1. El subyugado
Sí, mi coronel, dijo Milonga Ortiz somatando los talones y haciendo el saludo militar. Estaba acostumbrado a obedecer. Desde que era niño su madre lo sometió a un régimen disciplinario sumamente estricto. Jamás se animó a desobedecerla; al contrario, la adulaba para conseguir de ella sus caricias, su beneplácito. No importaba que su madre cometiera los más grandes errores, o que abusara de él sometiéndolo a actividades denigrantes; siempre obedecía y lanzaba frases lisonjeras encaminadas a evitar el choque, la controversia con su progenitora. Por eso cuando ella le anunció su decisión de inscribirlo en la escuela politécnica, sólo atinó a decirle sí, mami, si tú así lo quieres es porque ahí estaré bien; todo lo que tú decides es lo mejor que se puede hacer. Y entró a la escuela. Como alumno nuevo tuvo algunas dificultades: limpia los inodoros, barré el patio, lava los platos, tráeme la prensa, lústrame las botas... Pero su querida madre lo había entrenado bien. Jamás decía que no y además realizaba otras actividades que no le eran sugeridas: lavaba ropa interior del coronel de turno, daba regalos a los alumnos antiguos, agasajaba a cada uno de los maestros el día de su cumpleaños.
No era lo que se dice un superdotado para el estudio y, pese a que el nivel intelectual del medio no era demasiado alto, siempre reprobaba algunas asignaturas. Era llamado al despacho del coronel para la consabida reprimenda y la asignación de penitencias: no tendrás salida por cuatro domingos; sí, mi coronel. Lavarás todos los inodoros por seis semanas; sí, mi coronel. Atenderás el cuidado de mi ropa por un mes; sí, mi coronel... Y para suavizar un poco las malas miradas del jefe, le informaba de todas las situaciones ocurridas dentro de la escuela y las que pudieran ocurrir. Pero ahora sí tenía salida. Por fin solventó todo lo relativo al año escolar y logró tres días de licencia. Si usted quiere me acompaña, mi coronel; estaremos bien atendidos. La finca no es muy grande, pero tiene todas las comodidades, y yo le he comprado del licor que a usted le gusta. Iré con mi novia, mi coronel, ella tiene muchos deseos de conocerlo. Pero además de licor tenés que llevar buena comida porque no estoy para ir a pasar hambres; sí, mi coronel.
Milonga Ortiz se sentía satisfecho. No por haber aprobado sus clases, ni por llevar a su novia a la finca, ni mucho menos por haber logrado salir sin la compañía de su madre. No, claro que no. Él adoraba a las dos mujeres de su vida, pero al coronel no podía pasarlo por alto. Le convenía, pensaba, tenerlo contento para que los castigos no fueran tan rudos, olvidarse de los exámenes difíciles y, en fin, gozar de algunas prebendas en la escuela. Por eso decidió que sería mejor utilizar su automóvil y llegó muy temprano a la casa del coronel. ¡Por qué venís tan de mañana!, le espetó. Para que usted no use su vehículo, mi coronel, si quiere le saco el equipaje. Pero antes lávame los vidrios de la casa; sí, mi coronel.
Llegaron a la finca a media mañana y después de descargar el equipaje, Milonga Ortiz invitó al coronel y a su novia a dar un paseo por el río. Vea, mi coronel, hasta aquí llega la finca; ¿y ese ruido? Ah, es una culebra. Déjala tranquila, dijo el jefe, es un buen bicho, aunque se arrastre igual que otros que podrían caminar erguidos. No lo tomó como una ofensa; no podía tomarlo así viniendo de un jefe que había accedido a acompañarlo. Sí, mi coronel, dijo Milonga Ortiz somatando los talones y haciendo el saludo militar.
