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Bertín

sábado 23 de diciembre de 2023
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Le daba lo mismo comparecer o estar ausente; viajar a uno u otro lugar; ser o no ser. Como no le hallaba sentido a la vida, tal y como estaba concebida, todo le era indiferente, aunque no ignoraba que vivir de esa manera desenfadada tenía su precio, si no quería convertirse en un menesteroso a expensas de impredecibles circunstancias. Pero él contaba con los medios suficientes para encarar esa singular filosofía de vida. Regularmente observaba las dos primeras condiciones: no se comprometía con nadie ni con nada. Asistía a un determinado evento al que hubiese sido convocado, sólo si lo consideraba oportuno en el momento, y concluía una labor convenida, si su ejecución no le reportaba alguna complicación imprevista.

Por eso, no empeñaba su palabra, pues no soportaba apremios ni constricciones ajenas. Respecto a la segunda disyuntiva, no tenía predilección por ningún sitio en particular. Había viajado mucho e iba de un lugar a otro sin una decidida escogencia, sin un interés que lo motivara. Por esto, ningún lugar geográfico le suscitaba especial estupor o curiosidad, y prefería permanecer afincado en el mismo sitio, en medio de su rutina y comodidad. La tercera alternativa la tenía en suspenso. Por ahora había optado por “ser”, pero apenas lo considerara oportuno procedería a efectuar el cambio sin ningún titubeo.

 

Había recibido una religión tradicional, y durante los primeros años de su infancia tuvo que acatar sus preceptos, pero a medida que la adolescencia avanzaba su intelecto parecía un inquieto pulpo que con sus tentáculos no cesaba de atrapar conocimientos, los que él analizaba concienzudamente para extraer sus propias y honestas conclusiones. El estudio y la infatigable lectura lo llevaron a un nuevo nivel de intelección. Encontraba fascinante adentrarse en el mundo de los poetas, escritores y filósofos, pues sentía cómo, al participar de sus mismas vivencias, se acicateaba y enriquecía su propia imaginación.

Aceptó sólo lo meramente evidente: esa fuerza misteriosa que se derramaba dentro de cada ser humano

Enseguida fue desarrollando un sutil sentido crítico y fueron cayendo, como débiles muros enmohecidos, conceptos que creía cimentados en la verdad. A comenzar por la religión. Asumió que el mensaje divino había sido formulado por los hombres, siempre cargados de intenciones personales y con un innato afán de predominio de unos sobre otros, por lo que para él perdió su vigencia, y aceptó sólo lo meramente evidente: esa fuerza misteriosa que se derramaba dentro de cada ser humano, y afuera en la naturaleza… ¡y dondequiera!

Comprendió, entonces, que el hombre era otra efímera manifestación de esa energía arrolladora, cuya esencia le era desconocida, pues lo trascendía.

 

Y dentro de este fugaz episodio vital, había dos cosas que lo inquietaban profundamente, porque no encajaban dentro de su capacidad cognoscitiva. Eran el azar y la vejez. Constataba que el azar eran las notas discordantes que sorpresivamente aparecían en el sutil equilibrio de la vida, alterándole su ritmo, para bien o para mal, sin un motivo aparente.

Y la vejez, otra alteración, pero macabra, pues la padecía el ser humano en su propia estructura; así, después de haber poseído una lozana y placentera armonía en sus formas durante largos años, debía transformarse ahora en un deplorable amasijo de huesos y piel, en una repugnante decrepitud en la etapa final de su vida, antes de su definitivo exterminio.

¿Por qué?, se preguntaba Bertín una y otra vez.

Por estas, y otras innumerables consideraciones, no se arrojaba con ahínco en los tentadores brazos de la vida, sino que prefería mantenerse a distancia, viendo cómo desfilaban los acontecimientos en implacable sucesión.

Sin embargo, no dejaba de reconocer que, en el intervalo entre principio y fin, la vida también llevaba en su seno aspectos hermosos, reconfortantes, como el arte y el amor. El arte era para él la aptitud que la vida le confería a ciertos seres para elaborar una realidad superpuesta, gratificante y apolínea, con la que recubrir el trillado, monótono y grosero acontecer mundano. Esto podía sostenerlo Bertín con propiedad, pues contaba con un talento especial para la pintura y la música.

Cuando entraba a su atelier, una inspiración creadora se apoderaba de sus manos, la cual de inmediato pasaba al lienzo, al pincel y a los colores, y al dar los primeros toques en la tela, se transformaba en arrobadora fantasía; en sugestivos paisajes que seducían por su diversidad bellamente amalgamada, o en exuberantes manojos de flores y en concretos y precisos retratos.

Los cuadros suyos eran muy valorados en su entorno. Igual sucedía con la música. Sus padres le habían asignado desde niño competentes profesores de piano, y su franca dedicación y vocación personal le permitieron tal destreza en la ejecución que las teclas seguían la misma suerte que los colores de la paleta. Apenas las rozaba, fluían notas convertidas en melodiosos impromptus, suscitando el beneplácito del oyente. También ejecutaba con impecable desenvoltura nocturnos de Schubert o Chopin, o sonatas de Beethoven, Liszt y Debussy.

 

Bromeaba aseverando que el ruido de una bomba al estallar era el grito de inmenso dolor que emitía cuando se le desintegraban sus partes.

