“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Sueños pandémicos

viernes 29 de abril de 2022

Sueño mucho en cuarentena, y hasta retomo el hilo entre sueño y sueño como si se tratara de una serie.

Esto empezó hace varios meses. El primer recuerdo que tengo es haberme despertado un día, y como siempre, fui al baño. Mientras me bañaba, recordé el sueño de la noche.

Un judío ortodoxo me aborda en la calle. Es un hombre mayor, está vestido con un sobretodo largo, debajo del cual se destaca una camisa blanca. Porta una gran barba entrecana, los rulos a los costados de su cabeza y un sombrero enorme y peludo.

Me mira y dice: Hola, ¿sos del barrio? Lo miro sin responder. Entonces, él acomoda su codo para el saludo sanitario y se presenta. Soy Uriel, dice. Yo le apoyo mi codo en silencio. Él pregunta: ¿Cuántos años tuvieron que pasar para producir la piel humana que nos ha llevado a esto? Mientras habla, saca del bolsillo del sobretodo un barbijo de color beige. Yo le empiezo a contestar, y me doy cuenta de que le hablo en idish.

Fin del sueño.

Miré el termómetro que tengo en la mesa de noche, pero no me animé a tomarme la temperatura.

Por si hace falta, aclaro, yo no hablo idish, ni nada que no sea el argentino.

Ese mismo día, a la tarde, decidí dormir una siesta. Generalmente no duermo siestas. Volví a soñar.

Yo llego en bicicleta a la puerta de un supermercado chino. Había una cola de cinco o seis personas para entrar. Hago la cola respetando el distanciamiento social. Me cuesta sostener entre los brazos dos botellas de vidrio vacías y una caja como las de vinos, la bicicleta la apoyo sobre mi cadera. La caja parece tener adentro algo que desconozco. A pesar de la incomodidad, no se me ocurre dejar nada en el piso.

A todo esto, cuando trato de acomodarme el barbijo, veo que del supermercado sale alguien. Me llama la atención su sombrero peludo. Es Uriel. Mira para donde estoy, levanta los brazos, y viene hacia mí gritando: Dame tres, dame tres.

Me desperté sudoroso, ¡carajo, tengo fiebre!, dije asustado. Miré el termómetro que tengo en la mesa de noche, pero no me animé a tomarme la temperatura.

La noche siguiente no soñé, o por lo menos no lo recuerdo.

Un día más en cuarentena, y una noche más también.

Después de una videollamada con mi hija, me fui a dormir un poco angustiado. Daba vueltas sin poder pegar un ojo, incluso me puse la radio bien bajita, para dejar de pensar, pero nada.

Algo me llama la atención. Veo luz entre los espacios de la persiana. No está amaneciendo, no. Es la luz de una linterna, y eso no puede ser, mi ventana da al patio interno. ¡Alguien está adentro de mi casa!

Sí, estaba soñando.

En el sueño salto de la cama, y levanto la persiana. Ahí está Uriel con una linterna. Sin decirme nada, con el rayo de luz señala un rincón de la pieza. En ese rincón está la caja que yo sostenía en la cola del supermercado. Voy hasta el rincón, y mientras abro la caja le pregunto (esta vez en castellano), ¿vas a llevar tres? Sí, me dice. Entonces saco de la caja tres barbijos.

Eran barbijos comunes, pero de un material muy suave. Se los doy. Él los palpa, los huele y hasta se acaricia lo poco del cachete izquierdo que la frondosa barba le deja libre.

Me mira y pregunta, ¿tu nombre es? Miguel, le contesto. Uriel se acoda en el marco de la ventana. Como si fuera un parroquiano que en el estaño de un bar se confiesa con el cantinero, comenta con voz de locutor de documental: La producción de piel humana sintética, tejido, músculos, carne y cualquier órgano, ha tenido un éxito espantoso. Este material es aún secreto. Se llama Praesidimoll, del latín praesidium, protección, y mollis, suave.

Ya despierto, hasta ahí es lo que recuerdo, salvo por un pequeño detalle: lo intento una y otra vez y no puedo acordarme de la palabreja que dijo Uriel, parasitol, premolson, prisameltón. Nada, che, no hay caso.

En fin, sigo sin soñar. Confieso que extraño a Uriel.

Las siguientes jornadas de cuarentena fueron menos aburridas. Cada tanto trato de acordarme de la palabra aquella, pero sin suerte.

Por estos días pude hacer compras esenciales. También me llamaron del trabajo diciendo que me mandaban una tarea para hacer desde casa.

