XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Dilia

sábado 9 de marzo de 2024
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Una intensa claridad despertó a Dilia en la madrugada. Era una línea de brillante luz que giraba por los bordes del techo de su dormitorio, pero cuando se incorporó y se la quedó mirando, desapareció por la cerradura de la ventana. No pudo seguir durmiendo al no hallarle explicación al fenómeno, así que esperó alerta a que amaneciera para intentar averiguarlo. Vivía con su madre y una hermana menor, y al encontrarlas en el pasillo muy temprano esa mañana, les dijo que enseguida volvería, sin comentarles nada para no preocuparlas. Se dirigió a un centro de atención ciudadana, pero su sorpresa fue mayor al enterarse de que ya habían recibido consultas iguales, con el agravante de que incluso habían reportado la desaparición de algunos familiares. Descorazonada regresó al hogar, encontrándolo sin madre y sin hermana. Quiso conservar la calma y esperar por si habían salido a efectuar alguna compra, a sabiendas de que esa era una remota posibilidad. En efecto, llegó la tarde y aún no habían regresado, y antes de que anocheciera se acercó a la estación de policía más cercana. Allí también había denuncias de dos personas desaparecidas. Entonces se dispuso a pasar la noche en ese sitio, pues no tenía ánimo ni valor para retornar, y consideró que ahí estaría más protegida. Apenas amaneció volvió al hogar, donde madre y hermana, muy angustiadas, la estaban esperando porque ella había pasado la noche afuera sin haberlas avisado. Dilia sintió que la confusión la sobrepasaba, pero optó por callar hasta no encontrar un mínimo de coherencia lógica en lo que estaba sucediendo, así que les pidió disculpas, y les dijo que había salido muy deprisa donde una amiga que presentaba una emergencia y necesitaba su ayuda. Poco después, por la conversación que sostenía la madre con la hija, Dilia comprendió que en ningún momento se habían ausentado de la casa el día anterior. Comentaban sobre la potente luz que las había impactado estando en el pequeño patio interior de la casa, donde era imposible que llegaran los rayos del sol. Al instante una idea cruzó por la mente de Dilia: esa extraña luz había sido tan intensa que las invisibilizó temporalmente y les detuvo todas sus facultades, volviendo a la normalidad una vez extinguido el penetrante efecto luminoso. Y para corroborarlo fue de nuevo a la misma estación de policía, donde le informaron que las personas desaparecidas, inexplicablemente ya estaban en sus respectivas moradas. Ahora, afianzada en su convicción, le contó a la familia lo que en realidad había acontecido, agregando que si la luz que había aparecido en su habitación se hubiese posado sobre ella, igualmente la hubiera vuelto invisible durante muchas horas. Entonces acordaron estar muy atentas de ahora en adelante, y sobre todo, permanecer siempre juntas.

Habían transcurrido algunos días sin que se observara otro episodio particular, cuando una noche Dilia despertó viendo la misma franja de luz recorriendo los bordes del techado, pero aunque se la quedó mirando fijamente como la primera vez, no se escurrió por la cerradura de la ventana, sino que se fue concentrando en un solo punto frente a ella, transformándose de inmediato en una figura andrógina de espectacular hermosura que le sonrió con amabilidad. Dilia no pudo discernir qué la impactada más, si la aparición en sí misma o la extraordinaria belleza que ostentaba. Ella siempre había imaginado a un ser de procedencia exógena como algo extraño, diferente y feo, mas nunca como la fantástica figura que tenía delante, la cual le dijo que no había sido su intención causarle daño ni preocupación, ni tampoco a sus familiares. Dilia escuchaba sin saber si oía palabras, o si la figura le hablaba a su imaginación, pero fuera como fuera, ella la escucharía hasta el final. La extraña presencia continuó afirmando que su luz y la de los de su nivel era demasiado poderosa para que la fragilidad del cuerpo humano pudiera resistirla, por eso el cuerpo perdía su especificidad durante cierto tiempo, volviendo a recobrarla al desvanecerse el fuerte impacto luminoso. Y continuó diciéndole que ellos no podían causar verdadero daño pues eran sólo luz itinerante en el espacio, y llegaban a cualquier parte sin ninguna planificación; también le dijo que hacía incontables eones de tiempo ellos habían pertenecido a ese lugar, pero la progresiva evolución espiritual tras el exterminio físico los había llevado al nivel donde se hallaban ahora, a la espera de fundirse con el todo infinito de la divinidad, pero que aún eran “eidos”, cuya esencia estaba constituida por ondas de luz. Aquí Dilia, ya más sosegada, osó preguntarle si a ella le sucedería lo mismo, obteniendo como respuesta que nadie podía escapar a ese destino, pues una vez terminado el ciclo vital, simultáneamente una suave corriente de luz emanaba del cuerpo, cuya intensidad dependía del grado de rectitud que hubiera observado en su existencia, e iba a introducirse en el nivel espiritual que le correspondiera. Dilia intervino nuevamente para saber cómo se podía obtener un grado de excelsitud aquí en la tierra, si la vida era tan breve, plagada de errores e imperfecciones, y la muerte llegaba muy pronto interrumpiendo el proceso. La exquisita presencia luminosa le contestó que la individualidad era sólo aparente, circunstancial y pasajera, pues lo que contaba era el progreso espiritual en su conjunto; los niveles espirituales de luz iban ascendiendo tras el empuje de los niveles inmediatamente inferiores, en un avance indetenible hasta alcanzar la plenitud eterna. Era como una alta marea espiritual repitiendo siempre el mismo ciclo. Concluyó diciéndole que la difundida creencia en el infierno, purgatorio y paraíso era una manera distorsionada de interpretar el real itinerario del espíritu, por eso con propiedad le ofrecía la explicación con absoluta certeza y racionalidad. Dilia, conmocionada por esa preciosa revelación que le suministraba la resplandeciente figura, intentó acercársele para demostrarle su agradecimiento, pero al instante volvió a ser la franja de luz, y se esfumó por el cerrojo de la ventana.

Dilia ya no volvió a ser la misma de antes. Esa aparición colmada de amor y sabiduría le señaló un nuevo camino. Alguna vez volvió a aparecer la luminosa franja recorriendo la parte superior de su habitación, pero ella continuó durmiendo serenamente, pues ahora poseía un conocimiento que la mantenía en un estado de conciencia de mayor elevación, y en paz.

Thaís Badaracco Febres C.
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