Con relación al amor en general, Bertín sabía que era la energía cohesionadora de la materia y de la vida, y que cuando en ésta se hallaba ausente, el resquebrajamiento moral y la infelicidad eran inevitables; por eso consideraba tan penosa toda separación. Bromeaba aseverando que el ruido de una bomba al estallar era el grito de inmenso dolor que emitía cuando se le desintegraban sus partes. En lo personal, Bertín había crecido en medio de un recíproco amor familiar, sin experimentar traumas psicológicos o emocionales, así que sus conclusiones desesperanzadoras en torno a la vida procedían de análisis sin condicionamientos endógenos, sólo fruto de su pulcritud intelectual.

 

Bertín amaba intensamente a su bracco alemán, un perro que le regaló su padre siendo un tierno cachorrito de pocos días de nacido, y desde ese momento se encargó de su vigilancia y manutención. Lo llamo Antor, y a medida que crecía también aumentaba su apego y amor por él. Donde estaba uno estaba el otro. Era el complemento de Bertín. Lo había pintado de muchas maneras: mirando al frente apoyado en sus patas traseras; durmiendo; jugando en el parque con sus amigos caninos.

 

Una mañana redactaba Bertín un artículo para una revista local, cuándo alguien llegó a su casa preguntando por él. Era una bonita joven con un perrito en sus brazos, quien sin muchos rodeos le preguntó si podía pintarle un cuadro a su pequeña mascota. Bertín la convidó a pasar a su atelier y le contestó que sería un placer acceder a su petición. Como el perrito no permanecería en el mismo sitio por su inquietud natural, le pidió a la muchacha que se sentara frente al caballete, manteniéndolo en su regazo, al tiempo que quiso saber el nombre de la jovencita. Ésta, lacónica, respondió, Electra, y Bertín susurró para sí mismo: trágica familia griega, Ifigenia, Orestes, Electra, Clitemnestra, Egisto y Agamenón, y dio inicio a su actividad. Cada vez que Bertín observaba al perrito, también le echaba una ojeada a Electra, sin que ésta permitiera un cruce de miradas. O entornaba los ojos, o con disimulo dirigía la vista hacia otro lado. Luego de dos escasas horas, Bertín le pidió a Electra que se acercara, pues el cuadro estaba terminado. Ella se aproximó, pero al mirarlo no pudo articular palabra. Un intenso rubor se expandió por su rostro y no supo qué decir. En el cuadro no había ningún perrito pintado, sino sus facciones delineadas con exquisita maestría y precisión. Como Electra permanecía en absoluto silencio, Bertín tomó la palabra para pedirle disculpas por su transgresión, añadiendo que no había podido evitarlo, pues su hermoso semblante acaparó más su atención que la de su graciosa mascota, pero le rogó que retornara al día siguiente para hacerle el cuadro a su perrito con toda seguridad.

 

En vano esperó Bertín el regreso de Electra. Ni el siguiente día, ni los días sucesivos volvió ella a presentarse en su atelier, cosa que exacerbó su curiosidad. Por primera vez una mujer lo atraía de esa manera. En verdad, fiel a su particular estilo de vida, era él quien no había querido hurgar en ese campo para no comenzar algo que forzosamente habría de terminar.

Reconoció, entonces, que el azar, ese azar que tanto lo intrigaba, era el que le había traído a Electra hasta su puerta, infundiéndole un vehemente deseo de volverla a ver.

Iba con más frecuencia al centro de la ciudad esperando toparse con ella alguna vez.

Él más que nadie advertía la inexorabilidad de las leyes de la vida, y que a los hombres solamente les quedaba, o lamentarse en vano, o acoger con buena cara, como al mal tiempo, los breves y escasos momentos placenteros que ofrecía. Y esto fue lo que decidió hacer, como excepción, en el caso de Electra. Iba con más frecuencia al centro de la ciudad esperando toparse con ella alguna vez. Pero con Electra sucedía algo muy diferente. Ella ya conocía a Bertín antes de presentarse a su casa con la excusa del cuadro para su perrito. Sabía de su talento y extraña personalidad, pues en el medio era del conocimiento de todos.

Más de una vez había pasado junto a él, pero Bertín sólo miraba al frente, como escrutando el horizonte, y por supuesto, con Antor siempre a su lado. Su carisma y su hermoso porte la cautivaban, por eso había decidido dar aquel osado paso presentándose a su casa, para verlo de cerca con tranquilidad y estar algún momento junto a él, pero nunca imaginó que él también repararía en ella, y como sabía que al encontrarlo de nuevo su timidez y sus emociones la traicionarían, optó por mantenerse alejada de él. Pero he aquí que el azar, haciendo otra vez de las suyas, le tenía preparado un escenario distinto. Salía Bertín de la farmacia principal de la ciudad, cuando Antor emprendió una alocada carrera persiguiendo a un perrito, que resultó ser el perrito de Electra.

Bertín pensó que seguramente ella se encontraría a poca distancia de allí; entonces espero con paciencia que Antor regresara, como también tendría que hacerlo ella, porque esa calle no tenía otra salida. Pero apenas ésta lo vio quiso evitarlo y cruzó a la otra acera. Intento inútil. Bertín fue tras ella, y tomándola delicadamente del brazo le preguntó por qué no había vuelto, como él se lo había sugerido. De nuevo Electra se sonrojó, bajo la mirada y permaneció en silencio. Aquí Bertín lo comprendió todo; la tomó de la mano y la condujo hasta su casa. Una vez solos en el atelier, ya no fueron necesarias las palabras. Bertín dejó que la relación que allí comenzaba siguiera el curso que ya estaba prefigurado en su simiente, hasta el final.

Thaís Badaracco Febres C.
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