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Todo está a la orden del día

domingo 4 de febrero de 2024
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TODO ESTÁ A LA ORDEN DEL DÍA la mañana como cifra exacta en el devenir de las montañas. La tarde húmeda para extender en el alambrado de la noche y la noche lejana fácil de divisar a través del ojo de una aguja cuando el camello duerme junto al portón de la eternidad. La porción de cebolla y el derramar de lágrimas al no ver el pan nuestro de cada día en la mesa de la hambruna. El remedio en el cofre y un enfermo junto al ataúd por construirse. Los labios en el sexo y el pensamiento raudo mientras ojos seculares razonan el dolor de mirar la existencia en calles de los ruletistas. El solar donde se cultiva la yerbanada de las extensiones. La muerte cuando escale por tu sangre o por mi sangre. La luz y el eclipse y la nostalgia de haber nacido y los dos mil años de la luciérnaga junto a la crucifixión de ladrones y de las hormigas listas a resolver la regla de tres compuesta de su caminar en la lengua del oso hormiguero y antorchas en la hondura del espejo en manos de adoradores del rocío sobre hojas secas donde crepitan sombras de pasos sigilosos. La piedra apocalíptica en la sepultura de cada quien y gusanos amenazantes en la epopeya del agua putrefacta. Las manos en el bastón y la ceguera en el parque de palomas pronto a comer el maíz de tiempos remotos. El ruido al no darse la acción del suicida y el silencio de nadie. El fantasmagórico camino de la lluvia del hombre sin saber cómo escampar la tarde del tiempo perdido. Los labios cuando vuelan en naves de la palabra pájaro y la palabra al bordear el ave en el tejado de la casa impalpable. La orquídea como sol naciente en su propia hoja. El pocillo de porcelana y el vaso de cristal para brindar el azul añejo del verde. El musgo en el pico del trino revoloteador de ecos más allá del ocaso. El número esférico de la espuma guarismo deletreado por el pedregal. La muchedumbre en un solo sitio desde tiempos inmemoriales. El último instante del maullido hebra arriba hasta lograr su descanso eterno. El silencio del curandero sentado en una banca de palma de cera del Quindío refugiándose en el olor de los horizontes. La reflexión sin rumbo junto al río fuera de su cauce. La puntada con dedal del centelleo en el caminar del ciego. La tierra de la papa pronta a ser bautizada con agua del grifo vallejiano. El azote de millones de espaldas al látigo bretoniano. El surrealismo en la esquina de los relojes blandos donde se da la hora exacta de enterrar el cadáver exquisito. La mirada triste del pordiosero cuando observa el salto cuántico de un diamante del mar al paladar de los inconmovibles. El azul alejado del poema y el sustantivo amargo del espejismo en el desierto y la voz de aliento en el olfato del desahuciado y la fuga de la tarántula del cuello de un asesino en el patíbulo. La falda disuelta en el viento y el viento carnal en el jadeo del mirar lascivo. La oquedad por donde se observan las siete vidas del gato. El tiempo carroñero de cuanto nunca pudo suceder. El eslabón hallado en la huella del andar invisible. La máquina de pulverizar el acaecer de los espantapájaros. Las gotas de sudor de Cristo recicladas por el espíritu del jornalero. La gaveta donde se guarda la visión de la mascota ciega. La lluvia de palomas muertas profetizada por el tendero de la esquina. El perro de vidrio en alerta por ecos fantasmales. Lo imposible de recordar del polvo eres que somos. La lluvia interminable en el libro por escribirse. El día cuando se anunció la muerte del ave de los huevos de oro. Los pronombres de cada estrella del universo. La tilde sin vocal para reposar su salivar intenso. La soledad labrada con la punta del venablo. El natural ir y venir del clavo en el madero propicio para crucificar la silueta asesina. La baba arrodillada en el altar de la fruta madura y la guayaba biche en la estación de las ánimas benditas. El alter ego con úlcera gástrica y la llaga en el costado derecho del óvulo y el espermatozoide pensando su destino en la alcantarilla. Todo está a la orden del día un lunes de bisagra en la herrumbre del mundo.

Carlos Alberto Agudelo Arcila
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