La reunión de la junta directiva de la compaña finalizó con la presentación de los anuncios ante los medios: la imagen mostró un perro coloreado sobre el lienzo irregular de un brazo que saltaba desde ahí a una mesa de una cocina y, después de mirar a su dueño, daba la vuelta moviendo la pequeña cola hasta llegar a su plato de minúsculas croquetas.
Sí, el anuncio ya estaba listo para publicarse durante la semana. Salir en la prensa no era tan significativo para lograr el éxito que requerían; las cápsulas para las pantallas aéreas tendrían un mayor impacto, sobre todo gracias a esa música electrónica y la voz en off de “Adopte un tatuaje. Es la compañía perfecta...”. Conseguirían las ventas esperadas. La prensa era sólo el apoyo para quienes aún leían.
La adopción de tatuajes no era un asunto nuevo; sin embargo, por primera vez la tecnología logró que salieran del cuerpo y cobraran vida. No eran ya esos hologramas que se movían distorsionados cuando la señal era deficiente. No, ahora realmente se movían, respiraban, comían y cagaban, como cualquier especie animal, y si no los cuidabas podían morir. La piel se te secaba como una pasa de grandes dimensiones, aunque si adquirías el paquete de restauración, regresaba la lozanía. Saldo negativo en la tarjeta de crédito era el mayor riesgo, se decía en los pasillos del laboratorio que los creaba.
A los científicos participantes en el proyecto les había preocupado la parte ética durante algunos días: ¿qué podrían hacerles los dueños a sus tatuajes?: ¿maltratarlos?, ¿engordarlos?, pero después de una discusión ligera, desecharon esa inquietud y el Departamento de Mercadotecnia se enfocó en evaluar tanto la viabilidad como las ganancias. Además, hasta ese momento, las pruebas, incluso con aquellos tatuajes de formas humanas, resultaron satisfactorias. Los tatuajes no se separaban grandes distancias de sus dueños porque ellos no lo permitían. Para controlarlos, los científicos habían generado un ardor soportable en el miembro del que emergían y, para éstos, un olor. La idea era encontrarlos con facilidad si decidían escapar. Y era tan oneroso comprar uno que, por supuesto, quienes lo adquirieran cuidarían conservarlo.
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El viernes, después del evento de promoción, comenzaría la venta. Como no era tan atractivo cuidar algo similar a un hijo, que formaba parte de tu piel, se lanzaron retos en las redes sociales para que el espíritu ludópata le ganara la batalla a la razón. Era imperativo que muchas personas se volcaran a los estudios de tatuajes vivos para conseguir uno. Y como no se habían diseñado tantos modelos, pues requerían un chip especial, los anuncios se dedicaban a suscitar deseo; además, punto no señalado en las reuniones con la junta directiva: las enredaderas y las plantas de apariencia colgante habían resultado ser un problema porque era difícil que se reacomodaran en la forma original que marcaba en la epidermis, así que, en general, los tatuajes vivos se hacían de formas animales.
Marco no había comprado el suyo; meses antes de la salida al mercado de éstos, se inscribió al estudio piloto como voluntario. Cada semana, desde hace exactamente doscientos cuarenta días, narraría a la compañía todo lo que sucedía con su tatuaje (una mujer curvilínea con una rosa en la cabeza). Siempre era lo mismo, a la mujer le gustaba salir y tomar el sol de la mañana, comía sólo un poco de melón y se ocultaba en la maceta para hacer sus necesidades. Cuando Marco intentaba tocarla, ella mordía y regresaba al antebrazo del que había salido.
“¿Intentaba?, ¿afirmó que fueran sólo intentos?”, preguntaron en el laboratorio.
Al principio resultó un desconcierto. Los tatuajes estaban hechos para obedecer, se les había instalado la sumisión en su programa, pero la chica de la rosa mordía si alguien la tocaba. Marco minimizaba esta respuesta en cada reunión y, ante eso, los científicos a cargo mejor callaron esto a los directivos de la compañía.
Durante esos meses no se mencionó el caso. Los administradores podían sentirse seguros: los tatuajes eran inocuos. La fecha límite para que salieran a la venta imponía grandísima presión, por lo que echarlo a perder, porque un tatuaje voluntarioso mordía, sería un error que costaría el empleo a quien lo denunciara. Así que transcurrieron meses y el proyecto siguió su curso. Total, las mordidas sólo dejaban pequeñas marcas de roncha. La solución se veía fácil: agregarle una nota de pequeñísimas letras al contrato que advirtiera sobre buscar el consenso del tatuaje para toda acción que el dueño quisiera tomar con él. ¿Quién le advertía esto a una persona que adoptaba un perro? No había de qué preocuparse.
Esa mañana, Marco lo demostraría en televisión nacional. El tatuaje bailaría y después de los aplausos regresaría al antebrazo. La coreografía era perfecta y Marco había ensayado también su gesto de espera en lo que la chica de la rosa volvía.
Un pequeño escenario se dispuso, pues, asimismo, en la danza habría un león que salía del cuello de una mujer, el cual también había ensayado unos trucos circenses para el evento.
La producción había puesto una mesa con melón y croquetas para los “invitados” y una cubeta con una champaña de apenas unos centímetros para la celebración posterior.
Marco pasó a maquillaje, también polvearon a la chica de la rosa y al cuello que albergaba al león. Las esponjas absorbieron las pequeñas gotas de sudor y ambos saltaron al escenario. El león rugía a un volumen que no se hubiera pensado por su tamaño, mientras la chica, coqueta, movía su rosa, ahora en la mano, al ritmo de la música “Dream a Little Dream of Me”.
Los maquillistas esperaban, ¿qué mal podían hacer si polveaban por segunda vez a los tatuajes?
Tras el primer número de baile de se acercaron, como si fueran los mecánicos de los pits con las esponjas y las brochas, a toda velocidad, al león y a la chica. Éstos, que no se habían habituado al estrellato, dieron un salto y sin querer mezclaron sus colores. La chica rechinó los dientes y apresuró la mordida; ahora la rosa estaba en la cabeza felina y ella tenía las fauces. Sí eran pequeñas, sí, pero afiladas. El salto que la adrenalina produjo la llevó directamente a los ojos. Y sí, no volverían a utilizar sus brochas y sus esponjas.
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Días después, la compañía acusó a la televisora de emborrachar a sus tatuajes.
La venta masiva no se detuvo. Sólo se aplazó un mes y se colocó otra leyenda en el contrato de no mezclar tatuajes diferentes, cuando menos hasta que no fueran tecnología de primera generación.
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