“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Esperar la una de la tarde

viernes 10 de junio de 2022

Pero insistes, lágrima encarnecida,
y alzas en mí tu imperio desolado.
Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
ejército, marea.

Octavio Paz
Creces, tu ser me ahoga,
expulsando, tiránica, aquello que no cede
a tu espada frenética.
Ya sólo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa sustancia,
avidez subterránea, delirante.

Octavio Paz

Quince minutos

Hoy está retardado. Una inesperada reunión con el gerente de ventas que se alargó fue el motivo. Ansioso por llegar a su cita puntualmente pasa entre rayas blancas la enmarañada calle. En la esquina, la luz del semáforo dirige un tropel de gente con colores vivos. Son como hormigas entre la hojarasca desafiando el curso normal de la espesura de los cuerpos. Un paso adelante empuja la pesada puerta de vidrio que da ingreso al edificio. Saluda al portero con un gesto fugaz y entra al ascensor. Un espejo vertical refleja su figura y en ese exiguo perímetro que asfixia pulsa el número cinco. Ya en el corredor, se dirige al salón con la llave en la mano, entra, enciende la luz y vuelve a distinguir la desnudez de la pared con sus dos tonos, la pequeña estatua de bronce de una venus y la alfombra dorada. En el fondo, un escritorio de madera oscura con su silla ocupan una esquina junto a una mesita llena de libros y una lámpara. El aire enrarecido se dispersa menos denso entre las sombras y las cortinas de satén. Como si estuviera bañado de fulgor, se dirige con premura al escritorio, busca en las gavetas y sentado comienza a leer en un papel lo que el día anterior había escrito.

 

Catorce minutos

“Mi misión es esperar la una de la tarde. Lo hago desde hace tanto, que he perdido la noción del tiempo. Llego a este salón del quinto piso en la avenida principal a las doce del mediodía y espero generalmente una hora o dos, según el ánimo que tenga en el momento. Luego, triste porque no llegas, pero resignado, voy atrapando galaxias de esperanza durante el resto del día, logrando que el siguiente tenga fortaleza para volver otra vez. Ya es una rutina normal en mi existencia. Estoy adaptándome a ella sin dolor. No creo que esto sea eterno. Un tramo se alarga cuando crees que la meta está cerca. El espacio y el tiempo son inseparables cuando asumimos con valor la paciencia para derrotar la ira, el nerviosismo y la excitación. Ahora hay que darle un margen de espera a los retrasos: compromisos ineludibles, horario de trabajo, el tránsito automotor. Eso de alguna manera me calma. Por ello estoy aquí aferrado a mi fe, una virtud a la cual recurrimos los seres humanos cuando no hay más allá que la penumbra de un salón cerrado donde te espero”.

 

Allí las cosas pasan al azar y poco tienen que ver con lo que anhelamos.

Trece minutos

Deja el papel sobre el escritorio y por primera vez abre una ventana que para él es como abrirse al mundo. Allí las cosas pasan al azar y poco tienen que ver con lo que anhelamos. Sin embargo, él cree que hoy será diferente, porque vendrá. Abajo, los vehículos y el ruido han invadido la calle donde desde temprano impera un ardiente sol. De frente, una plaza con su espacio vital se destaca en la zona. Llena de árboles e hileras de flores que engalanan a un prócer erguido en su pedestal, da frescura al paso acelerado de los peatones. Al lado, la inmensa catedral, cuyo reloj ya dio hace rato las doce campanadas, completa el paisaje con solemnidad y gloria. Se siente bien, una dulce armonía ha dejado atrás el peso enorme que ahogaba su atribulado corazón y una profunda paz lo embarga de placer mientras contempla el vaivén de las cosas y de la gente. La brisa que revolotea y bate los cristales roza su cara, sus ojos verdes y el cabello gris. Apoyado en el borde de la ventana aspira con fuerza como si quisiera sentir el olor del viento. Es una sensación extraña. Tal vez eso lo hace soñar, porque de nuevo se acerca al escritorio y escribe.

