XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Las cuerdas

jueves 25 de enero de 2024
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Ante una Bols. La mano izquierda, agotada, aferraba el vaso lleno. Sus dedos diestros larguísimos acariciaban de prestado las cuerdas tensas en el diapasón que descansaba en su flanco. No importa lo vencido, todavía me recordaba a un guerrero con su espada lista para las causas justas.

Los asistentes salían del bar, levantaban su pulgar en gesto de aprobación y lo bajaban enseguida para mantener el equilibrio. Tan embriagados de música y alcohol, que avanzaban casi flotando sin saber si el mundo ya sería otro cuando el frío exterior los golpeara.

Finalmente apuró el trago, fijó la mirada en su izquierda nudosa, con lentitud, siguió el arco de luz que la luna proyectaba ante él. Y me miró.

Siempre mido su cansancio por las arrugas que asoman en su frente blanca, tantas veces tocada por la mía. Esta vez, un rulo rebelde, ya no tan oscuro, la cruzaba para llegar a la ceja gruesa y renegrida. Sus ojos brillaban, blem de luna, de ginebra y también de lágrimas, lo sabía bien. Hizo una mueca que en nuestro código era una sonrisa.

—Siempre haciendo de este agujero un lugar mejor, tuvimos una buena noche.

Lo más refinado de la noche no habían sido los mejores alcoholes, sino el elixir de su música.

Lo dije agitando el fajo de billetes. Lo primero era estrictamente cierto. Lo más refinado de la noche no habían sido los mejores alcoholes, sino el elixir de su música. Lo segundo, era sólo una mirada optimista. Y el agujero no era el bar, por supuesto, era el mundo.

Luego del derrumbe del gobierno popular, nuestra vida se había hecho vagabunda, recorriendo bares, diversos tugurios, algunos hoteles bacanes, tocando en donde se pudiera. Me había convertido en una especie de representante, patético sin duda, porque tuve que aprender de la noche a la mañana a comerciar, lo cual era una pesadilla para mí, pero había que sobrevivir.

Mucho del repertorio eran nuestros viejos temas, compuestos a dúo. Cuando comenzó la artrosis en mis manos, y ya no pude tocar, nuestras composiciones se nutrieron de su talentosa improvisación y de mi capacidad beethoviana de escribir la partitura desde mi cabeza. Jazz, rock, zambas y chacareras, nuestra música fusionó géneros a los que siempre llevábamos a tonalidades épicas, mágicas, míticas.

La nueva coyuntura, aunque terrible y oscura, terminó siendo para nosotros un camino lúcido de regreso a lo salvaje, a lo que todavía guarda un misterio, a lo que no fue reglamentado. Creo que en eso andábamos. Claro que después. Después de que el proyecto igualitario en la civilización occidental naufragara. Antes no, con el orden popular, toda épica se cargaba de memoria, de derechos, de leyes progresistas, teníamos hogar, teníamos patria, o matria, más bellamente dicho.

Pero en la noche de los tiempos, fuimos perros hambrientos lamiendo restos, abriendo a dentelladas la oscuridad espesa, adivinando la luz escondida. Dormíamos en lugares… que difícilmente pudieran ser encasillados en categorías de dormitorios.

Desde que comenzó el padecimiento de mis manos, no dejo de soñar con Víctor. Siempre me dolió pensar en su dolor. Pero claro que no comparo lo mío con aquello, claro que no. Tengo hambre, pero estoy vivo. Sí, es cierto que la desaparición sigue siendo una de las formas del terror, pero adquiere otras maneras. Uno se convierte en fantasma y sigue viviendo sin darse cuenta, sin que nadie se dé cuenta, si estamos vivos o no. En nuestro caso, aunque aún fantasmagóricamente, seguimos tocando. Y él estuvo junto a mí, que casi fue, es y será, lo único importante. No sé por qué hoy recuerdo tanto la luna en sus ojos, de aquella noche.

Yendo hacia el Jeep, único bien que recordaba otros tiempos, sin más preámbulos me dijo: “La muerte no debe ser más que el final de la ilusión. Todo lo demás no interesa”.

—Ok… ¿A qué viene eso?

