XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Mi querido baúl

martes 14 de mayo de 2024
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Una tía de mi padre, Virginia, vino a pasarse unos días en nuestro hogar. Residía en Camuna, alegre ciudad atravesada por un límpido río, situada frente al mar Caribe, al oriente del país. No la conocía, pues la distancia que nos separaba era considerable, pero enseguida quedé cautivada con su buen humor y locuacidad. Yo tenía cinco años, y me encantaron los cuentos que me narró durante su permanencia. Mi madre lo hacía de manera monótona, sin imprimirle variaciones de emoción a la voz; en cambio, la tía Virginia me colocaba de inmediato en la escena del cuento, haciéndome participar de la suntuosa vida de las princesas; del temor de indefensos animalitos del bosque ante las asechanzas del depredador, incluso, podía deslizarme mágicamente sobre los colores del arco iris en busca del fantástico tesoro al otro extremo, o juguetear feliz con las estrellas. Pero algo que me dijo la víspera de su partida me emocionó aún más, e hizo latir de ansiedad mi pequeño corazón. Me dijo que en Camuna tenía un baúl repleto de juguetes; de cuentos ilustrados; de cuadernos de dibujo con cajas de creyones; una reluciente pelota de goma y una preciosa muñeca, casi de mi tamaño, así me dijo, vestida con tules y organdí, y con una diadema de perlas en su rubia cabellera. Me prometió que apenas llegara a Camuna me enviaría el apetecido baúl. Después de dos semanas de su partida, cada vez que tocaban a la puerta corría hacia allí segura de que el baúl había llegado. Y así fueron pasando las semanas y los meses, pero el baúl nunca llegó. Los dos primeros años sentí una profunda tristeza por algo que excitó mi fantasía de niña y nunca se materializó. Me dolía pensar que la tía Virginia se hubiese valido de la inocencia de mi corta edad para ilusionarme con algo que sólo estuvo en su imaginación, como un cuento más. Ahora, yo tenía diecisiete años, a punto de culminar el bachillerato, y durante las vacaciones mi padre me pidió que lo acompañara a Camuna, pues debía ir allá por motivos de trabajo, agregando que así volveríamos a ver a la tía Virginia. Con agrado acepté porque deseaba conocer la patria chica de mi padre y su renombrada casa familiar.

La enorme casa destacaba en toda su amplitud. Ocupaba casi toda la cuadra, frente a una plaza en cuyo centro se erguía el busto de un afamado médico.

Partimos y, luego de dos días transitando por maltrechas carreteras, pernoctando en un desguarnecido caserío, llegamos a la hermosa ciudad. Anochecía, pero la enorme casa destacaba en toda su amplitud. Ocupaba casi toda la cuadra, frente a una plaza en cuyo centro se erguía el busto de un afamado médico, humanista y literato del lugar. Mi padre, de una humildad y sencillez sin medida, nunca me dijo que ese era su padre, es decir, mi abuelo. Lo averigüé por mi cuenta estando allí. La tía Virginia nos salió al encuentro. Se sorprendió, como era de esperar, de mi nuevo semblante, muy diferente al de la niña de cinco años que había conocido. Yo, en cambio, la encontré igual, con la misma peineta atajándole igual moño, y sin parar de reír y hablar. Nos condujo al interior de la casa, y mi asombro fue aún mayor al hallarme ante la imponencia de su estructura colonial. Dos extensos corredores laterales se prolongaban hacia el fondo, imposible de entrever por la distancia y la oscuridad. En el medio, a cielo abierto, una antigua fuente arquitectónica, rodeada de árboles de jobo, cerezas y granadas, y bordeando el resto del inmenso patio, matas de cayena y jazmín. Sólo al día siguiente pude conocer la enorme casa en todos sus detalles y extensión. Los tres días que permanecí allí estuvieron marcados por sorpresas cautivantes, a comenzar por la historia de mi abuelo. Sabía que se había volcado con ahínco en el desempeño de su profesión, sobre todo en pro de los más desposeídos, pero ignoraba su notoriedad en la vida cultural de la ciudad y su formidable erudición, basada en la filología clásica y en la constante lectura de obras en griego y en latín. La tía Virginia me informó de todo esto, y para demostrármelo me llevó a la parte de la casa donde se conservaba su monumental biblioteca. En ese momento me sobrecogió un reverente silencio por ese ser prominente y valioso, y lamenté no haberlo conocido, pero falleció un año antes de que yo naciera. De ahí, la tía Virginia me llevó a su amplia habitación, donde había un sinfín de curiosos objetos esparcidos sin observar un orden particular y, en un rincón, un desvencijado baúl. No tuve que esforzarme mucho para constatar que ese era el baúl prometido, pero vacío, pues la tía Virginia lo había llenado aquella vez con los más variados y atractivos juguetes que cruzaron por su imaginación, sin considerar el daño que me infligiría al no cumplir su promesa. Allí me detuve unos instantes conmovida y con un profundo sentimiento de añoranza que no pude contener. La tía Virginia, a mi lado, ni se percató de mi turbación; entonces tuve la convicción de que no recordaba nada de aquella promesa de mi infancia. Otro motivo de sobresalto fue cuando al otro día me dijo que me preparara, pues iríamos a bañarnos en el río. Me emocioné. Quería conocer ese río lleno de historia, de encanto y seducción, que partía a la ciudad en dos. Una vez pronta me senté junto a la puerta principal a la espera, pero me sorprendí cuando la tía Virginia me llamó desde el patio interior y, sin proferir palabra, me condujo hasta el fondo de la casa. Había allí un robusto portón, tan ancho como el de la entrada. Lo abrió con cautela diciéndome que ya podíamos sumergirnos en el río. Quedé estupefacta. ¿Así que el majestuoso río que atravesaba imponente la ciudad, con su lomo tremulante y dorado, era el mismo que ahora discurría manso ante mis ojos por la parte trasera de la casa? ¡Fue esa una visión alucinante!