 

Doce minutos

“De nuevo voy a ser breve. Pienso que estoy haciendo lo correcto. Necesito hablarte con franqueza y estamos a tiempo. Hemos vivido ajenos e nuestra propia realidad, explorando rigurosamente nuestras individualidades para subsistir en un mundo de vanas ilusiones. Sin saber manejar las diferencias que por naturaleza nos acompañan. Sin saber con qué fin uno compite con el otro. Mientras eso pasa, la relación se deteriora y poco a poco el afecto muere. ¿Quién es el culpable? Para cualquiera de los dos es muy difícil querer admitirlo. Sentir la culpa del que cree no haber hecho todo lo posible para evitar lo sucedido. Reconozco que he consumido banalmente mi vida. Una existencia compleja, sustancial, pudo llevarme e niveles donde el individuo se siente dueño de su futuro, orgulloso de su consagración. Pero yo busqué, en cambio, las ideas sencillas que dicen que el amor es cándido, franco, libre y noble. Desprendido de toda mácula que estimule el engaño y la trampa, el dolor y la muerte. Confundido en el tiempo y el espacio, las fracciones de mi vida fueron víctimas de una dilación. Embriagado de ansiedad escogí el camino más fácil para el corazón, el del perdón. Tal vez ahí estuvo mi error. Por eso es común oír decir que hay pasiones que matan”.

 

Once minutos

Aunque su mundo gira al revés, debe continuar. No importa que siga negando que hay problemas adoptando una aparente solución que vuelve a embargarlo de otros nuevos. Porque, aunque haya perdido a sus amigos por los achaques de la vejez que se insinúa prematura y se sienta íngrimo, está allí siempre levantando barricadas ante el ataque vil. Triste estará, es cierto, cuando busca lo posible, pero esa tristeza es también vida soportable, admisible, y para ello debe ser sagaz cuando lo agobia la incertidumbre, perseverante cuando el aliento pierde su vigor y se hunde en la desesperanza. Él le teme a la realidad, pero sabe que, si se castiga con culpas y enfermedades imaginarias, más larga será la pena, el cansancio, la espera. Es mejor pensar que a su alrededor puede ocultar la crisis de la edad en cualquier bar, escuchando música de su agrado mientras paladea un buen whisky, olvidando por un momento la angustia que lo acongoja, la pesadilla que vendrá acompañando a la próxima noche, para que después, redimido de su dolor y rescatado de su laberinto, pueda seguir la búsqueda incansable de un objetivo.

 

Es en esos instantes cuando reaparecen situaciones del pasado, como la muerte de sus padres, los rigores de su niñez y el acertijo que lo invita a suponer cuál es el camino por donde debe pasar para llegar al fin.

Diez minutos

También es cierto que ha dejado de ser convincente, nadie lo necesita, nadie lo busca, la competencia es brutal en el mercado de trabajo. La tecnología ha sobrepasado sus aptitudes innatas y hasta en cierta reunión lo tildaron de imbécil. Ya no es útil y ha pensado cuando es víctima de ese desprecio en desaparecer, autodestruirse. Es en esos instantes cuando reaparecen situaciones del pasado, como la muerte de sus padres, los rigores de su niñez y el acertijo que lo invita a suponer cuál es el camino por donde debe pasar para llegar al fin. Él pudo olvidar esa relación preñada de tormento cuando ansiaba una cuota de poder para su estatus. Todo lo tenía y cuando estaba en la cúspide todo lo abandonó. Dejó de pensar más en él que en los otros y se volvió una veleta cambiante al ritmo de los vientos. Las acciones que realizaba sometieron sin tregua a prueba su autoestima, alejándose vertiginosamente de la realidad para enredarse en la intrincada contienda de una singular unión. Cuando ya era tarde buscó el lugar más recóndito de su conciencia insistiendo en su fracaso: maltratar de nuevo el éxito que con dificultad había logrado.

