“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Bogus Track

martes 5 de abril de 2022

confinamiento s. m. 1 Encierro, acción y resultado de confinar a una persona o animal en un lugar (…). 2 DER. Pena que obliga a un condenado a vivir desterrado en determinado lugar, en libertad, pero bajo la vigilancia de las autoridades (…).
Diccionario Salamanca de la Lengua Española
¿Hacia dónde imaginar la huida, si la celda lo es todo?
Fernando Pessoa

La noche del 8 de abril de 2016, Rod Evans acariciaba el control remoto del televisor, como procurando una revelación proveniente de lo que estaba a pocos minutos de acontecer en el Barclays Center de Brooklyn, quizás el más grande honor que pueda dispensarse a banda o artista alguno en la especialidad. Para muchos Deep Purple era la agrupación más célebre de las cinco que subirían al escenario a recibir el homenaje de inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, cuya sede se encuentra en Cleveland y, aparte de esa noche, acostumbra celebrar los actos de exaltación en el ilustre Waldorf Astoria. Aunque su paradero constituía una incógnita desde hacía más de tres décadas, Rod integraba la lista de invitados como miembro fundador. Este detalle resultaba ser de las comidillas más mórbidas que rodeaban el ambiente previo a la ceremonia. Ante su dilatada ausencia el baterista Ian Paice, con quien anteriormente el ex cantante había integrado The Maze, en alguna entrevista había llegado a preguntarse:

—¿Y en verdad continúa vivo?

Las expectativas de Rod se centraban en la señal de HBO donde finalizaría la ronda de zapping y que agitaría la memoria —no así la de su esposa, que prefirió sintonizar otro canal en la habitación contigua— de una época glamorosa: en las postrimerías de los sesenta, Deep Purple representaba nuevos aires en el contexto psicodélico-progresivo de las vanguardias británicas, una formación compuesta por Roderick Evans como aplicado frontman junto al guitarrista Ritchie Blackmore (cuya presencia en la gala también estaba en entredicho), el virtuoso del órgano y del piano Jon Lord, el bajista Nick Simper y el mismo Ian Paice. Bajo la influencia de grupos y artistas como Cream, Los Beatles, Neil Diamond, Jimi Hendrix y el matrimonio de Ike y Tina Turner, entre otros, la nueva banda se abría paso con registros a la vez barrocos, clásicos y hasta gitanos, en los cuales la voz de Rod evidenciaba su personalidad en un conjunto de temas a los que, en su mayoría, les costó alcanzar las cotas requeridas para apersonarse con suficiente dignidad en el mainstream.

El también ex modelo que inmortalizara el tema en 1968 sólo tendría agallas para apreciarlo por televisión, clandestino.

No obstante, hubo un sencillo que coronó las aspiraciones de Rod y sus socios: “Hush”. Alcanzó tal éxito que, más allá de encontrar un lugar en el competido Top 5 de la revista Billboard en Estados Unidos, llegó además a engrosar la nutrida lista de versiones traducidas al español por las bandas latinoamericanas de pop-rock durante esa época. En Venezuela, los músicos se referían a esta costumbre como la de fusilar canciones: los grupos más populares basaron buena parte de su discografía en este tipo de propuestas —en donde con frecuencia las “traducciones” no eran tales, sino meras excusas para acoplar frases rimadas—, y la versión castellana de “Hush” llegó, con ciertos arreglos (incluso el título) y un añadido despecho, a entronizarse de manera especial en el imaginario sesentoso, de la mano de Ivo —un baladista con timbre privilegiado y melena sempiterna. A Rod no le hubiera extrañado que la canción se interpretara esa noche durante la intervención posterior de Deep Purple, como acostumbran los artistas exaltados al Hall of Fame. Sin embargo, el también ex modelo que inmortalizara el tema en 1968 sólo tendría agallas para apreciarlo por televisión, clandestino, en la voz de quien entrara en la banda como su sustituto, a pesar de tres prometedores álbumes. Así lo decidió desde que fuera objeto de otro fusilamiento, varios años después, a partir de la reacción del público luego de abarrotar diversas plazas de Norteamérica, durante la desafortunada gira que determinó la acción interpuesta y el fallo judicial de 1980. Una experiencia de repercusiones funestas que implicaron la huida de Rod, sumido en la vergüenza, hacia donde no fuera reconocido ni recordado pese al innegable talento exhibido tanto con Deep Purple como con la formación de culto Captain Beyond. En este caso la palabra confinamiento adquiere una dimensión radical. Como se sabrá más adelante: el encierro de un sujeto que ha sido prácticamente privado de su libertad, de sus posibilidades creativas, de sus movimientos.

