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Aheleo y Mía

sábado 21 de octubre de 2023
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Una linda jovencita, llamada Mía, llegó al río una mañana para lavar la ropa que traía en su pequeña cesta. Se arrodilló ante una piedra grande y, alegre y entusiasta, inició su actividad, cantando suavemente. Parecía que su canto armonizara naturalmente con el murmullo cristalino del agua al pasar. A partir de ahora, ella retornaría con frecuencia al mismo sitio.

Algunas veces, al terminar la faena, un poco fatigada por el ajetreo del lavado, se recostaba a la piedra, observando plácidamente el inmaculado entorno rural, o se adormecía por algún momento, para recuperar del todo su recién menguada energía. Mas una mañana, a punto de comenzar su acostumbrada labor, inadvertidamente su mirada recayó en la otra orilla y quedó maravillada al ver un extraño pájaro de regular tamaño, posado en la alta rama de un árbol. Era un pájaro diferente a cualquier otro que ella hubiera visto con anterioridad, de allí su asombro. La mayor parte del plumaje era de un reluciente azul cobalto, pero la cabeza y las alas estaban entreveradas de franjas plateadas, las cuales reverberaban bajo los rayos del sol.

Mía lo miró con detenimiento y él también la observaba, la escudriñaba en completa inmovilidad. De pronto, alzó el vuelo y desapareció por entre el follaje del bosque. Esta escena se repetiría de vez en cuando: sorpresivamente aparecía el hermoso pájaro, cruzaba el río e iba a posarse siempre en la misma rama del árbol. Se observaban mutuamente y al cabo de unos instantes emprendía el vuelo, perdiéndose de nuevo entre la tupida vegetación. Pero esta vez habían pasado varios días sin que el pájaro volviera, por lo que la joven Mía pensó que tal vez no lo vería más, ya que ahora estaría siguiendo una ruta diferente.

No había llegado al otro lado del río cuando un disparo retumbó con fuerza en el ambiente y la bella ave se desplomó.

Una tibia mañana, hallándose recostada en la piedra descansando, he aquí que apareció el hermoso pájaro, pero aún no había llegado al otro lado del río cuando un disparo retumbó con fuerza en el ambiente y la bella ave se desplomó, haciendo una pirueta en el aire antes de caer muy cerca de Mía. Ésta, aturdida, lo recogió y lo colocó en su regazo, y comenzó a acariciarle sus brillantes plumas azules y plateadas al tiempo que le susurraba entre sollozos:

—¿Qué daño hacías al volar? ¿A quién mortificabas surcando el aire, o yéndote a posar en la rama de un árbol? Además, ya éramos dos silenciosos y respetuosos amigos. ¡Mucho te voy a extrañar! ¿Qué mano criminal te quitó la vida?

Hundida estaba en su aflicción cuando oyó unos ruidosos pasos que se acercaban aceleradamente. Levantó la cabeza, atemorizada, y ya el hombre estaba frente a ella. Era un cazador de rostro amargo, con una escopeta en la mano, quien le dijo con voz potente y sin rodeos:

—Dame acá ese pájaro. Es mío. Lo acabo de matar para llevárselo a mi hija. Es su cumpleaños y me pidió de regalo un bonito pájaro para embalsamarlo y lucirlo en su cuarto.

Mía hizo caso omiso de las absurdas palabras del cazador perverso, y continuó acariciando, con afecto y dolor al mismo tiempo, al desafortunado animal. Entonces el cazador insistió con mayor prepotencia:

—O me lo das, o yo mismo te lo arranco de las manos.

Ella, sabiéndose indefensa y sola, extendió sus temblorosos brazos decidida a entregárselo, cuando intempestivamente el pájaro se irguió con firmeza y batió con ímpetu sus alas argentadas, lo que hizo que el pérfido cazador huyera despavorido. Mía, igualmente estupefacta, apenas pudo balbucear:

—¿Qué ha sucedido? ¿Una bala traicionera no había acabado con tu vida?

Luego de un breve silencio, el pájaro contestó:

—Ningún disparo puede herirme, mis plumas son blindadas. Fingí mi muerte para ver hasta dónde llegaba la animosidad de aquel hombre, pero reaccioné prontamente al comprender que usaría la violencia en tu contra.

Y, después de una pausa, continuó:

—Ha llegado el momento de que vengas conmigo a un lugar para ti desconocido, y contemples la belleza que tus ojos merecen. Ven, súbete con confianza a mi cuerpo; no temas, nos conocemos; yo oí cuando, creyéndome muerto, dijiste que ya éramos dos buenos amigos.

