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Entre grandes

martes 13 de agosto de 2024
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En un importante centro de arte superior de la ciudad, Norka estudiaba escultura. Era sensible y reflexiva, yendo siempre más allá de lo meramente evidente. Estaba entregada por entero a la actividad escultórica, en la que destacaba por su gran naturalidad y soltura, pues no advertía diferencias entre los materiales a modelar, ya fueran mármol, piedra, arcilla, incluso madera o metal. Apenas sus manos se posaban sobre ellos, unas suaves vibraciones los iban transformando en objetos de insólita belleza. E igual le sucedía con el tejido social: consideraba que las relaciones humanas eran otro delicado material a ser manipulado con extrema sensatez y buena voluntad para evitar el continuo conflicto entre los hombres, de modo que pudieran vivir en paz los breves años de permanencia en la tierra. No ignoraba que el motor que los impulsaba a seguir adelante era obtener la felicidad a toda costa, pero con infinito pesar constataba que sus acciones más bien lo distanciaban de ella, como decir, una flagrante contradicción. Sin embargo, ella estaba decidida a poner en práctica aquello en lo que creía con tanto fervor. Con frecuencia se preguntaba por qué tantos continuos malentendidos y forcejeos entre las personas, si con un mínimo de honestidad podían salir incólumes de cualquier situación, por intrincada que fuera. ¿Por qué recurrir, entonces, al engaño, a la incomprensión y a la pelea?

En el curso de pintura del instituto estaba Milton, destacado estudiante, con quien Norka había entablado una bonita amistad por la gran afinidad de sus pensamientos. Sostenían a menudo extensas disquisiciones, y coincidían en considerar que si el amor, la cabal educación y la infatigable lectura eran la base de la formación integral del individuo, el arte era el divino cicerón que lo transportaba a instancias espirituales superiores. Igualmente coincidían en lo referente a la urdimbre de las relaciones humanas, afirmando que debían estar gobernadas por una conciencia crítica y despierta, para que las cosas fluyeran por su debido cauce. Tampoco soslayaban el tema del misterio de la vida y las diversas maneras de abordarlo: o con la fe irracional en una trascendencia sobrehumana, que al final daba cuenta de todo, o con la certeza de que perecer era el destino del hombre, y constataban, entonces, cómo subentraba la filosofía, formulando distintas maneras de asumir este incomprensible laberinto sin salida de la existencia humana; por último, consideraban la senda que señalaba el arte, obviamente circunscrita al ámbito del enigma existencial, pero cubierta de rosas y colores.

Esta comunión de ideas entre Milton y Norka propició que sus sentimientos se involucraran poco a poco, y decidieron compartir sus vidas. Se casaron, y suscribieron en la profunda intimidad el acuerdo de que cualquier infidelidad, por principio, quedaba excluida. Pero, conscientes de la heterogeneidad de la vida, pactaron sincerarse recíprocamente antes de que alguno diera un paso a espaldas del otro.

Llevaban cinco años de casados, y sólo una vez tuvieron que apelar a ese recurso. Milton se halló en una situación tan delicada que lo tenía abrumado. Una joven se había inscrito en su taller de pintura, y su talento, unido a una espontaneidad cautivadora, le removieron el piso emocional a Milton. La chica dejó fluir libremente su franca atracción por él, y ambos sintieron que se sumergían en una corriente de cálidas aguas, sin avizorar adónde los arrastraría. Milton estaba confundido, pero no olvidaba el pacto de honradez estrechado con Norka y se dispuso a hablar con ella.

Así que al retornar a casa esa noche, le pidió que escuchara atentamente lo que tenía que confesarle. Como lo habían teorizado en sus conversaciones iniciales, Milton fue sincero y no calló ningún detalle de la compleja situación que confrontaba. Cuando finalizó, esperó pacientemente la reacción de la esposa. Luego de asimilar las palabras de Milton, Norka le replicó que su confesión lo enaltecía, y le concedió toda la libertad para resolver el trance en que se hallaba; incluso, le permitió ausentarse del hogar, si lo creía necesario, para no sentirse presionado por la presencia suya. Se abrazaron con el afecto de siempre, sintiendo que por encima de todo privaba la límpida amistad que los unía.

