocho, el eterno ritornelo. Jugaban con enorme vitalidad. Seguro que se creerían inmortales, eternos. No se les pasaría por la cabeza, entusiasmados como estaban con el juego, centrándose la pelota, corriendo, saltando, gritándose unos a otros, haciendo mil diabluras con su cuerpo ágil y musculoso, la fragilidad de su existencia.

Comimos al lado de la playa, en uno de los varios restaurantes de los que disponía el resort. El bufé era una explosión de estímulos: Olores, colores, formas, una variedad enorme de alimentos muchos de ellos desconocidos por nosotros… Representaban una tentación de probarlo todo al instante y sin medida. No se sabía por dónde empezar ni qué elegir. Cada uno de nosotros seleccionó algo distinto para degustar una variedad más amplia de productos.

Por la tarde nos echamos una siesta para descansar y acabar de recuperarnos del jet lag. Yo leí un rato sentado en la cama y de cuando en cuando observaba a Carolina, a mi lado, mientras dormía. Su pecho se elevaba y se deprimía cadencioso con cada respiración. Con tan sólo estirar unos centímetros mi pie, podía contactar con el suyo. Con tan sólo alargar mi mano podía acariciar su pelo. Pero sin embargo sentía que nos encontrábamos separados por una distancia sideral. Reducirla y recuperar algo que perdimos en un momento trágico de nuestras vidas era también ese viaje de huida de nuestra propia sombra.

Carolina no quería inscribirse a nada. Ninguna actividad la satisfacía ni tenía el mínimo atractivo para ella.

Por la noche nos arreglamos y recorrimos los distintos restaurantes temáticos para elegir dónde cenaríamos la Nochebuena, pues nos habían advertido de que era conveniente reservar si queríamos asegurarnos una mesa. Elegimos el Mercure, uno francés, que nos pareció al mismo tiempo elegante y discreto, con una oferta apetitosa para una noche especial pero sin que nos rememorara sabores demasiado anclados a la fecha. Después cenamos algo ligero en uno de los bufés y nos sentamos en la plaza central a paladear un cóctel mientras contemplábamos un espectáculo de danzas tribales autóctonas.

Al día siguiente mi intención era que nos apuntáramos a la mayor cantidad posible de actividades que organizaban en el hotel. Todos los días, prácticamente a cualquier hora, había alguna especial. Desde gimnasia de mantenimiento a concursos de lo más variado, pasando por el tiro con arco, teatro, danza, manualidades, excursiones, en definitiva un sinfín de propuestas para estar ocupados. Y de eso se trataba precisamente, de estar ocupados, de no tener un segundo para pensar, de que la mente estuviera entretenida en todo momento, con cualquier actividad, y evitar que se autofagocitase. Mas Carolina no quería inscribirse a nada. Ninguna actividad la satisfacía ni tenía el mínimo atractivo para ella. Sólo le apetecía estar tumbada en una hamaca en la playa, bajo las sombrillas de hojas de palmera, y darse algún baño de vez en cuando en el cálido mar.

—Carolina… —empecé a decir.                             

Carolina se giró en su hamaca y me dio la espalda. Miraba a unos jóvenes que unos metros más allá, en un puesto improvisado, abrían sin parar cocos y servían su líquido a cuantos turistas se acercaban a ellos.

—…No podemos anclarnos en este estado —finalicé la frase—. Esto no va a cambiar nada. Y nosotros todavía tenemos una vida por delante.

Carolina se levantó con un irreprimible gesto de rabia y se fue a caminar por la playa.

