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Ainer

sábado 8 de julio de 2023
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Una mañana llegó a la urbanización un joven con los zapatos rotos, con la ropa hecha jirones, y se apostó en la pared de una casa esquinera. Era alto, bien parecido y de idónea complexión. Apoyó hacia atrás un pie en el muro y se recostó tranquilamente, observando a los que pasaban a su lado, con la intensa mirada de sus ojos azules. Nadie sabía de su procedencia. Permaneció cierto tiempo en la misma posición, y luego, inadvertidamente, despareció. Al tercer día regresó, y en lo sucesivo aparecería con regularidad, colocándose en el mismo sitio y con igual actitud. Los granujillas presto le endilgaron el apodo de “sorpresita”. Esta nueva presencia en la zona intrigó sobremanera a los vecinos, y muy pronto rodaron las más controvertidas especulaciones: que se había escapado de un manicomio del interior del país, y caminando y por azar había llegado hasta allí; que antes era una persona normal, mas improvisamente había sufrido una inhibición de la memoria, con la consiguiente pérdida de identidad, por lo que la familia lo tenía muy vigilado, hasta que una noche logró escabullirse y no habían vuelto a saber de él; finalmente, que actuaba así cumpliendo una severa penitencia. Algunas personas le arrojaban monedas a sus pies; otras le colocaban comida en un plato, pero no osaban hablarle, bien porque los intimidaba su postura singular, bien porque temían una reacción inesperada. Los que se beneficiaban con esto eran los pilletes callejeros, quienes habían notado que “sorpresita” dejaba todo en el mismo lugar cuando se marchaba; entonces se abalanzaban sobre comida y monedas que para ellos, como era de suponer, constituían un fabuloso botín.

Habían transcurrido dos semanas y “sorpresita” seguía presentándose con puntualidad. Entre los asiduos transeúntes se hallaba Sahelia, joven estudiante de filosofía, la cual, quizás por ser mujer y poseer la tan trillada “intuición femenina”, y una sutil sensibilidad, había reparado en “sorpresita” de manera diferente a como lo percibían los demás. Sólo una vez había pasado cerca de él y lo había observado con atención, pero al verse arropada por el destello de sus hermosos ojos claros, naufragó en un mar de incertidumbres, lo que la llevó a plantearse el siguiente dilema: o se trataba de una mirada inocua, sin ningún soporte de conciencia, o por el contrario, detrás yacía un mundo de insospechada bizarría, de certezas, quizás de dudas, o hasta de imperceptible clamor. Acorde con su personalidad inquisitiva, se propuso averiguar cuál de las dos alternativas era la acertada. Así, una vez rumbo a la universidad, Sahelia se topó de nuevo con “sorpresita”, pero no siguió de largo, sino que se detuvo sonriéndole con amabilidad. Él, sorprendido, esbozó apenas una sonrisa giocondina y bajó la mirada, gesto que ella aprovechó para insistir en su propósito y le dijo: “Creo que eres la persona más indicada para explicarme qué sentido tiene la vida, pues hasta ahora no lo he hallado”. Se la lanzó de frente, sin ambages ni rodeos, como introduciendo decidida un papel tornasol en la sustancia que tenía delante. O comprendía lo que ella le inquiría, o su expresión y su mirada se hundirían en las tinieblas, en la indiferencia total. No quiso formularle otra pregunta banal acerca de su condición, o el porqué de su presencia allí, cosa que sin duda hubiera hecho cualquier otro pasante, sino que deliberadamente escogió esa, eje del pensamiento filosófico o religioso de toda época o lugar, y según la respuesta que le diera, si es que le daba alguna, ella zanjaría la curiosidad que le suscitaba su presencia, y su persona, en particular. Esperó, y oyó que él suavemente decía: “Le sens que tu lui donnes toi-meme”, pero se corrigió al instante y repitió en español: “El sentido que tú misma le des”. Sahelia hablaba muy bien el francés y comprendió al momento, pero no quiso incidir en el detalle, y más bien persistió en su idea: “¿Eres, entonces, existencialista?”, a lo que él repuso de nuevo quedamente: “No me gustan las etiquetas, pero quizás también lo sea, a mi manera”.