 

Nueve minutos

No cree que todo lo que hizo fue en vano, pues entiende que, para descifrar esas cosas, sólo puede contar consigo mismo. Debe ser así y no se culpa sencillamente porque no sabe diferenciar entre la pasión y la obsesión. Esa perturbación que domina la razón y la voluntad con vehemencia. Esa idea que se impone a la conciencia con una involuntaria ejecución. Una ambigüedad que dificulta determinar el límite exacto y el momento preciso cuando una se fue y la otra llegó. Le han sugerido voces agoreras que lo olvide, que es solamente un párrafo de su historia que debe borrar y él ha contestado: “la insistencia es necesaria, para que la dicha llegue”. Porque qué hará, abandonado a expensas del destino, sin afecto ni comprensión mientras el mundo avanza. Qué logrará si no es consciente de que es necesario vivir cuando el amor no es suficiente. Perder un amor es ganar otro y así hasta el infinito. No debe malgastar sus días creyendo que la obstinación conseguirá que vengan a acariciar su cuerpo maltrecho mientras llora, porque es probable que acudan a la cita otros factores que desbaraten su ilusión. Si se sacrifica no vivirá más. Si claudica no vivirá menos. Porque, aunque se ame mucho en tiempos diversos, donde cada ser es diferente para expresar sus sentimientos, también es seguro que alguien tuvo algún momento de esplendor.

 

Ocho minutos

Necesita tiempo. La oportunidad, la ocasión de hacer algo, que suceda alguna cosa para medir los sucesivos instantes que integran la experiencia humana de la realidad, el compás de espera necesario para expresar sus sentimientos. Su existencia es un proceso de adaptación que el contacto con la verdad impone. El resultado del quehacer diario asociado a esos días en que es el sobreviviente de un equilibrio perfecto. No todo debe ser de prisa para él, pues debe saber que, si no se controla, su vida no será más que una llama que languidece. Debe avanzar, eludir obstáculos para dirigir su destino con acierto. Sentir la energía de lo que toca, de lo que siente, así haya rabia y miedo, pero seguridad en el intento. Buscar su ilusión con el riesgo que corre si abandona el presente. Sabe que atrás ya las horas menguaron. Su futuro depende de si esta fantasía tiene un fondo real, hecho de visiones y de sueños, de frustraciones y deseos incumplidos, de conciencia de la soledad y del tiempo que nos envejece, de tristezas sin límites. Ahora más que nunca debe partir de su presente, porque los errores le han enseñado que si se equivoca pierde y que es en ese lapso que lo inesperado puede ocultar su fatalidad, cuando lo que anhela está allí, tan cerca de lo que cree, que no pueda alcanzarlo.

 

Siete minutos

Necesita espacio. El habitáculo de las cosas creadas según Platón. Pero no en el reducido salón donde su voz hace eco. Una suma de lugares donde se sitúan los cuerpos. Un continente de objetos sensibles que coexisten en sus distancias con tardanza y lentitud. Sino en el espacio afín donde se prescinde de esas distancias y de todas las nociones que dependen de ellas. Donde él y los objetos aticen un caos de sensaciones que estrechen una relación entre fenómenos simultáneos para tener la facultad de conocer que el espacio no es ni absoluto ni infinito, es sólo lo necesario para que su experiencia tome forma y sentido. Está en el límite de su territoriedad, porque sabe que si ocupa el lugar de otro quedará expuesto a malos tratos y desengaños. Por eso debe andar con cuidado, evitar un paso en falso que lo remita al abandono y a la separación inesperada. Ahora que está en el territorio de lo imprevisible tiene la oportunidad de evitar a las personas que se extrañan por su comportamiento, que no entienden que para él la intimidad es una relación de contacto profundo solamente entre dos personas.

