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Las orugas

sábado 6 de julio de 2024
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Ella nunca gritó de miedo. El miedo vivía adentro, como cuervos negros alucinando en la noche oscura. Esta vez no fueron pájaros, sino orugas. Ella se cayó accidentalmente en un canasto de ropa vacío que estaba dentro de un armario. Quedó atrapada en el fondo. El armario quedaba en la sala de su casa. Tan pronto cayó en el fondo, se dio cuenta de que no podía salir. Alguien cerró la puerta del armario. Desde entonces todo fue tinieblas. Allí todo era tan espantoso como un pozo lleno de culebras. A la niña le pareció haber permanecido en el pozo por semanas. Sentía morirse de frío, como un buzo hundido en el hielo del ártico.

Dicen que cuando uno siente pánico por algo es porque nunca lo ha confrontado. Las orugas se mueven silenciosamente, como las serpientes y todos esos animales que se arrastran. Si alguien las aplasta involuntariamente, explotan como lava en el volcán. Se convierten en una especie de petróleo, de brea venenosa, o así lo percibía la niña bonita. La mayor parte de las personas las celebra por ser parte de una etapa milagrosa de transformación. Pero para la niña eran repugnantes. Gusanos gigantes. Desgraciadamente, para el que las echó en el canasto eran cómicas.

A los pocos minutos después de la caída, él echó docenas de orugas dentro del canasto de ropa. Inmediatamente, cerró la puerta del armario. La niña, que no tuvo nombre hasta la adultez, sintió cómo las orugas caminaban rozando su piel, por los hombros, por el cuello y por sus piernas. No se movió ni un centímetro por miedo a aplastar a una oruga y que explotara como brea pegajosa y maloliente. Sintió un pavor tan intenso que no podía gritar, se quedó congelada de terror en aquella canasta de basura llena de orugas. A partir de ese momento la niña se quedó muda.

Desde aquel tiempo la comenzaron a llamar “la muda”. Después de unos días en cuclillas en el canasto, conviviendo con las orugas que se paseaban por su cuerpo frío, la niña muda logró salir del canasto sin ayuda de nadie. El mismo asco la lanzó hacia afuera del canasto y, con la fuerza del impulso, el canasto se viró hacia la puerta del armario, abriéndose de par en par. La niña comenzó a transformarse. Ya no era una niña bonita. Era muda como las orugas.

Aunque han transcurrido años de ese acontecimiento, ella sólo recuerda un momento. Ese momento quedó plasmado en la memoria de la niña bonita. Fue cuando un día en la mañana escuchó que alguien abrió la puerta del armario y entró una fina luz por la rendija. Pensó que ese sería el momento de su rescate final, que al fin la habían visto y la sacarían del canasto de ropa. Sintió una gran esperanza. Con una voz muy dulce, alcanzó a susurrar: “¡Sálvenme! ¡Yo soy bonita! ¡Sálvenme!”. Pero nadie respondió. Al cabo de unos minutos de silencio, se oyó una voz familiar, que le dijo: “Aquí te traigo unos pocos más de tus animales favoritos, las orugas”.

A medida que iba creciendo, la niña bonita, o mejor dicho la niña muda, se trataba de comportar como todos, pero casi nunca lo lograba. Ahora todos la trataban como una muda. Cuando comenzó la escuela primaria ya era oficialmente una muda. El primer día de clases, la maestra les preguntó a todos los alumnos su nombre. Cuando llegó el turno de la niña, sin nombre particular, ella no sabía qué decir. La maestra siguió preguntándole, y todos los alumnos voltearon sus cabezas hacia la niña. La maestra dijo en voz alta: “Definitivamente, es muda”.

Desde ese día, la niña comenzó a actuar como una verdadera muda, o lo que ella pensaba que era una muda. Ya ni se acordaba de haber sido una niña bonita. Se le hacía más fácil ser muda. Al paso de los días, la maestra llamó a sus padres para preguntarles el nombre propio y para consultar la mudez de la niña. Los padres le dijeron que en realidad nunca tuvo nombre propio porque cuando nació estaban ocupados con otros asuntos más importantes que su nacimiento. Luego la comenzaron a llamar la niña bonita, porque todos pensaban que era bonita. Pero sucedió lo imprevisto, la niña se quedó muda a raíz de las orugas. Según el padre, no fue el encierro en el armario que duró varios días sin nadie percatarse, fueron las orugas. De alguna forma le afectaron el habla. Quizás se las llegó a comer y le afectó las cuerdas vocales. Y como ella casi no hablaba antes del evento, no vieron que la mudez fuera un problema significativo. En la familia, de ocho hijos, todos tenían nombre, dijo el papá. Don Manolo, el padre de la niña, sentía que llamarla “la niña muda” no era un gran inconveniente. La madre, doña Soledad, no pensaba igual, y no se quedó callada. Doña Soledad era una madre que no paraba de hablar, hablaba por sus ocho hijos, incluyendo a la muda. Decía que la niña bonita se quedó muda porque nunca la registraron al nacer y por eso pasó desapercibida hasta que comenzó el extraño miedo a las orugas. Ella pensaba que las orugas se comieron su voz. Entonces la maestra preguntó cómo debería llamarla. Don Manolo dijo: “Como usted quiera, maestra”.