Observé a algunas personas que ya estaban adentro, y consideré que para ellas ese sería un baño de rutina, pero lo que yo sentí al entrar en esas cálidas aguas fue algo diferente; como si me estuviera diluyendo poco a poco, y sólo quedara flotando una indescriptible sensación de bienestar, o tal vez como si hubiera penetrado en una mítica fuente griega de ambrosía. Desconectada del mundo, quizás cuánto hubiera permanecido en ese idílico estado, pero de allí a poco la tía Virginia me recordó que debíamos regresar, pues ese día tenía que atender a su clientela. Sin saber a qué se refería, con todo mi pesar salí de mis mágicas aguas, y a lo largo del vasto corredor me fue contando que ella podía leer en las manos de las personas lo que el futuro inmediato les tenía reservado; por eso era tan solicitada. Por mi parte, con la experiencia que tenía de su prolífica labia e imaginación, estimé que ese podía ser otro raptus de su fantasía, pero al llegar, varias personas la estaban esperando, y enseguida se dio a su labor. Quise, entonces, saber cuán acertada era en sus vaticinios, y lo consulté con las personas que aguardaban. Todas coincidieron en concederle la mayor confianza y credibilidad, y en su apoyo, me narraron dos episodios clamorosos que confirmaban su talento.

A todos les dijo lo mismo: que no partieran, que pospusieran el viaje, pues veía en sus palmas una bola de fuego que no era de buen augurio.

Uno ocurrió durante las últimas vacaciones estivales, cuando se hallaban en Camuna los integrantes del Orfeón Universitario de la capital, y por simple curiosidad, la víspera de su retorno vinieron donde la tía Virginia para que les leyera la mano. A todos les dijo lo mismo: que no partieran, que pospusieran el viaje, pues veía en sus palmas una bola de fuego que no era de buen augurio. Pero partieron, y por supuesto que no llegaron a destino, porque el avión inexplicablemente explotó en el aire a poco de haber despegado. Yo sabía de esa terrible tragedia, pues pronto se difundió por todo el país, mas lejos estaba de imaginar que estuvo precedida por la milagrosa, aunque del todo inútil, advertencia de la tía Virginia.

El otro caso relevante fue el de una madre en el colmo de la aflicción que se presentó donde la tía Virginia para que le dijera si su pequeña hija sobreviviría a una delicada enfermedad que recién le habían diagnosticado. Me contaron que la tía Virginia escudriñó durante largo rato la mano de la mujer, y al final le dijo que sólo veía un nudo flojo en su palma, por lo que le aconsejaba que solicitara la repetición de los análisis de la niña. Cuando la señora obtuvo los nuevos resultados, no arrojaron ningún signo de preocupación y la niña fue dada de alta enseguida. En el hospital habían confundido los exámenes. La señora, exultante, le llevó un hermoso ramillete de flores a la tía Virginia en agradecimiento. Ante esto, consideré que la tía Virginia realmente poseía una admirable inventiva e intuición que aplicaba al bien de los demás, sólo que en mi caso, con la historia de aquel anhelado baúl, no lograba comprender por qué me había ilusionado de esa desdichada manera. Decidí, entonces, sepultar de una vez por todas ese doloroso episodio entre los recios pliegues del pasado. Cuando hubo terminado su trabajo, le pedí que me leyera la mano a mí también, pero quizás por hallarse excesivamente cansada, pronunció de prisa algunas lenguaradas que a mala pena pude entender, aunque una cosa sí capté con nitidez: que estudiaría Ciencias Políticas cuando ingresara en la universidad. Y llegó el momento de nuestro retorno. Abracé a la tía Virginia con cariño y gratitud, mientras ella me susurraba al oído que muy pronto me enviaría un baúl con una agradable sorpresa. No pude menos que sonreír con evidente escepticismo, sin responderle nada. A los pocos días de haber llegado a nuestra casa, luego de un calamitoso viaje que duró más de lo previsto, me llegó un flamante baúl. Lo abrí con emoción y mucha curiosidad, y allí estaban los libros preferidos del abuelo; los cimientos de la cultura latina y la dramaturgia helénica, junto con una abultada carpeta con sus principales escritos y discursos. Quise que este baúl me resarciera del dolor causado por el otro baúl inexistente de mis cinco años, pero tuve que admitir que era un vano intento: cada suceso, con sus respectivas resonancias e implicaciones, queda tatuado para siempre en la memoria, en el tiempo que le fue asignado.

Finalizada la secundaria, les comuniqué a mis padres el deseo de estudiar en una universidad italiana, precisamente en Pisa, pues allí residían unos buenos amigos suyos, oriundos de esa entrañable ciudad toscana. Así se concretó mi vivificante viaje, y luego de interminables días de travesía marítima, llegué a mi nuevo destino. Cuando procedí a inscribirme en la facultad de medicina, que era lo que deseaba estudiar, seguramente inspirada por mi abuelo, hallé tantas trabas por los documentos requeridos que opté por otra carrera de mayor accesibilidad en el momento, la carrera de Ciencias Políticas, también de mi agrado. Al firmar la inscripción en esta nueva facultad, unas palabras resonaron diáfanas en mis oídos: las palabras de la tía Virginia formulándome su premonición. Desde allí, conmovida, le envié un sentido recuerdo y mi más genuina admiración.

Thaís Badaracco Febres C.
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