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El amor fingido del comandante Antúnez, de P. G. de la Cruz
(primeras páginas)

sábado 9 de julio de 2022
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“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
El amor fingido del comandante Antúnez, de P. G. de la Cruz (Norma Books, 2020). Disponible en Amazon

El amor fingido del comandante Antúnez
P. G. de la Cruz
Novela
Norma Books
Zaragoza (España), 2020
ISBN: 978-8409257928
278 páginas

I
Exorcismo

La prueba irrefutable de que la bondad de Dios es infinita es que, si no lo fuera, le hubiera concedido a Esperanza del Mar mil años de vida, para que los mil años se los hubiera pasado con el alma podrida de carcoma y retorciéndose de amargura entre las hieles del arrepentimiento por haberle ofendido entregándose a los amores fatuos del comandante Jerónimo Antúnez, cuando una noche fría en plena guerra civil le volteó la libido con golosinas de poeta y le confundió su alma inalterable e inequívoca de mujer decente con romanticismos de artificio y se la subió lela y encendida de amor al último peldaño del séptimo cielo mientras le mostraba el néctar dulce de la gloria y le prometía, susurrándole al oído con palabritas de arcángel inocuo, y utilizando las trampas infalibles y sutiles del amor del macho en celo, que no sólo la iba a hacer reina de España y de las Américas, sino que la iba a convertir en el hada madrina del universo mundo. Y la Esperancita sufría ahora, a las puertas de la muerte, el pánico implacable de tener que enfrentarse a la justicia divina para darle cuenta de ese pecado vergonzoso e inconfesable de adúltera, como si aún fuera poco el calvario terrenal al que la venía sometiendo la Providencia desde que en el cielo se tuvo conocimiento de ese lance lamentable y no tuviera otro remedio que hundirla para siempre en la insoportable penitencia de tener que llevar a escondidas su honor enfangado de mujer casada, que el aburrimiento maleable de la soledad, los estragos del hambre, las trampas invisibles del vino, y las urgencias inaplazables de la carne se habían encargado de enguarrarle para siempre con la indecencia de la traición.

Lee también en Letralia: reseña de El amor fingido del comandante Antúnez, de P. G. de la Cruz, por Alberto Hernández.

Esperanza del Mar resistía la zozobra del fin resignándose, como un esfuerzo máximo de consuelo, en que no hay mal que cien años dure ni cuerpo humano que lo resista, tumbada en la cama molida por la fiebre, notando cómo al terremoto que fue su vida se le iban amortiguando los vaivenes, cuando ya estaba a punto de tragársela con su boca inmensa y negra la voracidad insaciable de la muerte. Pero lejos de acobardarse ante el vacío espeluznante de la nada, se alegraba de que viniera a rescatarla, y la aguardaba paciente y sin pestañear, empotrada en una serenidad inerte de monja y en la confianza plena de que, por fin, al cabo de ochenta años iba a poder disfrutar del alivio de una paz ganada a fuerza de aguantar sin protesta, con una estoicidad sobrenatural de heroína, los envites desalmados de una existencia de perros. Y si la vida la sintió en el alma como un castigo bíblico desmedido, esperaba que la muerte fuera el indulto a esa condena inhumana, que la compensara de los insufribles apagones de su existencia. Esperanza del Mar esperaba del cielo los bálsamos que le negó la tierra, y con los ojos encharcados en lágrimas de arrepentimiento le suplicaba a Dios que por encima de todo, y a pesar de haber transgredido una por una casi todas las leyes de su sagrado reino, que no se olvidara de ella, y que aunque sólo fuera por una vez agrandara aún más las fronteras infinitas del perdón y se la subiera con él a la gloria para disfrutar de la reconfortante serenidad de su contemplación, y le reclamaba con un respeto heredado, en sus últimas oraciones de moribunda, las prebendas celestiales que le resarcieran con creces de la vida de tormento en la que se hundió, a la vez que a merced de los delirios de la calentura alargaba la mano hacia la mesilla para coger el teléfono y con la voz ahogada solicitaba la presencia del párroco para confesarle su descarrío vergonzoso de adúltera. Su último esfuerzo fue para ordenar, en su memoria alterada por los últimos tirones embravecidos de la muerte, los momentos incontables de angustia y de soledad, y para recordar por última vez las ideas de casquero suicida de su marido, Leopoldo María de la Cruz y de Amberes, que se quitó la vida de un escopetazo en las sienes después de haber destripado en el establo de su casa a su hija Aurorita con una posta de cazar jabalíes para enjuagarse, con el tinte emponzoñado de su sangre de golfa, el honor embarrado de padre cabal que le había ensuciado la chica con su vicio inimaginable de zoofílica. Y la Esperancita maldecía con la mente nublada, notando ya las terribles sacudidas del sofoco gélido de las últimas, el día en que ella y su marido, vanamente deshechos de entusiasmo, le regalaron a Aurora de la Cruz del Mar en su diecisiete cumpleaños, el mastín del Pirineo que fue la desgracia y la deshonra de la familia entera.