Curiosamente la muda se sentía feliz porque ya no tenía que hablar con nadie, ni siquiera contar la historia vergonzosa de las orugas. A ella nunca le gustó hablar y antes tenía que hacer un gran esfuerzo para que la voz se oyera, porque le parecía como si eran los demás los que eran sordos. Poco a poco, la niña comenzó a hacer amistad con las demás niñas. En la hora del recreo a veces las demás niñas hacían juegos y cantaban. A la mudita le encantaban las canciones. Desde entonces empezó su secreto amor por la canción. No sólo le gustaba escucharlas, sino cantarlas. En ocasiones, no podía contenerse y cantaba en susurros. En verdad nadie la oía, eso era conveniente. Debido a su condición de muda, la maestra nunca esperaba su participación en la clase. A veces cantaban melodías hermosas durante la clase de música. Recordaba una canción que decía:

—De colores, de colores son los campos en la primavera... Canta el gallo, canta el gallo con el quiri quiri quí... Los polluelos, los polluelos con el pío pío pí.

Desapercibida, un día la mudita comenzó a cantar la canción junto con los demás niños. Esta vez lo notaron: la mudita cantaba. Esta vez no murmuró sino que cantó en voz alta y clara.

La mudita era aún más feliz cuando cantaba. En su casa cantaba sola encerrada en su dormitorio. Es raro que quien único logró escucharla fue su madre, doña Soledad. Un día le dijo frente a todos sus hermanos: “Podrías ser una gran cantante así de muda como eres”. Entonces la voz se asomaba, por momentos breves. Era como una magia que aparecía y desaparecía. Lo más raro era que nadie más la podía oír.

Ya era casi el final del año escolar; sin embargo, la muda todavía no tenía otro nombre. Se anunció un show de talento para terminar el fin del año escolar. La muda se propuso participar aunque nadie sabría cuál podría ser el talento de una muda que nunca dio señales de nada. Todo el año escolar tuvo su propio espacio, en el cual ningún otro alumno se sentaba cerca de ella, porque tenían temor de que la mudez fuera contagiosa. En la hora del recreo, también tenía su propia esquina en donde se sentaba en el peldaño del edificio de meriendas. Las demás niñas jugaban entre ellas sin invitarla a compartir.

El gran día llegó. La muda era la gran sorpresa del show. Ella fue la última en participar. Hubo niños que recitaron poemas de célebres escritores. También niñas que bailaron, algunas ballet clásico y otras baile flamenco. Al que más le aplaudieron fue a un niño que tocó la guitarra. Entonces le tocó el turno a la muda. En el micrófono se escuchó: “Ahora viene la muda, señores y señoras”. Todos estaban curiosos por ver qué sabía hacer la niña muda. Comenzaron a hablar y se oía mucho ruido desde la audiencia. De repente aquella gente pensó que estaban en un circo y tenían ansias de ver a la muda. La niña se acercó a la tarima, tomó el micrófono y comenzó a susurrar una bellísima canción que no tenía letra, era una melodía. La muda podía ver a toda la audiencia desde la tarima. Le comenzaron a decir en voz alta que no se oía. Luego algunos le gritaban que no entendían. Ella levantaba el tono de voz o susurraba cada vez más y más, pero todo fue en vano. Todos podían mirar que movía sus labios pero no escuchaban sino apenas un balbuceo. Ese lento y repetitivo balbuceo. La muda no entendía por qué ella susurraba una bella melodía pero sólo le salía un balbuceo incomprensible, o así parecía para los demás.

En ese momento la muda dejó de oír a la audiencia. Ya casi ni los podía ver. En la primera fila, las personas se tornaron color verde y marrón. Eran verdes y no tenían cuerpos humanos, parecían orugas. Luego se fijó que todo el teatro estaba lleno de orugas sentadas como si fueran gente. Algunas eran pequeñitas y apenas se perdían en las butacas. Otras eran enormes y repelían líquido, como gritos. Al cabo de unos minutos ya estaba segura de que no había gente sino orugas que la miraban sin poder hablar ni escuchar. Sólo se desperdigaban por las butacas del auditorio y por el suelo. La voz empezó a sonar de los labios y la garganta de la muda. Era una voz muy potente y se oía hasta en el último rincón del teatro. Fue una pena que no quedara nadie para presenciar aquella hermosa transición.

Giselle Duchesne
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