 

En sus presentaciones en vivo, Ian Gillan siempre tuvo la extrañísima costumbre de movilizar las congas arrinconadas en algún lugar del escenario y llevarlas hasta el espacio habitual del vocalista, durante las ejecuciones instrumentales de Deep Purple. Luego añadía la suya, que en verdad representaba un fondo mucho más imperceptible que el desplegado por la cabellera al bambolearse de un lado a otro. Podría decirse que Gillan el conguero —así como en general el percusionista, porque otras veces sacó a relucir la pandereta, con el mismo “efecto” sonoro— constituía una especie de pretexto en medio de los estruendosos intermedios, para un intérprete que no sabía si dejarse llevar por la melodía púrpura o bien retirarse durante un solo prolongado o, mucho mejor, incorporar la ejecución de la armónica que al menos tenía un lugar más destacado en algunos temas, como “Lazy”. Pero los incondicionales de Deep Purple lo eran, quizás por esta razón, de Gillan el cantante; lo eran además del protagonista original de la pieza Jesus Christ Superstar, y lo eran también del integrante de Episode Six que terminó deslumbrando a Ritchie Blackmore y Jon Lord. El descubrimiento provocó la salida de Rod Evans junto a la de Nick Simper, quien a su vez fuera reemplazado por Roger Glover, todo ello en 1969. Con las nuevas adquisiciones, Deep Purple se dispuso a apuntalar un estilo más cercano al hard rock, y la encomienda no sólo fue exitosa: en menos de cinco años el grupo inglés accedió a la cúspide del universo, y varios de los álbumes surgidos en ese período forman parte de las obras más prestigiosas del género. Una de las marcas distintivas del ascenso estuvo representada en una voz poderosísima, de registros sobrenaturales. Gillan llegó a darle un cariz impresionante a algunos temas de la primera formación como “Mandrake Root” y el mismo “Hush”. En este último, parte del coro pegajoso se prolonga en los alaridos que le añadiría y se harían característicos en buena parte de su carrera. Desde el set inédito que Deep Purple interpretó en el Royal Albert Hall de Londres y previo al Concerto for Group and Orchestra de Jon Lord —la primera grabación del llamado Mark II1—, los seguidores comenzaron a olvidarse de Rod Evans.

Pero la noche del Salón de la Fama, todas las miradas se centraron en el escenario del Barclays Center con la esperanza de reconocer a Rod, luego del largo tiempo inmerso en especulaciones tan retorcidas como, por ejemplo, la que apuntaba al especialista en bienes raíces, homónimo, ciertamente parecido y acorde con el anciano que pudiera representar Rod, en un video de YouTube. Al culminar la entrega de reconocimientos, los miembros de Deep Purple para entonces —Gillan, Glover, Paice, el tecladista Don Airey y el guitarrista Steve Morse— ocuparon sus lugares en la tarima para ejecutar el repertorio de rigor. Arrancaron con “Hush”, y Gillan se mantuvo fiel a una costumbre. Siempre le gustó agregar cambios a las letras de determinados temas en cada concierto, pero esta vez la variación se detuvo en la estructura: el coro de “Hush” debe repetirse dos veces; sin embargo, Gillan se hizo el desentendido y logró mezclar alargues vocales y otras triquiñuelas para que el otrora aterrador tono en el coro encontrara cabida tan sólo una vez en el esquema del primer éxito de la agrupación. En esta oportunidad, y desde hacía unos cuantos años, los gritos de Gillan no pasaban de ser una caricatura. Para algunos entendidos, ello ha sido producto de la práctica abusiva del belting o “emisión de pecho alto” con la que deleitó a las audiencias más exigentes de Europa, América y Japón. La siguiente canción no provocó añorar la notoriedad en la voz de antaño. El riff de guitarra en “Smoke on the Water”, que opaca cualquier instrumento, es posiblemente el más famoso de la historia.

