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Violencia de género, de José Luis Cubillo Fernández
(primer capítulo)

viernes 16 de mayo de 2025
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“Violencia de género”, de José Luis Cubillo Fernández
En la novela Violencia de género, de José Luis Cubillo Fernández, un periodista ve interrumpidas sus vacaciones con el encargo de investigar un horrendo crimen. Disponible en la web del autor

Presentamos en exclusiva el primer capítulo de Violencia de género, novela del escritor español José Luis Cubillo Fernández sobre las turbias secuelas de un aparente asesinato-suicidio en un pueblo español aislado. Un periodista, sacado a regañadientes de sus vacaciones, llega para investigar lo que parece a primera vista un brutal caso de violencia de género: un marido dispara a su mujer y a su hijo antes de suicidarse. Sin embargo, a medida que va desentrañando medias verdades y confidencias cautelosas, el periodista encuentra grietas en la versión oficial del pueblo.

NOTICIA: “El Nacional: Los cadáveres de un matrimonio y su hijo pequeño, de apenas un par de años, fueron descubiertos ayer a última hora de la tarde en el paraje denominado Mirador de los Arribes, en las proximidades de Sanchoblasco, un pueblo de La Meseta. Según fuentes oficiales de la investigación todo apunta presuntamente a que el hombre mató a su mujer y a su hijo, y luego se suicidó. Nos encontraríamos de nuevo ante un caso más de violencia de género. Desde que empezaron a contabilizarse en 2003, ya son más de 1.000 mujeres asesinadas a manos de sus maridos o parejas”.

I

Al verter la tónica en el vaso transparente con varios cubitos de hielo y una rodaja de limón, el líquido se volatilizaba en una efervescencia de microscópicas burbujitas que explotaban en el aire y desaparecían.

Era la primera hora de la tarde. Bajo el sopor del calor el tiempo parecía detenerse como en una pesada digestión. Salí al porche y me tumbé en la chaise longue. Dejé el vaso con el líquido refrescante al alcance de la mano, en una mesita baja. Los abejorros zumbaban alrededor de las plantas diseminadas por el jardín atraídos por los multicolores brillos de las flores y el aroma dulzón que desprendían.

En la distancia escuchaba conversaciones amortiguadas por la somnolencia y los tupidos setos de arizónica que separaban las parcelas de los chalets. De cuando en cuando, una casi imperceptible brisa traía el rumor lejano de los coches circulando por la autopista. Me recordaba que, a pesar de encontrarme aislado en El Coto, un oasis, una burbuja de paz y bienestar fuera del tiempo, en medio de ninguna parte en el árido y polvoriento secarral de La Meseta, no estaba del todo aislado de la civilización.

“Violencia de género”, de José Luis Cubillo Fernández
Violencia de género, de José Luis Cubillo Fernández (Pierian Springs Press, 2025). Disponible en la web del autor

Violencia de género
José Luis Cubillo Fernández
Novela
Pierian Springs Press
Sheridan, Wyoming (Estados Unidos), 2025
ISBN: 9781965784228

Había olvidado cuándo disfruté de las últimas vacaciones, por el tiempo transcurrido desde entonces, siempre con urgencias y necesidades inaplazables que durante años fueron postergando las siguientes indefinidamente. Pero mi vida había llegado a un punto sin retorno en el que mi capacidad de resistencia se había agotado. Necesitaba unas largas y plácidas vacaciones, desconectado del mundo enloquecido, y cuanto más tardaban en llegar mayor era mi necesidad. Sufría la misma angustia que un buceador que se queda sin aire en una inmersión y comienza a subir a la superficie a respirar, y cuanto más asciende y más tarda en emerger más y más ansía el aire que necesita y más lejos le parece que se encuentra la superficie y más inalcanzable la salvación y la falta de oxígeno más se le lleva la vida. Pero por fin, no sin un esfuerzo supremo, y con los enconados enfrentamientos habituales con Ricardo T, pude arrebatarle su consentimiento, desconectar y comenzar mis anheladas y merecidísimas vacaciones.

Y las iba a inaugurar con una actividad que sabía me iba a proporcionar un enorme placer del que hacía años deseaba disfrutar, pero que por falta de tiempo, otras ocupaciones y excusas varias y difusas siempre más urgentes, había pospuesto continuamente. Y era releer con la suficiente morosidad y concentración que se merecía la extraordinaria novela de Truman Capote A sangre fría. Me disponía por tanto a entregarme con delectación a esa lectura en mi primera tarde de vacaciones, di un sorbo a la tónica que me refrescó la boca, cogí el libro y comencé a sumergirme en sus primeras frases en la estupenda traducción de Fernando Rodríguez: “El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman ‘allá’”.

