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Tres microrrelatos de Alrededor del camino, de Mario Capasso

jueves 6 de julio de 2023
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Mantenerse en buena forma física, marchar al ritmo de la mayoría y en simultáneo conservar al menos algunos destellos de vida propia, subsistir con alguna alegría mientras el tránsito se resiste a disminuir su intensidad, es cosa de todas las horas de todos los días. Claro que cualquier momento de distracción o de flojera de nuestra parte podría resultar fatal para la integridad del camino, que perdería así una parte más o menos importante de su razón de ser, patinaría en el sentido contrario a sus intereses, se vería despojado de una porción individual de su motivación para continuar siendo el paso obligado de las personas y de ese modo, desgastado a lo mejor por la acción de unos segundos dedicados al esparcimiento, de buenas a primeras pasaría a servir de escenario ideal para la perdición de los transeúntes.

Algo por el estilo aconteció, por ejemplo, el otro día a media mañana, cuando sin ir más lejos de lo aconsejado por la prudencia, una partida de expedicionarios, al detenerse sobre la banquina y quedarse contemplando desde allí un caserío con mucho de fantasmagórico, decidió o no tuvo más remedio que dejar de achancharse y salirse del itinerario.

Cuando la noticia cobró notoriedad, otro grupo, similar al anterior, se apartó del camino para salir a buscar a los extraviados, y así sucesivamente.

 

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En algunas ocasiones, que en realidad son muy pocas y lisas y al parecer no están para nada relacionadas entre sí, el último kilómetro recorrido por un caminante común y corriente cobra de repente un valor inesperado, pega un salto de calidad, cotiza bien alto en la bolsa de las exploraciones y entonces deja de ser el último para convertirse en el primero de una serie cuyo final, por demás previsible y muy poco original, vendrá a poner las cosas de nuevo en su lugar, el lugar cómodo y bastante seguro desde donde salió una sola vez, para enfrentarse a la primera luz del día, chillando como un marrano, a los gritos pelados, pidiendo ayuda desde el vamos.

 

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La envidia rellena y completa un espacio de suma importancia en el bagaje de los actuales viajeros hacia el fin de la noche. Ahora bien. Como ya conocemos o deberíamos conocer desde hace mucho tiempo, al igual que el saber, la envidia no ocupa lugar, pero consume demasiadas energías, ímpetus que podrían utilizarse, por ejemplo, en darle mayor vivacidad a la marcha, que muchas veces se ve frenada por los dimes y diretes de gran parte de sus componentes. En este orden de cosas, ya hace un tiempo cobró cierta fama el caso de un célebre estafador que, al detenerse cada tanto para realizar alguna de sus trapisondas, al dar por finalizada la misma, dejaba un tendal de admiradores timados, los cuales a su vez oficiaban de tipos envidiosos e ipso facto pretendían aprender el arte de la defraudación al prójimo, una destreza humana hasta el tuétano, que desde los primeros días de la excursión hizo escuela y causó estragos y hoy en día se extiende a lo largo y a lo ancho del camino, que encima se declara inocente de las tropelías y se mantiene al margen de lo que pasa en su superficie, sobre la que van quedando un sinfín de ilusiones pasadas, perdidas entre las olas de un mar de trampas, algunas más altas y encrespadas que otras.

Mario Capasso
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