Sahelia, emocionada, comprobó que no se había equivocado al plantearse aquella disyuntiva; más bien se había quedado corta, pero viendo que ese no era el sitio adecuado para continuar, se atrevió a preguntarle si podían reanudar la conversación en otra parte, añadiendo que el asunto para ella era de vital importancia, no sólo por estudiar formalmente filosofía en la universidad, sino porque tal interrogante era, y siempre había sido, su más fiel compañera. Luego de una breve pausa, él respondió con sigilo: “El jueves de la próxima semana, a las cuatro de la tarde, en el jardín de La Redención”. Sahelia accedió complacida, y se despidió con un cálido saludo, mientras él retomaba su sólita actitud y su expresión hierática habitual. Ella conocía el jardín que “sorpresita” le había indicado; entonces, con gran expectativa, pero con cabal serenidad de ánimo, se dispuso a esperar el sorprendente día.

Mientras aguardaba continuó con la lectura de El libro de horas, con cuyo autor, Rainer Maria Rilke, lograba compartir y sobrellevar su inveterada angustia existencial.

Sahelia entró al jardín pausadamente y se dirigió al fondo, donde estaban los bancos, dejando a su paso a algunos niños acompañados de sus madres, disfrutando de sus aparatos de ensueño. Se instaló cómodamente, y mientras aguardaba continuó con la lectura de El libro de horas, con cuyo autor, Rainer Maria Rilke, lograba compartir y sobrellevar su inveterada angustia existencial. Momentos después llegaba un hombre de agradable aspecto, impecable calzado y delicada fragancia varonil, y se sentó justo en el mismo banco de Sahelia. Ésta, disimulando su contrariedad, se levantó de inmediato y se sentó en otro banco, a la espera de su invitado especial, pero el mismo hombre se le acercó diciéndole: “Comprendo que no me reconozcas con este atuendo diferente, mas no olvides que lo exterior sólo encubre el verdadero fundamento de las cosas; soy el mismo con mis queridos andrajos que con esta amable vestidura. Vengo por nuestra conversación pautada”. Sahelia sabía controlar muy bien sus primeras impresiones, así que le dirigió una rápida ojeada y, sin evidenciar ningún estupor, constató que allí no había quedado nada del hombre que estaba esperando, excepto el límpido azul de su mirada. Cordialmente lo convidó a sentarse a su lado.

Una mujer tenía que ser invulnerable al atractivo masculino para ignorar la gracia del hombre que Sahelia tenía junto a ella. Pero Sahelia lo era. Tenía algún trecho andado, para sucumbir ante esas súbitas emociones que catalogaba espejismos del corazón, si antes no eran tamizadas por el frío y objetivo análisis de la razón. Había vivido una penosa historia con un joven, Adonis por fuera, pero Ares en su interior, así que se prometió transitar en este campo, en lo sucesivo, con la mayor cautela. Sin embargo, no dejaba de reconocer en su fuero interno que el recién llegado ostentaba una cautivadora armonía en toda su persona. Hasta el delicado tono de su voz era envolvente. Se dijeron sus respectivos nombres: Ainer y Sahelia, y presto ella tomó la palabra para explicarle el motivo de su pregunta anterior. Le confió que desde muy pequeña se sentía una extraña en este mundo, como si no perteneciera a él, ni a ningún otro, sino que una fuerza desconocida, ajena a su voluntad, la había arrojado a este plano y la inflaba y desinflaba sin cesar, constriñéndola a vivir. También le dijo que su intriga aumentaba cuando advertía que las demás personas, en idénticas circunstancias, se sentían plácidamente encuadradas en su estado, cual artífices de sus propias vidas, sin percatarse de que sólo eran marionetas de carne convencidas de que podían manipular sus propios hilos. Ella así lo captaba sin ninguna dificultad. Concluyó confesándole que había crecido con esa acuciante aflicción rozándole el alma, y que, al verlo ese día en aquella esquina, consideró que tal vez él podría poseer alguna inquietud similar, máxime hallándose en esa situación de precariedad; por eso le había lanzado la pregunta al voleo, como quien tira unos dados tras una apuesta descabellada, y la suerte la había favorecido. Ainer la escuchó con la máxima atención y, luego de reflexionar unos instantes, le respondió con honestidad, sin reticencia alguna, que la presencia de él allá en la zona obedecía al mismo motivo que ella le acababa de exponer: quería observar cómo los hombres comunes se sentían autorrealizados y conformes, a pesar de hallarse inmersos en un misterio insoluble que ni siquiera advertían. La cotidianidad inmediata les impedía ver más allá de sus narices. Por eso había escogido la más humilde condición para entremezclarse con ellos y contemplarlos de cerca, comprobando que todos se hallaban en su propio elemento, como peces en el agua; como si calzaran el número exacto, no sólo de sus zapatos, sino de sus propias vidas. Que sólo ella había sido la excepción. En cuanto al problema ontológico que a ella le causaba tanta inquietud, le aseguró que lo podrían discutir, pero sólo como mero ejercicio dialéctico, pues él estimaba que cualquier pesquisa en torno al origen y destino final del hombre era del todo vana, por ilusoria. Le comentó también que no hacía mucho había regresado de Francia, donde había culminado los estudios de filosofía en la Universidad de Arlés, y por estar aún imbuido de la filosofía griega antigua, que tanto lo apasionaba, era que había encarnado a “sorpresita”, cual anacrónico remedo del filósofo cínico Diógenes de Sinope, pero sin lámpara ni barril y, sobre todo, sin su perseverancia, pues “sorpresita” se había desvanecido cuando ella le formuló su pregunta; le bastó para librar a los demás de su medianía. Ya no tenía nada más que averiguar.

