Greta leía un libro en su fresco y espacioso jardín, disfrutando de la tersa mañana. Era una apasionada de lo oculto, dondequiera anidase; ya fuera en los fenómenos paranormales, de los que afirmaba tener alguna evidencia; ya en los psíquicos, sede de los trastornos de conducta, cuyas causas permanecían bien atrincheradas en el profundo inconsciente a fin de no ser desveladas, y por supuesto, no podía soslayar el ámbito subatómico, el de la física cuántica, pues consideraba imperdonable ignorar las leyes y estructura del mundo que la conformaba y tejía los hilos invisibles de su propia existencia. Poseía una moderada bibliografía en torno al tema, y toda la información al alcance de su discernimiento.
El libro que estaba leyendo era de suspenso, donde se rastreaban los pasos de un hábil estafador de mujeres pudientes; tan hábil, que el asiduo seguimiento policial no había logrado alcanzarlo, y podía aparecer en cualquier parte sin levantar la menor sospecha, a pesar del aspecto atractivo de su cultivada elegancia y apuesta figura. Así lo describieron las tres mujeres estafadas cuando formularon sus respectivas denuncias ante las autoridades. Pero él iba siempre un paso adelante. Con esa semblanza, la policía creía que podía tratarse de algún empresario en bancarrota, o de un noble venido a menos, buscando inflar su trasnochado título, y hacia esos lados tenía enfocada la investigación, por el momento. El verdadero nombre del timador era Sigfrido, pero como era de suponer, a cada víctima le daba un nombre diferente. Llevaba siempre consigo un fino maletín de cuero, donde guardaba fraudulentos planos y bocetos de un supuesto proyecto urbanístico. He aquí su modo de proceder: con esmero escogía a la mujer millonaria, la abordaba y delicadamente le prodigaba una corte irresistible, y cuando estaba seguro de poder contar con su complicidad afectiva, extraía los documentos falsos del maletín, le explicaba minuciosamente el ambicioso proyecto, y la convidaba a participar como socia, prometiéndole que la ingente ganancia que obtendría a posteriori la compensaría con creces de ese sacrificio monetario inicial. La ingenua y seducida mujer, confiada y sin oponer alguna objeción, le entregaba de inmediato la sustanciosa suma. Y ahora, ¡piecitos para qué los quiero! Se alejaba definitivamente de allí, dejando pasar un tiempo prudencial antes de pergeñar el nuevo plan para acercarse a la próxima surtidora de dinero, observando cada detalle para no dar un paso en falso. Pero parecía que, más que el dinero per se, lo excitaba el riesgo que corría para obtenerlo, y la exitosa culminación del proceso, pues una vez en sus manos el capital usurpado, sin tocarlo, de inmediato lo colocaba a buen recaudo, en una bóveda bancaria.
Sigfrido actuaba de esa manera siguiendo un impulso irracional de protesta, lejos de toda coherencia lógica, pretendiendo vengar el daño económico sufrido por su padre a manos de la segunda esposa, quien no obstante poseer su fortuna personal, sólo le interesaba aumentarla, expoliando al padre de Sigfrido cada vez que podía. Este señor había tenido un considerable capital financiero, pero ya en la senectud, con la salud severamente comprometida, tuvo que ir cediendo a los desmedidos requerimientos de la mujer, que de continuo lo amenazaba con abandonarlo en esas precarias condiciones. Sin embargo, como padre consciente y responsable, supo salvaguardar tempestivamente la significativa herencia de Sigfrido. Murió totalmente desposeído, y Sigfrido estaba convencido de que la inescrupulosa mujer había participado en el doloroso desenlace, pero no tenía cómo probarlo. Presto la mujer se esfumó, y Sigfrido dio inicio a su actividad delictiva, privando a mujeres ricachonas de parte de su patrimonio.
En la ciudad había un importante centro comercial, propiedad de tres facultosos empresarios. Uno de ellos, quizás el de mayor peso económico, tenía una joven y hermosa hija trabajando en la administración de un negocio en el vasto establecimiento. Su nombre era Eleonora, y ese día estaba sustituyendo a una cajera que había faltado al trabajo, cuando una fragancia embriagadora le hizo levantar la mirada. Allí estaba Sigfrido plantado, dispuesto a pagar los artículos comprados. Elegante, con un traje azul marino de corte impecable, lentes de sol con ribetes de oro, y exhalando ese aroma exquisito, reunía las condiciones para cautivar a una mujer a primera vista, y conseguir sin tropiezos el fin perseguido. Con primorosas palabras elogió la belleza de Eleonora, pero como era la hora de la pausa laboral del mediodía, le pidió disculpas por la intrepidez al invitarla, conociéndola apenas, a un reconocido restaurante de la ciudad, y prometiéndole que oportunamente la traería de vuelta al trabajo. Eleonora, ante esa deslumbrante e inusual presencia, no dudó en aceptar, creyendo ser más bien ella la honrada con la invitación. Sigfrido se dirigió primero a su lujoso coche a dejar lo adquirido, y al regresar le dijo: “Aquí estoy, vengo por ti”.
