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Bernardo y la perrera

domingo 7 de abril de 2024
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La mano fría y arrugada del señor Ignacio Gil quedó tendida sobre la cama que había ocupado durante los últimos seis años de su vida. La mirada perdida parecía posarse, sin preocupación alguna, en aquel techo que cubría la que fuera, por décadas, una habitación matrimonial. La había compartido durante cuarenta años con Almudena, su mujer, quien había fallecido mucho tiempo atrás. La gran casa, donde antaño corrieron Laura, Miguel y Luis Enrique llenando de vida y sonoridad cada pasillo, era ahora todo silencio. La solitaria habitación sólo dejaba correr el rumor del aire que tímidamente trataba de ingresar por las diminutas rendijas del ventanal y, junto a éste, la respiración entrecortada de Bernardo, quien permanecía a los pies de aquel colchón fino y perfectamente cubierto por sábanas de seda. Durante la larga viudez de Ignacio, Bernardo se había convertido en su invariable compañía. Los hijos fueron y vinieron, los amigos a veces llamaron. Los vecinos, en algún momento tocaron a la puerta y preguntaron “¿Cómo está?”, “¿Necesita algo, don Nacho?”; los hijos nunca tuvieron tiempo para conversar largo rato… Siempre estuvieron apurados, sólo la hija y sólo a veces, cuando no tuvo pareja, se acordó de que había alguien con quien podía conversar. Pero siempre, siempre estuvo Bernardo, siempre dispuesto a hacerle compañía. Siempre dispuesto a esperar a que Ignacio se tomara el tiempo y con suprema lentitud buscara la correa para dar un paseo. A pesar de los catorce años recién cumplidos, aún se emocionaba al salir a pasear con su amo.

Aunque podía recordar que en los últimos tiempos su amo le decía con regularidad que ambos eran ¡un par de vejetes! sabía que al escucharle ladrar adelantaría, con su inevitable paso reposado, el protocolo habitual.

En aquella mañana de verano, podía ver cómo el sol cubría todo a su paso, llenando de vida y esplendor aquel jardín que tanto había recorrido desde su llegada a la casa. Se asomó por la ventana de la habitación y, dispuesto a emitir los ladridos que le indicarían al amo complaciente su deseo de salir, se regresó hasta los pies de aquella cama donde yacía Ignacio. Ladró con firmeza, con el estilo y la sobriedad que la avanzada edad le permitían. Aunque podía recordar que en los últimos tiempos su amo le decía con regularidad que ambos eran ¡un par de vejetes! sabía que al escucharle ladrar adelantaría, con su inevitable paso reposado, el protocolo habitual, para así ambos pasarla de forma divertida. Bernardo, inspirado, ladró de nuevo; la alegría por salir a pasear en aquel soleado día no le permitió darse cuenta de que repitió la operación un par de veces. Pero Ignacio no respondió. No se movía. Bernardo ladró de nuevo una tercera, cuarta y hasta quinta vez. Pero aún no había respuesta de su amo. Algo andaba mal, sin dudas. Bernardo comenzó a desesperarse, pues sentía dentro de su pecho cómo su corazón se aceleraba más y más. Preso de un gran nerviosismo, decidió subir hasta aquella cama. Eso era romper la primera regla del protocolo de crianza al cual había sido sometido por el propio Nacho apenas ingresó a la vivienda. Aunque le costó hacerlo, terminó rompiendo las reglas, ya que sabía que estaba ocurriendo algo extraordinario. Fue así como trepó, con las fuerzas que su edad le permitía, sobre aquel colchón, llegando hasta el pecho frío de su amo. Observó la mirada perdida y el cuerpo inmóvil de Ignacio, quien no había tenido tiempo siquiera de despedirse de su amigo. Bernardo se recostó del cuerpo inerte, colocando la cabeza justo en el pecho que tanta seguridad y amor le dio durante largos años. Al darse cuenta de que aquel cuerpo frío y sin vida ya no podría acompañarle más, que era su amo quien había cruzado primero el arcoíris hacia un mundo de juego y alimentos, Bernardo lanzó un fuerte alarido, siendo escuchado por alguno de los vecinos, esos mismos que siempre preguntaron si Nacho necesitaba alguna cosa.

