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La abadía

martes 15 de octubre de 2024
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(Granville, 1882)

Fatigada de tanto caminar desde el amanecer, sin rumbo cierto, mas espoleada por la urgencia de escapar de la suerte que le aguardaba en el hogar, una hermosa joven se desplomó cuando dos monjes pasaban junto a ella. Se detuvieron, la ayudaron a reanimarse, y accedieron a llevarla a la abadía ante los ruegos de que la protegieran porque su vida estaba seriamente amenazada. La condujeron delante del abad para que le explicara lo ocurrido, y ella dijo que se llamaba Tally, hija del conde de Leroy, quien la había comprometido contra su voluntad con un rico noble inglés, y esa tarde debía celebrarse el matrimonio en la catedral. Por eso había optado por huir, pues no podía permitir tal atropello contra su dignidad humana.

Tally tenía diecisiete años, y en verdad era una joven bonita y delicada, con un talle esbelto y ojos negros de intensa mirada, pero lo más relevante en ella era su pundonor y sencillez. Hija única, había quedado huérfana de madre a los doce años, y el conde trató de suplir esa ausencia prodigándole toda la atención posible, y satisfaciendo todos sus requerimientos. Pero cuando un inesperado revés en sus finanzas amenazó esa serena estabilidad, la senda más expedita y segura que vio el conde ante sí fue la de valerse de su bella hija, ya codiciada por muchos, para concertar un matrimonio “conveniente” con algún millonario de su elitista círculo de amistades, no sólo para que ella continuara disfrutando de la espléndida vida que siempre la había circundado, sino también para subsanar su resquebrajada economía. Solamente que, procediendo de esa manera, el conde únicamente atendía a la parte material, sin tomar en cuenta los sentimientos de la hija. En esa época, y bajo determinadas circunstancias, era frecuente este tipo de enlace: se ignoraba del todo el deseo y la voluntad de la mujer. ¡Cuántos matrimonios se efectuaron siguiendo esta pauta, en la nobleza y en las altas esferas sociales, además de los llevados a cabo con proyección de futuro, cuando los contrayentes aún eran niños! Pero Tally enardecía ante la idea de realizar una unión por simple interés; por eso prefirió desertar, antes de ver comprometida su vida sin que estuvieran involucrados sus genuinos sentimientos.

Tally concluyó rogándole al abad que no la entregara a su padre si venía por ella, y que como sabía que allí no podía permanecer mucho tiempo, le rogaba hallarle cuanto antes un lugar donde trasladarse; quizás un convento de monjas, pues renunciaba a seguir a expensas de las imposiciones paternas. El abad, hombre joven y sensible, escuchó a Tally con atención y le aseguró que allí podía sentirse tranquila y protegida, y le prometió que la ayudaría con lo del traslado, pero como supuso que el padre emprendería su búsqueda por las inmediaciones, incluida la abadía, les pidió a los monjes que la escondieran muy bien en el galpón del fondo.

Tal y como el abad lo había previsto, a media mañana unos rudos golpes en el portón de la abadía fueron la carta de presentación del conde. Venía con su mayordomo y muy alterado, pero sin perder la compostura le pidió al superior que le entregara de inmediato a su hija, en caso de encontrarse ahí. El abad y los monjes, mintiendo, intentaron persuadirlo de que la joven no se hallaba en la abadía, pero ante la manifiesta incredulidad del conde, lo invitaron a inspeccionar la instalación, si era su deseo, cosa que aceptó sin ningún miramiento. Finalizado el rastreo, el conde quiso pasar al fondo de la abadía, dando una ojeada al galpón donde estaba oculta la hija, pero como los monjes la habían escondido con tal esmero detrás de unos altos cúmulos de heno, le fue imposible divisarla. Se ausentó afligido, presentando las disculpas por la molestia ocasionada. El abad había mentido, y esto lo intranquilizaba, pero tampoco podía permitir que se cometiera una iniquidad contra ningún ser humano. Él mismo fue a decirle a Tally que el conde había venido a buscarla pero, una vez convencido de allí no estaba, se había marchado asaz compungido. Tally, en un arrebato de agradecimiento, abrazó con entusiasmo al abad por haberla salvado.

 

Fue alojada en una pequeña celda anexa a la capilla, destinada a los huéspedes religiosos a su paso por la abadía. Tally se ofreció para ayudar a la señora de la cocina en la preparación de los alimentos, y a cortar las flores para adornar el altar. Cada mañana muy temprano llegaba el capellán encargado de oficiar la misa en la abadía, y Tally asistía con recogimiento y devoción a la celebración del santo ritual cristiano. Todos la observaban complacidos de ver en la joven tanta genuina espiritualidad. Había transcurrido más de una semana, y Tally aún permanecía en la abadía; entonces, se dirigió al abad para saber sobre su traslado, y éste le confió que ese mismo día intensificaría la averiguación y a la brevedad le comunicaría el resultado de la gestión.

