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Numa y Rigo

martes 11 de junio de 2024
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A las cuatro de cada tarde, como si tuvieran un reloj debajo del ala, una bandada de periquitos silvestres pasaba muy cerca del salón de clases de Numa e iban a introducirse en las frondosas ramas de un caobo, no muy lejos de allí. Numa cursaba el último año de educación primaria, tenía doce años de edad y la expectativa por el paso del bullicioso parloteo de los periquitos lo ponía en un particular estado de aprensión. Con disimulo los saludaba cuando al fin llegaban, moviendo su pequeña manita, pero, por más precaución que hubiera observado, ya la maestra había advertido la distracción que esto le causaba al pequeño alumno, y lo cambió a otro puesto, bastante retirado de la ventana. Pocos días después regresaba Numa del colegio y, al entrar al patio de su casa, un siseo reclamó su atención. En una rama del árbol de níspero se hallaba un periquito que lo saludaba con su alita extendida. Numa se fue acercando pausadamente y, al encontrarse enfrente, el periquito le dijo que se llamaba Rigo y que había venido a visitarlo, pues no lo había visto más cuando pasaba por la ventana del colegio al retornar de sus diarias andanzas. Numa, asombrado, le preguntó por qué hablaba como las personas si era sólo un pajarito, y si ellos podían hablar entre sí. Rigo, igualmente sorprendido, le contestó que era la primera vez que lo hacía, quizás por el intenso deseo de conversar con él, y que sus compañeritos no deberían saberlo, pues enseguida lo excluirían de la bandada. También le dijo que todas las tardes él veía su saludo y le respondía, pero era imposible que lo distinguiera entre tantas alas en continua agitación. Numa, encantado, le dijo su nombre y se congratuló con él por el nuevo don adquirido, mientras le confesaba que él no había tenido igual suerte con su vehemente deseo de volar. Quería volar como un pájaro, conocer otros lugares, sentir cómo el aire puro y la libertad entraban a raudales en sus pulmones, pero la máxima altura que conseguía era la que le permitía su más osado salto, volviendo a caer muy pronto en el aplastante y aburrido suelo.

Rigo entonces le replicó que había que aceptar cada forma y manifestación de la naturaleza, pues no era posible cambiar la propia. Cada una tenía sus lados hermosos y terribles. Que ellos, por ejemplo, a pesar de poder desplazarse libremente por el espacio, continuamente debían escapar de otras aves mayores y depredadoras que estaban al acecho para poner fin a sus vidas, y continuó diciendo que él sabía que los humanos también se agredían y exterminaban unos a otros, pero que contaban al mismo tiempo, a manera de compensación, con dos fuentes inagotables de poder que les permitían revertir cualquier situación angustiosa y deplorable en otra de bienaventuranza y paz.

Eran la capacidad de dar y recibir amor, y el poder de la imaginación. Numa escuchó atentamente lo que Rigo aseveraba, pero antes de poder emitir algún comentario, el periquito le dijo que ya debía marcharse para que en el árbol sus compañeros no notaran su ausencia, y le prometió que muy pronto volvería.

 

En vano esperó Numa ansiosamente que Rigo retornara, pero después de muchas noches, ya a punto de quedarse dormido, llegó el periquito y se introdujo en sus sueños, diciéndole que lo acompañaría en un maravilloso viaje a un sitio muy lejano, pero aclarándole que en esos mágicos vuelos la distancia no importaba, pues sólo bastaba con desearlo para estar ya en el lugar escogido.

