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Dos cuentos de Miguel Erasmo Zaldívar Carrillo

jueves 20 de junio de 2024
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La soga

Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre y se cierra a sus espaldas. Pasea la mirada por su mísera soledad y la detiene en un rincón desde el que, acurrucada, lo mira hipnotizante una soga.

La soga es como una serpiente larga que se amarra sobre su víctima y la sujeta hasta que se acostumbra y deja de luchar. Siempre lo supo y por ello las cuidaba y las respetaba. Cuando una soga se ata y aprieta, suele ser definitivo: la mujer, el perro, un buey o un cristiano; todos patean y patean, pero ella tiene siempre un argumento sólido, y terminan por ceder.

Era hombre fuerte, de sogas, hecho para sujetar; las cargaba de todo tipo y para todas las ocasiones; nunca les vio más utilidad que atar, retener y domar. Desde que perdió el trabajo y se desató su esposa, vagó por todas las ocupaciones al alcance de su paupérrima posibilidad. Agotados el trabajo, el dinero y la comida, le dio por platicarle a la soga. Desconocía que cualquiera de ellas podría responder a sus quejas. Las sogas proponen, todo el tiempo proponen, ese es su trabajo, su sentido de existir; atar, atarte.

Cuando una soga encuentra un interlocutor se revuelca una y otra vez en sus argumentos; los repite, los altera de orden, los intercambia hasta que vence; porque ellas no convencen: vencen: ellas están hechas para apretar todo lo que se pueda, hasta ahogar al desvalido y reducirle los grados de libertad; hasta dominar.

A pesar de su desesperada situación no quiso escuchar lo que le decían las sogas que se le amontonaban en las ganas de hacer algo contundente, definitivo; ¡no podía tomarlas en serio! ¿Quién tomaría en serio la plática de una cuerda, de un vil mecate? Una que, además, había nacido de sus propias manos; fleco tras fleco. Pero una soga habla mucho, conoce todos los idiomas y se presenta cálida y suave: invita. Ven, recuéstate, no tienes que sufrir más, yo te liberaré; le decía. Las sogas sólo parlotean cuando las situaciones se presentan definitivas, sin salidas; enmudecen ante la felicidad y se retiran a su oscuro rincón soñando con amarrar algo, con imponerse; su naturaleza es envidiosa y cínica; su falta de carácter la sustituyen con fuerza y mañas; no las verás platicando en el mercado como las viejas chismosas, o contando historias inverosímiles para ganar la aprobación de los paseantes, pero cuando la felicidad se espanta como tórtola asustada, entonces sí se tornan pletóricas de juicios, de consejos y charlatanería.

Hablaron poco, muy poco, porque él era parco de palabras, era un hombre de hechos. Nunca le gustó la plática; cerró los ojos despacio, como si quisiera arroparse con sus fibras, como si en ella depositara la solución a todos sus problemas.

El mecate fue cortés, ¿cómo no serlo?, y se adaptó a su recia musculatura, le besó delicadamente el cuello robusto, saboreó al hombre que sin remedio se le entregaba, palpó el rápido jadeo del corazón en despedida, respiró profundamente el rancio sudor que emanaba de su cuerpo, pero no pudo deleitarse con el olor del miedo que tanto la excitaba, pues no lo había. Era la primera vez que un hombre sin temores se le entregaba, ¡y qué hombre!

Del cielo azul emanaba una vocación de felicidad indescriptible, el griterío de la vida jaloneaba el aire transparente; la choza, en cambio, quedó muda, como si la noche del silencio hubiese nacido a esa hora definitiva.

Sólo se escuchaba la burlona risa de la cuerda manoseando el friso.

 

La dama

Algunas muertes resultan necesarias y hasta esperadas: se les canta, se les escribe grandes obras y se les recuerda con orgullo; pero otras no, son innecesarias por inútiles, no reportan más que dolor y desamparo y por ello ni se les llora ni se les canta: más bien se les desprecia. Así pasó con ella, la más altiva y fuerte de todo el reino.

Era discreta al actuar, pero definitiva; pensaba cada estocada como si fuese la última; por ello se le otorgó muchas veces la primicia: el derecho a decidir qué, cómo y cuándo hacer. A su paso todos reverenciaban inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto. Hasta el mismísimo rey se sentía cobijado cuando ella estaba cerca. Todos la reconocían como una líder indiscutible.

Esta vez, como tantas otras, ella tuvo razón; no era el momento de actuar: habría primero que crear las condiciones favorables para hacerlo. Pero él era tozudo; hambriento de acción y triunfo como estaba, se adelantó a los hechos.

Ese día su rival no era de gran importancia; si mantenía la calma podría lograr su ansiada corona, pero su ego presionaba, maldito ego que lleva a tantos a cometer los peores errores. Expuso a muchos y fueron cayendo, uno a uno. Luego, hizo lo que no debía, la puso a ella en peligro; la mandó a resolver la grave situación que su falta de tino creó. Ella que siempre fue su fuerza, su fiel seguidora, no se negaría a un último sacrificio. Siempre dispuesta a morir por el reino si hiciera falta acató la orden con disciplina, aunque nunca creyó que la arriesgaría hasta el punto de perderla inútilmente.

Murió como se debe hacer en estos casos: con valor.

Ahora nada podría hacerse: él, solo, en la esquina del tablero; contaba con un caballo y dos posibilidades. Ahora sí lo pensó bien. Al menos esta vez sería justo el desenlace: lo merecía: era momento de pagar sus errores.

Entregó la partida.

Miguel Erasmo Zaldívar Carrillo
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