—No tenemos una casa a la que llegar. El ya familiar polvo del camino me fatiga —negó casi imperceptiblemente y cerró los ojos—. Se me repite ese sueño en el que pierdo las manos, no las siento, que pierdo la guitarra, el vacío se apodera y no encuentro a qué aferrarme —en contra de sus palabras, se volvió hacia mí con mirada triunfante—. Sin embargo sé, en mi sueño sé, que lo que está ocurriendo es que me despojo de ropajes falsos. El vacío es la trama dada vuelta, el fin de la ilusión. La vida te desnuda, mi cielo, y te habla al oído a la hora de la muerte, para que te vayas bien despierto.

Ahora había un temblor en su voz que no coincidía con sus ojos.

Su fragilidad me hace temblar.

Siempre.

Siempre.

En un movimiento me lleva a tocar su mejilla, me mira y mueve mi muñeca contra su cara como si la golpeara.

Abro la puerta del conductor y siento su mano rodeando mi muñeca. Con la otra acaricia mi puño que exhibe los nudillos como defensa. Su pulgar recorre cada metacarpiano dolorido y torpe. En un movimiento me lleva a tocar su mejilla, me mira y mueve mi muñeca contra su cara como si la golpeara. Mi mano se abre en una caricia y sus ojos vuelven a entristecerse. Sabe de mis manos, claro, sabe de mis miedos, mientras yo los padezco en vigilia, él padece mis dolores en sus sueños. No quiso hacerme sufrir con esa historia de la muerte.

—Vamos… subamos.

Dije eso y sentía sequedad en la boca del cansancio y el olvido de mi sed, siempre. Porque siempre está el camino, como el mar sin fin. Y nunca hay tiempo.

—Recién te miraba —dije con un tono ensayadamente despreocupado.

Puse primera y doblé hasta alcanzar el cemento. Ruta Nacional Nº 3, hacia el sur.

La luna en cuarto menguante se levantaba como una hoz entre las nubes eléctricamente plateadas como los bucles rebeldes cayendo en su frente.

—No sé si todo es ilusión —continué en ese tono que nos ayudaba a retomar suavemente el hilo de una normalidad cotidiana. La que nos habíamos podido inventar—. El romance entre la luna y tu pelo es real —le sonreí—. También son reales el hambre, el cansancio, la sed —me pasé la lengua por los labios mientras mis ojos se hundían en sus cuencas.

—Manejo yo —fue su respuesta.

—No hace falta, estoy bien. Se me ocurre que podríamos dejar por hoy de cenar las sobras y en cambio ir a ese lugar al que fuimos cuando hicimos este mismo viaje… ¿Cuánto hace?

—No podemos gastar tanto… Y… habremos estado allí hará más de un año, creo.

—Sí podemos. Hoy nos pagaron bien, mañana está el hotel y ahí salvamos la comida.

Lo miré furtivamente y entreví sus ojos brillantes en mí. Decía que mi perfil bajo la luz nocturna le recordaba a ese personaje de Green, “Rollo Martins”, vaya a saber por qué.

Continué:

—Podemos tomar un buen vino, elegir algo bueno del menú y hacer nuestros planes. Vamos a dormir mejor. Y mañana… “Mañana” suena mejor. ¿No, amor?

Por unos segundos, silencio.

—¿Cómo hacés? ¿Cómo siempre podés lograrlo? —sentí su mano en mi rodilla mientras su voz me acariciaba—. Estoy en el infierno y llegás. Entonces todo es paz, como el fuego tranquilo de un leño —se reclinó en su asiento, con su cabeza hacia atrás—. No sé cómo me soportás, yo ya no lo hago.

—¿Cómo? Creí que sabías —estiré mis dedos hasta acariciar el lóbulo de su oreja—. Lamentablemente, soy adicto a la criatura más hermosa y endiabladamente talentosa que pisó este mundo, estoy enredado en sus cuerdas.

Dije que no teníamos una casa, pero me haces sentir en ella todos los días.

—Y yo en las tuyas —musitó con voz quebrada—. No sé andar si no estás para llevarme —sentí sus labios en mi cuello, luego su frente en mi hombro—. Dije que no teníamos una casa, pero me haces sentir en ella todos los días.