Pasó un día o dos ¿o tres? Hice el trabajo encargado. Una soberana pavada de actualizar un Excel, que estoy seguro me lo pedían para ver si estaba disponible. En fin, sigo sin soñar. Confieso que extraño a Uriel.

Pero una noche volvió.

Voy por la calle, y media cuadra más adelante lo veo. Aún por la espalda reconozco a Uriel. Intento gritar ¡Eh! ¡Eh! Pero de mi boca apenas sale un hilo de voz. Entonces quiero correr. Me desespero porque las piernas me pesan, me duelen.

Uriel para en la esquina esperando el semáforo para cruzar. Una mujer vieja se le acerca, le toca el hombro. Él la mira y la vieja me señala. Uriel se da vuelta. Sonríe al verme. ¡Daniel! grita. La vieja, que sigue junto a él, le dice: No es Daniel, es Miguel. Cuando por fin llego al lado de los dos, veo que la vieja es mi mamá. Fin.

Me desperté creyendo que era muy tarde. Miro el reloj de la mesa de luz, 05:52 am. Algo perturbado prefiero levantarme a tomar unos mates y escuchar la radio. La primer noticia que escucho es que el número de muertos e infectados sigue en aumento.

La cuarentena me tiene más sedentario que de costumbre. En adelante decido cenar solamente unas sopas de verdura porque creo que subí un par de kilos. La única duda es que si ceno liviano, quizás deje de soñar. Pero no, Uriel apareció otra vez.

Está sentado en un banco de plaza. Llego caminando y me siento a su lado.

Sus zapatos negros resplandecen, ahora no lleva sobretodo, por lo que puedo ver el pantalón contrastando con la camisa blanca y esos flecos que le cuelgan al costado a los ortodoxos.

Hola, Manuel, dice. Miguel, lo corrijo, soy Miguel. ¿Sabías que hay tribus que practican el canibalismo? Supongo que sí, le contesto con fastidio porque no recuerda mi nombre. Uriel me agarra del brazo, y dice llorando: ¡La justificación periodística hegemónica romantiza la ingesta de seres humanos diciendo que es una comunión! Dejate de joder, Uriel, le digo soltándome el brazo. Me paro. Él, más calmado, sigue: La tracción publicitaria arrasa con todo bastión ético-religioso, no quedará doctrina en pie. Camino unos pasos, y giro, Uriel ya no está. Ahora el que llora soy yo.

Me despierto acongojado, es de madrugada. No voy a poder dormir. Prendo la tele y empiezo a ver una película vieja.

Ya lo hablé con algunos amigos, la cuarentena nos está empezando a pasar facturas. Mi cabeza no puede olvidar a Uriel en la vigilia, y mi alma intenta compensarlo de noche, y así no hay sueño reparador que valga. No sé si volveré a dormir.

Cuando intento acercarle mi codo para el saludo, me caigo de la cama.

Obviamente sigo durmiendo, y Uriel vuelve en los sueños.

¿Cuál era la palabra que decía Uriel? ¿Cuál era?

¡¿Cuál?!

¿Cuál, qué? pregunta Uriel sentado en el borde de mi cama. La palabra que dijiste de la piel de los barbijos, le digo. Uriel piensa. Me mira y agrega: No sé… pero en mil años los humanos no tendrán vestigios de células originales, Joel. No me llamo Joel, me llamo Miguel, lo corrijo por enésima vez. Y por cierto, en poco tiempo diremos adiós al Cristianismo, agrega Uriel. Yo me siento con torpeza al borde de la cama. Miro su ropa, su barba, el sombrero gigante, y le digo: Bueno, vos sos judío, ¿te importa el Cristianismo? Mirá, a mí me importan todos los clubes de futbol, Martín. Pero la puta madre, Uriel, ¡yo me llamo Miguel! Y mientras me ofrece el codo del saludo pandémico, agrega: El nombre que no te acordabas era Praesidimoll.

¡Praesidimoll! grito en el sueño, y cuando intento acercarle mi codo para el saludo, me caigo de la cama.

El susto de la caída y el dolor del codo no me importan. Praesidimoll, Praesidimoll, repito como en un mantra, mientras me levanto y corro hasta la cocina donde tengo la notebook. Prendo la compu. En la página de inicio de Google escribo: Praesidimoll > Enter > y…

 

En cuarentena ya no sé si estoy despierto o dormido, pero Calderón sigue vigente:

¿Qué es la vida?
Una ilusión,
una sombra, una ficción,            
Es que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

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