 

Al interpretar el cover de “Hush”, tema de Joe South, Rod se ejercitó en el baile imitado por todos los asistentes.

Los primeros álbumes de Deep Purple se caracterizaron por incluir versiones de algunos temas muy conocidos. En la voz de Rod, “Hey Joe” conservó el espíritu que le insuflara Jimi Hendrix, con la adición de una obertura flamenca por parte de Blackmore y Lord. De igual manera los solos de órgano resultaron fundamentales durante la introducción en los covers de Los Beatles: “We Can Work it Out” y sobre todo “Help”. En esta versión se percibe una amalgama entre oscura y dulzona que se extiende hasta las alturas, impulsada por la creciente intensidad de todas las voces: “I need somebody / (Help!) not just anybody / (Help!) you know I need someone / Heeeelp!”. También “River Deep, Mountain High” y “I’m So Glad”, así como “Kentucky Woman”, fueron objeto de extensos arreglos e incluyeron inflexiones interesantes en la tesitura vocal de Rod que lo prepararon para los consiguientes retos, como la invitación de Hugh Hefner al programa Playboy After Dark. La fiesta infalible en la residencia del magnate representó el marco televisivo donde los músicos lucieron peinados más parecidos a pelucas gogó y las conejitas prefirieron mostrarse cual aplicadas discípulas de Mary Quant. Al interpretar el cover de “Hush”, tema de Joe South, Rod se ejercitó en el baile imitado por todos los asistentes, que no se atrevieron a ejecutar la secuencia de striptease y zambullido en una piscina como decoración de videoclip, al estilo reiterado de los Monkees o los mismos Beatles en el filme de Richard Lester, Help!

Mientras Lars Ullrich, baterista de Metallica, recorre ámbitos afectivos hacia la gran banda, como responsable del discurso de inducción, Rod ha tratado de ubicar su lugar en la historia del rock and roll. También ha vuelto a asomarse por los lugares comunes de una manera de pensar, que termina influyendo en la clave para hacer negocios. La industria discográfica determina cuándo mereces entrar a un grupo selecto que se supone determinado por el talento y el genio, pero al final le basta con que hayas pegado una composición dentro de una reconocida lista de hits musicales. Además se requiere que hayan transcurrido al menos veinticinco años luego del debut artístico. En consecuencia, y por supuesto para Ullrich, la deuda con Deep Purple había durado mucho tiempo sin ser saldada. Demasiado, quizás. Rod sigue el discurso con detenimiento y apego solitario a su Cointreau, y entiende que dicho lapso podría ser tan largo como el del propio mutis. Tan largo, además, como la lista de músicos que conformaron las alineaciones de la banda fundada en 1968, una nómina mutilada para los efectos de la ceremonia. De hecho, en principio resultaba muy extraña la ausencia de Nick Simper entre los homenajeados, máxime cuando éste declinó la misma invitación para integrar el tour de 1980 que derivó en la debacle personal del ex cantante. Un gesto inexplicable de la industria al que debían sumársele las omisiones de Airey y Morse, encargados de la sección melódica del grupo durante las últimas décadas. Aunque Rod y los demás espectadores advierten que parte de los honores recayeron en el vocalista David Coverdale y el bajista Glenn Hughes, quienes también, al igual que Simper en su oportunidad, hicieron lo correcto al sustituir en 1974 al dueto Gillan-Glover con óptimos resultados, reflejados en un trío de álbumes representativos de la impronta púrpura a mediados de los setenta y la participación en giras y festivales multitudinarios. Pero luego del lanzamiento de Come Taste the Band en 1976, Deep Purple debió cerrar un ciclo, junto a la muerte por sobredosis psicotrópica de Tommy Bolin, responsable de la guitarra en dicho elepé como sustituto de Blackmore. Para ese momento, Rod se desempeñaba como terapista respiratorio, varios años después de fundar Captain Beyond junto con antiguos miembros de Iron Butterfly y la banda de Johnny Winter. Luego de participar en la publicación de dos aclamados discos, Rod abandonó el grupo para dedicarse a su nuevo oficio.

