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En el camino

martes 23 de enero de 2024
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Este pequeño país, “de facto” era colonia del país vecino, superior en extensión y poderío, mas legal y administrativamente debía considerarse territorio protegido del Estado adyacente, el cual, según compromisos contraídos con la comunidad internacional, tenía que ponerlo en condiciones de gerenciar su propia autonomía en un futuro cercano. ¡Encubierta falacia! Nada más lejos de la intención de los gobernantes que sucesivamente habían detentado el poder. Pero lo más oprobioso aún era que las mismas autoridades del país asistido actuaban complacidas como gobierno “títere”, debiendo acatar, como borregos, las imposiciones foráneas impuestas, a cambio de importantes remuneraciones recibidas a título personal.

Simonis era ciudadano del reducido país y luchaba subrepticiamente por obtener su independencia, y recuperar el territorio que arbitrariamente le había sido usurpado. Siguió la carrera militar con éxito, pero al llegar a teniente coronel se dio de baja para dedicarse de lleno a su misión libertadora. Sostenía incansables reuniones en lugares reservados y seguros con el grupo de compañeros que perseguían el mismo fin, fieles compañeros y amigos quienes, como él, no descansarían hasta haber acabado con la dependencia del país protector. Él sobresalía por su denuedo y esmerada preparación; por esto, el grupo estaba presto a oírlo y a observar sus consejos y sugerencias, a secundar sus planteamientos colmos de verdades y objetividad. Con frecuencia viajaba a algún país que en el pasado estuvo en situación similar, tomando buena nota de sus azarosas trayectorias, sobre todo, de sus amargos fracasos, a fin de evitárselos, de ser factible, a su querido pueblo durante el arduo camino que debían transitar. Pero además de descollar por su dilatada capacitación e irrestricta entrega a su causa, igualmente destacaba por su talante decidido y vertical, donde no había el menor resquicio para que penetrara alguna duda o vacilación. Y esa firme contundencia incidía en el campo de su actividad social. Era muy circuido y admirado por las mujeres, con las que compartía los ineludibles compromisos del momento, sin que ninguna hubiera logrado traspasar la línea que custodiaba sus íntimos y genuinos sentimientos. Las respetaba, pero las trataba de igual a igual, pues disentía de que se las considerara frágiles y discriminadas en el terreno social y laboral, así como que ellas se valieran de su delicadeza y feminidad para obtener la atención y protección varonil. Sabía que ese proceder era producto de un acondicionamiento milenario, pues, para él, la diversidad física entre los géneros no implicaba ni superioridad ni debilidad por ninguna de las dos partes. A las mujeres las quería enérgicas y preparadas, para lo cual no tenían que explotar su apariencia personal con afeites ni con ningún comportamiento especial, excepto el requerido naturalmente por la maternidad, la cual tanto admiraba. No soslayaba, por supuesto, la mayor fuerza física innata en el hombre, pero se condolía de que simultáneamente no hubiese sido dotado de algún mecanismo censor que le hubiera impedido abusar de esa fuerza para cometer tantos y viles atropellos contra las mujeres a lo largo de la historia, incluido el mismo presente. Ese era uno de los puntos preeminentes de su agenda: velar por que cesara tal incongruencia social, si lograba participar en la conducción de su pueblo, una vez liberado.

Todo el tiempo se mantuvo de bajo perfil, evitando aparecer como el abanderado del movimiento independentista de su pueblo, pues sabía que sería perseguido, quizás eliminado, dando al traste con su sagrado proyecto; pero como lo que ha de suceder, sucederá, un mediodía Simonis no tuvo tiempo de llegar al sitio donde solía tomar un reconfortante aperitivo, y entró a un lujoso hotel del sector donde se hallaba; se dirigió al espléndido bar, y ya muy cerca de la barra, se detuvo improvisamente. A menos de dos metros estaba su réplica, como si lo estuviera esperando, mirándolo fijamente. Allí quedaron los dos, observándose mutuamente y sin proferir palabra. Tomaron asiento, ordenaron sus respectivas bebidas, y continuaron conociéndose e intimando sin decirse nada, solamente a través de las miradas. Estaban magnetizados. Consumieron sus aperitivos poco a poco, mientras comprendían que después de tanto tiempo perdidos y errabundos en el océano de la vida, finalmente habían llegado al mismo puerto, con idéntica necesidad de acercamiento y afecto que los arropara. Simonis, por su parte, supo que hasta ese momento sólo había sostenido simuladas batallas con soldaditos de plomo, pero que ahora se hallaba ante una batalla verdadera, en primera línea, bayoneta en mano. Terminada la consumición, el alter ego de Simonis, con una discreta señal, le indicó que lo siguiera. Estaba alojado en ese hotel. Su nombre era Gaelio, joven militar de alto rango del país vecino; para mayor precisión, el jefe de la inteligencia militar. Se encontraba allí de incógnito, para reunirse con el gobierno fantoche de Simonis, ante el rumor de un probable levantamiento que se estaba gestando, y nadie más indicado que él para rastrearlo y cortarle el paso.

De sus labios, superpuestos y entreabiertos, brotó una ráfaga de fuego que los arrojó a una dimensión inexplorada.