Quiso saber cómo enfrentaba él lo mismo que indagaba en los demás; su Dasein, su estar ahí en el mundo; cómo sobrellevaba, sin más, su propia existencia.

Sahelia le agradeció sus revelaciones; no obstante, quiso saber cómo enfrentaba él lo mismo que indagaba en los demás; su Dasein, su estar ahí en el mundo; cómo sobrellevaba, sin más, su propia existencia. Ainer le respondió que también él había pasado por momentos duros y escabrosos, pero que el conocimiento adquirido, su reflexión pertinaz y sus más íntimas vivencias le habían hecho volcar la mirada al “aquí y al ahora”, sin seguir intentando traspasar límites “a priori vedados a la inteligencia humana, incapacitada de suyo para asir la esencia misteriosa de la vida”, aunque no dejaba de admitir que los hombres, igual que niños persiguiendo un sueño, no cesaban de elaborar teorías filosóficas o credos religiosos en su afán por resolver el poderoso enigma. Como prueba de ello, allí estaban los innumerables volúmenes en las bibliotecas conteniendo siglos de laboriosas especulaciones, o las diversas iglesias constituidas, cada una “soberbiamente” convencida de que su Dios personal era el único que daba cuenta fiel de la obra de creación. Y ¡cuántas sanguinarias guerras religiosas como consecuencia! Pero dijeran lo que dijeran, argumentaran lo que argumentaran, incluso imponiendo sus convicciones durante siglos, o hasta milenios, la vida corría paralela un paso adelante, impertérrita y burlona ante el quehacer y el sufrimiento humanos, exhibiendo sus sempiternas cualidades: nacimiento, evolución constante, efímeros intervalos de bienaventuranza, enfermedad, vejez y muerte. Luego, eterno silencio. Ante esto, prosiguió, él consideraba que los filósofos existencialistas procedían con sensatez al colocar en el hombre la responsabilidad de sus elecciones de vida, sin esperar ulteriores premios o castigos. Al no poseer cortapisas mentales, estaban capacitados para hacerlo. Citó a algunos exponentes destacados de esta corriente filosófica: Kierkegaard, Nietzsche, Jaspers, Sartre, Heidegger, Camus. Aquí se detuvo para oír la opinión de Sahelia, mas ésta lo animó a que continuara con su interesante planteamiento, y él prosiguió afirmando que era comprensible que los seres humanos, al hallarse lindando con el vacío y rodeados de una aterradora soledad cósmica, les concedieran el más depurado sentido a sus propias vidas, idea central del existencialismo, que ella también conocía. Sin embargo, agregó que había que adjudicar a cada filósofo el mérito que le correspondía, al haber confeccionado retazos que encajaban a la perfección en el croquis subyacente de la vida, sólo que el quid residía en gestarlos todos para completar el diseño original y divino, y eso era propio lo que quedaba fuera de la cognición humana. Sahelia, aún adherida fuertemente a su desazón metafísica, le recordó, por su parte, a dos filósofos que la conmovían porque siempre llevaron a cuestas la pesadumbre del enigma existencial. Uno era Arthur Schopenhauer, cuyo descarnado fatalismo la impresionaba en sumo grado, cuando afirmaba que el hombre era arrastrado inevitablemente a la nada por una energía cósmica desconocida, y que la angustia era el sello de la existencia humana. El otro, Miguel de Unamuno, quien a lo largo de su vida se debatió entre dos posibilidades extremas: una trascendencia intensamente anhelada, y una existencia finita y contundente, atribuyéndole a ambas igual dosis de factibilidad; por esto, el gran Rubén Darío lo había definido “escultor de niebla y buscador de eternidad”.