 

Horas de insomnio, nerviosismo y confusión lo acompañan. Su cuerpo es un cúmulo de alteraciones fisiológicas.

Seis minutos

Como se siente esclavo de las circunstancias tiende a enredarse su existencia. Sus necesidades no están satisfechas. Horas de insomnio, nerviosismo y confusión lo acompañan. Su cuerpo es un cúmulo de alteraciones fisiológicas. Ha bajado su nivel de aspiraciones, ha reducido su campo de actividades y se resigna cuando cree que nadie puede ver más allá de una decisión que no entiende. Entonces pierde confianza en sí mismo para considerarse su propio enemigo. Se aleja, se retrae, se contrae y regresa a situaciones previas del pasado, prediciendo catástrofes y conflictos ante los cuales no decide hacer nada, sino esperar que alguien venga a salvarlo como un ángel protector convencido de su impotencia. Está impedido hasta para tomar decisiones pequeñas, se descalifica y tiene miedo a dejar de ser querido, apareciendo síntomas y malestares reales o fingidos. Prefiere estar solo, sin compañía, aislado de toda emoción. La duda aumenta en la medida en que va comprobando que realmente es verdad que no puede ni sabe qué hacer. Busca el camino menos complicado, donde el azar puede llevarlo fuera del mundo sensible, o el camino más dificultoso, donde la certidumbre puede llevarlo a una existencia efectiva y real.

 

Cinco minutos

Ahora siente rabia. Está enfadado con su actitud. Enojado ante su abandono. Le reclama a la vida la necesidad de no hundirse, de vivir. El porqué ha abandonado su esperanza, sus motivaciones positivas para enfrentar los avatares del destino. Las ansias de vivir lo empujan a mantenerse en una vigilia que trasciende el límite cotidiano y las reacciones más ocultas. Si todo acabó, no puede decaer, es necesario que reponga su ánimo, que acumule su energía para un escenario positivo. Ahí está precisamente el lugar donde puede demostrar su eficacia para sobrevivir, el poder para conservar su fuerza de voluntad, la virtud para obrar. Ahora podría ser el comienzo de una nueva experiencia que puede conducirlo por senderos menos tortuosos y más satisfactorios. Encontrar la libertad fuera del círculo donde estaba atrapado. Donde fue ofendido y quebrantado. Recobrar el aliento sin recurrir a la violencia para poder absorber su recrecida necesidad de afecto. Buscar hasta el cansancio lo que compita con el vínculo roto. El mundo de todos los placeres posibles que siempre evadió, donde es preciso amar con descaro para que todos sepan que no tiene vergüenza de entregarlo todo sin recibir nada.

 

Cuatro minutos

De nuevo se empeña en averiguar quién fue el que amó y luchó más para tratar de lograr lo que deseaban y a quién corresponde la obligación de responder por sus actos. Él no sabe aún cuál es su pecado, pero cree que su pasividad tornó ambiguo el manejo de la relación. Pues sentía el mismo miedo al avanzar de prisa que al actuar con lentitud. Ese temor por no extralimitarse lo llevó a consultar desde psicólogos hasta hechiceros. Una cantidad inusitada de terapias, medicinas, pócimas y complicados artilugios lo llevó a la conclusión de que el verdadero propósito de la vida es acabarse y de que son idénticos los patrones del amor y la locura. Nadie hará milagros para llenar su vacío y su soledad. Nadie podrá creer que ha desperdiciado su vida y malgastado su talento, por un capricho inconsistente y frívolo. Se da vuelta, mira con dificultad hacia la sombra que cubría sus espaldas y siente sólo preguntas, ¿por qué?, ¿quién tuvo la culpa?, ¿qué nos pasó?, aflorando en su mente cómo un rumor intenso que se escapa entre la piel reseca de sus labios retumba en el techo, arropa las paredes, cruje dentro de los muebles y traspasa la hilera luminosa que brilla abajo en la puerta del salón. Es el sonido de lo inevitable, el sonido de la muerte.