En tanto Ullrich concluía el preámbulo para dar paso a los nuevos inmortales —junto a Vicky Lord, en representación de Jon, el esposo fallecido en 2012—, Rod ya sabe que no será el único ausente de la velada: tampoco se contará con Ritchie Blackmore, quien al menos mantuvo vivas las expectativas acerca de su comparecencia hasta el último momento. Mensajes cruzados involucraron a la mánager Carole Stevens y al director del Salón de la Fama, Joel Peresman, sobre la supuesta exclusión del guitarrista, y generaron posteriores desmentidos en las redes sociales. El carácter taciturno de Blackmore no le impidió enfrascarse en continuas disputas con sus compañeros, en particular con Ian Gillan. Los pleitos propiciaron que abandonara la banda en par de oportunidades y le permitieron prolongarse en el legendario Rainbow, en 1975, y Blackmore’s Night, el proyecto de aires medievales y renacentistas conformado junto a su esposa Candice, luego de la partida definitiva en 1993. Extendido en el sofá, Rod suspira profundamente antes de digerir las palabras de Ian Paice y los otros miembros de Deep Purple, delante de los videos de fondo en los que no falta su imagen. Tampoco la de Nick Simper, así tampoco las de los finados —Bolin y Lord—, como cualquier banda de rock que se precie. Luego de treinta y cinco años, Rod Evans prefirió mantener el silencio y que una versión de “Hush” retumbase lejana, insípida y decadente en la voz que una vez llegó para reemplazarlo, incluso la noche del Salón de la Fama del Rock and Roll.

 

El público debe quedar convencido de que no son imitadores sino los músicos legítimos.

Groupies. Bandas-tributo. Grandes puestas en escena. Percepción de contacto directo y continuo con las celebridades. Intervención directa en el proceso de creación. Elaboración de una propuesta a la manera concebida por, digamos, Dios Salve a la Reina, agrupación de homenaje a Queen: “No me considero un actor, sino más bien músico y cantante. El papel de Freddie Mercury es algo que me sale más bien del fanatismo y no de un estudio previo”, ha dicho Pablo Padín, vocalista. O a la manera de la también argentina Genetics o como Zepparella, cien por ciento femenina.2 Experiencia visual. Imitación rigurosa de cada integrante del grupo. Calco preciso de las composiciones. Auténtica entrada en la dimensión de la banda original. La ostensible distancia de Bertolt Brecht. Disfrute y complacencia del público.

Para infortunio de muchos, o más bien de algunos, podría afirmarse que estas maneras de canalizar la devoción de los fans no han sido las únicas. Al igual que las anteriores, existe otra forma de hacerles creer que están en presencia de las estrellas pero esta vez sin acudir al artificio: en verdad no puede haberlo porque se quiere vender como la ocasión de presenciar la banda real, sin mediaciones brechtianas. En su lugar, se apela al método Stanislavski. Dicho de otra forma: el público debe quedar convencido de que no son imitadores sino los músicos legítimos.

