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Mala idea

jueves 8 de febrero de 2024
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Apenas se abrieron las puertas del coche, el hombre tomó un impulso fuerte para ponerse de pie y abandonarlo. Le temblaba todo el cuerpo. Su cabeza sentía una fuerte presión, cuyo centro neurálgico no lograba ubicar. Sentía punzadas como si fuera víctima de alguna brujería o algo parecido. Con supremo esfuerzo pudo dar varios pasos que le llevaron hasta la entrada del hospital. Casi no recordaba de dónde venía, si había cerrado bien el coche o cómo había podido conducir hasta ese lugar, sintiéndose tan mal. Tomó el ascensor, le costaba alzar los brazos y hasta moverse. Cada segundo sentía que se deterioraba más y más. Una vez dentro, trató de marcar el piso 7, pero sus dedos no tenían fuerzas para pulsar un botón. ¡Un simple botón! Su mente comenzó a dar vueltas, sus ojos se nublaron, cayendo al suelo inconsciente dentro de aquel ascensor, que continuó con su rutina de subir y bajar, de acuerdo a las solicitudes de sus ocupantes. En cada uno de los pisos de aquel viejo lugar subían y bajaban visitantes y personal médico, sin que nadie se percatara de aquel hombre moribundo, cuyo cuerpo agotado y pálido, yacía en el suelo.

Se trataba de un encuentro. Era de esas ocasiones que nadie quiere tener y todos evaden en algún momento en que les toca enfrentarlas.

Ese mismo día, el doctor Valverde había tenido una mañana muy agitada. La cantidad de trabajo realizado no le permitía darse cuenta de que acababa de perder una cita importante. Pero no se trataba de una cita médica, no. Se trataba de un encuentro. Era de esas ocasiones que nadie quiere tener y todos evaden en algún momento en que les toca enfrentarlas. En el pasado había cometido algunos errores que le llevaron a endeudarse. Como una medida desesperada, había tomado la decisión de recurrir a gente no confiable para poder ajustar lo pendiente. Pero no había respetado los códigos, por lo que olvidó el lapso para el pago, convirtiendo a su acreedor en peligroso enemigo, que haría lo que fuera para recuperar su dinero. Ahora le buscaba. Aunque tomara la decisión de no salir de aquel lugar, aunque decidiera huir o esconderse, sabía que tarde o temprano daría con él. Hasta debajo de las piedras podrían hallarle, pues no tenía escapatoria. Se encontraba tranquilo, hasta que recordó aquella deuda. Su corazón comenzó a latir con más fuerza, por lo que temblando buscó sobre una cercana mesa su teléfono. Seguro habría alguna llamada perdida de aquel molesto acreedor, quien le recordaría que justo ese día vencía el segundo plazo para pagar la deuda que en su oportunidad también había olvidado cancelar. Aún temblando, tomó entre sus sudorosas manos aquel teléfono, percibiendo que no era una llamada lo que allí se registraba, sino veinte. Todas provenían del mismo número. Sin dudas, su furioso acreedor estaba dispuesto a ubicarle y cobrar el dinero debido. Justo en ese momento, pensó en que tal vez, si llamaba y pedía un plazo más, ganaría tiempo. Aunque no tenía claro para qué quería ganar más días, pues no sabía aún qué podía hacer. No tenía dinero para cancelar el monto que había solicitado y peor aún, no sabía de dónde podía sacarlo. No sabía muy bien cómo resolverlo, pero era médico, así que su profesión debía darle alguna pista o alternativa para saldar aquella deuda y salir de esa pesadilla.