 

Tres minutos

Un poco más sereno ante esa breve crisis, como un fantasma inasible y etéreo, vuelve al escritorio. Allí ha pasado buena parte de su angustia viendo sus papeles junto al cenicero de cristal, la pluma negra y el retrato de alguien que saluda, un universo mínimo y estricto donde el orden mantiene las distancias apropiadas en un área reducida por los bordes angulosos de la mesa de caoba y marfil. En esa penumbra, unos minutos pueden convertirse en una eternidad, toda una vida puede pasar frente a sus ojos en un instante. Entonces lo atrapa un momento de exaltación y vértigo. Han llegado el antagonismo de la apariencia y la perturbación del ánimo por un riesgo que lo acecha. Cuando la verdad da miedo. Está de nuevo a punto de gritar, pero reacciona, “es sólo un susto”, murmuran sus adentros. Una leve paz aplaca las manos temblorosas, el rictus de su boca desencajada y el clamor de sus ojos. Fija la vista en la fotografía como un recurso dual que haga olvidar lo malo y recordar lo bueno, pero como ninguno de los dos configura ya su contexto debe convencerse de que ahora no sabe dónde está, ni adónde va, ni qué quiere, ni qué busca.

 

Sabe que en la calle vehículos y gente circulan sin cesar sobre el pavimento que crepita como un reverbero.

Dos minutos

Hace calor, una cálida sensación dilata y contrae su cuerpo mientras suda. Por la mirada que dibuja su entorno cree que es el preámbulo de su habitual soledad. Esto lo reconforta. Sentado en la silla del escritorio oye el bullicio que proviene de afuera. Un tímido resplandor que filtra la cortina se proyecta en el piso a través de la ventana. Sabe que en la calle vehículos y gente circulan sin cesar sobre el pavimento que crepita como un reverbero. Llenas están las aceras de siluetas anónimas y él supone que debe estar ahí avanzando entre la multitud con la firme determinación de llegar a un acuerdo civilizado y simple. Olvidando el ayer que tanto laceró sus vidas entre la indiferencia y el hastío. Logrando comprender que aún están en condiciones de rectificar esos hechos mundanos que poco a poco se adueñaron de sus existencias para imponer otros valores que no eran los suyos propiamente sino el resultado del desconcierto y la desesperación. Como si recordara algo, busca entre los libros que están sobre la mesita y consigue El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. Lo abre y se concentra en su lectura cuando casi es la una de la tarde.

 

Un minuto

Encuentra un resquicio para abandonar de pronto la soledad de Octavio. Hay cierto encanto en un poema que le produce una euforia desconocida, pero prefiere huir. Cierra el libro, pues está impaciente. Toca la tez madura de su mejilla izquierda, la nariz perfilada y la sien. Hay cierta armonía que su rostro expresa cuando sus ojos se muestran, a pesar de la barba de días y el viejo acné. Observa la portada mexicana del libro, el título y el nombre del autor. Debajo, como un secreto no guardado, desliza tímidamente las dos notas que a medias se ven. Ahora está seguro de que todo concluirá. Ha conocido los límites de la justicia humana, el sentido del dolor y del sufrimiento. Ha aprendido a amar para protegerse de la miseria y del olvido y a luchar por encima de aquellos que jamás conocieron ni la victoria ni la derrota. Como ningún otro ser sobre la tierra posee la fuerza que los años no detendrán mientras perdure la existencia. Se siente como algo sagrado, invulnerable, pues ocupa un lugar indicado en la creación que es para él solamente. Este es un asunto demasiado serio y hay que asumirlo sin ansiedad y con dignidad. Mira su reloj de pulsera cuando es la una de la tarde en punto. Acaso no lo supo o tal vez lo prefirió así. Apenas habían tocado la puerta cuando saltó por la ventana.

Dante Fontana
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