Siempre me encantaron los animales. Por eso, en mi adolescencia, la abuela me obsequió una gata. Fue un bello presente. Sigo pensando lo mismo, sin importar cuánto tiempo ha pasado.
El año en que mi abuela me dio a Ruth, mamá y mi padrastro tenían problemas con los vecinos de arriba. Y no sin razón: lanzaban medias, calzones, comida, hasta compresas sanitarias por la ventana. Un día, mamá puso en el tendedero una toalla carísima y, después de preguntarnos por qué Ruth estuvo tan inquieta en la madrugada, advertimos que la pieza había sido convertida en cenizas. Fue quemada por una colilla de cigarro que arrojó uno de esos vecinos. Por supuesto, mamá compró otra, mas ese no es el tema de esta historia.
Dicen que los gatos son intuitivos, sensibles. Por tal motivo, la abuela comentó que son los compañeros ideales de personas como yo. Cuando tuvimos que mudarnos, tanto a Ruth como a mí se nos dificultó adaptarnos al nuevo apartamento, que era agradable, pero vivimos por mucho tiempo en el anterior. Igualmente, sin importar cuánto me haya negado, me percaté de que mamá se encontraba en lo cierto: debíamos irnos, los cuatro, a una zona mejor y sin vecinos peligrosos. Además de quemar la toalla, tirar prendas íntimas, esparcir humo de marihuana y vomitar por la ventana, los vecinos de arriba jugaban con fuerzas que ni quiero imaginar.
Hubo confrontaciones con los de arriba. Denuncias, gritos, insultos, etcétera. De repente, mamá y yo empezamos a percibir cosas extrañas. Ruth también. A veces, no deseaba entrar a partes específicas de la casa, el cuarto de mi hermano, por ejemplo. Y, cuando estábamos en mi dormitorio, llegaba un momento en que miraba la puerta. Se acercaba a mí y se sentaba en mi regazo. No despegaba los ojos del umbral. Opino, en la actualidad, que me protegía de lo que sea que estuviera observándonos.
Meses después, notamos que Ruth no volvió a acercarse al cuarto de mi hermano. Entonces, mamá y yo tuvimos la misma certeza: algo la asustó. Además, vimos una figura rara allí. Y me di cuenta de que, tiempo atrás, Ruth miraba hacia el armario cuando dormía en ese lugar.
Mientras escribo esto, Ruth se encuentra a mi lado. Me pregunto qué habrá pillado en ese punto del dormitorio del antiguo apartamento aquella noche. ¿Y cuando se quedaba sola en la sala? ¿Qué vio? Incluso había tardes en que ella, con una alterada dulzura, impedía que mamá abriera la puerta principal.
—No la abras —le dije por la reacción de Ruth—. Te lo está advirtiendo.
Mamá también sabía. Por lo tanto, le puso doble seguro a la puerta.
Pasaron algunos eventos extraños más, pero el que me convenció, definitivamente, de que debíamos mudarnos, consistió en lo siguiente: Ruth permaneció en su cama de la cocina; mi padrastro en la sala. Mamá y yo fuimos a descansar. En medio de la noche, notamos que la puerta de mi habitación se abrió. Las dos juramos que era el hombre. Ella se levantó para ver qué quería, pero descubrió que mi padrastro se encontraba dormido y Ruth igual.
Cuando mamá me contó eso, creí que era hora de aceptar que, lo que sea que había abierto la puerta, fue un envío de los vecinos de arriba. Y me acordé de la casa de mi abuela, donde aparecían criaturas y sombras que no eran de este mundo. Me negué a soportar una situación semejante.
Entonces, nos mudamos. Y estamos mucho mejor. Ruth ya no se pone alerta. A mí me quitaron un peso de encima. Sólo sigo pensando en qué fue lo que vio durante esas noches en que prefirió no dormir con nosotras en el viejo apartamento. Y si a los vecinos de arriba les habrán explicado que jugar con esas fuerzas conlleva pagar un alto precio. Muchos enigmas, pocas respuestas.
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