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En memoria de Petrowsky

sábado 13 de enero de 2024
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Mi primera experiencia

La señora se acercó a mí con la mirada perdida. Consígame un café cargado, fue sin duda su saludo, mientras me inundaba con un halo de whisky y tabaco, y yo, que soy medianamente inteligente, pude comprender que su noche había estado cargada de licor, tabaco y alguna otra cosa que no me animo a decir, porque no pude oler intimidades. Claro, no porque me guste y a pesar de que soy un poco “desabrido”, cumplí con el mandato y llegué haciendo equilibrio con la taza de café solicitada (siempre me ha costado mantener el líquido sin derramar de cualquier recipiente que lo contenga). ¿Azúcar? Pregunté haciendo mi mejor modulación de voz, tratando de quedar bien con la nueva jefa que se estrenaba en aquella reunión centroamericana. Ni mierda, démelo así, me contestó, y emitiendo un ruido grotesco producto de su estruendoso bostezo, colocó ambas manos en su mandíbula, apoyando los codos sobre la mesa de la reunión, como si la cabeza le pesara enormemente.

La sesión de trabajo tenía casi una hora de haber comenzado y se tocaban puntos importantes de la integración regional, libre comercio de bienes agrícolas, obstáculos al comercio que atañían no sólo a Matamala sino a todos los países centroamericanos, y la ministra, porque de ella se trataba, me platicaba de tragos, de las pulgas de la habitación del hotel, y de la mala atención de don Ruperto, eminente empresario que la había atendido aquella noche.

“¡Estoy de acuerdo!”, gritó de pronto, y los ministros de los otros países volvieron a verla con brusquedad, pues alguien cerca de ella tocaba el tema de una parranda esa noche, mas no del tema importante que era motivo de discusión por parte de los dignatarios que representaban a sus países aquel día. Espera, espera, dijo el ministro del país anfitrión, todavía nos falta conocer algunos elementos para llegar a concluir sobre este tema; para que te ubiques, estamos en el punto 3 de la agenda que se refiere a otorgarle libre comercio a la harina de trigo. Está bien, está bien, repitió la ministra Petrowsky, digna representante de Matamala, claro que debemos discutir más y no debemos aprobar las cosas a la ligera, mientras a mi oído decía “estos cerotes creen que van a solucionar las cosas, pero están pisados. Matamala viene con la consigna de entorpecer todo lo que pueda”.

La ministra esgrimió su estrategia hasta el final y no se pudo, tal y como era su intención, aprobar nada.

No supe qué decir, pero asentí con una sonrisa dibujada en el rostro y el nerviosismo sembrado en el estómago. ¿Quiere más café?, atiné a balbucear y no, me dijo, es suficiente, no se preocupe. A la hora del almuerzo me arreglo, pues tengo un sueño increíble. ¿Cree que comiencen puntuales a la tarde? Pues pienso que sí, fue mi respuesta y su gesto de desagrado me golpeó en el rostro.

La reunión continuó su rumbo. La ministra esgrimió su estrategia hasta el final y no se pudo, tal y como era su intención, aprobar nada. La lluvia caía a torrentes y la gotera comenzó a inundar la habitación. Los anfitriones pusieron una especie de bacín a recibir el agua de lluvia y, con las disculpas del caso, la reunión pudo llegar a su final (no puedo decir que a feliz término por las razones ya apuntadas).

Quiero que vaya a “prechequear” mi vuelo, susurró a mi oído. Así tengo más chance de quitarme la “goma”. Pero vaya ahora mismo porque tengo prisa. Sí, ministra, atiné a responder, esperemos a que se quite un poco el agua porque está muy fuerte el aguacero y no me quiero enfermar. Que vaya ahora mismo le estoy diciendo, me dijo con un tonito que me hizo pensar en el despido si no acataba aquella orden, pero como a veces pretendo darme mi lugar, lugar de mozo con atisbos de dignidad, dije que no.

De más está decir que desde aquel momento estuve “cortado” con la señora Petrowsky durante todo el período de gobierno y que, ante mi negativa, tiró un par de mierdazos y amenazas sobre mi estabilidad laboral, participación en otras importantes reuniones, viajes, etc. Sin embargo, como diría ella, la “cerota” ya va de salida y yo, espero, porque la verdad nunca se sabe, iniciaré un nuevo año de labores que, a lo mejor, me permita subsistir otorgando un año más a mi dichosa existencia.

 

Don Ruperto, eminente empresario, fuma como loco; su misión, conocer la “línea” de la señora Petrowsky.