La Esperancita sintió la descarga repentina de un escalofrío helado de fuego que la estremeció de arriba abajo.

Pero cuando le apareció borrosa la figura del párroco, confuso en la aleación de sombras chinescas que formaban la luz de la luna filtrada por las rendijas de la persiana descomponiéndole a cuadritos contra una de las paredes laterales, y la sombra de la luz de la lámpara de la mesita de noche, que le proyectaba en el tabique de enfrente, agrandándolo en proporciones gigantescas y tenebrosas, como si fuera el Poseidón que emergía del hielo de su mar de sudores, ataviado con las vestimentas lóbregas de ultimar los asuntos de la vida, embutido en una sotana que le brillaba de vieja, despeinado y sin afeitar, porque ni siquiera tuvo tiempo de adecentarse debido a la urgencia de la llamada, y presentándosele en la habitación de súbito como si fuera la aparición del mal, más que reconfortarse, la Esperancita sintió la descarga repentina de un escalofrío helado de fuego que la estremeció de arriba abajo. Y le subió el pánico de volumen cuando el sacerdote, intentando amortiguarle el vértigo de la macabra transición, lo que hizo fue enmarañarle más las entendederas al meterle a la pobre mujer en las sienes la cantinela sórdida y monótona del ceremonial fúnebre de la liturgia. Y la fe que día a día había ido guardando en la faldiquera del alma durante toda su vida como una inversión para el día de la muerte, convencida del rédito de gozar de la paz eterna de las choperas del cielo, se le convirtió de repente en un pánico atroz al sentir las sacudidas del adiós personificadas en la figura del cura, mientras pensaba, azarada en un miedo enigmático, que una cosa es imaginar la muerte lejana y otra muy distinta tenerla de veras aporreando la puerta de casa con el astil de la guadaña. Y al verlo acercarse resuelto hacia ella, se le hizo una maraña en las tripas que tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para no cagarse. Fueron unos segundos eternos que creía que no acabarían nunca, hasta que un titánico instinto de defensa, que sacó de no supo dónde, vino en su ayuda y le dio fuerzas para agarrarse al cabecero de la cama, pero no como se agarraba cuando el comandante Antúnez se la comía entera y la mataba de anhelo, sino huyendo de la estampa violenta del tétrico representante de Dios, resistiendo sin fuerzas unos pinchazos descomunales que le atravesaban los sentidos al oír cómo retumbaba el estruendo de sus pasos de elefante cansado contra el piso ahuecado de madera vieja, como lo había resistido todo en la vida. Y por más que lo intentaba no le pudo reconocer como a un ángel de Dios que bajaba dispuesto a ayudarle a morir en paz, sino que le confundió con el recadero del mundo de las tinieblas. Y al padecerlo enfrente vestido de gafe, las greñas todo alborotadas, desaliñado y envuelto en la aureola inequívoca de una bruma nefasta, creyó que por su pecado sin perdón, la Providencia, muy lejos de mandarle la panacea de la tranquilidad última, le enviaba a un demonio que no sólo le iba a negar el derecho de abandonar este mundo mecida en el compás de los coros celestes, sino que se la iba a llevar a rastras, tirada de los pelos hasta el otro mundo, como a una puta llena de mierda, mientras le era imposible todavía sacarse de la cabeza la opresión continua del recuerdo desgraciado de su vida sin límites. Y el cura la iba bendiciendo a medida que se le acercaba, volviéndole la razón del revés y abrumándola con una letanía ininteligible en un idioma que le sonaba pero que no entendía, a la vez que la atiborraba de agua bendita, hasta que la Esperancita, con el rumbo de la gloria perdido, se cubrió la cabeza con el extremo de la colcha para protegerse del aguacero del guisopo del cura que le estaba dejando las últimas gotas del sudor de la agonía convertidas en hielo pero, sobre todo, para liberarse de la imagen oscurantista y agobiante del párroco, que parecía que la reclamaba anticipadamente para el otro mundo con una sonrisa endiablada de cuervo. Y él seguía acercándose implacable, dedicado eficazmente a su trabajo de cura, haciéndole aliños de hechicero tribal con los dos primeros dedos de la mano derecha apuntándola para espantar de la casa el acecho pernicioso de Satanás, y le dibujó una cruz imaginaria y salvadora en el aire, que ella con una nitidez espantosa llegó a ver de fuego entre los delirios de la agonía, y entonces, se le atascaron las tuberías del cuerpo y le dio la sensación de que los pulmones se le habían convertido en yeso seco y se le cortaron de cuajo los aires por el trance de soportar la angustia de verle venir a por ella con una decisión resuelta y con el mismo empeño y frialdad con que lo harían después los empleados tristes de las pompas fúnebres. Y se tuvo que reincorporar todavía más, agarrándose a lo más alto de los arabescos del cabecero de la cama, intentando buscar aire fresco donde no había, respirando con unos impulsos lastimeros de ahogo durante un rato largo intentando huir del acoso interminable y funesto del exorcismo. Y cuando ya creía que era imposible que le pudiera llegar la calma ante semejante esperpento, le vino un soplo mágico de alivio que le disolvió el yeso de los pulmones y le devolvió la gloria de la respiración al oír que por fin el cura le hablaba con voz de persona y acababa de una vez con su colección de sortilegios y se le acercaba recomendándole calma, le cogía la mano derecha con las suyas y le decía con la voz apenada y tenue de la última despedida:

