Ella le prometió que vendría con la tarde, pero era ya la hora y la tarde no llegaba.
¿Por qué esta inexplicable demora?, se preguntaba Tarquinio sorprendido. Y proseguía:
—¿Qué le puede pasar a un fragmento del día, si el tiempo no admite ataduras? La libertad es su esencia; nada puede interferir en su trayecto; ¡es preciso, eterno, perfecto!
Y Tarquinio continuaba esperando, pero la tarde no llegaba. Pensó entonces que tampoco vendría la que le robó la calma dejándole sólo un endeble simulacro de existencia. La preocupación y la ansiedad lo desbordaban. Se levantó, dio algunas vueltas a su alrededor; se asomó a la ventana queriendo vislumbrar una señal vespertina, mas en vano; sólo el mismo amarillo intenso coloreándolo todo. Volvió a arrellanarse en la poltrona; apoyó la cabeza entre las manos, pero no resistió mucho en esa posición y de nuevo se puso en movimiento. No le hallaba explicación a ese retardo. De improviso, un punto centelleante iluminó su imaginación: la causa de la demora seguramente residía en el macrocosmos; algo debió suceder en la galaxia para que se produjera esa alteración. Quizás los planetas, hastiados, boicotearon su sempiterno orbitaje y esto incidió en la regular expansión solar, pero al asomarse de nuevo a la ventana y ver que nada había cambiado, sólo el mismo sol esparciendo sus tórridos rayos, tuvo que descartar su esperanzadora idea, mientras se sumía en una inquietud mayor. Tomó un libro de la biblioteca, finalizó su lectura y la tarde aún no llegaba. Caminó unos pasos más y su mirada recayó en una incitante botella de vino; entonces se dispuso a beber algunas copas. Quedó deslumbrado con la magia del licor. A la segunda copa divisó unos tenues filamentos trepidantes adheridos al cristal, mientras él se sumía en una calma repentina y pensó: qué milagroso intercambio; ¡los hilos de mi angustia afuera, y yo disfrutando de un sosiego interno redentor! A la cuarta copa cayó rendido en el sofá y soñó que la esperada tarde había llegado, sin traerle lo que tanto añoraba. Pero no se dio por vencido. Extendió un poderoso par de alas que tenía replegadas y salió en su busca. Primero se dirigió a las nubes y una a una las fue desmadejando, por si se había refugiado en alguno de sus mechones blancos. Continuó volando por insondables espacios plagados de ángeles fluorescentes, y regresó luego para desplazarse sobre apacibles llanuras e intrincadas selvas, sobre desiertos y elevadas montañas, hasta que se halló sobrevolando por la azul inmensidad de los océanos; sobre idílicas playas y archipiélagos, y en una hermosa y resguardada bahía divisó plácidamente tendida en la arena a la figura que estaba buscando.
Hacia allí se dirigió al instante pero, ya a punto de llegar, súbitamente despertó, constatando que la tarde tan intensamente anhelada ya había pasado, y sólo quedaban sus últimos rayos desteñidos prontos a diluirse en el corvino mar de la noche.
Desconsolado, corrió hacia la puerta y, al abrirla, vio una cajita a sus pies. La recogió y, con tribulación, leyó el pequeño boleto en su interior: “Vine y tú no estabas. Volveré otra tarde como esta”.
Aquí, Tarquinio se hundió en una tristeza abismal, pues comprendió que una tarde como esa nunca más volvería.
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