Así, se encontraron en un vasto desierto con tres voluminosas pirámides, como si en vez de árboles, imposibles allí, hubieran brotado de la tierra. Sol abrasador y arena las cubrían. Permanecieron contemplando esas particulares construcciones nunca vistas, cuando a sus espaldas oyeron un lejano rumor, como de piedras que rodaban sin cesar. Se voltearon y distinguieron otra desconcertante estructura que los atrajo con irresistible curiosidad, y hacia allí se dirigieron. Se encontraron ante un imponente bloque de piedra caliza con cabeza humana y cuerpo de león. Era la famosa esfinge de tiempos del faraón Kefrén, la cual emitía una abrumadora queja. Numa y Rigo de un salto se posaron en la espalda de la esfinge y escucharon claramente su plañido. Se lamentaba de la gran injusticia cometida con ella al haberla conformado un híbrido entre ser humano y animal; así, mientras su cabeza ansiaba un cuerpo humano para obtener su perfecta armonía, su cuerpo de león pugnaba por manifestar su enorme fuerza e ir a introducirse en el convulsionado mundo salvaje natural. En cambio, allí yacía en esa penosa inmovilidad que, después de cinco mil años, ya tenía cariz de eternidad. Callaba por poco tiempo y recomenzaba con su sempiterna congoja. Entonces Rigo le dio a entender a Numa que debían retirarse de allí. En breve ya estaban en otro sitio donde, por el contrario, lo que imperaba era el movimiento y el incesante cambio. Se llamaba Bahía Encantada, por la profusión de suaves olas multicolores, cuyos matices se sucedían unos tras otros, y al desfallecer en la orilla, se transformaban en diminutas piedras preciosas según el color que tuvieran en ese momento, Así, si la ola era cristalina, dejaba innumerables trocitos de fulgurantes diamantes; si era verde, diminutas y purísimas esmeraldas; y si roja, encendidos rubíes, y topacios, amatistas y zafiros, cuando la ola tomaba esos respectivos colores, conformando en la playa un tesoro de incalculable valor e indescriptible belleza. Los frutos de los cocoteros también eran espectaculares: pequeños y macizos globos de oro que resplandecían como minúsculos soles. Finalmente, la blanca arena era tan suave al hollarla que parecía de seda y algodón. Numa y Rigo, impactados por tantas y policromas estampas, se tumbaron en la arena y se quedaron dormidos. Al despertar, Numa se encontró en su acolchada cama, y divisó un puñadito de plumitas verdes que se alejaba.

 

Pocos días después volvió Rigo para acompañar a Numa en otro fantástico vuelo nocturno. Atravesaban por un opimo olivar disfrutando de tanto lozano verdor, cuando divisaron a un pastor de inmaculada bata blanca sentado en una piedra bajo un frondoso olivo, quien al verlos los saludó con desbordado entusiasmo.

—Numa, Rigo, cuánto placer tenerlos aquí, los estaba esperando —dijo.

Numa, estupefacto, le preguntó por qué sabía sus nombres si no se conocían, y él le contestó con mucha dulzura que era el pastor que conocía a todas sus ovejas, pues antes de venir a la tierra ya habían estado en su corazón. Numa, aún más desconcertado, lo miró fijo a los ojos y se encontró con un destello de luz y amor que le cimbró todo su pequeño cuerpo e hizo que se arrodillara y apoyara su frente en las piernas del pastor, cosa que igualmente hizo Rigo, inclinando su copetico verde en señal de respeto y obediencia. Así permanecieron algún tiempo, sintiendo cómo el pastor les acariciaba sus pequeñas cabezas con indecibles delicadeza y ternura. Y, lo mismo que la vez anterior, antes de abrir nuevamente los ojos Numa vio a lo lejos un manojito de plumitas verdes, y comprendió que el viaje mágico de esa noche había llegado a su final. Lleno de entusiasmo y sosiego, Numa se preparó para su diaria actividad estudiantil. Esa misma tarde, al volver a su casa, Numa encontró a Rigo esperándolo en la sólita rama del níspero, y una vez juntos le dijo a su amigo que había venido porque deseaba conversar con él en el terreno de la realidad, no en el de las ensoñaciones nocturnas. Le recordó el primer encuentro que tuvieron, cuando le manifestó su pesar y frustración por no poder volar, y que ahora quería volver sobre ese punto, pues él consideraba que la obra de creación era tan perfecta que donde aparentemente había una carencia, de alguna manera existía su acertada enmienda. Así, si él no podía volar porque su configuración humana se lo impedía, poseía la capacidad de soñar, y en sus sueños podía incluso vencer el tiempo y la distancia, que ni el más potente par de alas se lo hubiera permitido.