Como Ainer sólo captaba sinceridad en las palabras de la acompañante, y la conversación fluía por el cauce de una confianza cada vez mayor, le dijo a Sahelia que él también deseaba confesarle algo que últimamente se le insinuaba como atisbo, como nebuloso pensamiento pugnando por volverse nítida concreción en su conciencia, a pesar del genuino énfasis que él le imprimía a sus convicciones, y que el intercambio de ideas con ella a él también lo favorecía, pues era como un catalizador que le permitía aclarar y ensanchar sus conceptos. Sahelia le replicó que posiblemente intuía lo que le quería comunicar, pero que lo tratarían en un próximo encuentro, pues estaban por cerrar el parque y tenían que regresar. Se despidieron con un sentido apretón de manos, y acordaron reunirse en el mismo sitio el jueves de la siguiente semana.

Sentía una débil vocecita en su interior que no lograba escuchar ante el vozarrón de su desasosiego existencial.

Y helos aquí de nuevo. Retomaron el hilo de la conversación como si no se hubiesen separado. Sahelia comenzó diciéndole a Ainer que ella sentía una débil vocecita en su interior que no lograba escuchar ante el vozarrón de su desasosiego existencial, pero que ahora trataría el asunto en profundidad, y que presentía que a él pudiera estarle aconteciendo algo similar. Ainer asintió sin vacilación, entonces ella continuó aseverando que si la persistente reflexión intelectual no podía proporcionar ninguna respuesta satisfactoria al problema del ser, allí estaba la humilde sencillez del espíritu prometiendo, sin pruebas, un divino remanso ulterior. Matizó la idea afirmando que la búsqueda de la verdad estaba ínsita en la apetencia humana, no sólo intelectual, sino en la de su corazón, por lo que no había que privilegiar una en desmedro de la otra, y que si el pensamiento objetivo y verificable de la ciencia contaba de inmediato con el respaldo de los sentidos, y medios cada vez más sofisticados par enseñorearse de una verdad tangible, la fe, por su lado, poseía la potencia y vastedad de la imaginación, y el más puro arrojo del corazón del hombre. Finalmente, concluyó que, si ambas procedían del mismo hontanar, el hombre, tenían el mismo caudal sanguíneo, por lo que había que hermanar ciencia y devoción. Ainer convino con el argumento de Sahelia, porque en verdad incidía en la perplejidad que veladamente lo estaba aquejando. Al igual que sus semejantes, no era fácil asumir una oscuridad cerrada al final del camino, después de tantos sufrimientos y azares padecidos, y como ellos, quizás de manera inconsciente, clamaba por una paz perdurable, divina. Entonces, ambos coincidieron en que el ser humano libre, sin previos condicionamientos doctrinarios, debía efectuar una ardua elección mientras no reconciliara esa dualidad existencial: o se abocaba por el predominio de la actividad cognitiva, con sus inherentes limitaciones, o le concedía espacio de honor a la creencia en un destino ulterior, pero sin pruebas. Aquí ambos rememoraron, casi al unísono, la apuesta teológico-filosófica de Pascal. Sahelia la citó sucintamente: “que había que apostar por la existencia de Dios, pues si realmente existía, se ganaba todo, y si no existía no se perdía nada”. Ainer puso el colofón a esas palabras recordando otra sentida afirmación de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón desconoce”. Pero no pudieron continuar, pues delante de ellos pasó veloz un bulto amorfo, indistinguible, envuelto en un ajado crespón negro, y fue a colocarse en un banco no muy lejos de allí. Quedaron impactados, esforzándose por dominar cualquier expresión de pánico. Permanecieron pocos minutos en absoluto silencio, pero como el bulto seguía en el mismo sitio, como observándolos a pesar de no tener ojos, se levantaron sin decir palabra, y tomados de la mano se dirigieron lentamente hacia la enigmática figura, notando que, a medida que se acercaban, una sorda efervescencia emanaba del extraño bulto, hasta que se esfumó del todo delante de sus atónitas miradas. Se habían acercado decididos a enfrentar la más escalofriante e inesperada eventualidad, y ahora se hallaban con las manos vacías ante otro hecho igualmente inexplicable. Conmovidos, retornaron al banco, pero antes de formular algún comentario al respecto Sahelia trajo a colación un episodio que le había ocurrido a ella no hacía mucho tiempo. Le contó a Ainer que durante varios días estuvo oyendo unas fuertes pisadas en el piso superior de su casa sin que nadie se encontrara allí; golpes repentinos en las paredes; toques bruscos en su mesita de noche mientras dormía, que de improviso la despertaban y la ponían en estado de alerta; hasta que la tarde de un domingo se produjo la eclosión. Unas recias pisadas descendían con lentitud por la escalera hacia el piso donde ella estaba, pero al momento no las relacionó con los ruidos anteriores, sino que pensó que esta vez se trataba de unos malhechores que habían forzado el balcón y venían decididos a cometer su fechoría. Le dijo a Ainer que, así como ellos acababan de encarar con intrepidez al bulto negro, ella, hallándose sola en la casa, también había ido al encuentro de lo que descendía por la escalera, dispuesta a sufrir cualquier consecuencia, incluso su propio final. Para esto había salido a toda prisa de la biblioteca, donde realizaba un trabajo para la universidad, y se había plantado a la espera, a poca distancia del primer escalón. Pero para su total consternación, lo que vio bajar en completo silencio fue una inmensa y esponjosa nube color plomo que abarcaba todo lo ancho de la escalera, y que al llegar a ras del suelo torció en dirección opuesta a donde ella se encontraba, desapareciendo al instante sin dejar rastro. Sahelia finalizó su relato diciéndole a Ainer que en esa época ella atravesaba por una profunda tristeza y desolación, aunado a su perenne vacío existencial, por lo que creía que la intensa energía negativa que con seguridad emanaba de ella pudo haberse materializado de esa forma al llegar a su clímax. No le hallaba otra explicación. Ainer, sobrecogido, le reveló que él no contaba con una experiencia semejante, pero que la interpretación que ella le daba al hecho tenía todo sentido, pues él había leído algo sobre parapsicología y ese fenómeno era denominado Poltergeist, y se producía por una telequinesis inconsciente, al hallarse la persona ante un gran estrés o una intensa tensión emocional. Dedujeron entonces que ellos mismos pudieron haber originado esa incomprensible aparición, al haberle conferido tanto interés y concentración al insoluble problema metafísico, y esa era de cierto la respuesta evidente de que debían dar por finalizada cualquier otra indagación. Y eso fue lo que acordaron poner en práctica; aceptar con confianza y serenidad el misterio de sus vidas hasta el final; total, concluyó Sahelia, prescindiendo de toda inquietud humana, lo que había de ser ya lo era desde siempre, y lo seguiría siendo por la eternidad. Había llegado la hora de separarse, pero quedaba implícito que la comunicación continuaría. Se despidieron con un cariñoso abrazo y convinieron en reunirse de nuevo en el mismo sitio, a igual hora, el siguiente jueves.