2. El anhelo
La trabazón de carros era tremenda. No se podía pasar ni por un lado ni por otro y el estruendo que los automovilistas provocaban con sus bocinas era impresionante. No sabían, o no les importaba, que en la fila del centro caminaba el cortejo fúnebre. “Qué relajo —dijo ella— el que se hace para devolver a la tierra lo que es suyo”. La columna avanzaba lentamente y en los vehículos los deudos mostraban rostros compungidos. Cuando lograban pasar, los automovilistas dirigían una rápida mirada al carro fúnebre. “Por eso me mantengo aquí —pensaba ella—, llenando mis pulmones de aire puro y disfrutando de tanta inmensidad. ¿A qué bajar para llenarme de aturdimiento?”. La entrada al cementerio se abrió de par en par para dar paso al difunto y sus acompañantes; fue insuficiente para albergar tantos vehículos, y muchos quedaron aparcados por los alrededores.
Los deudos cargaron en hombros al muerto. El recorrido era largo, pero de esta manera deseaban prolongar su estancia en este mundo. “Al salir de ahí todos volverán a sus farras —dijo ella— y cambiarán la tristeza de sus rostros por risas vanas que el alcohol les proporciona”. Fue puesto en el suelo mientras el nicho era preparado; el llanto de los familiares más cercanos se escuchaba. El rostro de un amigo verdadero estaba descompuesto. Se sucedieron los discursos; las palabras llenas de tristeza afloraron a los labios de parientes y amigos. El muerto fue un buen tipo, lleno de los mejores sentimientos. Nadie recordó actuaciones malas, instintos maquiavélicos ni atroces pensamientos.
Ella continuaba observándolos desde arriba. Confundida entre el azul del cielo, suspendida cual estrella, veía el fin de una vida con todos los convencionalismos que esto implica, hasta que el ataúd fue colocado en su lugar y los deudos abandonaron el cementerio. “Quiero morir en el aire —dijo el águila—, libre de todo. Y cuando muera, que el viento me lleve al sitio que me corresponda”.
3. La incertidumbre
Siempre que los veo ahí, siento un nudo en la garganta. Me parece ver la cara de Aquiles en el momento de su muerte; una muerte precipitada, si se quiere, pero completa. Sí, completa. Porque el que vive la vida como él la vivió sólo puede merecer el descanso definitivo y tranquilo.
Fue una mañana cálida de mayo. El invierno aún no se hacía presente. Estaba en el bosque, como siempre, edificando la vida a su manera. Compartía con los suyos la alegría de una sociedad igualitaria forjada con el transcurrir de los años. Años duros, de trabajo tesonero. Hubo que pelear contra otros más poderosos, acaparadores de la tierra, salvajes hasta decir no más. Se perdieron muchas vidas, pero el idealismo que Aquiles inculcaba en sus coetáneos era inmenso; su ejemplo, avasallador.
Después de tantas luchas, del esfuerzo continuado de Aquiles y su pueblo, la sociedad fue tomando forma: se construyeron hermosas viviendas para todos, centros para rehabilitar enfermos, lugares adecuados para la enseñanza no sólo de menores, sino de adultos que por el dominio al que habían sido sometidos permanecían ignorantes; se crearon centros de trabajo con igualad de derechos. En fin, la sociedad igualitaria que Aquiles añoró estaba en pleno apogeo.
Ese día, Aquiles trabajaba en la construcción de un enorme centro de enseñanza. Siempre deseó que todo su pueblo fuera poseedor de una gran cultura y en ese momento necesitaban ya un centro de enseñanza superior. El esfuerzo había sido grande; la obra estaba casi concluida. Nadie supo nunca de dónde salió el disparo. Simplemente se escuchó el estampido y Aquiles se desplomó. Su rostro quedó rígido. Jamás se supo de ese cazador furtivo que le arrebató la vida.
Siempre que los veo ahí, te decía, siento un nudo en la garganta. Cuando los veo observándonos a través de los barrotes de esa jaula, sin saber en realidad quiénes son los prisioneros.
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