Los jóvenes de los cocos eran tres, de color, risueños, tenían una sonrisa blanca que no se apagaba nunca… tres… tres por seis dieciocho… dieciocho… dieciocho…

Fui tras Carolina. Ella avanzaba rápido al principio pero según recorría metros fue reduciendo el ritmo. Al final la alcancé. Acabamos caminando juntos, en silencio, hundiéndonos mullidamente en la arena fina como la harina, bajo palmeras que se inclinaban en diagonal en un equilibrio inverosímil hasta la misma orilla del mar de infinitos matices del azul turquesa. Las olas nos lamían los tobillos, iban y venían, en un continuo fluir, como en una sístole y diástole de un corazón que es inimaginable que se vaya a detener en algún momento. Y yo contaba los pasos… uno, dos, tres… dieciocho…, dieciocho…, dieciocho…

En los siguientes días acabamos por crearnos una rutina confortable para no tener que pensar. Nos levantábamos, desayunábamos, íbamos a la playa, comíamos, nos echábamos la siesta, nos dábamos el último chapuzón en alguna de las piscinas, nos arreglábamos, cenábamos, veíamos alguno de los espectáculos nocturnos y nos acostábamos.

En una de las piscinas impartían cursos básicos de buceo. A mí en la vida jamás se me había ocurrido bucear, pero aquello podía ser una actividad divertida, que no iba a tener otra oportunidad de probar, y por tanto merecía la pena aprovechar la ocasión. Se lo comenté a Carolina y creyó que me había vuelto loco. Desde luego con ella no podía contar. Me inscribí yo solo.

La práctica final del curso de buceo era una inmersión en el mar, próximos a la isla La Solitaria, a tan sólo media hora en barco de donde nos alojábamos y un auténtico paraíso de la naturaleza. Me costó un gran esfuerzo convencer a Carolina para que me acompañara, pero al final aceptó a regañadientes. Ella me esperaba en el barco mientras hacíamos la inmersión.

La inmersión suponía nuestro bautizo en el buceo, y la experiencia fue prodigiosa. Nos sumergimos en medio de una barrera de coral. El paisaje modelado por la acción de la naturaleza, la fauna, los colores, la luz, eran deslumbrantes. El sol penetraba en un agua transparente y todo lo que se mostraba ante mí tenía un brillo inusitado que nunca me había podido imaginar bajo el mar. Me sentía flotar, envuelto en el agua cálida, mecido por una leve corriente que me arrullaba. Aquella sensación, pensé, mientras gozaba del espectáculo que se mostraba ante mis ojos, debía ser lo más parecido a encontrarse protegido en el útero materno. No deberíamos salir nunca de allí. Era absurdo abandonar ese bienestar para venir al mundo y luego acabar muriendo. No tenía sentido. Menos aún que en nuestro paso por la vida jamás acabáramos de ser felices del todo por más que lo intentáramos. Parecía que tuviéramos una incapacidad congénita, como si en el momento en el que pudiéramos conseguir esa felicidad algún resorte de nuestro interior se disparara para abortarla. Así era la vida, pensé, casi ya un poco mareado por el bamboleo de mi cuerpo por la corriente, así era la vida, me repetí, absurda, sin sentido, y nosotros empeñados con infinita capacidad en complicarla más.

En unos días se nos acabó el paréntesis en nuestras vidas que suponían aquellos días de vacaciones, o lo que fueran.

Entré en una especie de somnolencia. Debía regresar pero no quería volver a la prosaica realidad que me esperaba en cuanto emergiera a la superficie y me embarcara de nuevo. Llevaba ya casi dieciocho minutos de inmersión… dieciocho… dieciocho… En aquel estado de bienestar pleno, absoluto, era incomprensible que alguien en algún momento de su vida, de repente, pudiera sentirse abatido, enfermo, y que tuviera que consultar con un médico, y que le tuvieran que hacer pruebas agresivas para encontrar el origen de su malestar, y que se descubriera entonces que una parte de su propio cuerpo se rebelaba al orden natural y comenzaba a crecer y crecer, autónomo, con vida propia, independiente, al margen del resto de su cuerpo y de su voluntad. Era su cuerpo pero al mismo tiempo era otro cuerpo. Y entonces se empezaría a preguntar ¿por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no lo puedo combatir? ¿Por qué es más fuerte que yo? Y este proceso se produciría con total naturalidad, con fluidez pasmosa como un disimulo, perfectamente encajado en la vida como un devenir natural de la misma, como la misma corriente submarina que me mecía y me trasladaba de un lado a otro de la barrera de coral. Hicieras lo que hicieras, no lo ibas a evitar. Como en un sueño. O más precisamente, como una pesadilla. Habrías perdido el control de tu propio cuerpo y de tu destino… dieciocho… justamente cuando parecía que empezabas a dominarlo…

