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Extraño trayecto

jueves 13 de junio de 2024
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—¿Hacia dónde viaja el señor?
—No lo sé —respondí—. Sólo quiero irme de aquí.
Partir siempre, salir de aquí: sólo así puedo alcanzar mi meta.
—¿Conoce, pues, su meta? —preguntó él.
—Sí —contesté—. Lo he dicho ya. Salir de aquí, ésa es mi meta.
Franz Kafka, “La partida”.

I

Agité mis brazos y abrí y cerré los ojos intentando despojarme de los restos brumosos de la ominosa pesadilla. Semidormido, busqué a través de la ventana una señal que me permitiera saber dónde me encontraba. Una penumbra de paisajes cambiantes y luces huidizas provenían de un imprevisto exterior que no lograba reconocer.

Identifiqué el rítmico movimiento familiar de un tren que con agudos silbidos cruzaba extensos campos yermos. Del bolsillo de mi chaqueta asomaba un pasaje con destino a Mar del Plata. Respiré aliviado por la certidumbre de saber dónde me encontraba y hacia dónde iba. Pero al advertir que no había salido de la ciudad este último tiempo y que no tenía por costumbre viajar en tren, un incontenible estremecimiento recorrió mi cuerpo. Además, otro detalle hondamente perturbador: yo era el único pasajero de ese vagón.

Desconcertado, forcé las más recientes escenas de mi memoria buscando una causa lógica al suceso de encontrarme en un lugar inesperado. En el intento de lograr una respuesta que se ajustase a una explicación inteligible y simple, lo último que recordé fue una llamada telefónica a Luisa la noche previa a encontrarnos en un café cercano a la Rambla. Combinamos para ir después al teatro Luxor, donde veríamos una remake de Jorge Donn: Nijinsky, clown de Dios. En esa instancia anclaban mis recuerdos.

Las mortecinas luces del vagón se habían apagado. El exterior proyectaba la mezquina luz de una luna menguante. Hurgué en mis bolsillos buscando el encendedor para iluminarme. El tren cruzaba una zona despoblada. Me incorporé vacilante por el vaivén de la marcha, sorteando los asientos en procura de encontrar una salida hacia otro lugar. La búsqueda tuvo sus frutos: mis dedos reconocieron el pomo de una puerta a través de cuya ranura se vislumbraba una delgada línea de luz. Al acercar mi oído logré percibir un rumor de música y voces apagadas. Me tranquilizó pensar que tal vez había otras personas en el siguiente coche. La incertidumbre era incontenible; no obstante, titubeando empujé la puerta, que al abrirse me mostró un ámbito similar al anterior: oscuro, vacío, silencioso.

Quise regresar al vagón que de alguna manera me resultaba familiar. Al intentarlo, encontré la puerta herméticamente cerrada. No cabía otra alternativa que seguir adelante.

 

II

Creo haber recorrido un número infinito de vagones oscuros cuya única constante parecía ser la inexistencia de pasajeros. La soledad y el cansancio me vencían. Traspuse otra puerta decidido a descansar en el siguiente vagón. La tenue luz de una lánguida lámpara iluminaba débilmente el espacio de un coche-comedor. En una mesa yacía un libro de pequeño formato, El Baphomet, de Pierre Klossowski, una bandeja con sándwiches y una taza de café. Supuse que estos elementos pertenecían a alguien que, por algún motivo para mí desconocido, se había ausentado momentáneamente. Esperé unos minutos considerables y, al no percibir la llegada de nadie, disfruté de los sándwiches y el café y guardé el libro en uno de mis bolsillos. Luego, por temor a que entrase un camarero y me sorprendiera usurpando el lugar, decidí girar un nuevo picaporte para encontrarme con la réplica de mi trayectoria anterior.

Dominado por una gran fatiga descarté el miedo, la incertidumbre y los interrogantes y caí abatido en la primera butaca que encontré a mi paso.

Mis dudas y temores se disiparon al momento en que me volví hacia la pared del camarote para quedarme profundamente dormido.

 

III

Desperté con una molesta sensación de irrealidad. Las luces del amanecer me encontraron interrogándome sobre la extraña situación que tanto me angustiaba. Los vagones y camarotes que había recorrido estaban desiertos. Aparentemente, yo era el único y solo pasajero de ese tren fantasmal al que no recordaba haber ascendido.