Al escuchar estas palabras, Mía obedeció, se colocó delicadamente sobre su blando plumaje y enseguida inició un largo y fascinante viaje. Volaron sobre colinas verdes y doradas, sobre valles caprichosamente surcados por retorcidos riachuelos; pasaron muy cerca de un torrente cristalino, de un pequeño desierto recubierto de dunas.

Pero Mía, ya cansada del extenso viaje, se preguntó cuánto faltaría aún para llegar a destino, y fue como si el pájaro le hubiese captado el pensamiento, pues acto seguido comenzó a descender. Entre revoloteos y un largo trecho vertical penetró en un vasto jardín que, por su majestuosidad, más bien parecía el jardín de un palacio.

Allí la dejó y, en absoluto silencio, con un ligero movimiento de alas a modo de despedida alzó nuevamente el vuelo y desapareció.

La impresionó la gran variedad de las flores; unas de suaves y matizados pétalos, otras exóticas, de intensos colores y formas.

Mía quedó deslumbrada ante ese sitio espectacular. En verdad, no había visto nunca tanto esplendor y belleza juntos. Dos imponentes fuentes arquitectónicas a cada extremo del jardín; níveos cisnes vagando en un estanque cristalino rodeado de rosas y jazmines; avecillas y mariposas multicolores; cuidados árboles derramando sus tentadores frutos entreabiertos por la presión de tanto sabor; también la impresionó la gran variedad de las flores; unas de suaves y matizados pétalos, otras exóticas, de intensos colores y formas.

Sin embargo, intrigada por saber dónde se hallaba, no quiso entretenerse más con la hermosura de ese mágico lugar y trató de encontrar una salida para calmar la inquietud que la embargaba.

Vio entonces, en la parte lateral del jardín, una amplia y umbrosa alameda con hileras de hortensias y gardenias a los lados, y comenzó a recorrerla para averiguar adónde la conduciría, pero apenas hubo dado unos pocos pasos, divisó a lo lejos una figura que se estaba aproximando. Era un apuesto y esbelto joven que, con paso lento y comedido, venía a su encuentro.

Mía, entonces, se detuvo dispuesta a enfrentarlo, pero él, una vez junto a ella, con una sonrisa cautivadora le dijo:

—Finalmente el milagro se ha cumplido. Mi amor te trajo hasta aquí. Soy el rey y dueño de cuanto nos rodea, pero si lo deseas, lo compartiré contigo y así serás doblemente reina, reina de palacio y reina de mi corazón.

Mía, enmudecida y perpleja, lo miró a los ojos con dulzura y curiosidad; entonces él se fue inclinando hasta besarla en los labios con un beso que le encendió todo su cuerpo de amor. Fue tal el estremecimiento que le produjo ese beso, que abrió los ojos bruscamente… y despertó.

“¡Así que fue solamente un sueño!”, se dijo apesadumbrada, y poniéndose de pie con desgano, recogió su cesta y se dispuso a partir, no sin dar una última mirada de añoranza al árbol al otro lado del río, y ¡oh prodigiosa visión!, en la sólita rama del árbol estaba el hermoso pájaro, que al nomás verla salió de su acostumbrada inmovilidad y, batiendo sus alas plateadas, vino a posarse junto a ella.

La joven Mía quiso acariciarle las sedosas plumas de su cabeza, pero sucedió algo inesperado: en lugar del pájaro había ahora una vaporosa nube que se fue difuminando hasta extinguirse del todo, quedando en su lugar un esbelto y glamoroso joven, semejante al de su sueño. Se entrelazaron en un interminable abrazo, y tomados de la mano se alejaron lentamente por la orilla del río.

 

Apéndice

Antes de finalizar esta historia, es necesario aclarar lo siguiente: a Aheleo, el joven rey, se le había aplicado desde el nacimiento un hechizo que le confería el poder de convertirse en un extraño y radiante pájaro cuando llegara el momento de encontrar a la compañera de su vida, precisamente para facilitarle la búsqueda. Pero, una vez concretado el hallazgo, el conjuro se extinguiría definitivamente.

Esto era lo que Aheleo le revelaría a Mía antes de hacerla su esposa y reina por el hechizo más poderoso de todos, el hechizo del amor.

Thaís Badaracco Febres C.
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