Durante los setenta, una empresa llamada Advent Talent Associates acumulaba cierto oficio involucrándose en aventuras de este tipo. Se dedicaba a revivir trayectorias de bandas desmanteladas o por mucho tiempo alejadas del mundillo roquero, mediante la reunión de músicos de sesión, probablemente desconocidos, alrededor de uno o dos miembros clásicos, aunque el nombre del grupo solía resultar el único elemento “original” de la conformación. De hecho, fueron dos ex miembros del revival act de Steppenwolf, conocido por el “conveniente” nombre de New Steppenwolf, quienes impulsaron la iniciativa de convocar a Rod Evans para liderar el regreso de Deep Purple a los grandes escenarios, tras varios años de silencio. El guitarrista Tony Flynn y el tecladista Geoff Emery se unieron al baterista Dick Jurgens e hicieron la propuesta a su antiguo promotor y representante de Advent Talent Associates, Steve Green, no obstante lo fresca que aún estaba una demanda por el uso indebido de la marca. Esta acción fue llevada adelante por el fundador John Kay y logró paralizar la actividad que la “nueva” banda desarrolló entre 1977 y 1980. Sin embargo, la tentación de contemplar al ave Fénix en forma de Deep Purple —y de jugosas ganancias que se vislumbraban a la vuelta de la naciente década— pudo más que cualquier escrúpulo y lentitud en los pasos a seguir.

Rod aceptó la oferta. Ello conllevó el abandono del hospital en California donde ejercía la dirección de terapia respiratoria, tras lo cual contactó de inmediato a Nick Simper, quien integraba el grupo Warhorse la última vez que coincidieron en un mismo evento, durante la etapa de Captain Beyond. Le planteó la oportunidad de reencontrarse con lo que significaba formar parte de Deep Purple. Fama, multitudes, chicas, dinero. Pero Nick pareció verlo de otra forma. Quizás tuvo un mal presagio, porque respondió:

—No quiero saber nada al respecto, mucho menos involucrarme.

Hubo entonces que organizar una jornada de audiciones para completar la formación, a la que acudió Tom DeRivera y terminó calificando como bajista. De este modo, la banda pudo iniciar los ensayos para una ambiciosa gira que abarcaría un conjunto de ciudades de Estados Unidos, México y Canadá, a la que se añadirían elementos tan intrincados como desconcertantes para todos los involucrados. Entre estos últimos, la agencia de William Morris, recién incorporada al proyecto junto al primer sello disquero del Norte que firmó a Deep Purple, afiliado a Warner Brothers.

Las piezas empezaban a engranar, no obstante los augurios generados por la gestión de Steve Green, cuyo manejo de las bandas acarreaba situaciones como las descritas por Peter Noone, el carismático líder de Herman’s Hermits: “He recibido cartas de fans que confiesan haber salido una noche a un toque de Herman’s Hermits y no me vieron allí. O que sólo vieron a una horda de payasos interpretando canciones que jamás habían escuchado”. Mientras, en marzo de 1980, Emery registró el nombre Deep Purple en California. Asimismo, en un estudio de Los Ángeles, los músicos avanzaban en la grabación de media docena de temas inéditos —incluso un tributo al legendario Gene Krupa, titulado “Brum Doogie”— que integrarían un primer álbum y aspiraban a ver la luz en noviembre de ese año. Sin embargo, una gran interrogante giraba alrededor de lo que prometía ser una notable operación de promoción en la cual los miembros “extraviados” parecían estar legal y legítimamente excluidos. En cada entrevista Rod intentaba aclararla, sin mostrar la menor señal de preocupación. Por un lado, afirmaba que había hablado con Blackmore, también con Lord, pero no mostraron interés en conservar el legado del grupo, ligados a compromisos con sus proyectos vigentes a la fecha, como Rainbow, Whitesnake o los de Ian Gillan. Por otro lado, Rod aseguraba que el nombre de Deep Purple estuvo registrado en el Reino Unido desde su génesis en 1968, como parte de la base del fuero que ostentaba. Pero nada de esto sería suficiente para contener la avalancha de sucesos que se avecinaban, como una jauría ávida de despojos mediáticos.

