Delirium
La fiesta estaba hermosa, los juegos de luces del salón de bailes agregaban un ambiente surrealista, por momentos azules, amarillas, luego rojas, en tanto focos de luces blancas se desplazaban resaltando rostros alegres, embebidos en el gozo.
Llegaron temprano para no perder nada del saludo de los amigos, ni del delicioso vino que siempre se servía a ríos.
—Hola, Miguel, ¿cómo has estado?
—Bien, gracias, ¿y tu tesis cómo sigue?
—No tan bien como tus éxitos con la poesía.
Luego que le otorgaron el premio de poesía más importante de la ciudad, el “Magela Dessirée”, se convirtió en una celebridad, no había fiesta a la que no estuviese invitado ni actividad cultural que no pensase en incluir la lectura de alguna de sus obras. Le gustaba ir, presentarse, recibir los elogios de los amigos y de los desconocidos que se disputaban su saludo y, de paso, regalarles esa sonrisa vestida de humildad con la que pretendía ganarse su agrado.
Su esposa, Glenda María, era una mujer de figura inigualable y una delicadeza natural en el trato que le ganaba sin pretenderlo y sin esfuerzo el cariño y el respeto de todos. Él lo sabía, disfrutaba en extremo presentarse con ella, enseñarla, ganarse la envidia de los hombres, dejarla ir para luego acercarse despacio y robársela con cualquier insustancial pretexto; el juego era ese, cederla y arrebatarla.
Pero no hay felicidad que dure cien años, ni cuerpo que la merezca. Fue un detalle minúsculo, totalmente insignificante; bien dicen que las tormentas más terribles llegan anunciadas, apenas, por un vientecito.
Ella platicaba con unos amigos. Sus manos ágiles y francas se movían dando gracia a sus palabras. La observaba de lejos, en la distancia, como el predador acecha su presa. Los ojos que sobre ella se posaban, embelesados, lo animaron a la carga.
La tomó del brazo y, delicadamente y en un susurro tierno, le solicitó:
—¿Nos vamos, amor?
—¿Ahora, tan rápido? Pero si apenas está anocheciendo. No, amor, por favor, la fiesta está hermosa, y la plática, para no dejar sobras.
—Sí..., pero ya sabes qué acordamos —lo dijo mirando a los que la rodeaban, con una sonrisa de disculpa.
No habían acordado nada en absoluto, pero esa era su señal, su secreta manera de salirse para estar solos. Cuando se acercaba y la sustraía con tales pretextos ella, agradecida, lo besaba.
—Qué bueno que llegaste, moría de aburrimiento —solía susurrarle.
Pero algo cambió ese día. No estaba aburrida ni deseosa de su compañía; disfrutaba del ambiente y la admiración de sus interlocutores. Eso no estaba bien, al menos para él, acostumbrado a los halagos y a la obediencia.
—No, amor, aún no quiero marchame. Mejor disfrutamos un rato más —insistió ella.
Él no estaba listo para este acto improvisado de desacato. Ya se ha dicho que el que prevea hasta los detalles se lo chinga la sorpresa.
Le apretó ligeramente el brazo y, acercando su boca al oído, quedito, sin que otros supieran de qué se trataba el texto, le repitió.
—¡Amor, te dije que nos vamos!
Ella, de tan delicada, no pudo aguantar el enojo por la impertinencia y, a voz en cuello, le respondió:
—¡Pues ya te dije que no nos vamos!
Todos en el salón le dirigieron la mirada. La vergüenza en los ojos ajenos alimentó la de los propios. No se pudo contener, perdió la compostura, los estribos y las herraduras, todo de una sola vez. Con un manoteo grotesco, una voz descompuesta y el rostro totalmente contraído de la ira, comenzó a patear el piso una y otra vez.
—¡Que nos vamos, ya te dije que nos vamos! ¡Que nos vamos, ya te dije que nos vamos! ¡Que nos vamos, ya te dije que nos vamos!
La fiesta quedó en silencio, la música, el choque de las copas, el sonido de los pasos en el baile y hasta la caída de agua de la fuente de la entrada enmudecieron. El universo entonces parecía recogerse en una gota negra y confusa de vida humana, una vida que no podía estar más allá de las propias ideas que se creaba para sí. Ni la música, ni el baile, ni la gente, ni el piso, ni su esposa misma se le hacían cercanos; todo era nada, sólo la idea, la recurrente idea de ser algo que no es. El mundo, el universo entero en una gota de agua, eso somos.
Alguien le dio aviso a la enfermera, que llegó corriendo; se detuvo frente a él, recuperó el aliento y con la voz más dulce que imaginarse pueda le dijo:
—Vamos, Miguel, es muy tarde y debes descansar.
Tomándolo de la mano lo acompañó al cuarto de los esquizofrénicos mientras él continuaba repitiendo en voz baja, apenas perceptible:
—¡Que nos vamos, ya te dije que nos vamos!
Lucina
—No es justo. Lo he dicho muchas veces y no me cansaré —espetó la mujer con furia.
—Mujer, no seas necia, deja que Dios haga justicia; Dios es grande —Lucina sonrió.