Fue entonces cuando, de tanto pensar, se le ocurrió una idea descabellada que tendría para él una nefasta consecuencia. Así, decidió devolver la llamada que le habían efectuado, pero esta vez se haría pasar por otra persona. No sería cualquier sujeto inventado, no. Se haría pasar por alguien de verdad, diría que era un colega. No habían pasado dos horas, cuando el doctor Valverde estaba realizando la llamada. Gesticuló tanto y habló con tal rapidez que sus propios oídos casi que no pudieron percibir cuando le decía a su temible acreedor la mentira más grande que pudo habérsele ocurrido en ese momento. Le dijo que era el doctor Díaz, colega del deudor, que de ahora en adelante se encargaría de asumir el pago de la deuda con los intereses moratorios que se produjesen, si fuera el caso. La voz de su interlocutor al principio era de un tono amenazante, pues estaba comunicándose con el número telefónico de su deudor, pero la convicción con la que se presentó el falso doctor amigo le hizo ganar de forma extraña la confianza necesaria para otorgar un plazo de tan sólo cuatro horas para que se efectuara el pago. Esta vez era casi el doble de lo prestado y en caso de incumplimiento en esta última oportunidad lo afrontaría terriblemente. Respiró al concluir la llamada. Tenía una extraña sensación, pues sabía que no había resuelto nada. Solo había ganado un poco más de tiempo, pero seguía envuelto en un grave problema, el cual ahora se acrecentaba con lo de la falsa identidad. Pensó por un momento que tal vez debía hablar con el verdadero doctor Díaz y contarle, pero luego recordó que esa amistad no existía, eran sólo compañeros, colegas del hospital, por lo que era imposible que aquel hombre parco y distante aceptara pagar una deuda suya y menos si llegaba a enterarse de que le había suplantado frente al acreedor. Pero el doctor Valverde ya había iniciado un peligroso juego que no le ofrecía otra alternativa que seguir jugando. Por lo tanto, se tomó unos minutos para pensar bien un plan donde pudiera involucrar a su colega y hasta, por qué no, hacerle asumir el compromiso de pagar la deuda. Salió de su consultorio convencido de la necesidad de ejecutar con rapidez el plan que había diseñado. Para él era de vida o muerte.

No podía perder ni un minuto más, pues ya sólo le quedaban tres horas y media. Era como si ese tiempo le quedara a él de vida.

Fue así como, en tan sólo treinta minutos, pudo acercarse hasta el consultorio de su colega Díaz, e inventar una excusa banal sobre la cual aquel viejo y ensimismado hombre de ciencia pudiera entablar con él una conversación que les permitiera hablar sobre el pago de la deuda. Por supuesto que el doctor Valverde no pudo tocar en tan poco tiempo el tema de fondo que le llevó a acercarse a su colega, pero sí logró que ambos pudieran salir del hospital para una conversación fuera del espacio de trabajo. No podía perder ni un minuto más, pues ya sólo le quedaban tres horas y media. Era como si ese tiempo le quedara a él de vida. Salieron al café que estaba a tan sólo una cuadra del hospital. El doctor Valverde comenzó a ponerse profundamente nervioso, cuando le dio por mirar a su alrededor, pues desde que había salido de aquel recinto tuvo la sensación de que alguien le observaba. Pero podría ser que sólo se tratara de sus nervios. La actitud de delirio persecutorio que estaba teniendo comenzó a inquietar a su interlocutor. Cuando lograron sentarse en torno a una mesa, los nervios del doctor Valverde estaban a punto de estallar, viendo que su colega no parecía tener empatía con nada. Su mirada era parca y su rostro inexpresivo sólo parecía interesarse en aquello que estuviera angustiándole a quien le había invitado a conversar fuera. Pasaban los minutos y las palabras no podían ser pronunciadas por el propio doctor Valverde. Su rostro, bañado en sudor, parecía pedir a gritos que Dios se apiadara de él para así poder superar tan amargo momento. Sus horas oscuras le habían llevado hasta aquel local para conversar con un colega, a quien no sabía todavía bien qué decir. Esta vez fue el propio Díaz quien, después de permanecer callado un rato, le dijo:

—Entonces, Erasmo, ¿qué es lo que deseas contarme?

De forma inmediata, el doctor Valverde se puso de pie. Su colega lo mirada sin mucho entusiasmo, de pronto parecía haber perdido interés por aquello que pudiera conversarse en ese momento. Como había sido un impulso, el médico decidió sentarse de nuevo, no entendía qué lo había podido llevar a ponerse tan enérgicamente de pie. Repelente, su colega no le quitaba la vista de encima, hasta que le dijo:

—Vamos, no me digas ahora que fuiste tú…

Valverde no entendía a qué se estaba refiriendo su colega. Su ignorancia en torno al tema fue rápidamente percibida por su compañero, cuyo rostro ahora parecía cambiar de expresión. Le miraba con bastante malicia. Ahora era el colega quien observaba a su alrededor para asegurarse de que nadie los estuviera viendo. Su rostro poseía una extraña expresión que sin dudas estaba atemorizando al desgraciado de Valverde. Seguía pasando el tiempo, por lo que se hacía indispensable que resolviera lo más pronto posible lo de la deuda. Pero ahora se encontraba muy intrigado por lo que había dicho el médico que lo acompañaba. Estaba seguro de que de cualquier forma no era posible que supiera que él había suplantado su identidad. Como había mucha tensión entre los dos, decidió decirle directamente:

—No sé de qué me hablas…

—Claro que sabes a lo que me refiero.