La gira arrancó en el Centro Cívico de la ciudad texana de Amarillo, el 17 de mayo, como inicio de una serie de conciertos que abarcarían las zonas aledañas hasta llegar a Ciudad de México, para una presentación en el espacio abierto del estadio Inde, el 28 de junio. Al llegar a este punto hubo numerosas expectativas en el público, el cual agotó las entradas rápidamente. Pero una cosa era prepararse para la presentación de una institución del rock en la comunidad azteca, dividida entre conservadores y roqueros impenitentes así como poco habituada a la parafernalia propia del género, y otra muy distinta era digerir al “nuevo” Deep Purple con apenas un miembro original pero en realidad lejano a la leyenda. Algunos medios de la capital hasta pusieron en duda tal condición. En una rueda de prensa previa, Rod y sus compañeros parecieron disipar esa y otras conjeturas, en especial las relacionadas con el control de la marca. Además, el cantante resultó simpático y cordial, en tanto firmó varios elepés de los años con el Mark I. Sólo cabía esperar el inicio de una velada que se vislumbraba tensa, si nos atenemos a los antecedentes de los conciertos en Texas.

 

¿Qué representa la hombrera extraterrestre de Rod en el ímpetu de quienes plenan el auditorio?

La foto de Chris Walter abarca a los cinco integrantes de la alineación de Deep Purple en 1980, presentada oficialmente al público como “New” y recordada por la leyenda negra con la denominación “Bogus”.3 De izquierda a derecha, Dick Jurgens luce sonriente una rubia y larga melena que apuntala su abundante pollina. Está abrigado con un suéter de lana y botones, tejido con motivos de la altiplanicie andina. Las manos sostienen una motosierra que no abandona siquiera para sentarse a tocar la batería. A su lado, Tony Flynn despliega una cabellera igual de alargada aunque rizada y castaña. Encima de una franela gris claro viste un saco del mismo color con sendas solapas en los bolsillos. Lo desabotonará cuando ejecute la guitarra dentro de unas horas. Al centro, el bajista Tom DeRivera exhibe un cigarrillo con los brazos cruzados y descubiertos. Su franela reza “Moscow 1980”, a cuyos hombros llegan las puntas de una melena lisa. Mucho más corta es la de Geoff Emery, tecladista, quien también viste una franela estampada con el hombro izquierdo cubierto por una especie de paño blanco, así como pantalones ceñidos de cuero oscuro. En el otro extremo, Rod Evans refiere el corte más discreto del grupo, con una gruesa abertura que deja ver la frente, a diferencia de las larguísimas greñas de cuando representó la voz de Captain Beyond. Su vestimenta es un conjunto negro sin mangas, con un ancho cinturón que combina a la perfección con una hombrera que evoca una prenda de traje espacial, al estilo del popularizado por Klaus Nomi, el contratenor del momento. Con los brazos sueltos y actitud relajada, el cantante pareciera listo para trascender esta foto y enfrentar la multitud que lo increpará al reclamar a Gillan, Blackmore, Lord, Glover, Paice, Hughes, Coverdale, el ánima de Bolin o cualquier reencarnación púrpura que devuelva la gloria del rock duro a la tarima de esta noche. ¿Por qué el aura del traje espacial no impedirá la muerte de Nomi dentro de pocos años, a consecuencia del extraño síndrome que viene afectando a la comunidad gay? ¿Qué representa la hombrera extraterrestre de Rod en el ímpetu de quienes plenan el auditorio, convencidos de estar siendo víctimas de un fraude colosal?