En el momento que encendía mi primer cigarrillo del día, un hombre corpulento vistiendo uniforme y gorra gris ingresó abruptamente al vagón. Con un gesto de su mano me indicó que le entregara el pasaje. Al dárselo, lo interrogué acerca del día, la hora y el lugar por el que cruzaba el tren. Se señaló la garganta, movió labios y mandíbulas, pero no emitió un solo sonido. Cuando me devolvió el pasaje le hice un inútil gesto de agradecimiento con la cabeza y me limité a mirar por la ventanilla.

En la lejanía reverberaba el ladrido de un perro.

Permanecí sentado, sumergido en una inconcebible dimensión donde el concepto tiempo y espacio no tenía significado alguno.

Esperaba, impaciente, que llegara algún nuevo visitante —un vendedor de café o gaseosas u otro pasajero— que me ayudara a comprender esta situación que no se asemejaba a nada anteriormente experimentado.

La imposibilidad de comunicación con el guarda, la ausencia de pasajeros o de alguien con quien dialogar, los paisajes sombríos, desolados, que observaba por la ventanilla, y esta parodia de viaje sin sentido, me ocasionaban una intensa desazón.

Nadie llegaba.

La sombra de un pájaro dibujó su silueta en los durmientes.

La opresiva atmósfera me impulsó a caminar una vez más. En esa insensata peregrinación encontré un toilette tan impecable que parecía no haberse usado nunca. Refresqué mi rostro en el lavabo que había en un rincón y bebí con avidez el agua fresca. Me quedé con los ojos cerrados un largo rato deseando saborear un café.

Busqué un lugar cómodo donde instalarme. Otro vagón. Me senté con el libro de Klossowski entre mis manos, dispuesto a leer y así despojarme —aunque fuese brevemente—, de esta extraña dimensión que deformaba mi geografía mental. Entrecerré los ojos para concentrarme mejor en el comienzo de la lectura. Al abrirlos, descubrí frente a mí una taza de humeante café junto a una pequeña bandeja con medialunas. Me sorprendió el hallazgo. Al meditar sobre ello, deduje que alguien tenía que haber entrado mientras yo estaba con los ojos cerrados. Sin vacilar ni cuestionarme el origen o destino del inesperado desayuno, comí, bebí el café y encendí un nuevo cigarrillo.

El libro quedó en un ángulo de la mesa, postergado.

Mi angustia y desolación iban in crescendo. Además, y por primera vez desde que había comenzado nuestra singular relación, extrañaba a Luisa. Al evocarla, me sorprendieron los planos de su figura en mi mente, superponiéndose en una lenta parodia de descorporización.

Un desaliento opresivo, asfixiante, me desbordó, impulsándome a desplazarme una vez más. Recorrí otra secuencia de vagones todos desiertos, en busca de una puerta, una salida que me condujera hacia una realidad concreta, comprensible.

Sólo quería alejarme, salir de ahí, de esa abominable contradicción.

Me preguntaba si en algún momento el tren se detendría. Los vagones y camarotes que había atravesado me parecían innumerables. Al mismo tiempo pensé que tal vez estaba deambulando por los mismos lugares en una suerte de laberíntica reiteración.

Paradoja. No encontraba respuestas para salir de este intolerable túnel errático del que parecía no haber escapatoria posible.

Mientras vagaba sin interrupción en lo que parecía ser una dirección única —y acaso lo fuese—, escuché nítidamente el traqueteo del convoy. Inferí la cercanía de la locomotora.

El tren aminoró la marcha y se detuvo. Mis esfuerzos desesperados por abrir la puerta de un pasillo para descender fueron infructuosos. Las ventanillas eran un sello hermético.

Finalmente, el siniestro tren reanudó la marcha conmigo en su interior. Ignoro si alguien bajó o ascendió.

 

IV

Quise creer que acaso este viaje no existía, que era producto de mi fantasía, o bien, que estaba dormido y una pesadilla dominaba mi sueño. Pero mis sentidos latentes demostraban que estaba despierto. Ante esta insólita metamorfosis de la realidad, mi frustración rompía las fibras de una cordura que insistía en penetrar en algún lugar de mi mente. Un lugar que se negaba a ser explorado.

El atardecer declinaba.

Sentado en un nuevo coche-comedor —o tal vez fuese el mismo de la noche anterior—, con la mirada perdida, fija en el exterior, creí percibir luces a lo lejos y la forma imprecisa de un pueblo, pero la niebla que bordeaba los flancos de las vías me impedía definirlo con precisión. Si fuese un pueblo o una ciudad pequeña —pensaba—, tendría que haber una estación y allí el tren se detendría. Pero nada de eso ocurrió.