La antesala de la primera reunión

Me equivoqué, dijo el mesero, sobra un whisky. No importa, dijo ella, déjelo aquí, no se preocupe.

Es la noche previa al gran día, al debut de la nueva funcionaria que se estrena en reuniones regionales. Don Ruperto, eminente empresario, fuma como loco; su misión, conocer la “línea” de la señora Petrowsky y, claro, obtener los mayores beneficios para su empresa pues, ni modo, para eso le pagan.

Yo quiero invitarlos a ustedes, dice con voz cansada Petrowsky, a que conozcan todos los bares de esta ciudad; son lindos y se puede chupar con tranquilidad. Las tres, cuatro de la mañana, es la hora más “nais” y si no fuera por la reunión de mañana, nos íbamos ya. Pero licenciado Verruga, échese un trago, no joda, si no váyase a dormir. Disculpe, señora ministra, no bebo. Aunque sea un cigarro entonces, no sea nagüilón, tome, dijo alcanzándole el paquete de Marlboro, y el licenciado Verruga, haciendo caso omiso de la recomendación del médico, enciende uno. Parece anonadado, ido, contemplando a aquella mujer que chupa y fuma a más no poder, contando y oyendo chistes de todo calibre. “La mujer que fuma, chupa, la que chupa…”. Verruga hace memoria del famoso dicho.

A la mesa se acercan otros funcionarios públicos y privados, todos con la armonía de la nueva jefa representante de Guatemala. Se vuelve un verdadero barullo; fuman, comen, chupan Etiqueta Roja, joden al mesero a más no poder, sobre todo la Petrowsky que, haciendo gala de su nueva autoridad, le dice traiga, deje, repita, limpie, a la puta qué lento, en fin, una sarta de estupideces que hacen resaltar sus dotes de funcionaria nueva.

El licenciado Verruga ríe, don Ruperto hace preguntas malintencionadas o bienintencionadas, depende desde qué lado se vea, y dice señora Petrowsky, es usted muy linda, preparada, yo sé que ahora vamos a estar bien, qué bueno que usted llegó a ministra, en fin, todas las palabras de adulación de que es capaz. Usted no joda, don Ruperto, no me hable pajas, dice con toda delicadeza la ministra, ya veremos mañana cómo arranca esta pendejada. De entrada, le digo que vamos a solucionar todos los problemas que tenemos, pero vamos, hombre, invítese otro trago, no joda, yo pensé que ustedes eran buenos para chupar, pero ya veo que me los como yo, una mujer flaca, pequeña, pero eso sí, con muchas ganas de entrarle a todo, entiende, a todo.

Las tres de la mañana, dice Petrowsky, me retiro. Mañana tengo una reeuniooón muuy importante. Don RRuperto, pague usted. Sí, dice don Ruperto haciendo cara compungida, no se preocupe, ministra, echémonos el último. ¡Bueno…, mesero! Tráigase lla úultima rronda, dijo Petrowsky y dos paquetes de cigaarros para mi noche. Claro, dice Ruperto, traiga, traiga lo que ella pide, no hay problema.

Después de esta ronda, la señora Petrowsky se levanta tambaleante, besa a su benefactor Ruperto, abraza al licenciado Verruga y dirige hacia mí, pinche “empleaducho”, una mirada que no sé si es de bolencia, desconocimiento de quién soy, de lujuria o de rechazo. Lo cierto es que todos nos retiramos a nuestras habitaciones y que, a escasas dos horas de haberme dormido despierto sobresaltado soñando que ya no es una señora Petrowsky sino dos, tres, muchas señoras que me persiguen carcajeándose, jalan mis ropas y me abrazan, vaya usted a saber con qué aviesas intenciones.

 

Ya me imagino al vicepresidente estornudando o rascándose la nariz y al ministro de Finanzas diciendo que no es para tanto.

La cantada

¡Puta, me cagué! Sí, no me mire así, ¡me cagué! ¿A usted nunca le ha pasado? Es que sufro de irritación del colon y, usted sabe, cuando me tomo mis “drinks” me lleva la chingada. De verdad, no ponga esa cara de mensa y por favor, vaya a comprarme un par de calzones. Tenga, me trae el vuelto.

Menos mal que me pasó aquí y no en Reunión de Gabinete. Ya me imagino al vicepresidente estornudando o rascándose la nariz y al ministro de Finanzas diciendo que no es para tanto, que, aunque el país esté mal no es para cagarse. Y como no pueden ser caballeros, me los pienso uno a uno abandonando la reunión con cualquier pretexto. Mierdas.