Una nueva corriente de vida la colmó de vigor y entusiasmo.

Sahelia reflexionó mucho los días sucesivos en torno a lo acontecido, pero lejos de sentirse temerosa o debilitada, una nueva corriente de vida la colmó de vigor y entusiasmo, y en primerísimo lugar lo atribuyó a que ya no estaba sola, pues había una persona con quien compartir cualquier recoveco de su atribulada existencia.

Y llegó el día del reencuentro. Tomaron asiento en el banco acostumbrado y, luego de un prudente silencio, Sahelia le dijo a Ainer, emocionada, que, a pesar de lo ocurrido, ella estaba ahora más fuerte y sosegada, pero ahí mismo se detuvo, pues una súbita conmoción interna le impidió proseguir. Ainer, queriendo saber la causa de su favorable cambio, se lo preguntó sin demora, mas Sahelia no salía de su mutismo, y con la cabeza reclinada sobre el banco, sólo observaba el lejano horizonte. Entonces Ainer, con extrema delicadeza, le rozó el rostro con la mano intentando que lo mirara directamente a los ojos, pero ante el resplandeciente azul de su mirada, ella se sintió inerme y cerró sus ojos sin decir nada. Consciente de lo que Sahelia estaba padeciendo, pues a él le sucedía exactamente igual, Ainer apoyó la cabeza de ella en su hombro y le acarició su dorada cabellera. Así permanecieron algún tiempo, sintiendo como si unos hilos invisibles emanaran de sus cuerpos y sutilmente se fueran entrelazando, hasta que espontáneamente, y poco a poco, sus rostros se acercaron y un beso interminable, pleno de emociones para ellos desconocidas, fue el sello que refrendó el amor que allí nacía, fecunda fuente de magnanimidad y elevada compenetración.

Thaís Badaracco Febres C.
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