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Un león rugiendo en la siesta

martes 21 de noviembre de 2023
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Sospechabas la inmensidad del río detrás de los edificios. “Es fácil”, me decías, saber que una masa tremenda y gigante de agua verde y marrón, como la tierra, pero agua, te espera al final de la panza celeste-pálido, de ese cielo que se tumba en el horizonte, lleno de vapores. “Si mirás bien, ves las gotitas que suben tan lejanas y bailan como si fueran pequeñas moscas transparentes dándose un festín de sol”. Eran las horas de la siesta en un verano fulminante de calor. En la penumbra de la pieza, elevábamos las manos hacia el cielo raso, oscuro de humedad, y pintábamos en él, el cielo preñado de río.

Nos habían dicho que no te habláramos mucho, porque eras mala, que estabas ahí porque no había lugar en el instituto. Pero a muchas de nosotras nos ponían ese mote de vez en cuando, no significaba nada. Sólo para que, cada tanto, nos volara un golpe, un tirón de pelo o un empujón.

Varias de nosotras veníamos de boyar por diferentes hogares de tránsito y sabíamos que las etiquetas, en general, nos las ponen para controlarnos a distancia, problemas de adaptación, problemas de comunicación, retraso sensorio-motriz, retraso madurativo, compulsión violenta, tendencia al aislamiento y así. Cuando balbucear tantos diagnósticos se les hacía fatigoso, la gente decía “las guachas”, y cuando alguna se salía un poco de la raya, en seguida volaba un cazote y el mote de “guacha mala y desagradecida”, pero todo era cuestión de circular y seguir circulando hasta que el sistema te vomitara en algún momento. Por debajo, nosotras vivíamos, nos fabricábamos nuestros propios nombres y no nos creíamos demasiado todo lo demás.

Pero vos eras diferente, eras un caso serio.

Una de esas tardes calurosas, te pedimos que nos contaras tu historia.

Abrieron de un golpe la puerta y te hicieron llorar. Cuando preguntaste por tu madre no te dijeron nada.

Nos dijiste que naciste en Campana, provincia de Buenos Aires, y que viviste con tu mamá hasta tus once años. Un día estuviste sola en la casa desde que te levantaste hasta la hora de la merienda. En ese momento vino gente uniformada y otras con guardapolvo blanco. Abrieron de un golpe la puerta y te hicieron llorar. Cuando preguntaste por tu madre no te dijeron nada. Fuiste a un hospital y allí una muchacha, muy dulce para hablar y muy hermosa, te hizo pasar a una oficina con alfombra y muchos juguetes, libros, pinturas y papeles. Allí te dijo que tu mamá te quería mucho, que te había dejado tu muñeca de trapo y un abrigo, y que se había ido. Todas pusimos cara de pena, porque entendíamos bien de qué se trataba. A partir de ahí viviste en hogares de huérfanas. Cuando los posibles padres y madres adoptantes se enteraban de tus circunstancias, desistían. Y ¿cuáles eran esas “circunstancias”?, nos atrevimos a preguntarte.

Lo pensaste mucho, luego respondiste “maté para defender a un león”.

“Cada semana, un día al menos, era el día del rugir de una moto que se escuchaba en la lejanía junto con el rumor del río que, poco a poco, se intensificaba hasta llegar a la puerta de casa. Siempre era así, comenzaba en el río y terminaba en casa”.

En la moto iba montado un hombre muy joven, que le llevaba a tu madre diferentes paquetes. Comestibles y armas (una pistola automática, un revólver, nunca más que eso). Otras veces, documentos y armas (lo mismo) y a veces algún que otro libro, El arte de la guerra, de Sun Tzu, y otro de título similar, pero de Maquiavelo, y otro más, de Clausewitz. Era alguien muy alegre y agradable.

Nos dijiste que sabías bien quién era, pero tu madre no te dejaba repetirlo. Lo supiste porque una de esas veces te había llevado un libro y dentro había una foto de él con tu mamá y una bebé. Estaba clarísimo. Así, tarde tras tarde el león cruzaba el río y llegaba a la casa.