 

La noche mexicana de Deep Purple no hizo sino ratificar las impresiones que los fans venían recogiendo en cada ciudad pautada durante la gira de 1980. Si bien pudiera hablarse de una publicidad transparente en cuanto a encabezar el cartel con Rod Evans e incluir las fotos de cada uno de los acompañantes, era frecuente acusar la omisión de los nombres en los diferentes diseños de invitación. Este y otros detalles influyeron sin duda en la desinformación que caracterizó el retorno de la leyenda y explican las reacciones del público frustrado en su ansiedad por acceder al Olimpo roquero en la propia tierra. Tanto en Ciudad de México como en otros escenarios hubo un patrón que parecía repetirse en el comportamiento de los asistentes: muchos esperaban sus temas preferidos en la voz de Ian Gillan, o al menos en los épicos riffs de Blackmore o los solos de Jon Lord. A muchos otros les hubiera bastado con la dupla vocal Coverdale-Hughes o los redobles de Ian Paice. Al no haber nada de esto, la expectativa se multiplicaba de forma abismal sobre la banda, en especial encima de Rod, quien después de varios años de inactividad debía afrontar los clásicos con una tesitura inferior a la que Gillan —y, en menor medida, Coverdale— impuso en la cultura pop. La secuencia era inevitable: la actuación no alcanzaba el nivel esperado y la gente arrojaba indignada vasos, latas y botellas sobre los músicos. En Quebec City un fan llegó a quemar un suéter de siete dólares que adquirió antes de entrar al recinto. En algunos casos llegó a ofrecerse la devolución del dinero pagado por los boletos, y de entre la marejada surgían cada vez más carteles que rezaban: “¿Dónde está Jon?” o “Queremos a Blackmore”.

Pero la reacción más significativa no tardó en manifestarse, en la forma de una empresa registrada en 1971 como Deep Purple Overseas Ltd. Mediante las acciones de esta firma los integrantes del “real” Deep Purple decidieron intervenir en un asunto que de manera gradual se alejaba de control. Mientras la banda de Rod seguía adelante con la gira y demás tropiezos, los representantes Tony Edwards y John Coletta armaban cuidadosamente la respuesta legal, en especial impulsada por Blackmore, quien nunca ocultó su disgusto ante el intento de apropiación de la marca. En junio de 1980 presentaron una acción en un tribunal de Los Ángeles, en procura de una orden judicial para evitar que Rod continuara usando el nombre Deep Purple y solicitar indemnización por daños y perjuicios según las disposiciones de la Ley Lanham, un estatuto federal que regulaba los aspectos relacionados con las marcas comerciales. La controversia continuó sin evidencia de cambio alguno en la actitud de Rod y su banda hasta que un día antes del concierto final, previsto para el 19 de agosto en el Long Beach Arena de Los Ángeles, Edwards y Coletta publicaron un curioso aviso en Los Angeles Times. El texto decía así:

Las estrellas a continuación no forman parte del concierto de Deep Purple en el Long Beach Arena de Los Ángeles, mañana 19 de agosto de 1980: Ritchie Blackmore / David Coverdale / Ian Gillan / Roger Glover / Glen Hughes [sic] / Jon Lord / Ian Paice

A pesar de la insólita publicidad, el Long Beach Arena logró vender hasta dos tercios de la boletería, representada en 9.000 asientos. En realidad nada mal para la parte demandada —aturdida y exhausta luego de una gira tormentosa— que en adelante podría centrar sus energías en el avance del proyecto discográfico. Además de mantener la confianza en un fallo favorable, Rod comenzó a pensar seriamente en el futuro del grupo, con o sin el nombre de Deep Purple. El regreso al contacto con los aforos multitudinarios le permitió considerar un nuevo panorama de posibilidades artísticas, las cuales parecían abrirse camino en medio de la batalla legal y publicitaria, de la mano con un equipo que hasta el 3 de octubre de 1980, fecha del veredicto, siempre dio la impresión de romper las lanzas por Rod.

Aunque, al final, el dictamen judicial no pudo agarrarlo más desprevenido.

