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El viejo y la vieja

sábado 21 de junio de 2025
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1

Los conocí una tarde extremadamente calurosa. Recuerdo que el sol era tan inclemente que quemaba mi piel. La humedad se sentía como los baños termales y mi ropa estaba ensopada en el cuerpo. Curiosamente, el viejo no sentía calor alguno, a pesar de estar vestido con mucha formalidad. Llevaba una chaqueta colgada del cuello. Me dijo que era por si acaso le daba frío. El viejo siempre iba acompañado de la vieja. A veces, se apoyaba en la vieja, aunque ella era de mucho menos estatura que él. El viejo se veía fuerte, para su edad. En cambio, ella tenía achaques y se quejaba. La primera vez que les hablé fue durante una caminata en el parque que ellos también frecuentaban. Estaban en una banca descansando. Yo iba al parque para caminar a mi perro. Esa tarde mi perro se les acercó a ellos como para recibir caricias. Se veían tímidos, pero muy felices en su soledad. Me quejé sobre el calor espantoso que hacía y, para mi asombro, el viejo me dijo que él no tenía nada de calor, que en realidad tenía un poco de frío. La vieja sonrió diciendo que a él le daba frío en verano y calor en invierno, como algo bien cómico. Los dos rieron a carcajadas. Desde ese día, siempre que nos veíamos nos saludábamos, y a veces conversábamos. Mi perro Labrador parecía disfrutar los encuentros, tanto como nosotros.

El viejo se llamaba Pablo. Si tuviera que calcular su edad diría que para aquel entonces tenía alrededor de 85 años. Era un hombre delgado y alto, con una contextura fuerte pero no demasiado musculosa. La vieja se llamaba Cecilia. Parecía ser unos años más joven que Pablo. Era una mujer pequeña y delicada. Pablo hablaba más que ella. En algunas ocasiones, él caminaba al frente de ella. Aunque la dejaba bien atrás, él seguía hablando en voz alta como si no se diera cuenta de que ella no estaba a su lado. Desde muy atrás, ella le contestaba casi gritándole. A veces le rogaba que la esperara. Después me enteré de que el viejo era completamente sordo de un oído y parcialmente sordo del otro oído. Casi siempre, se sentaban a descansar a medio camino en el mismo lugar, en un banco frente al lago. Entonces sus voces se tornaban más sosegadas, de carácter más misterioso y filosófico. Contemplaban el agua y los gansos en el lago, resolvían algún enigma del pasado. En realidad, se me hacía difícil espiarlos durante esos momentos. Cuando caminaban era más fácil porque hablaban en voz alta y se podían escuchar partes de sus conversaciones. El parque era de forma circular, así que nos encontrábamos más de una vez dando la vuelta. Yo caminaba mucho más que ellos. Los encontraba dos o tres veces, mientras ellos estaban en su primera y única vuelta al parque. El viejo hablaba como si tuviera una gran audiencia, aunque era sólo ella quien lo escuchaba. En ocasiones daba la impresión de estar muy alterado. Movía los brazos para un lado y para otro, hacía señas extrañas y aceleraba el paso.

 

2

Hablaban de Dios y del presidente. La vieja participaba en las discusiones animadamente, pero era el viejo el que llevaba la conversación, tal como si estuviera dando una cátedra. Su estilo era didáctico aunque, por momentos, demasiado agitado.

El contraste en la vestimenta era notable. El viejo no vestía como para caminar en un parque y mucho menos durante el verano. Vestía como un maestro o como un ministro de iglesia, listo para dictar un sermón. Preparado para pronunciar un discurso. No parecía importarle si había público, pero exhibía una especie de urgencia cuando articulaba lo que parecían discursos. Siempre vestía camisa blanca de manga larga y pantalón azul oscuro de vestir. Se notaba que tenía una camiseta blanca debajo de la camisa. Encima se ponía una chaqueta con forro interior, también azul, que a veces se quitaba y la colgaba de sus hombros. El viejo llevaba puesto un sombrero de Fedora, color negro. A pesar del calor del verano, el viejo se quejaba frecuentemente del frío. Una vez, la vieja lo regañó por encontrarlo absurdo, pero él no le contestó, aunque parecía muy sorprendido de que la vieja no entendiera por qué sentía frío en el verano y bien abrigado. La vieja Cecilia parecía genuinamente preocupada, ¿qué si el calor descomunal, con tanta vestimenta que llevaba puesta, le provocara un ataque cardíaco en el mismo parque? Así pasó el verano completo. Mi perro me sirvió de guía, además de espía, porque era un pretexto para caminar y conversar.