Era un hombre de avanzada edad, unos 76 años, que era mucho para ese territorio de la sierra Mixe de Oaxaca donde se cosechaban la rebeldía y el hambre con regular abundancia. Acostumbrado como estaba al trabajo duro y el poco alimento su cuerpo, terminó moldeando su carácter: parco en el hablar y abundante en la brega; que las necesidades no se satisfacen solas. Tenía una creencia profunda en los poderes divinos heredada de su abuela materna: Lucina Taurino Castillo; mujer curtida en el trabajo de la casa y la obediencia a Dios y al marido, como debe ser.
Lucina era la primera en levantarse a hacer los trajines de la casa. La fría madrugada de la sierra era su amiga y la protegía de los resfriados, catarros y pulmonías que terminaron con la vida de tantos conocidos. Se despertaba, tomaba un baño de agua fría y un café caliente, muy concentrado. Luego preparaba el desayuno de su muy larga familia, lavaba los trastes, la ropa, el piso, avanzaba en la cocina y se ponía a tejer, su pasatiempo predilecto; siempre en silencio para dejar que hable Dios, como decía.
A Lucina nunca hubo que regañarla ni golpearla como a tantas y tantas originarias a las que sus maridos daban algunos golpes profilácticos luego de embriagarse con mezcal. Al esposo de Lucina le agradaba el mezcal de Tobalá traído directamente de la Sierra Madre Sur del estado de Oaxaca preparado con un maguey silvestre especial. Nadie había podido domesticar aquella planta y eso elevaba el precio de la bebida. Mucha hambre pasó Lucina viendo cómo el poco dinero que entraba en casa se gastaba en bebida. Ella (como debe ser) no se quejaba, nunca lo hacía; al contrario: servía humildemente copas de mezcal a su hombre y le preparaba picaditas de tripa de cerdo que tanto le gustaban. Luego a lavar ropa para la calle y a vender tamales para ganar el dinero y mantener a su esposo y a los doce hijos que su hombre de la mano de Dios le había dado.
Lucina nunca tuvo placer en la relación con su pareja. “Eso es de putas, la mujer a lo que vino a este mundo, a servir a su hombre y a dar hijos”, pensaba. “Jesús sufrió mucho y es justo que la mujer lo sufra también”, decía.
Su primera relación sexual a los doce años le dolió como madres; le dolió en el cuerpo y en el alma: su primo Rigoberto la agarró a la fuerza detrás del rancho de las vacas. No lo vio venir: desde niños fueron compañeros en el juego y sentía por él un cariño verdadero, limpio; cuando pudo moverse un poco fue para que el dolor del desgarramiento se le metiera más dentro, hasta que le acalambró las piernas.
No gritó, le faltó valor para hacerlo, tuvo miedo; le habrían dado la paliza de su vida por provocadora y por puta. Su primo, por suerte, terminó muy pronto con aquello; se subió los pantalones, le dio la espalda y se fue. Lo vio alejarse, con una impotencia y un asco indescriptibles. En la mesa, cuando tomaron el café con pan de la cena, la miraba de reojos y sonreía (el muy cínico). Lucina no, ella no podía mirar a los ojos, sentía que la delatarían. Desde ese día bajaba la cabeza cuando le hablaban los hombres y clavaba las pupilas en el suelo en un intento por esconder su sexualidad; se sentía sucia delante de ellos, pero no débil, eso nunca más. Él, su primo, el violador, la enseñó a ser mujer; él templó su carácter y educó su discreción en sólo unos minutos en tanto hacía aquello. Le daba gracias a Dios porque él se lo mandó, al violador; ella en lo más íntimo de su ser lo sabía. Dios es grande y sabio.
Fue una tarde, ya el sol cansado de sofocar el cielo con su irreverencia se metía en su noche cuando lo vio venir, con su cara de descarado, sonriéndole. Ella había ido al monte a buscar palos secos para calentar el comal; estaba sola, pero no indefensa; desde el día de la violación supo que regresaría y se preparó secretamente para ello. Cuando su primo la tomó del brazo, con una determinación que para él era dulce y para ella más, una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Lucina. Nada dijo ella; él tampoco. La levantó contra un árbol y le metió la mano entre las piernas, luego lo otro; ella cedió tímidamente, como debe ser; él se excitó más. El violador cerró los ojos para visualizar el placer de penetrar aquella voluntad rendida; la había imaginado cientos de veces ceder a su fuerza mientras se masturbaba. Ella también los cerró; con más placer aún: había esperado mucho aquella penetración, podría decirse que la deseaba; miró el rostro cínico de su primo por última vez mientras le clavaba con determinación la filosa daga en el costado. No pudo gritar, la lengua de ella en su boca se lo impedía.
*
El golpe seco de Lucina partió en dos el hígado, luego en pedazos más pequeños; lo mismo hizo con los chiles, la cebolla y el ajo; luego lo juntó todo hasta que quedara una mezcla uniforme y la puso a calentar en el comal.
La noche estaba fría, la sartén caliente y los niños con mucha hambre.
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