El tribunal determinó que los derechos sobre el nombre de Deep Purple correspondían de manera íntegra a los demandantes y, por tanto, ordenó a Rod Evans el pago de 672.000 dólares de la época por los daños ocasionados al utilizar la marca sin permiso. Al no contar con suficientes fondos económicos para honrar la indemnización, en última instancia se dictaminó que nunca más recibiera las regalías correspondientes a la participación en los tres primeros álbumes de Deep Purple. Un resultado bochornoso para alguien como Rod, quien en su carácter de miembro original de la banda aparecía como único accionista de la nueva empresa; por tanto, la única persona que podía asumir riesgos y, además, la única que podía ser llevada a los tribunales. Los representantes legales y artísticos del “nuevo” Deep Purple huyeron de la escena y el material grabado hasta ese momento fue confiscado por orden del tribunal. Durante todo el proceso Rod no pareció advertir, en medio de su entusiasmo y arrojo, lo mucho que tenía que perder.

De Rod Evans a veces se cuentan historias situadas en estaciones de servicio o granjas de cría de perros.

Un año después, Tony Flynn reveló a una revista mexicana las intenciones de grabar un álbum solista e incluir como invitados a Rod Evans y Geoff Emery, en una clara alusión al fervor aún intacto por Deep Purple. “Pudiera formar una banda-tributo, quién sabe”, comentó. El guitarrista se mantuvo vinculado con la industria y solía presentarse en locales y alrededores de Acapulco. Entretanto, Emery ejerció la vicepresidencia del sello independiente Statue Records en California. Dick Jurgens abrió un local para dedicarse a la reparación de motocicletas, ubicado en Hawaii. Tom DeRivera también dejó la música, y de Rod Evans a veces se cuentan historias situadas en estaciones de servicio o granjas de cría de perros, que al cabo de tanto tiempo ningún habitante de la escena pública ha sido capaz de corroborar.

 

Rod continuó viendo televisión hasta quedarse dormido. Despertó avanzada la madrugada, sin recordar con exactitud en cuál parte de la gala extravió la noción de vigilia. Aparte del malestar que le provocó el dormir fuera de la cama, ajeno al calor de su esposa, resintió las cuatro o cinco horas ininterrumpidas con el aparato encendido, lo que contribuye al exceso de trabajo por parte del cerebro. Como casi siempre, trató de ubicar sueños cuyo recuerdo corría el riesgo de resquebrajarse cual galleta en pocos segundos, a menos que los reseñara en la libreta de al lado de la cama. No sufría pesadillas, sino más bien los sueños reflejaban situaciones intensas, emocionantes. Solía recorrer la misma ciudad, mucho más grande que la referencial. Esta vez los personajes penetraron con más facilidad su capacidad onírica, quizás antiguos compañeros. A Rod le costó precisar la aventura nocturna, aunque es probable que en ella predominara el ruido, el mismo ruido al que renunció hace treinta y cinco años para volver al hospital adonde acudirá en unas horas a cumplir la faena habitual. En todo este período, Rod se ha negado a transgredir los linderos de la condición autoinfligida que sólo comparte con los pacientes y el contrato marital, cuando se interna en las bóvedas abreviadas por las dolencias respiratorias; en los síntomas de asma bronquial, tuberculosis, cáncer pulmonar, EPOC, neumonía; en los restos del litigio que flotan reincidentes junto a empresarios sin escrúpulos en forzar la aparición de un eslabón perdido; en los comentarios insidiosos de los concuñados Ian Paice y Jon Lord, casados con gemelas; en las tardes de farra y Cointreau junto a Ritchie Blackmore mientras escogían el nombre de la banda, sacado del sombrero de la abuela; en la interrogante que no ha dejado de retumbar tras los pasos invisibles: Ahora que ganaron la demanda, ¿qué diablos harán con el nombre?

J. M. Guilarte
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Notas

  1. La arbitraria y curiosa denominación que suele acompañar a las alineaciones históricas de la banda.
  2. Representadas ambas en sendos tributos a Génesis y Led Zeppelin, respectivamente.
  3. Falso, fingido, simulado.