Llegó el invierno. El viejo Pablo y la vieja Cecilia siguieron yendo a caminar al parque. El frío no los detuvo, aunque se notaba que caminaban con más dificultad o quizás era el miedo a caerse. Durante el mes de diciembre, llovía una lluvia congelada y hasta nevó ligeramente. Pero eso no los mantuvo fuera del parque. Era extraño que, durante el invierno, el viejo se vistiera casi igual que durante el verano, con excepción de que llevaba una gran bufanda que le cubría el cuello y parte de la cara. Nunca lo escuché quejarse de tener frío, como solía hacer durante el verano. Aunque iba muy bien abrigado, igual que en el verano. Eso sí, el viejo caminaba más lento y no hablaba en voz demasiado alta. Como si el invierno lo apaciguara, ya no se agitaba tanto y no dejaba a la vieja atrás con tanta frecuencia. Llegué a escuchar que el presidente estaba atrapado y que el final le llegaría pronto. La vieja Cecilia no parecía convencida.

 

3

Luego de transcurrido el invierno, los viejos desaparecieron. Día tras día, la primavera no daba señales de su regreso. Me arrepentí de no haberles preguntado en dónde vivían. Quizás hubiera podido haberme paseado por su casa, para investigar qué había pasado. ¿Habría muerto accidentalmente el viejo? ¿Cómo? ¿Una caída? ¿Una muerte súbita y fulminante? ¿O sería la vieja Cecilia? ¿Estarían enfermos? De repente el parque estaba desolado. Extrañaba a los viejos. Hasta mi perro los buscaba durante mi caminata. Se terminó la primavera sin que se asomaran. Pasó el verano completo sin viejos y hasta todo el invierno. Estoy segura de que nadie más se dio cuenta de su ausencia. Para aquel entonces, los di por muertos.

Pasó casi un año cuando una mañana vi de lejos a la vieja Cecilia caminando sola. Era uno de esos días de comienzos de primavera que se vuelven bien calurosos. La vieja caminaba a toda velocidad y con paso determinado. No miraba a nadie ni hacia ninguna dirección. Su mirada estaba perdida en el espacio. Llevaba ropa ligera de algodón, color blanco, pantalón y camiseta. Tenía más energías que nunca. No se veía afligida, más bien parecía que tenía una misión, una gran encomienda. Ya no se detenía en el banco a descansar como hacía con el viejo. Seguía su rumbo con mucha prisa. Llevaba un teléfono móvil en la mano. Logré alcanzarla con mi perro y le pregunté algo que no recuerdo, en modo de abrir una conversación. Me dijo que no tenía tiempo para nada. A partir de ese día, siguió yendo a caminar con la misma urgencia.

Por fin un día se acercó al lago y se sentó, como si estuviera calculando algo muy importante. Parecía que trataba de descifrar algo muy complejo. Que se debatía entre la vida y la muerte. Entonces fue cuando me contó que al viejo lo tenían en el hospital hacía casi un año. Iba y venía, pero la última vez se había quedado más de tres meses. Aunque el viejo nunca tomó ni una gota de alcohol, sufría de una enfermedad del hígado. Le hicieron un trasplante de hígado de emergencia, hacía casi un año. Por eso desaparecieron. Había estado esperando por el trasplante hacía más de cinco años. Tuvo grandes complicaciones y estuvo a punto de morirse en tres ocasiones. En el hospital decían que el viejo Pablo tenía más vidas que un gato, porque siempre se recuperaba del borde de la muerte. La vieja me contó que el viejo había sido ministro de una iglesia protestante toda su vida, pero que siempre quiso ser un gran líder político. Era un doctor en teología, pero su mente oscilaba entre Dios y el presidente.