No ha sido capaz todavía el hombre de inventar un pecado en la tierra que Dios no transija en el cielo.

—Confiésate, hija mía, y confía. Que lo bueno que tiene Dios es que por mucho que uno le ofenda siempre tiene abierta la puerta del arrepentimiento.

—No sé si podré, padre, porque el pecado es inmenso —le dijo ella luchando contra las últimas dentelladas de la muerte y soportando como podía unos estertores que le ahogaban.

—No ha sido capaz todavía el hombre de inventar un pecado en la tierra que Dios no transija en el cielo —le dijo el cura para calmarle la congoja.

—Dígame cómo es el infierno, padre —le dijo ella, aterrada, agarrándose fuerte a su mano—, que voy derechita a él.

—Eso no lo sabe nadie, ni los obispos. Pero para tu tranquilidad, te diré que el diablo cerró el negocio hace mil años, Esperancita, hija —le dijo el cura para aplacarle el miedo tremebundo que le angustiaba y que la estaba poniendo blanca, causándole más deterioro a la salud que la propia enfermedad.

—Verá —comenzó a decir dispuesta, con un valor de heroína de novela, a barrerse los rincones de la conciencia, mientras el asedio de los nervios le cambiaba el timbre de la voz al pensar que ya no podía ocultar por más tiempo la verdad incontable que había mantenido como un secreto de tumba durante más de cincuenta años—, he de confesarle —prosiguió tras un golpe de tos sin fuerza— que desde el día en que la Aurorita cumplió diecisiete años y le regalamos el perro, padre, desde ese día, en esta casa entró el diablo y ya no salió ni para respirar, porque a partir de entonces la niña parece que se volvió loca y se encariñó tanto del animal que apenas comía y dormía y solo pensaba en él con el furor de una novia primeriza, qué asco me da pensarlo, padre. Todavía veo el espectáculo horroroso de la sangre brotar el día terrorífico en que murieron los dos, cuando mi Leopoldo María me llamó por la ventana para que subiera a afeitarle, y me lavé las manos bien lavadas como hacía siempre y subí las escaleras llorando porque no me podía aguantar las lágrimas por la bilis de la noticia, y él me preguntó que qué me pasaba y yo le respondí que nada, y él insistió y yo le volví a contestar que no me pasaba nada, y entonces él me dijo que si no me pasaba nada que dejara de berrear y que le afeitara que se tenía que ir, y entonces cogí la navaja y la limpié bien limpia con alcohol de quemar como hacía siempre y le enjaboné la cara temblando, y cuando estaba a punto de comenzar a afeitarle no me pude aguantar más la noticia que me estaba comiendo por dentro y me planté delante de él, que usted no sabe el valor que hace falta para eso, padre, y le dije ahogándome de miedo en mi propia saliva: “Leopoldo María, tu hija está embarazada del mastín”, y él se atragantó también y se le volvieron los ojos del revés y se le puso cara de loco y se levantó de la silla como si le estuvieran trinchando y me dijo chillándome con alaridos de esquizofrénico, que todavía me acuerdo, padre, cómo se me metían los gritos por los oídos, que cogiera la toalla y le quitara la espuma de la cara y que le cortara el pescuezo antes de que cometiera una locura, pero no tuve valor, y ojalá se lo hubiera cortado y luego me lo hubiera cortado yo también, que todavía le veo vomitar en medio de las convulsiones del asco y diciéndome que ya lo sabía él, que esa niña no era normal y que nos habría de volver locos a todos, y yo me arrepiento de no haberle hecho caso cuando en más de una ocasión me dijo que vigilara a la