En esos días, más temprano, dos hombres llegaron sin aviso, golpearon tu puerta y se instalaron en la sala. Nos contaste que tu madre hablaba serenamente mientras ellos le hacían pregunta tras pregunta. Ella negaba que alguien con una moto pasara por allí.

Eras tan pequeña y sin embargo entendiste que era peligroso reconocer que esa no era la verdad. No ibas a decir nada, pero, ¡de tantas maneras se puede tirar de ese hilo cuando somos pequeñas!

Leías y la foto te servía de señalador. “¿Quién es?”, te preguntaron.

“Yo digo que es un león”, dijiste sin saber si debías.

“¿Por qué?”.

“Porque cuando viene…” (¡Ay! Mil veces ay… pero no alcanza).

Los hombres se irguieron triunfantes. Tu madre quedó hecha una estatua. La boca abierta no le permitía pasar el aire. Y nos dijiste que la foto se había convertido en un espejo para tu vergüenza. Hubo comunicaciones por unos aparatos negros.

En tu relato hubo una pausa, como si no encontraras la forma de que entendiéramos que sentías miedo, dolor por el león, seguramente ignorante de que se acercaba su final.

“Ella sueña con él… Eso es lo que pasa…”, había ensayado tu mamá, recordaste, pero no hubo nada que hacer.

Cuando te dijeron que tu madre se había ido, te costó al comienzo, pero comprendiste que vos tenías que hacer tu parte en la guerra.

El arte de la guerra está en el engaño. “Que tu enemigo piense que estás débil y derrotada, cuando estás más fuerte”, nos dijiste, y todas albergamos la esperanza de que la estrategia del león y la siesta fuera efectiva. Llamar la atención en un lugar para liberar otro. La fuerza del león y la fuerza del río eran una, derramando su bramido en cada calle, en cada horizonte escondido.

Cuando te dijeron que tu madre se había ido, te costó al comienzo, pero comprendiste que vos tenías que hacer tu parte en la guerra. No te sentías sola. Esperabas a la hora de la siesta para asomarte a la calle, que parecía inmóvil, y en el silencio y desde el punto de fuga más lejano, ver acercarse las enormes fauces acompañadas del rugir mezclado de la sangre, el barro, el agua.

“Pero, ¿por qué dicen que tendrías que ir al instituto?”, te preguntamos un poco punzantes, lo reconocíamos.

“Bueno, porque mi parte en la guerra fue deslizar dos pequeñas cápsulas de cianuro en los cafés de los servicios que nos perseguían”, dijiste ante nuestro asombro. “No aquel día, pero cuando me vi burlada, recordé la pequeña caja en la que mi mamá guardaba unas cápsulas negras. Ella me había dicho hasta el cansancio que eran veneno mortal. Se sentía más segura sabiendo que yo sabía”.

Conservaste las cápsulas hasta ver qué ocurría. Habías hecho bien; si no las hubieras ocultado en tu ropa, no hubieras tenido otra oportunidad. Luego, como el sabio Sun Tzu indicaba, había que ser paciente y conocer bien el terreno, no anunciar los planes y ser rápida y sorpresiva al dar el golpe. A esta altura nosotras sentíamos una genuina admiración por Sun Tzu y su brava aprendiza.

Un día, pediste hablar con los señores que habían ido a tu casa, querías contarles qué era lo que llegaba cada tarde desde el río. Pediste preparar café. Era raro. Pero nadie podía imaginar que tenías una estrategia, y mucho menos el corazón de tu táctica.

Cuando llegaron te vieron muy angustiada, querías contarles todo, pero necesitabas saber qué destino habían tenido.

“No tenemos esa información”.

“¿Murieron?”.

“No. Seguramente los vas a volver a ver cuando todo esté claro. Si nos ayudás será más rápido”.

¿Qué clase de tonta pensaban que eras?

Mientras dabas vueltas a la conversación el café humeaba en las tazas y en el medio de las dos se posaba un plato de exquisita porcelana colmado de amarettis. No podías evitar imaginar las motas mortíferas aguardando en el fondo de las tazas y posadas como azúcar inocente en las galletitas.

