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La luz en el cuarto

sábado 22 de julio de 2023
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El apartamento de mi abuela siempre me pareció feo. Los cuadros no me gustaban y el suelo era gris, el color de la pesadumbre. Sin embargo, había algo más que me desagradaba, tampoco sabía qué. Mamá nos llevaba a mi hermano y a mí para visitar a la abuela y a la tía M. La última, en ocasiones, me obsequiaba dulces y preparaba té frío. La quería mucho. Luego comprendería que jamás sintió el mismo cariño.

Con el paso del tiempo, me enteré de que en el apartamento de mi abuela sucedían cosas raras: desde apariciones de espectros hasta de criaturas que ni me atrevo a nombrar. De cualquier modo, era ignorante de eso en mi infancia. No le temía a la noche. Pero mientras jugaba sola en la sala, juraba que alguien me observaba. También me daba miedo el cuarto de la abuela. Odiaba entrar sin su compañía, la de mi hermano o mi tía M.

Hoy me inquieta imaginar qué pretendía mamá al dejarnos en ese apartamento. Un enigma. Lo peor fue lo que ocurrió una noche. Debía tener como siete. Tía M. no había ido a dormir conmigo, mi abuela y mi hermano. Por supuesto, él y mi abuela roncaban. Yo me hallaba despierta, esperando a la tía M. Tal vez eran las dos de la madrugada. El punto es que salí de la cama y la busqué. La luz del cuarto vecino estaba encendida y toqué la puerta en varias oportunidades. La sala estaba tan oscura como el lado negro de la luna. Después me percaté de que tuve suerte, porque nada advertí que me causara un trauma de por vida. La llamé. No contestó. Y volví a la habitación de mi abuela. A la mañana siguiente, le pregunté a la tía M. por qué no durmió con nosotros. Respondió que siempre estuvo allí.

Lo importante es que no entiendo qué pasó esa noche. ¿Por qué no la vi con nosotros y nunca abrió la puerta? Posiblemente, ella esperaba a que algo me asustara en el pasillo. Aún sostengo esa teoría.

En mi adolescencia, cuando mamá y yo huimos de casa por culpa del marido, percibí que la tía M. rechazaba mi presencia en la nueva residencia. Mi hermano fue afortunado, él estudiaba en otro país. Y al ir yo al baño, como a las dos de la madrugada por algún motivo, oía el rechinar de la puerta del fondo, la del dormitorio de mi abuela y M. Entonces, la veía. Me hubiese gustado tomarle una foto para certificarle a mamá lo que contaba. La cara de la tía M. era la de una mujer aterradora.

Por suerte, nos fuimos. Jamás regresé. No volví a encontrarme con la tía M. ni la abuela. Sin embargo, queda en mi mente ese episodio, la luz en el cuarto del apartamento de cuadros de mal gusto y suelo gris. Además, pienso en la expresión de la tía M. a las dos de la madrugada en la segunda casa. Ella dormía lejos de la puerta. Tenía que rodear la cama de la abuela, sólo para verme, antes de que entrara al baño. En fin.

Ivanna Zambrano Ayala
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