Aurorita, porque no bajaba por las noches al establo a limpiarlo, como ella decía, sino a algo más que no quería ni mentar, porque él sabía mucho de perros, padre, y en más de una ocasión cuando estábamos en la cama me decía que oía gruñir al animal a través del silencio de la noche gimiendo con los espasmos del amor, y que si un perro olía un coño le daba igual de la hembra que fuera, así de bestia me lo dijo, padre, perdóneme, y que a lo que iba la chica al establo no era a limpiarlo sino a verse a escondidas con el mastín, y me decía echando pestes por la boca que a la naturaleza nunca le pillas desprevenida porque nunca duerme y que lo tiene todo muy previsto y estudiado, y que a veces sale por donde uno no quiere que salga y se guarda ases en la manga que luego los echa a la luz cuando más daño nos hacen sólo para jodernos, perdóneme la expresión, padre, pero eso fue lo que dijo, y que ahora le había tocado sacar uno harta de tanta provocación, y esta vez Dios y el diablo, me dijo, padre, como si esa alianza fuera posible, fíjese qué barbaridad, se habían unido para castigar los desmanes de la niña con una preñez contra natura de órdago a la grande, que fue la ruina de todos como usted ya sabe, porque esta vida se diga lo que se quiera está mal inventada, padre, lo que podría ser y la guarrería que es, y que me perdone el Señor que él fue quien la inventó y sus razones tendrá, pero cuesta un calvario pasarla. Y yo me arrepiento ahora de no haberle hecho caso, porque la nena cuando hablaba del perro se deshacía en elogios hacia él con un sentimiento propio de novia formal, y en la mesa, fíjese qué cosas, a la hora de comer nos decía que el perro le hablaba con voz humana de persona mientras ella se entretenía en ordenar el establo, y que le contaba historias secretas de la religión, llenándole la cabeza con la basura esa de escritores que siempre han escrito contra Dios, ave maría purísima, y nos decía, a mi marido y a mí, que el perrito de la desgracia era el único que le ponía al corriente de los secretos de la vida que a nosotros nos daba miedo explicarle, y nos contaba la mar de blasfemias, porque no eran más que blasfemias, padre, que no sé cómo no le crucé la cara en ese momento, diciéndonos que el animal le decía que los católicos, en un afán estéril de agradar a Dios ponemos en su boca cosas que nunca dijo y que sólo hacen que perjudicarle porque le dejan por embustero, y puso el ejemplo de que a Nuestro Señor le hubiera dado igual que hubiéramos ido diciendo por la tierra que la Virgen Santísima fue preñada como cualquier mujer, esto es, con macho, tal como lo oye, padre, ya ve qué burrada, y que si nos hubiéramos ahorrado esa patraña nos hubiéramos ahorrado también el ridículo de tener que rectificar después, y se reía a carcajadas de la arrogancia del ser humano diciendo que para lo único que servimos es para repetir como monos lo que ya sabe todo el mundo, y que dejamos cosas escritas en los libros como si hubiéramos descubierto sabe Dios, pero que de lo más importante ni nos enteramos ni nos importa, y ponía el ejemplo de que cuando nos dimos cuenta de que era la tierra la que daba vueltas y no las cosas de afuera, ni siquiera nos llevamos sorpresa, sino alegría, como si hubiéramos sido nosotros los que la hubiéramos echado a andar, que hasta ahí le llega la vanidad del hombre, decía, y decía también que el chucho de marras le contaba maravillas increíbles de los griegos de la antigüedad, y tontadas como que ya viajaban en aquellos