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Microrrelatos de Cristian Esteban Mitelman

sábado 14 de octubre de 2023
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En el comienzo

I

“Acabo de inventarme a mí mismo”, pensó Él en el momento en que pensó que podía pensarse.

 

II

“Acabo de inventar el tiempo”, pensó Él en el momento en que concebía la frase.

 

III

“Acabo de inventar el espacio”, pensó Él en el momento en que concibió la forma de los sonidos de esa frase.

 

IV

“Acabo de inventar la muerte”, pensó Él en el momento en que concibió que esa frase debía tener un final.

 

V

“Acabo de inventarte”, pensó Él en el mismo momento en que pensó que toda frase está destinada a otro.

 

Un pequeño descubrimiento

Despiertas. En la repisa hay una carta. “Adiós. Ya no tiene sentido”, dice.

Siempre pensaste que el día que te abandonara tu mujer sería trágico. Sin embargo, compruebas que es tan monocorde y fortuito como cualquiera.

Te vistes. Sales a la calle. Al llegar a la panadería ves que hay una hoja a mitad de camino entre la vereda y la puerta cerrada. Alguna clase de intuición te inclina a tomarla.

“Señor F…: lamento no atenderlo hoy. Un asunto impostergable ha surgido. Deberá comprar sus medialunas en otro sitio. Espero sepa comprender”.

No deja de resultarte llamativa la forma en que el panadero eligió para comunicarse.

Al llegar al kiosco de diarios ya no te asombra la existencia de otra nota. En todos los comercios de la cuadra ves pequeños papeles inmóviles, como si el viento jamás hubiera existido.

Por fin entiendes. Estás muerto y el mundo es el que se aleja —no uno, como siempre creíste.

Caminas, pero es en vano. Ahora puedes ir a cualquier parte. Da lo mismo.

 

Sabiduría de Layo

A diferencia de las versiones más tradicionales del mito, Layo era un hombre conocedor de todo su destino. Sabía que matar a Edipo era imposible y que, por uno de esos artilugios de la divinidad, el hijo volvería para trazarle el fin en su propia carne.

Con los años enviudó y volvió a casarse con una muchacha a la que obligó a llevar el nombre de la antigua esposa.

Le hizo creer a Tiresias que la primera Yocasta seguía viva, de modo que el ciego fue ignorante de que se hallaba frente a otra mujer. Para eso (como es claro) Layo le ordenó a la joven que permaneciera siempre alejada de ese ciego fabulador, cuyo único don era anticipar historias amargas.

Luego le comunicó al anciano el temor de que lo asesinaran y que un hijo perdido en la noche se desposara con su mujer.

En un cruce de caminos Layo perdió la vida; Edipo se dirigió a la ciudad, al gobierno y al supuesto lecho de la supuesta madre, en tanto que Tiresias acuñó un falso secreto que fue proferido mucho más tarde, en medio de la peste.

Para Layo era evidente que su asesino —en medio de una revelación tan cruel como falsa— se arrancaría los ojos y marcharía a un exilio ruinoso. Anticipó su venganza porque era la única forma de restaurar el orden del universo.

 

Sobre el gobierno de Sancho

Luego de tres semanas, Sancho vislumbra la estructura del poder. Sabe que su mandato está condicionado por los condes y que toda medida humanitaria que adopte lleva en sí misma la marca de los poderosos.

Decide crear algo nuevo. Les explica a los súbditos que de ahora en más el estado es de ellos y que lo único que deben contemplar es la justa distribución de la riqueza insular.

Pero cuando pronuncia tales palabras, los condes deciden cancelar el juego y los súbditos apenas han entendido lo que Sancho quiso transmitirles.

Uno de ellos, varios años más tarde, viaja por Europa y le cuenta a un señor Moro, que se dedica al noviciado, las delirantes palabras de un campesino mutado en gobernador.

El joven clérigo toma nota y dice que los libros de caballería son una utopía. Le gusta esa palabra, por lo que decide escribir un libro sobre ella.

Y es así cómo el Barroco español del siglo XVII influye en el Renacimiento británico del siglo XVI. Y a su vez, aquel Renacimiento engendra el falansterio y a Marx, que escribe para que, en el siglo XX, un médico sureño que oficia de militar en el Caribe le narre a sus soldados los capítulos del Quijote, que trata sobre la aventura de un hidalgo y su humilde servidor…

 

El Mesías

El otro ladrón, el que no quiso la piedad ni aceptó la tentación del paraíso; ese ladrón es el verdadero M…

Libro de las herejías
Anónimo (siglo XV)

 

Los nudos invisibles

En cierta calle barrial, un hombre le confiesa su amor a una mujer. La suerte, como puede ocurrir en estos casos, le es esquiva. En ese momento mira un árbol y piensa en la fortuna que tienen todos aquellos seres que no pertenecen a la estirpe humana, siempre proclive a las angustias y a lo imposible.

Pasan veinte años; tal vez un poco más. Luego de un diluvio, el hombre ve en el noticiario la imagen de cierto árbol que, al caer por los vientos de la noche, provocó destrozos en el frente de una casona.

Es la misma calle; es el mismo árbol. Comprende que han estado unidos desde siempre y que aquel tronco sólo tardó un poco más en sentir la porosidad del abandono.

 

Palabras cruzadas I

En un tren encuentro a alguien absurdamente concentrado en las palabras cruzadas. Pienso que es una futilidad perder el tiempo de ese modo. Sin embargo, alcanzo a distinguir que el otro ha escrito mi nombre en uno de los tramos verticales. Y además, veo que hay precisiones de mi propia historia en las otras líneas. Comprendo que en los espacios vacíos empezará a llenar todas las dudas que desde hace años me angustian; comprendo que las claves del futuro estarán escritas en esa cuadrícula. Pero antes de empezar, el hombre se baja y me deja absolutamente vacío.

 

Palabras cruzadas II

Un inglés observa a un irlandés que, en el banco de una plaza, juega a las palabras cruzadas. “Por eso esta gente no progresa”, se dice, “malgastan la vida en esfuerzos absurdos”.

En la grilla se ha formado la siguiente combinación: “imponente, rollizo, Buck, Mulligan, aparece, alto, escalera, bacía, desbordante, espuma…”.

El irlandés abandona la plaza y entra en una taberna de la esquina. Aquellas palabras le han traído una especie de revelación.

El inglés, que lo sigue observando, piensa: “Y además, ebrio”.

Cristian Esteban Mitelman
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