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El único día

jueves 26 de septiembre de 2024
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Vivo con un calendario en la pared y una ventana demasiado alta por la que entra la lluvia por las mañanas. Llueve unas horas y luego, antes de mi comida diaria, para. No tengo reloj, aunque para qué necesito uno, si no tengo nada que hacer ni veo a nadie. Después de las primeras semanas dejé incluso de mirar el calendario, que sólo tiene una hoja. Supongo que al final de esa hoja moriré, o que me matarán. Quizás piensen que oficialmente ya estoy muerto, como los dueños o las víctimas de las otras hojas, sus huéspedes, los que rompieron todos los relojes. O puede que me dejen aquí día tras día, aunque sólo haya una fecha, como si la repetición estimulara la memoria o un comienzo pudiera ser nuevo, como si no morir fuera a crear en mí la necesidad de contarles lo que ellos creen que sé. No saben si fui yo, pero soy lo único que tienen. A veces uno me trae café. No es que sea bueno, pero hace frío y algo es algo. La hoja del calendario responde al clima. Dan por sentado que el cansancio provocará en mí el deseo de hablar, de confesar, de revelar lo que han decidido que sé. O tal vez es que sólo traen aquí a gente como yo. Tampoco es que hablemos mucho; sólo de cosas graves y profesionales, de muertes, de cómplices posibles, no de café ni de la lluvia de las mañanas. De vez en cuando me pegan, me golpean porque ya no saben qué preguntarme ni entienden por qué no les cuento lo que ellos han imaginado que sé. Creo que mi silencio les inquieta. No sé si ellos tienen calendarios con más hojas o morirán al mismo tiempo que yo, cuando comprendan que su vida ya no tiene otro sentido ni otra función que mantenerme vivo. Al fin y al cabo, compartir una circunstancia es en cierto modo compartir un destino, y ellos se levantan todos los días sólo porque yo estoy vivo y miro una ventana y un calendario. Ninguna de nuestras vidas avanza, se pararon todas de repente porque ellos acordaron que yo sabía algo, quizás incluso que fui yo. Ahora ya no llevo la cuenta de los días, la suma de las cosas no proporciona dirección ni sentido.

Esta sensación ha ido calando a ambos lados de la puerta, cuando el cuidador que me trae café comenzó a hablarme de su novia. He decidido —qué otra cosa podía hacer— que aquel día fue el 12, lunes. Desde entonces he ido conociéndola un poco; sé que tiene el pelo castaño y largo, que es cariñosa y un poco salvaje, que no le sienta bien el alcohol y que se muere por el chocolate negro. Él me lo va contando como si su relación hubiera sucedido hace miles de años y lo sacara ahora a colación en una mañana cualquiera de lluvia, para matar el tiempo hasta que yo confiese. Han pasado ya muchos lunes 12 desde entonces, y he empezado a soñar con ella, con cómo se desenrede los rizos por la mañana y cuánto cargue el café, con nuestras primeras palabras al vernos. El cuidador no sabe nada, viene cada vez con más frecuencia a conversar, como si le aligerara el espíritu el poder hablar con un extraño encerrado en el silencio y la lluvia, a salvo de las tormentas del amor. Un día traspasó los límites y entró en mi espacio, el sótano, el vacío inmenso con una hoja de calendario. Entró, sirvió café, se sentó y comenzó a hablar. Hablaba con cansancio, con monotonía, sin pasión por la mujer con la que sueño día tras día, el mismo día.

Al escucharle aquella mañana, algo en mí se abalanzó sobre mi celador, mi rival. Le golpeé una y otra vez, matando y muriendo una y otra vez hasta vencer el límite de mi ceguera, de mi prisión, de mi único día, y escapar así hacia la luz y la lluvia en busca de esta mujer cuyo nombre se ha convertido en mi calendario, en mi reloj, en mi ventana al mundo, la que aún no sabe de mí. Llevo demasiado tiempo encerrado en este sótano, muchas vidas repitiendo el mismo día. Pero soy el de siempre, sólo ha pasado un día, un lunes; nada irremediable, al fin y al cabo. La buscaré en las calles cuyos nombres he aprendido con cada confidencia de mi carcelero, conozco los nombres de las panaderías. Tarde o temprano coincidiremos, y le contaré cómo cae la luz en la ventana, las puertas y los silencios que he ido derribando, los secretos que he guardado para ella día tras día.

El resto no creo que sea necesario.

Miguel Rodríguez Otero
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