“Traía cartas” les dijiste. No eran exactamente “cartas”, había en ellas coordenadas de navegación, rutas, horarios, pero hablar de cartas impresionaba como información creíble. “Traía fotos del río”; en realidad, eran fotos de embarcaciones dedicadas a contrabandear, pero mejor hablar en general. Ni se te iba a ocurrir contar de las armas (que no pasaban de pistolas o revólveres) o de los documentos.

Tenían que haber atado cabos sobre las incursiones desde el río a la ciudad

Estos servicios no tenían muchas luces, nos decías, porque tenían que haber atado cabos sobre las incursiones desde el río a la ciudad y los atracos a naves que llevaban toneladas de cultivos de contrabando, más dólares, más libros contables. Pero no parecían iluminarse. A cada sorbo se hundían en las sillas. Lo ideal era que salieran de allí por sus medios y se desplomaran en otro lugar.

“¿Les importa lo que pasa en el río?”, les preguntaste indignada.

“¿Y qué podés saber vos? ¿Qué escuchabas?”. Los agentes eran… agentes.

“Que todo se va por ahí”, explicabas con tu voz de niña esclarecida y precoz para un mundo tan inmenso y terrible.

El león y tu madre eran parte de una agrupación que había decidido pasar a la acción directa. “El país se desangra por el río”, escuchabas que hablaban en la cocina. “Acción directa” era un concepto que habías aprendido de los documentos.

Te escuchábamos y la cabeza se nos llenaba de tonos esmeraldas, azules, marrones, como la corriente serpenteante del río, y el aire se cargaba de humedad y la idea de algo inmenso y fuerte se apoderaba de nuestras gargantas. Palabras como “contrabando”, “coordenadas”, “cianuro”, ni siquiera sabíamos acomodar los labios para pronunciarlas. Estábamos encantadas.

Los hombres no estaban bien. Primero pensaron en el calor agobiante, pero al oprimírseles el pecho y faltarles el aire temieron otra cosa. Una intoxicación, seguro, pero no entendían cómo. Hubo consternación, acudieron una ambulancia y un patrullero. Para ese momento las evidencias habían sido lavadas, aunque no era el principal objetivo no inculparse. Lo más importante era confundir al enemigo e infundir temor. Sobrevivieron, en realidad antes nos habías mentido, no llegaste a matarlos por la cantidad de veneno muy diluida, pero les ocasionaste serios percances. Y nadie se explicaba cómo habías podido. Te encerraron, te interrogaron, pudiste haberla pasado mucho peor, pero, nos dijiste, la fuerza del león te protegía. Cuando te conocimos, te llevaban a la capital, a algún reformatorio, decías.

Todas crecimos. La mayoría de nosotras salimos del hogar para entrar en la fábrica. Varias se hicieron, además, al oficio de modistas o tejedoras. En mi caso, indudablemente por tu influencia, nunca más me olvidé del río o del rugir del león. Aprendí a trabajar con el barro de sus orillas. Es como si el mismo río me dijera qué forma quiere encarnar. Para mí, es rendirle un homenaje a algo que venero, y no sé exactamente qué es. Inmersa en el corazón de la urbe, busco siempre el horizonte al pie del cielo. Miro hacia la lejanía y creo ver el agua preñando el cielo. Abro mis dedos contra los cielos rasos y los pinto de fulgurante celeste acuoso.

Hace unos días te ubiqué en Facebook y quisiste verme. Nos encontramos en una confitería y nos contamos de a pequeños trazos cómo siguió nuestra vida. No supiste más de tu familia. Contra todo y todos, seguiste Ciencias Biológicas en la universidad y te dedicas a estudiar la fauna de los humedales de todo el país, sentís una pasión incontenible por felidae. También me contaste que formas parte de una agrupación que se ocupa de denunciar el contrabando fluvial. Remedios para la ausencia, pensé yo.

Las chicas como nosotras no tenemos red ni refugio, ni siquiera nombre propio, por poco. Pero en aquellos años, en el breve tiempo que compartimos, hiciste algo invaluable por ese grupo de desahuciadas sociales que éramos. Nos diste un horizonte al cual mirar, despertaste en nosotras sentimientos de libertad, de valentía, de aventura y, de manera impensada, de manera clandestina, nos mostraste un posible sentido de justicia.

Mariana Samperi
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