A los dos días Milton partió, supuestamente para asistir a unas exposiciones de pintura fuera del país, pero antes del mes estuvo de vuelta, revelándole a Norka que el huracán ya había pasado y ahora sólo deseaba compartir con ella toda la paz venidera. Una paz que de nuevo se vio comprometida dos años más tarde, debido a un sorprendente episodio que esta vez le tocó vivir a Norka. Una tarde asistió a una galería de arte donde se exhibían cuadros de diferentes corrientes pictóricas. Al final del pasillo estaba un cuadro que le llamó poderosamente la atención. Era el cuadro de un hombre de facciones delicadas y hermosas, sin dejar de ser varonil; melena azabache hasta los hombros, y con unos ojos negros que pugnaban por saltar de la tela. Permaneció largo rato mirándolo, como hipnotizada, pero al darse la vuelta para proseguir, tenía enfrente al original del cuadro, que la observaba detenidamente. Alto, gallardo, de figura escultural, se miraron unos segundos sin proferir palabra, y Norka se retiró con ese semblante impreso en la mente. No pudo dejar de volver algunas veces a ese sitio para observar el cuadro en sus más mínimos detalles, y también para ver al modelo del retrato, siempre presente. Pero esa última vez, a punto de retirarse, el hombre se le acercó diciéndole que ella también lo había impresionado con su sensibilidad y bello rostro, y deseaba saber si podían sostener una breve conversación. Norka, entusiasmada, accedió. Se instalaron en una pequeña sala privada de la galería, pero al hallarse tan cerca uno del otro, un impulso incontrolable los hizo caer entre los brazos, y sus bocas se fundieron en un arrebatado beso. Ya amainado el fuerte oleaje, procedieron a las mutuas presentaciones, y Brasiel le dijo a Norka que no dudara de la sinceridad de sus palabras, pero que él hacía tiempo que aguardaba por una mujer como ella para compartir los altibajos de la vida; por eso anhelaba saber si podían profundizar una relación afectiva. Norka, con igual dosis de honradez, le contestó que después de varios años de casada, era la primera vez que infringía el vínculo conyugal. Le confesó que apenas conocerlo sintió un deseo irresistible de estar cerca de él; por eso había regresado tantas veces para ver al mismo tiempo cuadro y original, pero que su temple moral la obligaba a confiarle el sagrado pacto que había establecido con su esposo, el de sincerarse recíprocamente antes de cometer una infidelidad, pacto que no pensaba transgredir, pues él lo había respetado cuando se halló en un situación similar, algunos años atrás. Una vez termino de oírla, Brasiel le propuso a Norka dos opciones: o que no le comentara al esposo lo ocurrido e hiciera como si nada hubiese pasado, pero en ese caso él se retiraría definitivamente, pues tampoco soportaba perpetrar un vil engaño, o que lo pusiera al tanto de todo, y él permanecería allí esperando que ella le refiriera lo que habían acordado. Se despidieron con un frenético acercamiento, conscientes de que ese podía ser el final.

Norka regresó a su morada sumida en un intenso malestar, pero decidida a sincerarse con Milton por tres ineludibles razones: primero, por no quedar a la zaga de la dignidad que él ostentó en su dilema pasado; segundo, por no quebrantar sus acendradas convicciones; por último, porque callar implicaba la partida definitiva de Brasiel, y eso ella no lo deseaba. Esperó a Milton en la alcoba, mas cuando éste llegó la encontró tan desencajada que, tomándola de la mano, le preguntó qué le ocurría. Norka le respondió que oyera atentamente lo que tenía que revelarle, y con toda espontaneidad le confesó su incidente con Brasiel; incluso, le habló de las dos alternativas que le había propuesto. Después de una recatada reflexión, Milton le expresó que celebraba que no hubiese elegido la primera opción, pues así Brasiel permanecería en escena; agregando que podía colegir, por lo que le había referido, que su amigo poseía un espíritu elevado y abierto, de manera que estaría en grado de comprender lo que él, a su vez, le propondría, y continuó diciéndole a Norka que no tenía sentido abocarse al sufrimiento, pudiendo evitarlo; en consecuencia, la eliminación de uno de los dos no sólo ocasionaría pesadumbre en el marginado, sino también en los que permanecieran juntos por la inequidad cometida. Norka miraba al esposo sin comprender exactamente adónde quería llegar, hasta que Milton sostuvo, con firmeza y seguridad, que él prefería ensanchar el amor antes que mutilarlo; por eso estaba dispuesto a dar cabida a Brasiel en la pulcra relación que habían mantenido durante su matrimonio; por supuesto, si ellos dos estaban de acuerdo. Norka, hundida en su desconcierto, apenas pudo escuchar lo último que Milton decía: que al día siguiente irían a la galería, pero que sólo ella hablaría con Brasiel, mientras él permanecería en el coche a la espera. Si retornaba sola, su propuesta había sido denegada, pero si lo hacían juntos, se alegraría porque no fue necesaria ninguna inmolación.

Milton tenía algún tiempo aguardando dentro del coche cuando finalmente vio por el retrovisor que Norka se acercaba, pero no venía sola. Entonces, se preparó para recibirlos, y una vez los tres juntos, se abrazaron fraternalmente y partieron con rumbo desconocido.

Thaís Badaracco Febres C.
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