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Promesas paliativas

sábado 18 de junio de 2022
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Nadie me vio cuando saqué aquel flan oculto en la maleta y le ofrecí una cucharada, tampoco cuando el caramelo le embadurnó la barba y el cuello. Creo que nadie notó cuando le limpié casi toda la cara con un paño húmedo, ni cuando estallamos en risas sombrías luego de algún comentario suyo sobre colgar los guayos; mi marido podía perder la vida antes que el humor. Supongo que alguien me vio salir de la habitación lamiéndome las comisuras, abotonándome el abrigo, gimoteando por el pasillo antes de ir a tomar el taxi. Muchos me vieron cuando volví al día siguiente encorvada, con gafas oscuras y las mejillas irritadas. Todos me vieron cuando entré por enésima vez a su habitación con una sonrisa floja, el corazón lento y las manos entre los bolsillos. Nadie me vio cuando le hice la promesa, cuando le puse el beso en la frente, ni cuando agarré su mano por última vez. Creo que nadie vio que estuve a punto de desmayarme mientras el fuego de esa cabina metálica acababa con su carne y huesos. Supongo que cuando salí al jardín alguien me vio tropezar con un ladrillo al que maldije como a la mismísima muerte. Muchos me vieron subir al carro y poner la urna azul cobalto sobre mi regazo. Todos me vieron en casa cuando la coloqué en el estudio junto a edición de lujo de El Decamerón. Nadie me vio cuando, con ayuda de un embudo, puse en varios tarros de plástico los tres kilos de polvo. Creo que nadie me vio cuando llegué al restaurante de mariscos y con las manos tembleques destapé el pimentero bajo la mesa. Supongo que al día siguiente alguien me vio cuando llegué al restaurante de parrilla, me senté al fondo y repetí la acción. Muchos me vieron en la hamburguesería, dos días después, cuando terminé mi tarea de mezclar, cuando salí con la vista nublada, las piernas temblorosas y a trompicones. Todos me vieron en la avenida cuando tomé un taxi rumbo a casa. Nadie me vio cuando, en la habitación, agarré la mejor foto de mi marido, esa donde se veía tan guapo, tan él, y le dije que la promesa estaba cumplida. “Nada te debo, nada me debes”. Nadie me vio tampoco cuando, entre risa y llanto, y con la misión cumplida, le grité que jamás llegué a comprender su desquiciada idea de erotismo.

Sonia Ramón Velásquez
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