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La negociación

sábado 1 de junio de 2024
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La fuerte lluvia caía sin piedad sobre las casas y calles de la avenida Stylo, en aquella solitaria ciudad. Los rayos que lucían sobre la oscura noche dejaban, a ratos, descubrir las siluetas de cuatro personas, que habían descendido rápidamente de un vehículo gris. Primero descendieron dos sujetos de negro. Luego un hombre alto, elegante y con mala cara, luciendo muy enfadado. El último en descender era un hombre delgado, quien se veía muy nervioso. Su nombre era Pierre Vanilly. Miraba a los lados con gran desespero, al mismo tiempo en que hacía maromas para evitar que la torrencial lluvia mojara las múltiples carpetas que llevaba entre sus brazos. Los dos hombres que habían descendido primero abrieron sendos paraguas para cubrir al hombre alto y a Vanilly. Todos, con paso acelerado, se detuvieron en la entrada del edificio Binöme. El hombre alto y mal encarado se dirigió, con una severa mirada, hacia Vanilly, y le dijo:

—Esta vez, en definitiva, será tu última oportunidad.

Un rayo sentenció las fatídicas palabras, que helaron la sangre de aquel francés, cuya misión debía cumplir inevitablemente esa noche. Pierre se despidió de los tres, entrando solo en aquel edificio cuya última planta definiría su futuro y el de toda la organización. Tomó el ascensor, siendo su único ocupante. Pierre temblaba mientras el sudor recorría su rostro. A pesar de la lluvia y del intenso frío que helaría a cualquiera, el francés podía sentir un sudor caluroso que se le convertía en una señal, indicándole que había sido un error todo lo sucedido. Él no debía estar allí. Era el deber de Pierre, sí, pero no de aquel hombre en el ascensor. Se arrepentía de haber hecho lo que hizo. Asesinar a su hermano gemelo para suplantarlo no le resultó difícil, pero sí lo era estar allí, no se lo merecía. Su pulso se aceleraba a medida que más avanzaba entre los pisos. “Si tan sólo se hubiera quedado con su vida gris y simple, como supervisor en aquella fábrica, mientras el consentido de la familia heredaba toda la fortuna, amasada en estos negocios turbios de los cuales no tenía idea y que lo llevaba ahora a él, a Jean, a emprender la actividad que en ese momento debía realizar. Si tan sólo ambos siguieran con sus roles... Pero no”. Enseguida recordó las palabras de aquel hombre mal encarado, hacía unos minutos, y en su cuerpo desapareció el sudor, dando paso a un intenso y escalofriante vapor. Comenzó a observar al suelo, pues estaba convencido de que de allí provenía ese vapor siniestro que pretendía quemarle toda la sangre. Al llegar al último piso, donde se daría aquel encuentro, las puertas del ascensor por fin se abrieron. Aquel hombre volvía a ser Pierre, aunque su corazón estaba a punto de estallar del terror que le envolvía. Caminó con sumo nerviosismo, que resultaba visible, exigiéndole conducirse despacio hasta la puerta ancha, perteneciente al gran salón donde sabía que debía ingresar. No hizo falta que tocara; le estaban esperando y ya sabían de su llegada. Al ingresar notó que en el gran salón había sólo una mesa con setenta y siete sillas. Era larga y angosta. En uno de los extremos permanecía sentado un hombre mayor, con una barba negra muy larga. Vestía de blanco al igual que el color de la mesa. Pierre observó con determinación que no había nadie más allí. Sólo estaban él y aquel hombre, que permanecía sentado. En ese instante se preguntó cuál podría ser el trabajo que debía realizar su hermano fallecido y qué era lo que debía salir de allí. Con gran nerviosismo colocó las carpetas sobre la mesa. Pensó que sería cortés de su parte acercarse hasta aquel sujeto y estrechar su mano, en señal de un saludo cordial, por lo que caminó, aún con nerviosismo, en dirección al otro extremo de la mesa, donde se encontraba sentado el sujeto. Cuando intentó dar los primeros pasos, el hombre se puso de pie. Pudo notar la enorme estatura que poseía. Vio cómo hacía un gesto con su mano derecha, indicándole a Pierre que se detuviera. Justo en ese momento sintió cómo otra vez un escalofrío recorría todo su cuerpo. Tuvo miedo, quedándose paralizado allí, de pie. Fue entonces cuando el hombre de la barba larga le habló, diciéndole:

—Entonces, Pierre, ¿qué propuesta me tienes, finalmente?

Aquel hombre que había suplantado la identidad de su hermano no tenía ni idea de la respuesta que debía dar en ese lugar y en ese momento. Se sentía no solamente paralizado, sino que comenzó a sentir que su lengua, su boca y todo su rostro se iban entumeciendo. Fue como si se estuviera quedando congelado todo su cuerpo, pero por partes. Aunque no sabía qué decir, sentía deseos de hablar. De decir cualquier cosa, una palabra, tal vez una sílaba, pero no podía moverse ni articular sonido alguno. Entonces aquel hombre de barba tomó asiento. Parecía no notar o no importarle lo que le ocurría a Pierre. Luego hubo un gran silencio y de repente el hombre barbudo se levantó de nuevo. Pierre seguía, sin éxito, tratando de articular alguna palabra. El hombre de la barba, con pesados pasos, se fue acercando hasta el lugar donde Pierre se encontraba y, con una voz ronca y autoritaria, le dijo:

—Me temo que no tienes respuestas. Pues entonces, yo creo que me conformaré con ejecutar la cláusula que te obliga a sacrificar a tu hermano, delante de mí.

En ese momento, Jean, que no era Pierre, sintió cómo su cuerpo bañado en sudor parecía liberarse de unas poderosas cadenas, por lo que intentó hablar y de su boca se escuchó un ruido sin sentido. Fue un sonido ahogado, asfixiante, que pareció ofender a su enigmático interlocutor, quien caminó rápidamente hasta el lugar que venía ocupando. Se sentó y de nuevo hizo un gesto, esta vez con sus dos manos. Instantáneamente, al producirse aquel sonido, ingresaron dos hombres altos y fornidos quienes, sin mediar alguna palabra, se volcaron sobre la humanidad del falso Pierre. Tenían sus rostros cubiertos con unas máscaras. Tomaron al francés por los brazos y las piernas, por lo que éste reaccionó lanzando patadas al aire, de forma infructuosa. Fue tal el agite de su cuerpo que uno de sus movimientos violentos fue a dar contra las docenas de carpetas que él mismo había colocado sobre aquella mesa, por lo que los múltiples papeles en ellas contenidos volaron desordenadamente por los aires...

Mía, la esposa de Pierre, despertó súbitamente, sentándose completamente sudorosa en la cama. El sudor que recorría su cuerpo no le pareció normal, pues era Navidad y afuera la nieve lo cubría todo. Eran las tres de la mañana. Sabía que había tenido un mal sueño, tal vez alguna pesadilla, pero no recordaba nada. Se levantó y fue al baño. Su esposo permanecía dormido en la cama. Al salir del baño, Mía se dirigió a la cocina. Ya no podría volver a conciliar el sueño. A veces le ocurría y luego prefería no volver a la cama. Una vez en la cocina recordó que debía llamar a su madre. Iba a hacerlo durante la mañana. Había decidido prepararse un café, cuando el teléfono sonó. Le pareció extraño, quién podría ser a esa hora. Con gran asombro decidió atender. Su cuerpo aún sentía un calor que no lograba comprender. Al tomar el teléfono, escuchó una vez ronca que decía:

—Me conformaré con la ejecución de la cláusula.

Rosa E. Martínez
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