(Esas reuniones me matan. Son una mierda. Pero este puesto es así, de “reunionitis”. La gente se imagina que uno no hace nada, pero sólo el hecho de asistir a las sesiones de Gabinete provoca un estrés de la gran puta. En fin, no sé para qué me metí a líos; la culpa la tiene Carlitos. Él me propuso y ni modo de decirle que no, siendo cuates como somos desde niños. O niñas, como se quiera ver, porque sus inclinaciones son como las mías. Es buena gente el Carlitos, y preparado, si no lo fuera hace rato que estaría en su casa.)

Yo digo que medianos. Sí, tengo un culo que parece aspirina de niño (apenas se me ve la raya), pero las caderas, sí, las caderas son de mujer vivida. Mire, aquí hay dónde agarrar. Cómo le crecen a una las caderas cuando se echa los primeros polvos, y más cuando tiene hijos. Mire, son caderas de mujer feliz.

Aquí tiene, señora Petrowsky, sólo de éstos encontré. No son de marca, pero salvan la emergencia. Pruébeselos, son medianos.

Sí, están buenos; medianos, claro, dese vuelta que me cambio. Así, sí, bueno, aquí no ha pasado nada.

¿Puedo retirarme, señora Petrowsky?

Claro, eche un poco de desodorante ambiental y tire este calzón a la mierda.

Ah, y deje la puerta abierta.

Gracias.

 

Nunca esperé que al regresar de una reunión de trabajo —de las pocas a las que pude asistir en el extranjero— fuera recibido con bombos y platillos por la jefa.

Dádivas

¿No me trajo nada?, dijo Petrowsky. A la puta, por lo menos algo, hombre, eso sí, que no sean llaveritos de mierda. Tienen que ser recuerdos de $50 por lo menos. Acuérdese que, si no fuera por mí, usted no viajaría. Si no cumple con este requisito, lo voy a mandar a la mierda.

La verdad, aunque ya conocía su manera especial de actuar, me sorprendió, pues nunca esperé que al regresar de una reunión de trabajo —de las pocas a las que pude asistir en el extranjero— fuera recibido con bombos y platillos por la jefa, que no preguntaba por los resultados obtenidos, sino por los recuerdos requeridos. En fin, me dije, una mancha más al tigre.

¿Qué putas pasó en la reunión? Pues se lograron avances en… No, no, ¿hablaron de mí? ¿Llegó el maricón de Carlos? Usted cuénteme cosas interesantes, no joda… Pues verá, señora Petrowsky, llegaron todos los de la foto, la reunión comenzó dos horas tarde por la impuntualidad de Marcelo que, a decir verdad, se había ido a un motel con su novia. Sí, con la secretaria de Alfonso, y viera al regresar la cara que llevaban. Parecían estar de goma o recién salidos de un encuentro cárnico violento.

Ahora sí, está agarrando onda, mi querido amigo. Hágame un informe por escrito y que se lo revise el señor Verruga; él es el encargado de coordinar esa área de trabajo.

No supe por dónde empezar. ¿Hablaba de la reunión? ¿De los pocos o casi nulos avances? ¿De los chismes? En fin, al final no hice nada y Petrowsky, completa dominadora del tema de integración, de los problemas que aquejan a Centroamérica, ni se dio cuenta.

Al señor Verruga le conté los pormenores del trabajo realizado, los chismes habidos y por haber de la reunión y, sobre todo, de la solicitud de “dádivas” de la señora Petrowsky. No jodás, me dijo, yo pensé que sólo a mí me chingaba, pero ya van como tres que me comentan lo mismo. ¿Y qué le trajiste? Ni mierda. Tené cuidado, mejor traéle algo porque es mejor tenerla de buenas. Si no te va a marginar. Más marginado de lo que me tiene ya no se puede; y así me eche a la mierda, no le traigo nada. Bueno, es cosa tuya, pero, aunque sea una caja de condones finos le podés traer la próxima vez; o un consolador sofisticado, vos decidís.

La constructiva plática nos llevó a niveles insospechados de estupidez. Al final, ya no sabía yo quién, si la señora Petrowsky, el señor Verruga o yo, merecía el premio que suele dársele a los presidentes de mi país cuando, haciendo gala de inhabilidad política, inteligencia aberrante y sensibilidad social nefasta, se cagan en todo.

Antonio Cerezo Sisniega
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