Pero justo terminando de leer estas líneas en su libro, Greta oyó que alguien muy cerca de ella también decía: “Aquí estoy, he venido por ti”. Aturdida y desconcertada, miró a su alrededor y vio una cápsula ovoide plateada, con ligeras vibraciones, en mitad del jardín, de cuyo interior la voz continuaba: “Prepárate, dentro de poco partiremos”. Atrapada por un intenso pánico, intentó correr para resguardarse en su hogar, mas una fuerza incontenible la introdujo en el aparato y la arrojó a una mullida poltrona. Greta, espantada, no quiso mirar a ningún lado, temiendo que lo que pudiera ver sólo aumentaría su crispación, pero allí parecía no haber nadie más, excepto un impresionante y cerrado silencio. En breve el aparato aceleró las vibraciones y se puso en movimiento, pero en lugar de remontar, como Greta esperaba que lo hiciera, se hundió en una profundidad desconocida durante un tiempo considerable, imposible de cuantificar. Pero llegó un momento en el que Greta ya no pudo establecer coordenadas, ni recordar cualquier momento pasado, sino agudizar su sentido de observación, pues la cápsula se había detenido abruptamente, dejándola a la intemperie, aunque bien afincada, en medio de una realidad alucinante. Gracias al conocimiento que poseía, supo que se hallaba en un escenario ad hoc, previamente elaborado para satisfacer cualquier curiosidad atinente al campo cuántico. Infinidad de elementos exhibían su presencia infinitesimal, su estructura y posición, para que pudiesen ser debidamente reconocidos a ese nivel. Allí estaban, en primer lugar, miles de átomos multicolores que le sonreían al pasar, y abrían sus coberturas, mostrándole los quarks que iban formando los protones y neutrones que integraban sus núcleos, mientras los electrones giraban veloces alrededor de ellos. Amasijos de ondas de energía aparecían sin saber de dónde, ejecutando mágicas danzas, y al pasar junto a ella instantáneamente se transformaban en corpúsculos diferentes y extraños. Greta sabía que esas bandas de energía tenían la misteriosa facultad de convertirse en partículas cuando eran observadas, y que era imposible captar la dualidad onda-partícula al mismo tiempo, y allí pudo comprobarlo directamente. Continuó observando y distinguió una vibración diferente en ciertas partículas; entonces creyó estar ante una superposición cuántica, fenómeno que le permitía a una partícula estar en dos puntos diferentes a la vez sin romper su individualidad; o quizás se hallaba presenciando una interacción cuántica, que podría considerarse el fenómeno opuesto al anterior, según Greta, pues aquí se trataba de dos partículas distintas que, por estar tan compenetradas entre sí, podían experimentar recíprocamente el mismo suceso, sin importar la ínfima o inconmensurable distancia que mediara entre las dos. En este punto Greta reconoció la genialidad de los físicos cuánticos al haber superado los límites de los cánones estables, comprobables y seguros de la física clásica, para dar cabida a otras bizarras y nuevas posibilidades de realidad e intuiciones aparentemente disparatadas. Comprendió que en ese mundo subatómico podían vulnerarse los principios lógicos que regían los razonamientos del mundo superior como, por ejemplo, el principio de no contradicción y el del tercero excluido, pero creía, y se auguraba, que eso se debía a que las leyes del campo cuántico tenían mayor alcance, y todo sería fácilmente comprensible y aceptado cuando los científicos poseyeran el dominio íntegro de la mecánica cuántica y procedieran a su divulgación. Por último, vio desplazarse infinitud de fotones luminosos con sus cargas de radiación electromagnética, por entre los átomos, y cómo éstos se despedían de ella, siempre sonrientes, cuando pasaban a integrar las diferentes moléculas. Greta estaba agradecida a la extraña fuerza que la llevó hasta allí, permitiéndole ver personalmente el espectacular y abigarrado reino cuántico. Pero, extenuada por el cúmulo de sensaciones intensamente experimentadas, sintió un leve desfallecimiento y quiso retornar. En el acto, ya estaba en la confortable poltrona, mientras la cápsula, como surgida de la nada, volvía a recubrirla y se ponía en movimiento. Confiaba en que la dejaría en el sitio de partida, su florido jardín, pero el aparato subió y subió y subió como si no se fuera a detener, y sólo al cabo de mucho más tiempo Greta advirtió que el movimiento había cesado, volvía a encontrarse sin poltrona, fuera de la cápsula, pero fuertemente asida a un soporte invisible. Constató que ahora se hallaba en medio del macrocosmos de la Vía Láctea. Había pasado de lo infinitamente pequeño a la inconmensurabilidad del espacio