En una vivienda rural, una joven madre efectuaba las diarias labores hogareñas con su pequeño hijo al lado, sin percatarse de que la puerta de entrada había quedado entreabierta. Un mínimo descuido suyo fue suficiente para que el chiquillo escapara y se encontrara a campo abierto, caminando indeciso hacia un profundo pozo de agua que estaba al frente, a pocos pasos de allí. Ya tenía un piecito en el aire, a punto de caer en el foso, cuando un inmenso pájaro que pasaba en ese momento lo sujetó por las bragas con su sólido pico, y se lo llevó lejos del lugar. Voló durante mucho tiempo, mientras al pequeñín le brotaban poco a poco plumitas en todo el cuerpo, y unas alitas verdes en sus brazos. Al llegar a una fresca meseta se detuvo. Había allí otros pajaritos saltando y canturreando, y entre ellos colocó a su pequeño acompañante, pero éste se apartó, manteniéndose a distancia, gimiendo y clamando incesantemente por su madre. Así permaneció durante dos días, sin comer, sin descansar, sin juntarse con las demás avecillas.
Por su parte la madre, al notar la ausencia del hijito, cayó en una profunda desesperación y les pidió a los vecinos que la ayudaran a encontrarlo. Como lo primero que advirtieron fueron las pisadas del niño en dirección al pozo, pensaron que quizás yacía ahogado en el fondo, y procedieron a vaciarlo, constatando con incontenible alegría que allí no estaba. La infatigable búsqueda se prolongó a lo largo del día, pero al finalizar la tarde, todos regresaron apesadumbrados a sus hogares, con la declarada intención de proseguir el rastreo el día siguiente. Dos días más duró la infructuosa batida.
El pájaro grande, viendo el creciente desasosiego de la indefensa criatura, optó por devolverla a su sitio de partida. Después de tanto volar, llegó por fin a la zona y, con gran esmero, colocó al pequeño en el jardín de su casa; aunque la joven madre, con la esperanza nunca desfallecida de que su hijito apareciera, logró captar ese ruido imperceptible y salió de inmediato al jardín, pero sólo halló a un extraño pajarito que le tendía las alas como pidiendo ayuda. Entonces se le acercó y lo levantó con sus temblorosas manos, lanzándolo al aire delicadamente para que reemprendiera el vuelo, pero el animalito no pudo reaccionar y se desplomó. De nuevo ella se le aproximó para examinarlo pero, apenas se reclinó sobre él, tuvo lugar un prodigio sorprendente: en vez de sedosas plumas entre sus manos, tenía unos tiernos deditos acariciándole el rostro, y de súbito el cuerpo de su amado hijo ya estaba entre sus brazos. Enloquecida de felicidad, no pudo contener el llanto, y comenzó a dar disparatados saltos por todas partes, sin darse cuenta de que había llegado al borde del pozo, donde justo resbaló y el hijo se le escapó de los brazos, yendo a caer en él. Pero un instante antes de hundirse en el agua, un enorme pájaro, como salido de la nada, pasó de nuevo y lo aferró por un bracito con su potente pico, y lo colocó en los brazos de la madre. Ésta, paralizada por el estupor, desbordando infinita alegría y agradecimiento, alzó los ojos al cielo, pero sólo pudo ver una ráfaga de luz que se perdía en la vasta inmensidad.
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