De repente sonó el teléfono y me provocó una descarga eléctrica que me convulsionó todo el cuerpo. El teléfono estaba allí, en la mesita baja, al lado del vaso con la tónica. Ni siquiera había reparado en él porque no debía encontrarse en ese lugar. Tenía que haber estado guardado y desconectado en algún remoto cajón, abandonado a su suerte. No lo necesitaba. Nadie me iba a llamar ni yo iba a llamar a nadie. Nadie tenía por qué conectar conmigo para ningún asunto, ni yo tenía intención alguna de comunicarme con nadie fuera de mi aislamiento. Eso también formaba parte de mis vacaciones. Es más, en eso precisamente consistían mis vacaciones.

Pero lo que me aterró no fue que sonara el teléfono, sino el tono de la llamada. Era un tono horrísono, de alarma de ataque nuclear, el que tenía destinado a Ricardo T para diferenciarle al primer timbrazo de otros posibles interlocutores. Sí, Ricardo T, repito, la persona a la que le había arrebatado mis vacaciones tras meses de enconados enfrentamientos, y quien me había jurado y perjurado por su santo tupé —aditamento de su persona al que más apreciaba por considerar que le proporcionaba una gran jovialidad y prestancia y a mi parecer más parecido a la piel de una rata que se hubiera pegado por azar a su mondo y lirondo cráneo—, que no me molestaría así parara de girar el planeta. Podía estar tranquilo, me dijo, y disfrutar de mis merecidísimas vacaciones, aunque esto lo pronunció con un cierto retintín irónico tirando más bien a burlón. Para mí, a todos los efectos, como si él se hubiera caído al interior de un volcán en plena erupción, me aseguró. Así de exagerado y un tanto ridículo se expresaba en ocasiones cuando los demás le torcían su voluntad.

Pero no, al parecer no se había caído a ningún volcán. Y mucho menos en erupción. Ahí se estaba materializando como un fantasma llegado de una pesadilla, ectoplasma en forma de llamada telefónica. “Qué desgracia la mía”, pensé. El primer día de mis vacaciones, a la hora de la siesta, cuando el país estaba paralizado haciendo la digestión bajo el bochorno del calor del verano, en una pesada duermevela con el sonido de fondo de la televisión que emitía algún documental de naturaleza o la ascensión en cualquier carrera ciclista de un puerto de montaña con revueltas mareantes y un desnivel sobrehumano durante interminables kilómetros, y Ricardo T no tenía mejor ocupación que telefonearme. Me temí lo peor y quedé paralizado.

Sólo tenía dos opciones. Contestar o no contestar. Si no contestaba, Ricardo T seguiría llamando. No creería que había desconectado el teléfono, a pesar de que se lo advertí, y porfiaría en localizarme, inasequible al desaliento pues era en extremo perseverante y disponía de recursos ilimitados. Y si contestaba, estaría abriendo la puerta a cualquier posibilidad, en ningún caso aceptable, pues le conocía como si fuera mi hermano, porque si llamaba sería por algo importante, inaplazable, urgente incluso, que al final acabaría por fastidiarme la vida como siempre. Por situaciones así el médico me había recomendado unas vacaciones antes de que mis nervios colapsaran.

Decidí coger el teléfono y salir de la duda, pues no podía continuar con la incertidumbre de por qué llamaba ni con el temor de que el teléfono estuviera sonando a cada momento importunándome.

—¿Te has enterado? —me soltó de entrada Ricardo T, sin saludar siquiera.

—¿Enterarme? ¿De qué tenía que enterarme?

—Del asesinato —dijo como si fuera algo de lo que yo debería estar al tanto.

—¿Asesinato? ¿Qué asesinato? ¿De qué me hablas? —contesté confundido.

—Un hombre ha matado a su mujer, a su hijo pequeño, y luego se ha suicidado.

—¿Y por qué tenía que haberme enterado?

—Ha sido en Sanchoblasco.

No sabía qué decir. Mi mente estaba en otro mundo y me costaba conectar con el de Ricardo T. Temía además seguirle su discurso porque sospechaba que me iba a deparar algo desagradable.

—Mira, Ricardo —le dije—, estaba dormitando y no tengo muchos reflejos ahora mismo.

—Sanchoblasco —repitió—. ¿No está cerca de donde veraneas?

—Hice memoria unos segundos.

—¿Sanchoblasco...? Me suena algo... es posible que esté por la zona.

—Acércate por allí y me escribes un artículo.

Todas las alarmas y luces de emergencia se conectaron al momento y me hicieron incorporarme de la chaise longue.

—¿Recuerdas que estoy de vacaciones, por prescripción facultativa precisamente? —le dije en un intento de levantar un muro infranqueable que me protegiera, aunque no estaba muy convencido de su eficacia.

—Ya lo sé, Miguel —me dijo, y cuando me llamaba por mi nombre era para echarse a temblar, suponía anular la distancia de combate como hacen los boxeadores fulleros para aferrarte el cuerpo impidiéndote defenderte y de paso darte algún golpe prohibido—. No sé exactamente dónde estás pero creo que te debe pillar cerca. Lo he mirado en Google Maps.

—Acordamos desconexión absoluta... —dije para reforzar el muro.