interestelar. Aquí era igualmente incesante el movimiento de las masas colosales. Quedó estupefacta con la inconcebible luminosidad y efervescencia solar; con los planetas describiendo incansables sus eternas órbitas; con el continuo choque y estallido de estrellas, asteroides y demás cuerpos celestes, que parecía harían volar en pedazos la galaxia, pero recordó que ese era el estado natural del macrocosmos. De nuevo aquí, ante la saturación de su mente por tantas visiones fantásticas y aterradoras, quiso regresar, y fue nomás desearlo, que ya estaba en la poltrona dentro de la cápsula, que de inmediato se puso en movimiento. Durante el trayecto, sin saber adónde la llevaría esta vez la nave, Greta dejó que fluyeran libremente sus cavilaciones. Recordó los dos mundos que sucesivamente había recorrido, y que a pesar de su antagonismo en cuanto a magnitud eran similares por la complejidad de su entramado y funcionamiento. Entonces, espontáneamente, le vino a la mente la conocida expresión “como es abajo es arriba”, pues consideró que ahí calzaba a la perfección. Pero esa misma mente suya, tan abierta e inquisidora, la llevó a su misma fuente, a su intrincada estructura cerebral, y amplió su declaración: “como es abajo es arriba, y en el medio”. Y ya no pudo continuar con sus reflexiones, porque la cápsula se detuvo, y ella fue arrebatada de la poltrona y colocada en la silla de su jardín. Greta no pudo reaccionar. Desinflada y agotada, se recostó un momento para recobrar fuerzas, pero se quedó profundamente dormida. Cuando finalmente despertó, recogió el libro del suelo, miró asombrada a su alrededor, y quedamente susurró: “¡Dios mío! Qué sueño tan raro, pero maravilloso, he tenido”, y penetró en su casa con la resuelta intención de continuar la lectura del libro el día siguiente. Fue entonces cuando la cápsula, que todo ese tiempo se mantuvo oculta custodiándola, se elevó y se perdió en el espacio.
Otra vez Greta en el iluminado jardín, libro en mano, continuó su interrumpida lectura. “Sigfrido fue de palabra y llevó a Eleonora a un selecto restaurante, donde transcurrieron dos horas entre exquisiteces de alimentos y palabras; los primeros, deleitándoles con delicadeza el paladar; las segundas, tejiendo amenas conversaciones sobre los más variados temas, en los que Eleonora estuvo a la altura, pues era una chica culta e informada. Sigfrido le dijo su nombre y quiso saber el de ella; luego se quitó los lentes y la miró fijamente. Eleonora quedó impactada con los ojos de Sigfrido. Eran hermosos y verdes como dos trozos de esmeralda, pero notó en ellos una blanda lucidez, como la de dos lágrimas a punto de brotar. Sigfrido, aduciendo un molesto calor, que no había, tomó su fino pañuelo y se lo pasó por los ojos. De aquí en adelante se limitó a mirar a Eleonora con dulzura, y no volvió a emitir palabra. Ésta, intrigada y nerviosa, le recordó que ya era la hora de volver. Durante el trayecto Sigfrido continuó con su hermetismo; dejó a Eleonora en el centro comercial y, después de agradecerle amablemente la compañía que le había brindado, de inmediato prosiguió. Eleonora quedó bastante sorprendida. Su curiosidad comenzó cuando vio aquella extraña mirada en los claros ojos de Sigfrido, seguida por su mutismo durante el retorno y la sobria despedida. Ella esperaba que le propondría un próximo reencuentro, tal había sido la afinidad en los temas de conversación, y el momento tan ameno que pasaron juntos. Además, porque había sentido una leve e inesperada punzadita en el corazón. Retomó su trabajo con la responsabilidad y entereza de siempre, pero sabiéndose rodeada por un invisible halo de melancolía”.
Fue después de algunos días cuando Sigfrido volvió donde Eleonora. Con la misma sonrisa cautivante, la misma prestancia desenvuelta, pero con diferente vestimenta escogida y fina, pero no llamativa, más bien informal, y sin los refinados anteojos de sol, ni el sólito maletín. La saludó con renovado entusiasmo, y la convidó a pasar de nuevo juntos las horas del mediodía. Eleonora aceptó, disimulando su desbordante alegría. Esta vez fue una versión mejorada del almuerzo anterior. Él, en dominio de su locuacidad natural; ella, dándole el toque oportuno y acertado a los argumentos que surgían en la conversación. Y poco antes de partir, Sigfrido le dijo a Eleonora que estaba muy interesado en profundizar la amistad entre ellos, sólo que ese acercamiento se produciría al regresar del viaje que estaba por emprender, y que lo mantendría fuera de la ciudad por pocos días, pero le prometió que apenas regresara vendría por ella. La acompañó a su sitio de trabajo y se despidieron con un saludo de decidido entendimiento.