Aquel médico, con un gran desespero se puso de pie. Había tensión en el ambiente. Ambos hombres de ciencia se encontraban bajo una angustia, muy similar pero por razones diferentes. El doctor Valverde, deseoso de que el tiempo se detuviera, pues no podía esperar más, trató de tomar la palabra, pero enseguida su colega, alzando la voz, como queriendo tener el control de todo lo que ocurría en ese momento, le increpó, diciendo:

—No caeré yo, pues nadie podrá probar que estuve allí.

No se hubiera enterado de la expiración de aquel plazo, a no ser por el propio acreedor, quien en ese preciso instante venía en dirección al hospital.

Enseguida se acercó hasta aquel médico que lo había suplantado y, tomándole por el cuello, lo increpó a salir del lugar. Nadie se encontraba en ese café, donde el desesperado científico había tenido la mala idea de entablar aquella conversación. El doctor Díaz tomaba con todas sus fuerzas el cuello de Valverde, quien casi no podía respirar. Cuando se disponían a abandonar juntos y en tales circunstancias aquel lugar, justo habían pasado las cuatro horas que el temible acreedor le había otorgado como última oportunidad para pagar la deuda. No se hubiera enterado de la expiración de aquel plazo, a no ser por el propio acreedor, quien en ese preciso instante venía en dirección al hospital, con la segura intención de finiquitar el negocio del cual estaba arrepentido de haber realizado. Por esas cosas del destino los tres sujetos se cruzaron en la vía, pero aquel vengativo hombre quería cobrar su acreencia sin dejar evidencia de los modos a emplear, por lo que debía guardar compostura frente a aquel extraño tercer hombre, quien no se dio por enterado de que su identidad unas cuantas horas antes había sido suplantada. Díaz empujaba a Valverde hacia la calle, con la fuerza de todo su cuerpo decrépito concentrada en el cuello del infortunado, cuando el acreedor, al verlos, decidió seguirles con paso seguro pero desenfadado. Cuando los tres se encontraban muy cerca del hospital, decidió cambiar de planes con respecto al desconocido, por lo que sacando con magistral destreza un veneno de su bolsillo, decidió arrojarlo en el rostro de Díaz, quien enseguida se detuvo, cayendo posteriormente en el piso de forma rápida. Valverde entró en pánico, por lo que en lugar de huir, como tantas veces pensó, se mantuvo casi inmóvil, quedando completamente a merced de la voluntad de su acreedor. El hombre, profundamente enfadado y dispuesto a cobrar la deuda a sus anchas, golpeó con un arma la cabeza del médico quien, dando vueltas, agitaba los brazos de forma desesperada. Con la angustia propia de quien se halla al borde de la muerte, de forma súbita comenzó a tambalearse, mientras trataba de zafarse de su bata que lo identificaba como el doctor Erasmo Valverde. El acreedor, al ver la debilidad manifiesta de su víctima, le empujó hacia un coche que había aparcado cerca. Le hizo entrar a empujones. Una vez dentro comenzó a golpear el rostro de aquel científico que lucía tan indefenso como una criatura recién llegada al cruel y despiadado mundo de los deudores. Una vez que el médico cayó inconsciente, su molesto acreedor, quizás pensando que le había dado muerte, le despojó de su cartera y de la vestimenta que le identificaba como personal sanitario.

Después de media hora, Valverde recobró el conocimiento. Se hallaba sentado en la parte delantera de aquel coche que no sabía bien a quién pertenecía. Tal vez era el suyo, pensó, pues se encontraba allí solo. Su cabeza parecía que iba a estallar. Trató de concentrar su pensamiento y de pronto un sentimiento de angustia comenzó a invadirlo. Sintió que debía pedir ayuda, pues no recordaba nada de lo sucedido pero sentía que corría peligro. Bastante adolorido y muy confundido, decidió salir hacia su trabajo. Apenas se abrieron las puertas del coche, el hombre tomó un impulso fuerte para ponerse de pie y abandonarlo. Le temblaba todo el cuerpo. Su cabeza sentía una fuerte presión, cuyo centro neurálgico no lograba ubicar. Sentía punzadas como si fuera víctima de alguna brujería o algo parecido. Con supremo esfuerzo pudo dar varios pasos que le llevaron hasta la entrada del hospital.

Rosa E. Martínez
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