tiempos por el espacio como los astronautas de ahora, y que ya de antaño se conocía de sobra la condición del hombre, y que los instintos le siguen en el mismo sitio, y que el que más ha ido desarrollando ha sido el de embaucar, y que después de tanto tiempo solo hemos logrado progresar en máquinas, pero no en sentimientos, qué cosas, y cuando la tenía cansada de contarle las verdades prácticas del vivir diario, me la volvía loca durmiéndomela con no sé qué historias de amor de una belleza de encanto y de una ternura como nunca las había oído, decía, y después de marearme a la pobrecita con semejantes sandeces, le envenenaba el recato contándole cuentecitos verdes de un tal Decamerón, que yo lo busqué en todas las librerías para leerlo pero no lo encontré, padre, pero me lo imagino, librito de la mierda, a una niñita de diecisiete años, qué burrada. Y solía decir también, para rematarnos la comida, con un sentimiento tan fuerte que la partía en dos, que los perros son los únicos animales sobre la tierra que no traicionan si no se vuelven locos, la muy golfa. Pero mi marido y yo nos reíamos creyendo que eran cosas de niña boba aturdida por la ignorancia de la ingenuidad y la ternura de la adolescencia, y no le dimos importancia, fíjese qué error tan grande, y entonces mi Leopoldo María me quitó la brocha de enjabonar de las manos, y me apartó de un empellón y bajó al establo con la escopeta de caza cargada y una caja entera de cartuchos en el bolsillo tirando de mí y diciéndome, aparta que te mato a ti también so puta, que toda la culpa la tienes tú por haberle consentido los caprichos, insultándome, padre, y diciéndome que si no se hubiera casado conmigo, perra de muladar, no estaría ahora en ese trance del demonio, y cuando llegamos al establo, mire que yo me desgañitaba en pedirle que se calmara, le pegó un tiro al mastín en la cabeza que lo dejó en el sitio y después le disparó a nuestra niña sin remilgo alguno en medio de las tripas chillándole pelleja, puta enferma, que me has arruinado del todo, golfa de la depravación, y luego se cagó de los nervios y cargó la escopeta con dos cartuchos más y se pegó él otro en las sienes, y después enloquecido, mientras agonizaba en el suelo con los ojos encharcados en sangre, girándole de rabia y con los sesos desparramados por entre la mierda de vaca y la de él, qué espectáculo, padre, tendría que haberlo visto, le dio tiempo a dispararme a mí, pero falló gracias a Dios, y luego corrí en su auxilio y en el de la niña pero ya fue tarde, y después llegó una pareja de la guardia civil y me encontraron nadando en vómitos y desmayada, y me despertaron zarandeándome y me preguntaron que qué había pasado y yo les dije que había pasado lo que tenía que pasar, y entonces el sargento me dio una bofetada en toda la cara que casi me tumba y me dijo que a la autoridad se le contesta bien, y luego me llevaron al cuartelillo esposada, fíjese qué vergüenza, padre, como a una criminala me llevaban siendo yo inocente y paseándome por las calles del pueblo con la vergüenza a cuestas, pero menos mal que antes de dos horas el jefe de puesto resolvió el asunto interrogando a los vecinos que habían sido testigos de la masacre, y arregló el caso cerrándolo con un certificado de locura transitoria, como usted debe recordar porque salió en todos los periódicos, y gracias a Dios que por las prisas y la ignorancia se excusó las autopsias que manda la ley, porque yo no sé si hubiera podido vivir con esa vergüenza a cuestas toda la vida.