No era cierto que Sigfrido viajaría, sino que por el inusitado despliegue policial rondando esa zona, forzosamente debía ocultarse para no ser aprehendido. Pero nunca imaginó el beneficio que le reportaría ese retiro inesperado. Ya con Eleonora había sentido un primer llamado al orden; ahora, este aislamiento lo indujo a reflexionar a fondo sobre la justicia asimétrica, distorsionada y fuera de lugar, que estaba aplicando, y un destello de luz en su conciencia le hizo ver que debía dejar de lado ese comportamiento y colocar el eje en el centro preciso de su balanza humana. Entristecido, se preguntaba cómo había hecho pagar a mujeres inocentes la desmedida avidez de la mujer de su padre. En el acto, tomó la decisión de poner fin a su abstruso proceder delictivo, y contarle toda la verdad a Eleonora.
Por su parte, Eleonora aguardaba, ilusionada y confiada, el retorno prometido. Y en ese intervalo, un día se presentó en el centro comercial una nutrida brigada policial, dispersándose enseguida para efectuar la investigación pertinente. Dos agentes se aproximaron a ella preguntándole por un sujeto cuya descripción era similar a la de Sigfrido, como si le estuvieran delineando su perfil; pero ella, aferrada a la esperanza que la colmaba en ese momento de expectativa y sano entusiasmo, no dudó en considerar que se trataba de una infeliz coincidencia, y decidida lo negó sin titubear. No obstante, antes de retirarse, la policía le advirtió que el hombre que buscaban era un consumado y astuto estafador de mujeres con dinero, para que estuviera alerta. Una semana después volvió Sigfrido donde Eleonora y la llevó a otro lujoso restaurante, dispuesto a revelarle toda la verdad en el momento oportuno. Una vez instalados, Eleonora le contó, a manera de anécdota divertida y curiosa, el incidente con la policía que se había presentado en el centro comercial buscando a un sujeto ilegal y peligroso, y la descripción que le habían dado correspondía en todo a la de su persona, pero ella sabía que se trataba de una pasmosa coincidencia, y presto había ahuyentado a los agentes policiales del lugar. Sigfrido guardó silencio unos segundos, y luego, sin vacilar, expresó: “No existe ninguna coincidencia. Ese soy yo”. Eleonora quedó petrificada, sintiendo que algo se fracturaba dentro de ella, y se levantó para alejarse de inmediato del lugar, pero Sigfrido la retuvo, y con los ojos llenos de lágrimas, y una súplica que le salió del alma, le rogó que no lo abandonara y escuchara hasta el final lo que tenía que decirle. Como Eleonora era una mujer sensible y comprensiva, accedió. En todo momento captó honestidad en la historia de Sigfrido, y le prometió ayudarlo a salir del atolladero legal en que estaba sumido. Lo primero que le sugirió fue localizar a las mujeres defraudadas para devolverles el dinero, incrementado por el perjuicio que les había ocasionado. Luego, una vez con el capital a su disposición, pedirles encarecidamente que retiraran la denuncia en poder de las autoridades. De esto último le prometió encargarse ella personalmente, si se lo permitía. Todo resultó según lo pautado, y presto Sigfrido y Eleonora pudieron compartir con libertad el recíproco amor que había nacido entre ellos.
Greta cerró el libro complacida por el bonito final, y al mirar el hermoso jardín, allí estaba de nuevo el ovoide plateado invitándola a subir, porque dentro de poco partirían. Greta intentó correr hacia su casa, pero igual que la vez pasada, una fuerza inexplicable la introdujo en la cápsula y la colocó en la suave poltrona. Antes de ponerse en movimiento, la voz le dijo a Greta que la llevaría a un lugar donde vería cosas maravillosas que nunca hubiera podido imaginar, ya que estaban fuera del alcance de toda imaginación, y que ya no retornarían, pues sería ella misma la que no querría volver. Al momento la cápsula inició la ascensión, y se desvaneció por la azul inmensidad.
Concluida la lectura, el doctor Briatore se levantó de su escritorio y colocó el libro en el estante de la biblioteca, mientras expresaba: “Libro interesante. Me gustó haberlo leído”. Tomó abrigo, sombrero y bastón, y salió a dar su acostumbrado paseo vespertino.
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