Quise retomar la lectura de El Baphomet para dejar en suspenso mi impaciente búsqueda de respuestas lógicas; al mismo tiempo y de manera imperceptible pero inminente, me invadió la sospecha de que tal vez esas difusas luces y las sombrías casas habían sido un espejismo.

Mientras intentaba aclarar mis ideas, inesperadamente, por la misma puerta que yo había franqueado, irrumpió una joven mujer de larga cabellera rubia e inquietantes ojos verdes. Un chal negro, muy amplio, caía de sus hombros.

Con una seguridad un tanto presuntuosa se sentó a mi lado sin pronunciar palabra. A esta altura del viaje yo no estaba para amabilidades, así que comencé a interrogarla bruscamente acerca de quién era, de dónde venía, dónde ascendió, al tiempo que la tomaba por los brazos y la sacudía sin delicadezas. Me miró con una tranquilidad lindante en la displicencia y dijo: “Perla”. Desconcertado, sin saber si ese era su nombre o un sustantivo dicho al azar, aflojé mis dedos y me sentí más impotente que antes de su aparición.

Traté de recomponerme. Me senté frente a ella para observarla con mayor atención. Indudablemente, era muy bonita. Un esbozo de sonrisa jugueteaba continuamente en sus rosados labios. Interiormente, me sentí reconfortado ante su presencia por la seguridad que me ofrecía la cercanía —transitoria tal vez— de otro ser humano.

Recostado en el mullido asiento me quedé dormido, sin pensamientos, pesadillas ni sobresaltos.

 

V

Cuando desperté La Extraña aún estaba frente a mí, dormida. Al recorrerla con la mirada noté que en sus facciones se habían producido unas variaciones apenas perceptibles. Si bien su rostro seguía siendo armonioso, sus rasgos lucían un tanto desdibujados. Despertó y comenzó a pronunciar algunas palabras que, a veces, se reducían a simples monosílabos en respuesta a mis preguntas. Mas no siempre me fue posible entender lo que decía.

Para mi sorpresa el tren pasó por una estación, aunque sin detenerse. Escindida la lobreguez nocturna por la luz de un incipiente amanecer, se podía sospechar la existencia de un poblado. La continuidad de la marcha no me inquietó demasiado ya que mis pensamientos se dirigían hacia otra necesidad más profunda: recuperarme de mi estado de extrema confusión. Realizando un esfuerzo mental extraordinario logré alcanzar un nivel de apacible aceptación de esta inédita realidad.

La compañía de La Extraña tenía un efecto sedante sobre mis sensibles nervios. Una sensación de placidez total se apoderó de mí y así, casi siempre en silencio, compartí el viaje con la misteriosa mujer. Una serenidad que no experimentaba desde hacía mucho tiempo me fue envolviendo. A ratos dormitaba o simplemente me quedaba con los ojos cerrados; otras veces, mis ojos deambulaban por la inmóvil figura de La Extraña. Y volvía a dormirme. Desconozco cuántas horas se sucedieron. Al llegar la noche, ella ya no estaba.

Me aferré a la esperanza de un posible —aunque improbable— regreso. A medida que las horas se esfumaban, paradójicamente, crecía un sentimiento de nostalgia por La Extraña, esa mujer a quien no había comenzado a conocer.

En tanto pensaba en la efímera y enigmática compañera de viaje, el tren redujo su velocidad hasta detenerse, esta vez sin indicios de continuar su impetuosa trayectoria.

Me acerqué a la puerta de salida dudando si ésta se abriría. Temblando, mi mano logró que el picaporte cediera al primer intento. Al pisar el andén en penumbras un viento frío fustigó mi rostro.

Caía una tenue llovizna en la noche impenetrable.

Esforcé la mirada buscando una referencia que me indicara con certeza a qué lugar había arribado.

Ya en la calle, el repentino estallido de un relámpago fragmentó la oscuridad. Una pausa. Otro fulgor reverberó en la noche.

Ante mis ojos se reveló la imprecisa arquitectura de una ciudad desconocida.

Un lejano reflejo desplazado en el aire iluminó una silueta.

Sonriente, envuelta en su negro chal, aguardaba La Extraña.

Stella Alvarado
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