Cerró los ojos buscando un resquicio por donde pudiera entrarle una brizna de luz que le ayudara a darle visos de veracidad a esa historia imposible.

El párroco, que se empapó con los sudores fríos del espanto por la barbaridad que acababa de escuchar, y ahogado por los brincos destartalados de un corazón en desuso a confesiones tamañas, no tuvo más remedio que respirar profundo para darse una tregua de sensatez y poder reponerse del sobresalto agotador que le había supuesto el escuchar una historia que le revolvió las tripas y que casi estuvo a punto de hacerle vomitar, a pesar de que con su condición de confesor viejo creyera que ya no le quedaba nada por oír. Cerró los ojos buscando un resquicio por donde pudiera entrarle una brizna de luz que le ayudara a darle visos de veracidad a esa historia imposible, y pactando una tregua con el ánimo se distrajo con el mohín de atusarse el pelo con la mano derecha, mientras que con la izquierda jugaba con desmaña con las cuentas del rosario, a la vez que hacía ejercicios monacales de seminarista intentando comprender la impenetrable justicia de Dios. De la impenetrable justicia de Dios no consiguió averiguar mucho, pero sí le sirvió ese instante de concentración para ser plenamente consciente de la brutalidad de la confesión y entonces abrió los ojos, y fijándose en la cara encerada con que la muerte estaba tiñendo poco a poco el rostro descompuesto de la Esperancita, se santiguó instintivamente con una lástima sincera para conjurar el escándalo de semejante relato, y la abrazó por detrás de la espalda como si estuviera calculándole el peso de su cuerpo maleable sin huesos que por momentos le estaba consumiendo la fiebre, y le sobrevino un súbito brote de compasión redentora y pensó, viéndola convulsa en un lloro de arrepentimiento atroz, que cómo se le ocurriría a Dios perder el tiempo en hacer el Paraíso Terrenal si ya sabía lo que iba a suceder y, sobre todo, teniendo en sus manos los resortes y el poder para habernos compuesto de otra manera, por qué nos hizo tan retorcidos. Pero en ese instante, la Esperancita crujió en un leve espasmo que distrajo al cura de sus elucubraciones divinas y le devolvió a la realidad de la habitación haciéndole suspirar, mientras decía para sí en voz baja: “Alguna razón de peso debió tener”. Luego le cogió la cabeza y le colgó al cuello el rosario de cuentas negras con el que estuvo distrayendo los nervios y se la trajo contra el pecho prometiéndole con la voz muy baja para no importunarla que haría todo lo que estuviera en su mano para que el Señor la perdonara, mientras pensaba para los adentros que ante semejante barbaridad la tarea le iba a costar sudores. Y mientras intentaba adormilarla con susurros y la mecía entre los brazos chistándole como si estuviera tranquilizando a un niño asustado, le preguntó con la voz quebrada, sintiendo la angustia de la Esperancita como si fuera suya, que si tenía más yerros que confesar, y ella le dijo, extinguiéndose ya en los últimos suspiros, que no se podía entretener en contarle los descarríos de menor cuantía porque sabía que Dios no le iba a dar más tiempo, pero que también sabía que no se podía ir al otro mundo con la bendición del Cristo de la Buena Muerte si antes no les confesaba a él y al Altísimo el origen de la desgracia. Y entonces, un nuevo escalofrío le recorrió de arriba abajo al cura: “¿Qué origen, hija?”, le preguntó sobresaltado, esperando oír otra barbaridad. “Estoy segura, padre —prosiguió la Esperancita—, de que toda esta vida de miseria y angustia, y el que Dios se fijara en mí para castigarme con esa saña preñando a mi niña de esa manera tan inhumana y atroz, ha sido culpa de ofender al