 

4

Ella iba a verlo todos los días; por eso no tenía tiempo para caminar en el parque. Pero en las últimas semanas, todos pronosticaban que el viejo sobreviviría a cualquier enfermedad. Dentro del hospital, se declaró que el viejo era una especie de superhombre, un minidiós. El viejo estaba protegido bajo una gracia mística que los médicos no podían entender. Cada vez que iba a morir, resucitaba.

Ese otoño apareció el viejo. Me dio un shock cuando lo vi a la distancia. Caminaba lentamente y apoyándose con un bastón. Con el otro brazo se agarraba de la vieja. Tambaleaba al caminar. Le temblaba la mano al saludar. Apenas habló. No llegó a dar la caminata completa. Se sentó varias veces en diferentes bancos para descansar. Tenía un aspecto enfermizo y frágil, demacrado. Ya no se quejaba del frío como antes. No se quejaba de nada. Sin embargo, su rostro expresaba algún tipo de dolor. Daba la impresión de que en cualquier momento se iba a desmayar. El viejo Pablo y la vieja Cecilia continuaron sus caminatas, a duras penas, durante los meses fríos. No fallaban. El viejo aparentaba que iba a desfallecer en los brazos de la vieja. Poco a poco, fue mejorando su condición. Comenzó a hablar más y a agitar sus brazos nuevamente al hablar. Hablaba más del presidente que de Dios. Se sentaban por largos ratos en el banco frente al lago. Al paso del tiempo, un día me fijé que el viejo ya no usaba el bastón y estaba caminando mucho más al frente que la vieja, como en los buenos tiempos. Por esos días, creí que era prudente preguntarles sobre su domicilio y su familia, para que no fuera tan angustioso si acaso volvían a desaparecer. Supe que tenían seis hijos y todos vivían lejos, demasiado lejos de ellos. No se veían mucho. El viejo Pablo y su familia se mudaron dos o tres veces, porque él predicaba de iglesia en iglesia. También enseñaba, sobre materias de Dios, aunque a veces se descarrilaba y salía hablando del presidente. El viejo todavía trabajaba un poco porque según me dijo, eso lo mantenía vivo, después de la vieja que era quien lo cuidaba. Quería estar más cerca de Dios y del presidente. Y de la vieja Cecilia. El viejo revivió como un gato con siete vidas.

Durante aquel verano, estaban reparando un puente peatonal que había en el parque. Quedaba en medio de un área densa de árboles. En realidad ese parque era más como un bosque redondo. El camino era frondoso de árboles, y se podían ver ardillas, pájaros carpinteros, búhos, gansos, zorros y venados entre los matorrales. Durante esa semana hubo una tormenta muy fuerte que tumbó el puente peatonal en el camino.

 

5

Dejó un hoyo gigantesco, que parecía un cráter de tierra, debajo de lo que fue el puente. Para que nadie cruzara pusieron rótulos y cintas amarillas con advertencias de no pasar. Durante el día, no había grúas ni trabajadores en el camino. Al parecer trabajaban para restaurarlo, durante las tardes y algunos días solamente.

Después de la tormenta y el derrumbe, nunca más volví a ver ni al viejo Pablo ni a la vieja Cecilia. Fue un hombre que pescaba en el lago grande del parque quien me contó el destino del viejo y la vieja. También lo leí en un periódico local de la comunidad. El viejo iba como de costumbre caminando por el parque con la vieja cuando se dieron con el puente derrumbado y el barranco de tierra que había dejado la tormenta. Debajo del puente había un pequeño riachuelo. Como no se podía cruzar, se acercaron por el lado donde quedaba una orilla de tierra húmeda. El viejo fue el primero en levantar la cinta amarilla de peligro para cruzar al otro lado a través de la orilla que aún quedaba en pie. Según dicen, la vieja decía que no, que estaba prohibido cruzar de esa forma. Pero el viejo la convenció. No había nadie cerca, pero eso fue lo que contaron. El viejo se cayó primero en el cráter, la vieja después. Se fueron por el barranco húmedo. Dicen que no les pasó nada. No se rompieron ni un hueso. Se deslizaron por el riachuelo de tierra pantanosa hasta un túnel. El viejo era muy curioso. Cuentan que se metieron en el túnel. El viejo iba hablando de Dios y la vieja lo seguía. La nota del periódico decía: “¡Vuela alto, viejo!”, “¡Vuela alto, vieja!”.

Giselle Duchesne
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