En unos días se nos acabó el paréntesis en nuestras vidas que suponían aquellos días de vacaciones, o lo que fueran. Le propuse a Carolina dar un último paseo por la playa, a ver si éramos capaces de llegar hasta una especie de espigón que cerraba la pequeña bahía en la que estaba ubicado el hotel y descubríamos qué había al otro lado, qué paisaje nos estábamos perdiendo de contemplar y disfrutar. Tras una resistencia inicial aceptó, desganada, quizá porque no iba a tener que verse sometida a más cesiones ya que era nuestro último día.

Comenzamos a caminar por la playa. A los pocos metros nos encontramos de nuevo a los jóvenes que jugaban al fútbol. Hasta mis pies llegó la pelota que había salido descontrolada de una de las jugadas. No pude resistirme a darle unos toques, y luego la lancé de vuelta al terreno de juego. Los muchachos quedaron sorprendidos y me invitaron a incorporarme al partido. Les dije que ya estaba mayor, pero vinieron a por mí e insistieron con toda la confianza y perseverancia de la juventud. Acabé por aceptar. Le dije a Carolina que serían sólo unos minutos. Por su gesto enfurruñado deduje que no le hacía ninguna gracia quedarse sola, pero la verdad es que de repente me apetecía muchísimo probarme y me surgió una enorme curiosidad por ver cómo respondería a mi edad frente a aquellos muchachos rebosantes de vitalidad.

Con las primeras jugadas recuperé gozosas sensaciones olvidadas desde mi adolescencia, cuando mi mayor ilusión en la vida era ser futbolista. Corrí, driblé, controlé la pelota y la lancé a distancia, recibí y propicié pases y creé jugadas diseñadas con tiralíneas. En una ocasión, encontrándome próximo a la portería del equipo al que nos enfrentábamos, un compañero del equipo que me integró avanzó por la banda sorteando con habilidosos regates a varios defensores contrarios y me centró la pelota con precisión milimétrica, entonces yo me impulsé al aire como un saltador de altura y haciendo una tijereta con ambas piernas en una chilena de manual golpeé el balón con decisión y metí un gol por toda la escuadra de la portería digno de figurar en una antología. Todos los jugadores quedaron boquiabiertos.

Mientras me levantaba del suelo y me sacudía la arena que se me había quedado pegada a la piel sudorosa, los jugadores de mi equipo llegaron hasta mí gritando de alegría, saltando, jaleándome, con una felicidad incontrolada, y se echaron sobre mí exultantes como si fueran un solo cuerpo. Luego, para celebrar el gol, me cogieron entre todos, incluidos los del equipo contrario, y como si yo fuera un muñeco de trapo, en medio de vítores, me lanzaron al aire varias veces.

Los muchachos querían seguir el partido pero yo ya estaba agotado. Había consumido todas mis energías. Me retiré entre sus aplausos. Carolina había contemplado la escena al borde del terreno de juego. Al llegar hasta ella me abrazó con tanta fuerza que casi me ahoga. Parecía que pretendiera fundirse con mi cuerpo. Yo sentía cada centímetro de su piel y su respiración entrecortada presionando mi pecho. Tras unos segundos me susurró al oído.

—Dime que no, por favor. Dime que no estamos viviendo esto. Dime que es una pesadilla de la que vamos a despertar pronto. Dime que por ley de vida unos padres no pueden enterrar a su hijo de dieciocho años.

A Carolina se le escapó una lágrima y pegadas como teníamos las caras sentí que el líquido se deslizaba por mi mejilla. Luego intuí que Carolina, sin moverse, desviaba la mirada y la dejaba a mi espalda perdida en el horizonte, en el horizonte del mar, en el horizonte del mar que acogía todas las lágrimas derramadas.

José Luis Cubillo Fernández
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