cielo cayendo en la ligereza de dejarme llevar tonta por las lisonjas de la lujuria pecando abiertamente contra la iglesia y contra el buen sentido de las normas serenas y firmes de su doctrina cuando el comandante Jerónimo Antúnez me engañó una tarde en que apareció en mi casa con su porte distinguido y elegante de militar de la España santa, oliendo a macho silvestre que daba gusto respirar y enjuagado en un perfume de lavanda irresistible, recién afeitado y vestido de general que parecía un rey y engatusándome con sus palabras traicioneras de poeta y encantándome el sentido con su flauta como a las cobras, pero yo lo que quiero que sepan usted y el cielo es que no le quise nunca, padre, esa es la verdad verdadera, porque yo sólo quise de veras a mi Leopoldo María, Dios lo tenga ahora en su gloria esperándome con la cabeza en su sitio y con el perdón en la mano, aunque más de una vez le mintiera al comandante diciéndole que sí con la parte del cuerpo, y que no con la del alma, cuando me estaba matando de anhelo, y caí sin poder remediarlo en las redes de la traición, rendida por las cosas que me contaba de un poeta cautivador de mujeres plúmbeas, y me recitaba todas sus poesías de memoria, que se las sabía al dedillo, y me dibujaba con su labia de ángel con alas de nácar paraísos de novela y me atontaba de amor contándome romances imposibles diciéndome que ese poeta tenía un hermanito pintor que pintaba golondrinas de colorines con pinturas de acuarela mientras él le entretenía y le inspiraba los cuadros recitándole las poesías que se le ocurrían con una voz de querubín que alteraba los sentidos, y tocando el arpa en competencia directa con los ruiseñores del campo, en el claustro de un monasterio muy hermoso situado a las faldas del Moncayo que era como el edén del paraíso del cielo y más bonito todavía que el Escorial, me decía, y me resucitaba el ardor y me aniquilaba la vergüenza con sus romances inventados, y para más maltrato de mi decoro me entretenía la honra con su voz de coplero andaluz, a la vez que con la gracia perversa del demonio me aflojaba el instinto, padre, y me decía esas cosas que siempre le dicen los hombres a las mujeres hasta que se las consiguen trajinar, de que si te mueres tú me muero yo mi vida y que vivir sin ti es más imposible que vivir sin agua, y todas esas farfollas que no traen más que desgracias y ruinas como la mía, y yo notaba cómo me iban entrando los sudores y las ganas del amor y se me humedecía el alma y lo que no era el alma, que no quiero ni mentar, y me iban fallando las fuerzas de mujer decente y me era imposible del todo resistirme por mucho que yo luchaba, a sus cuentecitos de hadas, dejándome llevar muerta por las cosquillas y la suavidad del tacto cálido de sus dedos largos y mágicos, que los tenía de pianista, padre, pero de pianista, pianista, perdóneme que se lo diga así de claro pero es la verdad verdadera. Y ahora, para no mentirle ni a usted ni a Dios, que ya no tengo necesidad, lo que me preocupa no es el pecado de adulterio en sí, que eso al fin y al cabo es una cándida debilidad del cuerpo urdida por el acoso infatigable de la naturaleza, o por las redes invisibles del demonio, casi más por esto último, sino lo que me martiriza en estas horas finales es la confusión de no saber aún si accedí a sus peticiones de varón apremiada por mis necesidades de hembra o por las latas de judías con perdiz y las botellas de vino que me traía para matarme el hambre que daba la guerra, porque, créame de verdad, que de haber sido por esto último, me deshace el tormento de presentarme en el cielo con el descubierto imperdonable de haberme convertido en una puta de barrio, padre”, le dijo.