—Sí, ya sé lo que acordamos —me interrumpió—. Pero entérate de qué ha ocurrido y me haces un artículo rápido sobre la violencia de género. No te va a suponer ningún trabajo. Me lo mandas y luego a disfrutar de las vacaciones, que te las mereces. Te prometo que ya no te voy a molestar más.

Y me colgó el teléfono, antes de que pudiera contestar. Era su táctica preferida. No darte la oportunidad de que te negaras. Esta clase de urgencias eran precisamente las que durante años me habían privado de vacaciones.

Ricardo T sabía que una vez que me metía el pájaro carpintero en la cabeza no iba a parar de picar y picar hasta que hiciera el agujero necesario. Era superior a mis fuerzas, incluso aunque estuviera de vacaciones, la droga que envenenaba pero que también ponía en marcha mi cuerpo. Sufrí con Ricardo T en tantísimas ocasiones a lo largo de los años una situación semejante a ésta, que había acabado por odiarle, no porque fuera mi jefe, el director del diario donde escribía y uno de sus accionistas principales —lo cual ya era suficiente motivo—, sino porque me tenía tomada la medida, me controlaba, siempre conseguía que hiciera su voluntad, y yo no sabía cómo resistirme pese a que lo intentaba con denuedo y variadas estratagemas. Aunque, por otra parte, también le debía la vida, y esto se lo tenía que agradecer.

En casa no disponía de conexión a internet para localizar en Google Maps dónde estaba Sanchoblasco. De hecho, en toda la urbanización, sólo podías conectarte a internet en un único lugar, un bar de la plaza, El Sol Sale para Todos. Su dueño, Joaquín, era un hombre dicharachero que le gustaba presumir de algunos clientes famosillos de medio pelo que caían por su establecimiento, pues alguno había en El Coto: cierta actriz venida a menos que tuvo sus años de esplendor en una época olvidable del cine, la del destape la llamaban, algún político influyente apartado de los círculos de poder por sucesos nunca demasiado aclarados pero en cualquier caso vergonzosos, y hasta un constructor simplón y prepotente aficionado a aparecer en programas populares de los medios de comunicación, que llevó a la ruina a numerosos inversores pequeños y humildes, de las clases sociales más desfavorecidas, prometiéndoles proyectos inmobiliarios fantasiosos que les mejorarían sustancialmente la vida, y que al final nunca se materializaron o quedaron a medio construir antes de declararse arruinado. En fin, gente de este pelaje que a Joaquín le fascinaba y le hacía sentirse importante codeándose con ellos.

El Sol Sale para Todos tenía una especie de almacén adjunto al local principal, reservado para copas especiales y partidas de cartas clandestinas. También estaba acondicionado como locutorio informal. A mí me suponía un reparo insuperable dejarme ver por allí para ponerme a navegar codo con codo junto a otros vecinos que buscaban, mesa acá o allá, el mejor punto de conexión, absorbidos como yonquis por sus ordenadores antes de perder la señal que era lenta como un paquidermo. Además, odiaba encontrarme con personas con quienes te habías relacionado en el pasado pero que hacía años no veías, y tenías entonces por puro y absurdo protocolo social que saludar y empezar una conversación, aunque fuera breve, para intercambiar información sobre qué había sido de tu vida en este tiempo y qué había sido de la suya. Por eso, cuando no me quedaba más remedio que acercarme a la plaza por alguna razón de fuerza mayor, lo hacía a las horas que menos riesgo corría de este fortuito encuentro, intentando caminar lo más rápido posible y sobre todo, esto era esencial, procurando no fijar nunca la mirada sobre nadie para no atraer su atención sobre mí.

Pero esta vez podía evitarlo. Era hombre de recursos. Recordé que debía tener por algún lado un antiguo mapa de carreteras. Me puse a buscar en un altillo de un armario. Apenas veía su interior, porque tenía la bombilla fundida desde hacía años. Estaba también lleno de telarañas grimosas que se te pegaban a los brazos. Revolví libros, revistas antiguas, mil cachivaches inservibles y polvorientos que uno guarda por apego sentimental aunque es consciente de que nunca más volverá a hacer uso de ellos, y por fin encontré un viejo mapa de carreteras medio deshecho.

Volví al salón. Desplegué el mapa con mimo, para que no se desintegrara. Busqué dónde me encontraba y cuando ubiqué El Coto, escudriñé por los alrededores a ver si localizaba Sanchoblasco. Y, en efecto, lo encontré. Estaba apenas a unos 60 kilómetros. Se hallaba en medio de varias carreteras generales, apartado de cualquier lugar de paso, caído por azar en el mapa; es decir, que para llegar allí tenías que ir a propósito. Daba la impresión de ser un pequeño pueblo más como había otros tantos ignorados y varados en la historia en La Meseta.

Disponía del resto de la tarde —ya no regresaría a la lectura de A sangre fría, el pájaro carpintero había comenzado a hacerse su hueco en el cerebro—, por lo que me tomé un café bien cargado para llenarme de energía y me puse en marcha hacia Sanchoblasco.

José Luis Cubillo Fernández
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