—Te quiero —siempre se lo decía, gracias a dios—. Y no sé, de verdad, por qué me preguntas cómo te soporto. Te recuerdo que vagamos como perros sin rumbo a causa mía.

—No, no por tu causa, se llama censura y persecución política. Y son ellos, no vos.

—Pero estabas en la cima de tu carrera y no quisiste dejarme.

—Sos lo único que quiero. Mi única cima.

—Y por eso somos pobres trotamundos trasnochados, hambrientos, y pese a todo, dos hombres profundamente enamorados.

Lo último se me salió de control y le provocó su risa grave, telúricamente vibrante que sacude hasta mis huesos. En ese momento, como ahora, supe que viví y vivo por él, por su música, que me abrió el universo.

Desde que estábamos en la lista negra, dejamos de cantar. Las cuerdas nos resguardaban y por supuesto nos permitían sobrevivir, pero rara vez dejábamos oír nuestras voces. En escasísimas oportunidades incluíamos canciones en las que yo acompañaba y era mi única aparición escénica, mi rol como ya dije era de soporte mercantilístico.

Además de dejar de cantar, ya no se molestó en relacionarse con alguien más. Fuimos él y yo. Los demás empezaron a verlo sólo a través de mí y de sus manos en las cuerdas.

Cuando todo se nos puso en contra. Hendir la oscuridad. Sus manos parecían provenir de una luz que no veo, de un mundo de luz que existe al hendir la oscuridad. Entran y salen de ese mundo, esas hermosas y bondadosas manos, para encontrarme a mí, y extiendo las mías, para que él las tome. Y me sostiene, y me alimenta, siempre.

Dijo que vivíamos ilusoriamente y supe que sí, aquella noche, como hoy que la recuerdo. Es que al adivinar esa luz a la que pertenecieron sus manos, nuestra vida opaca se me hace un velo.

Aquella noche, al dejar el camino del sur para ir a cenar algo y sentirnos como antes, vimos un lobo entre los árboles.

Allí, iluminado por la luna entre las nubes eléctricas, un animal solitario parecía observarnos desde la lejanía. No era una especie del lugar. Fue extraño verlo. Todo pareció aquietarse, quedamos suspendidos, en una profunda unión de nuestras existencias con la suya. Sentí que nos esperaba, y que nos encontraría al final, camino a la lucidez. Con el tiempo, cuando nombrábamos al lobo, nuestras miradas se encontraban y nos entendíamos.

Pocos años después, la noche dio paso a un poco de claridad. Fuimos reivindicados, se levantaron las prohibiciones y se erigieron placas y premios. Pero ya no fue igual. No quisimos volver al circo. Nos acomodamos en un lugar lejano en el sur, frente al mar. Y nos olvidamos de todo, deseando que el mundo nos olvidara. Esperando.

Durante aquella noche con la luna en tus ojos, con el lobo en la lejanía, con tus manos hendiendo la luz, se develaron algunos secretos.

Te fuiste un día cualquiera, al atardecer. Me quedé largo tiempo acariciando tu cara, repasando tu boca, besando tus manos. No sé si la vida, que desde aquella vez encarnó en el lobo entre los árboles, no sé, digo, si te habrá desnudado y jadeado al oído la verdad. Espero que sí. Pero para mí durante aquella noche con la luna en tus ojos, con el lobo en la lejanía, con tus manos hendiendo la luz, se develaron algunos secretos. Hoy como nunca recuerdo tu mano en el vaso de ginebra, tus dedos en las cuerdas de tu diapasón, tu mirada por el arco de la luna, hacia mí, tu mueca que era una sonrisa y tus lágrimas, porque supiste, amor, en aquel momento, de esta noche en la que te recuerdo.

Aquella noche inspiró el resto de nuestra vida. Fuimos un poco menos estúpidos, tal vez, y más valientes, más coherentes, menos vendedores de humo.

Y hoy, lo entiendo ahora, tengo la certeza de llegar al final porque por mi ventana veo el cuarto menguante de la luna como una hoz entre eléctricas nubes y sé que por el camino de la playa voy a encontrar un lobo dispuesto a guiarme.

Mariana Samperi
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