Y en ese mismo instante, aliviándose el peso del cuerpo con el descanso que le dio la tranquilidad de haberse descargado el alma y de saberse perdonada por el cura y por todas las autoridades místicas sin excepción, la Esperancita dejó de existir el primero de noviembre de mil novecientos noventa y uno, a las siete de la mañana, festividad de Todos los Santos, cuando el cacareo entrecortado de los gallos helados de frío se mezclaba con el traqueteo de los carritos llenos de flores y el alboroto ensordecedor de una marabunta de gitanos yendo y viniendo anunciando gangas de claveles y crisantemos, que bajaban camino del cementerio para hacer su agosto a costa de aliviar con verbenas de flores la morada triste de los muertos.

Se acabó tranquila, como si en ese instante último hubiera reunido toda la calma que le faltó en la vida.

La Esperancita expiró después de eructar levemente y de soltar dos ventosidades atroces como dos truenos con los que espantó definitivamente el último resuello de vida que le quedaba. Murió convencida de que el mundo es una comedia de esperpento con más actores principales que figurantes. Se acabó tranquila, como si en ese instante último hubiera reunido toda la calma que le faltó en la vida, reposando el alma y el cuerpo en la panacea de la confesión, e intentando convencerse en ese último tris de que ya había pasado lo peor y que acababa de pagar el último plazo del derecho de tránsito de una vida que sólo era de trámite, yéndose para el otro mundo en la seguridad de que había cumplido como la primera con un purgatorio que era totalmente imposible de esquivar antes de subir hasta la ansiada gloria. Y murió feliz, más que nada, porque estaba convencida de que era ahora cuando iba a comenzar a disfrutar de los paraísos imposibles que describían los libros de Historia Sagrada que leía cuando era niña. El cura le sacó el rosario negro del cuello, se lo entrelazó en las manos y se las cruzó sobre el pecho y la besó en la frente, compadeciéndose de ella y convencido de que esa pobre mujer, en el monstruoso pecado que la martirizó durante toda su vida, llevó incluida la tarifa de una penitencia del todo desproporcionada, le colocó la cabeza sobre la almohada con delicadeza mientras le rezaba en latín una prédica de conjuro para intentar salvarla de las cochiqueras sin fin que el diablo tiene esparcidas por el centro de la tierra, pensando para sus adentros, sin embargo, que muy grandes tenían que ser las tragaderas de Dios para que consintiera salvar a esa mujer de consumirse eternamente en las llamas del infierno.

Los ochenta años de la vida de pedernal de Esperanza del Mar, que los había llevado a las espaldas como si hubieran sido ochenta losas de tonelada, para lo único que le sirvieron fue para sentir en su propio cuerpo cómo el tiempo nos pasa por encima como una apisonadora y cómo siempre nos ocurre lo que nos tiene que ocurrir, a pesar de que una y otra vez intentemos regatear al destino, porque las carambolas con las que juega la vida no son chiripas del azar, sino que el futuro lo llevamos escrito con letras de fuego en el reverso de las tripas, donde por desgracia nunca mira nadie, y está regido por fuerzas caprichosas, paradójicas e impenetrables cuyo manipulo es imposible, y que a las cosas sencillas del alma apenas les damos importancia y resultan ser, al final, las únicas con sentido y de cierta utilidad. “Más le calienta al cuerpo la llama de un sentimiento que cien estufas”, fue lo último que pensó antes de irse al más allá convencida de que el futuro es un niño travieso, siempre alerta y sin corazón, al que más vale dejar tranquilo, porque si intentas despistarle con toscas argucias de humano mortal, se te rebrinca y te confunde él a ti con su sabiduría insondable plantándote cebos en las esquinas de la existencia que te pasan totalmente desapercibidos gracias al arte y la estrategia con que los disimula, y el único recurso que te deja es resignarte y acabar creyendo que así es la vida. Y eso fue exactamente lo que le sucedió, porque la Esperancita, a pesar de conocer casi todas sus bromas, abandonó este mundo siendo ignorante de que la cábala caprichosa de la fortuna le había jugado una mala pasada, y como si el destino ese día no hubiera tenido otra cosa que hacer y se hubiera dedicado a perder el tiempo divirtiéndose, jugó a alterarle la realidad con la trampa inhumana y grotesca de que su hija Aurorita, que siempre anduvo quejándose ante sus padres de la aparente falta de interés que mostraban por ella, con la fantasía alocada e irresponsable de la adolescencia, y cansada de pasar desapercibida durante tantos años, puso en marcha un mecanismo definitivo y macabro para llamar la atención, que ella lo concibió más como una idea para vengarse de la desatención de sus padres, que como el hecho de reclamarles nada, y se inventó el embarazo del perro con la sola intención, comprensible y romántica, de no pasar por más tiempo inadvertida.

P. G. de la Cruz
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