La fortuita presencia de Tally en la abadía fue como un paréntesis de dulce laxitud en medio de la adusta rutina monacal, como si una ola de delicada fragancia a todos les hubiera salpicado el corazón. Y el más sorprendido de todos era el propio abad. Comenzó a experimentar un ablandamiento interior, como si antes no hubiera considerado que, al darle la espalda al mundo con todas sus irregularidades, también se la daba a otras situaciones que igualmente le hubieran permitido enaltecer el espíritu. ¿Se había precipitado en su elección religiosa, o quizás la belleza y el encanto natural de Tally eran lo que lo conmocionaba sin que pudiera evitarlo?

Tally tocaba muy bien el piano, y una mañana se sentó ante uno que estaba en la sala de reuniones de los monjes, y suavemente dio inicio a la interpretación de un nocturno de Debussy, sin percatarse de que el abad se había puesto detrás de ella, escuchando la pieza que él muy bien conocía. Sólo al finalizar, advirtió que el abad se retiraba en silencio, sin haber pronunciado una sola palabra, y que todo el tiempo había permanecido junto a ella. La invadió un improviso desasosiego, y recordó las continuas miradas que él le dirigía durante el culto, y que ella delicadamente evadía, pero las atribuía a la inevitable curiosidad que su presencia suscitaba en ese medio severamente religioso y austero. Ahora, ese silencio y la abrupta retirada la intrigaron aún más. Por su parte, la generosidad que él le había brindado, unida a sus finos modales y la suavidad de la voz, a ella también le habían despertado una sutil curiosidad, mas súbito la apartaba de su mente por considerarla rayana en la profanación. Pero en ese momento se preguntaba por qué ningún comentario sobre su interpretación; ¿por qué no le había suministrado la información prometida, y que ella con tanto apremio aguardaba? Entonces, quiso saber qué pasaba por la mente del abad, y en la siguiente función religiosa, en vez de rehuir sus recurrentes miradas, ella también lo observó detenidamente, y ambos experimentaron una imperceptible turbación.

Finalizado el santo ritual, el abad se aproximó a Tally y le hizo entrega del sobre conteniendo la aceptación en el convento. Luego de permanecer callada pocos segundos, Tally le dijo al abad que deseaba partir de inmediato. El abad accedió y les pidió a dos monjes que la llevaran hasta la puerta del convento, diciéndole que apenas partiera llamaría a su padre para comunicarle que ella estaba en un lugar seguro, y así tranquilizarlo, ahora que no podría obligarla a volver sobre sus pasos. Se despidieron con un sentido apretón de manos, que contenía toda la gratitud de Tally, y una velada tristeza por la separación, pero en ese apretón de manos también quedaba plasmada una recíproca expectativa por algo imposible de definir.

Cuando el conde se presentó de nuevo en la abadía y supo dónde estaba la hija, recobró la tranquilidad perdida y pudo apaciguar su congoja, pero le confió al abad que acto seguido iría al convento para persuadirla de tornar a casa, pues había reconocido su equivocación y le prometería que de ahora en adelante sólo atendería a su voluntad y a los dictados de su corazón.

Tally regresó al hogar. Confió plenamente en las palabras de su padre y pronto retomó su acostumbrada actividad: dar lecciones de piano a jóvenes de su entorno, pues, por su competencia y dedicación, era muy requerida.

Habían transcurrido dos años de aquel episodio en la vida de Tally, cuando una mañana, hallándose en la estación de trenes de Granville, para ir a Saint-Pair-sur-Mer, localidad cercana donde residía una destacada alumna suya, entró un pasajero a la espera del mismo tren. Era el abad, casi irreconocible por su delgadez y sin el hábito talar. Vestía un traje azul oscuro y de su cuello pendía el mismo crucifijo de madera. Los dos se emocionaron por el inesperado encuentro, y Tally quiso saber el motivo del notable cambio operado en él, no sólo corporal, sino también en la vestidura. Él le confió que había padecido una severa enfermedad infecciosa, quizás contagiado por unos monjes que venían de la India y habían pernoctado en la abadía, por lo que fue sometido a un intenso tratamiento médico y a un total aislamiento. Pero, una vez convaleciente, las autoridades eclesiásticas le concedieron la licencia para que se restableciera del todo en su ambiente familiar. Sin embargo, continuó diciendo, ese retiro temporal le permitió reflexionar a fondo sobre su futuro en el sacerdocio, y con la mayor honestidad había optado por renunciar definitivamente, pues había comprendido que si siguió la carrera monástica en su momento, fue sobre todo para alejarse del mundano ambiente familiar en que se desenvolvía. Su padre era el marqués De Savigny, pero él renegaba de la futilidad de esos títulos nobiliarios y, ya cansado de tanta frivolidad, decidió entrar al monasterio. Una vez allí, su sana dedicación y gran sentido de responsabilidad lo llevaron a obtener prontamente el grado de abad. Finalizó diciéndole a Tally que se hallaba efectuando los últimos trámites para su definitiva desvinculación del medio clerical. Calló unos momentos, pero continuó mirando a Tally como lo hacía en la abadía, con interés y un dejo de suspicacia. Tally, levemente sonrojada, bajó los ojos con una timidez que más bien resultaba incitadora. Entonces Tancredi, que era el nombre del abad, le tomó delicadamente la mano y juntos abordaron el tren recién llegado que ambos esperaban. Un mismo tren, y probablemente el inicio del mismo destino compartido.

Thaís Badaracco Febres C.
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