En cuanto a él mismo, continuó diciendo Rigo, había comprobado que en ciertas circunstancias, cuando la intensidad de un deseo era tal que rompía su propio molde, se convertía en un punto de refulgente realidad. Por supuesto, siempre que lo deseado no fuera un desvarío. Él podía dar constancia de ello, pues tanto había anhelado comunicarse con un niño bueno, que cuando lo tuvo delante las palabras dimanaron espontáneas de su pico, facultad no concedida a sus demás compañeros. Numa asintió con lo que acertadamente aseveraba el periquito; le agradeció su compañía y el interesante rumbo que le daba a sus sueños, pero le propuso que también lo llevara al futuro. Aquí Rigo, contundente, le replicó que únicamente podía acompañarlo al pasado, por muy remoto que fuera, y por supuesto a diferentes episodios del presente, pero nunca al futuro, pues esa sería una fatua adivinación; el futuro, como entidad compacta y acabada, pasible de ser desvelada prematuramente, no existía. El futuro, agregó Rigo, era sólo un tierno proyecto cuyas semillas se hundían en el pasado e iban germinando día tras día en el presente para dar paso a los primeros brotes del futuro, y diciendo esto dio por finalizado el coloquio, pues le había llegado el momento de partir.

 

Tres noches después, ya Numa dispuesto a dormir, se presentó Rigo nuevamente y le dijo que irían a presenciar un espectáculo bastante crudo de muchos siglos atrás, producto del atraso y sordidez del hombre, y al instante hacían entrada al Coliseo romano, donde dos recios gladiadores se enfrentaban en una lucha a muerte, sosteniendo en sus manos las armas defensivas de rigor: daga, escudo y el yelmo protegiéndoles cabeza y cara. Luego de recíprocos escarceos, inusitadas piruetas e infinidad de giros tácticos eludiendo el ataque contrario, uno cayó mortalmente herido por la profunda incisión en su vientre de la afilada daga del contendor. Miles de espectadores se levantaron de sus gradas ovacionando al vencedor; incluso el mismo emperador se puso de pie, pero cuando dijeron el nombre del gladiador caído, el ovacionado le extrajo la daga del cuerpo y se la clavó con decisión en su propio vientre, cayéndole al lado y tomándole la mano antes de fallecer. Era su hermano.

 

Intensamente conmocionados abandonaron el anfiteatro, y Numa le expresó a Rigo su deseo de volver al sitio donde habían encontrado al pastor la vez pasada. Al momento ya estaban en el mismo fértil olivar, constatando con tristeza que no se hallaba el pastor. Se fueron aproximando a la piedra y sólo había una cruz de madera apoyada al tronco del olivo. Acongojado, Numa se arrodilló, con Rigo a su lado, mas súbito del centro de la cruz emanó una luz incandescente que poco a poco fue tomando figura de ángel, el cual les dijo:

—Nuestro amado pastor subió a su reino divino, y me envía a decirles que siempre estarán bajo su santa protección aquí en la tierra, hasta que vuelvan a encontrarse, y por siempre permanecerán unidos —y enseguida se desvaneció.

Numa se despertó esta vez con la absoluta convicción de que ese había sido más que un sueño. Era la sagrada premonición de que los pasos de su vida deberían estar dirigidos hacia ese último y perdurable encuentro.

Esa tarde Rigo esperaba a Numa en la rama del árbol de níspero, y apenas llegó le dijo al amigo que había venido a despedirse, pues debido a la inminente llegada del invierno esa misma noche emigraría con todos sus compañeros a las tierras cálidas a donde cada año se trasladaban eludiendo el intenso frío, pero que en cuanto regresara vendría a buscarlo. Si Rigo hubiese tenido brazos o Numa plumas, allí mismo se hubieran dado un abrazo eterno.

Días después, Numa y su familia se mudaban a una ciudad distante donde su padre emprendería una nueva actividad laboral, y tuvo que admitir, infinitamente entristecido, que ahora Rigo ya no lo volvería a encontrar. Finalizaba así la mágica amistad entre un niño excepcional y un periquito diferente.

Thaís Badaracco Febres C.
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