Ingresaron tres vecinas; extrañamente una de ellas tenía la llave de la casa, pues Luis Enrique, el hijo mayor de Ignacio, le había entregado una copia, por si ocurría alguna emergencia. Ignacio tuvo muchas. Necesitó muchas cosas pero nunca les dijo nada a las vecinas. Ni a sus hijos. Sólo Bernardo supo sus necesidades y deseos, aunque no podía entender nada sobre la entrega de la llave y la llegada de las mujeres a la casa. Las tres comenzaron a llorar apenas llegaron a la habitación. Bernardo permanecía al pie de la cama; había descendido del colchón cuando escuchó que alguien ingresaba. Las observaba en silencio, aunque ellas no parecían darse cuenta de la presencia del amigo. Luego de un rato, dejaron de llorar y, más calmadas, comenzaron a hablar. Debían tomar decisiones, aunque Bernardo no comprendía aquello de lo que hablaban. En todo momento permaneció a los pies de la cama donde yacía su amo. Muy triste, decidió cerrar sus ojitos, por lo que poco a poco se fue quedando dormido. Comenzó a soñar con don Nacho. Ambos salían a la calle, paseaban por el jardín y, con una extraña energía, su amo corría tras él, atravesando ambos el bulevar que quedaba a unas cuantas manzanas de la casa. De pronto, sentía cómo sujetaban con fuerza su correa; al principio le pareció divertido, pero luego comenzó a sentir que lastimaban su cuello, por lo que abruptamente abrió los ojos. Se acababa de despertar. Ahora se daba cuenta de que quien sujetaba su cuello era Laura, la hija menor de su amo. Rápidamente Bernardo se puso de pie; estaba dispuesto a correr y esconderse, pero en ese momento sintió un pinchazo que venía de la mano de Miguel, el otro hijo. Inmediatamente sus ojos se hicieron pesados, cerrándose aletargados…

Con gran dificultad pudo moverse y observar a su alrededor a decenas de amiguitos, de varias razas y distintos tamaños.

Cuando Bernardo despertó le dolía todo su cuerpo. Le costó ubicarse una vez que abrió los ojos. Se encontraba en una jaula. El entorno no le resultaba conocido. Sin dudas, no era su casa. Miró con dificultad, pues le dolían hasta los huesos, por lo que con gran dificultad pudo moverse y observar a su alrededor a decenas de amiguitos, de varias razas y distintos tamaños, todos entre rejas, con caritas tristes. De nuevo recordó los primeros días de su vida, cuando tanto sufrió, reabriéndose en su corazón profundas heridas. Parecía que había vuelto ese terrible pasado. Ya no habría más salidas a jugar al jardín; de un soplo se acabaron los paseos por el parque, las tardes a los pies de don Nacho, los domingos viendo las estrellas hasta el amanecer, el despertar sobre el pecho del amo orgulloso; se acabaron los mimos y las atenciones. Se había acabado la felicidad de Bernardo. Ahora era invisible, sin amor de nuevo. La inmensa tristeza que envolvía al pobre perro, al percibir la cruel realidad que ahora parecía rodearle, le hizo aullar con fuerza. Lo hizo bajo una fuerte inspiración que terminó contagiando a todos los que le acompañaban en ese momento en aquella fría perrera, viendo cómo cada una de las caritas aplastadas contra las rejas de cada jaula, acostumbradas a llorar y sufrir silenciosamente, ahora le hacían el coro. Quería volver a casa, quería buscar la correa y pasear por el jardín, la vida bella, plácida y colmada de afecto que su amo le había dado los últimos trece años, pero no era posible, pues Ignacio ya no estaba, se había ido, había muerto su amo.

Rosa E. Martínez
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