Entraron a la habitación, y sus cuerpos, como dos diques conteniendo una fuerza arrolladora, hicieron saltar por los aires el invisible muro de contención que los separaba, y con ímpetu se mezclaron sus represadas y vertiginosas aguas. De sus labios, superpuestos y entreabiertos, brotó una ráfaga de fuego que los arrojó a una dimensión inexplorada, de la cual retornaban renovados y completos. Así continuaron viviendo esa intensa odisea dentro de cuatro paredes. Ya extenuados, permanecieron algún tiempo más, tendidos uno al lado del otro, con las manos entrelazadas, sintiendo ahora cómo los invadía una vivificante laxitud que sellaba su mágico encuentro. Y llegó la hora de la partida, así que se alistaron para la separación, pero antes acordaron guardar recíproco anonimato, en beneficio de los dos. Se dieron un último abrazo que pareció cimentarlos, ambos convencidos de que volverían a encontrarse y de que, en el ínterin, la linfa misteriosa de la vida alimentaría el profundo sentimiento que ahora los unía, haciéndolos sentir muy cercanos, a pesar de la distancia, sin que ninguno pudiera avizorar el momento y las circunstancias en que eso ocurriría.

Cada uno se volcó con más ahínco a sus propios compromisos. Gaelio, afinando su estrategia para detectar a tiempo cualquier intento de sublevación en el territorio protegido, ya que estimaba conveniente proceder a su anexión, pues su posición geográfica y su morfología, según él, clamaban por que se hiciera de los dos un solo Estado más potente. De continuo recalcaba que en la unión estaba la fuerza.

Por su lado, Simonis, en la posición contraria, con total convicción y firmeza esgrimía el razonamiento en favor de la desconexión inmediata, sosteniendo que ese suelo durante milenios le había pertenecido a su pueblo, por lo que debía ser respetado y no permitir que se diluyera su identidad fusionándolo con una etnia diferente. Él lucharía hasta el final para impedirlo. Continuó con sus reuniones clandestinas, más intensas y frecuentes, pues comenzaba a delinearse el plan para la acometida final. Pero la traición no sólo está al acecho del amor para clavarle el diente, como afirma el dicho popular, sino que también merodea en torno a cualquier comportamiento o situación que levante suspicacia. Así, un día hallándose Simonis reunido con sus adláteres, unos rudos golpes en la puerta intentando derribarla le dieron a entender que la perfidia había llegado hasta ellos. Con violencia, varios agentes uniformados penetraron y los conminaron a entregarse y a acompañarlos donde las máximas autoridades, que aguardaban por ellos. Fueron colocados frente a estos enclenques gobernantes, y se les comunicó que el interrogatorio empezaría cuando llegara la cúpula de la inteligencia militar del vecino país. Ésta llegó minutos después, presidida por su jefe, el coronel Gaelio Rammíndore, quien tomó asiento justo frente a Simonis. Había que tener templanza, sólida inteligencia y reciedumbre excepcional para que tanto Gaelio como Simonis no experimentaran un desgarramiento interior; pero a ellos les sobraba; al contrario, se cruzaron una fugaz mirada que los reafirmó en la seguridad de que ninguna contingencia sería insalvable ni los afectaría. Gaelio quiso saber quién era el líder de la sublevación, y Simonis alzó la mano, declarando que asumía toda la responsabilidad. De inmediato sobre él recayeron todas las preguntas de los acusadores, pero Simonis callaba, y cuando por fin habló fue para decir que cualquier información la suministraría únicamente al jefe de la inteligencia militar del otro país. Tras una breve consulta entre ellos, la propuesta fue aceptada, y los dos fueron conducidos a una pequeña sala contigua muy bien acondicionada. Gaelio revisó la estancia para comprobar que no hubiera alguna cámara o micrófono ocultos y, una vez asegurado, fue al encuentro de Simonis. Se dieron un intenso abrazo, que de nuevo los hizo sentir integrados. Entonces Gaelio le preguntó a Simonis si no veía en el férreo nexo que existía entre ellos el símbolo de la unión entre sus dos países. Simonis, con igual dosis de afecto y honradez, no pudo negar la verdad de la emblemática analogía; sin embargo, le replicó que esa sólida compenetración sólo podía darse entre los hombres nobles, sencillos y de buena voluntad, mas no entre los que llevaban las riendas de la alta política en sus manos, pues al nomás saborear el poder, se convertían en seres ambiciosos y extraños, alejándose de su pueblo y yendo en pos de la hegemonía y de su interés personal. Otro intenso abrazo los mantuvo fuertemente unidos, en señal de que no sólo compartían un profundo y verdadero sentimiento, sino también la misma manera de captar la realidad. Aquí Gaelio le preguntó a Simonis si estaba de acuerdo en que les propusiera a las autoridades de los dos gobiernos que se efectuara una pulcra consulta popular en su territorio, permitiendo que fueran sus propios habitantes los que eligieran el estatus legal que querían poseer. Simonis asintió sin reservas, constatando que era la única vía que garantizaba la mayor equidad.

Ninguno podía ni siquiera barruntar el hondo nexo afectivo que existía entre el sedicioso local y el jefe de la inteligencia militar del país protector.

Ya reincorporados a la reunión que aguardaba, Gaelio les comunicó a todos los presentes que, luego de oír los planteamientos de la parte en rebeldía, él estimaba que la mejor manera de zanjar el intento de nuevas insubordinaciones y vivir en paz era realizando un referéndum en el país protegido, avalando luego el resultado, fuera el que fuera. Todos quedaron estupefactos y desconcertados con las palabras de Gaelio, pues ninguno podía ni siquiera barruntar el hondo nexo afectivo que existía entre el sedicioso local y el jefe de la inteligencia militar del país protector. Simonis y sus compañeros fueron encarcelados, a la espera de la decisión bigubernamental, pero Simonis rebosaba de plena confianza y tranquilidad, pues prescindiendo de la forma como se dirimiera el conflicto, sabía que ellos dos se hallaban en un nivel donde todo era subsumido en el seno de la prístina inteligencia, de la lealtad, y de su inexpugnable sentimiento de amor.

Thaís Badaracco Febres C.
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