Su estudio era tan grande como se pudiera esperar de alguien de su categoría. Tenía un estilo elegante, muebles de madera secuoya finamente tallada, cortinas y alfombras de seda con magníficos mosaicos bordados, tapices que retrataban la historia del mundo y preciosos cuadros adornando las paredes con el rostro de hombres y mujeres que él consideraba valiosos. No los admiraba, pues Él guardaba aquel sentimiento sólo para su notable persona. No obstante, entre todos los humanos, aquellos eran sus favoritos. Había militares y extremistas, diferentes por sus uniformes y al mismo tiempo idénticos por el fuego violento que emanaba de sus cuencas, tenía también santos y pacifistas, luciendo sus características sonrisas hipócritas, príncipes y reyes, presumiendo las joyas robadas de una distante tierra, e incluso tenía una selecta colección de sus papas preferidos, cada uno de ellos vistiendo el humilde blanco y el infame dorado. Este abismal estudio también poseía una inmensa variedad de libros, si la vieras no te parecería raro imaginar que allí no había un solo tema pensado que no fuera comprendido en la monstruosa cantidad de interminables y pesados tomos. Pero lo más notable era sin duda la mesa que se encontraba en el centro. Rompía con el ambiente, pues no gozaba del exquisito estilo de la habitación. Estaba formada por la conjunción salvaje de hiedra, musgo y piedra. Sólo mirarla daba la sensación de que era casi tan antigua como sólo la misma Tierra Gaia puede ser.
La mesa era su posesión más preciada. Lo recordaba bien, pues fue la primera pieza de su estudio. Él la encontró hueca e inhóspita y como un adicto a la sensación de crear comenzó a maquetarla y a poblarla hasta hacer un paisaje que después de varias modificaciones le pareció aceptable. Él mismo escarbó la profundidad de los océanos, trazo él cauce de los ríos, espolvoreó los desiertos, modeló las montañas y dibujó las gélidas tundras. Desgraciadamente, aunque el paisaje que creó era verdaderamente bello y tan perfecto como ningún otro, no fue suficiente para Él. No, alguien así, incapaz de apreciar la estética de la simpleza, se aburre rápido. Entonces tomó unas hormigas y las metió a su mundo sintético. Al principio se contentó con verlas. Eran simples, por lo menos al inicio, cumplían con su ciclo: nacían, se reproducían y eventualmente morían. Sin embargo, todo cambió cuando una de las tantas colonias que poblaban su tierra levantó una estatua de algo que no podía ser otra cosa más que Él mismo. Se reconoció en las facciones de la piedra labrada y en su interior sufrió la abominable inflamación de su ego. Se sintió importante, enfermamente febril al ver los templos donde cientos de hormigas iban a adorarlo. Confiaban ciegamente en Él y actuaban sin prueba alguna según lo que ellas imaginaban que era su voluntad. Incluso llegaron a pensar que podían sobornarlo para favorecer a una colonia más que a otra. Le ofrecían sus tesoros, su comida, sus larváticas crías, e incluso hasta su vida en sagrado suicidio. Él sonreía, pero no por sentirse honrado. Era más bien una grotesca y tétrica diversión colmada de odio por aquellos seres que consideraba abismalmente inferiores. A Él de nada le servían aquellos montículos de estiércol a los cuales las hormigas llamaban tesoros, su comida era desperdicio, le asqueaba su descendencia retorciéndose en el fango y su vida, tan insignificante, ya era suya.
Periódicamente y cada vez más seguido, sus sonoras carcajadas hacían temblar las paredes de su estudio. Empezó creando desastres por puro ocio, desbordó los océanos y calcinó el suelo con la erupción de los volcanes y se partió de risa cuando las hormigas, en medio del infierno y el diluvio, se ponían de rodillas y rogaban por su misericordia. Pero evolucionaron y pronto ya ni siquiera tenía que provocarlo, sólo se sentaba a mirar con sadismo cómo se despedazaban entre ellas en su nombre. Se maravilló cuando las hormigas se convencieron de que su voluntad era difundir su fe por Él y al no conseguirlo iniciaron incontables masacres e incluso, cuando una colonia perdía, se las arreglaba para torcer la verdad y modificar su fe, convirtiéndose en los vencedores aun en la derrota. Se crearon narrativas para justificar sus acciones y su lugar en el mundo, para que una hormiga se erigiera como supieron de las demás, para matar sin ser llamado asesino, para actuar con crueldad y predicar bondad, para esclavizar y ser celebradas como libertadoras. Crearon nuevas formas para matarse, maneras creativas de devorarse entre ellas. Si no con armas, lo hacían con enfermedades y, si eso tampoco funcionaba, podían confiar en la propia decadencia de su raza maldita.
Generaciones de hormigas fueron observadas por Él desde su estudio y la música, la terrible sinfonía de la historia de su mundo, fue su risa maníaca, retumbando incomprensible para ellas, pero latente y constante, burlándose de su primitiva naturaleza y de su limitada visión del escenario que las rodeaba. Sin embargo, la risa paró. Se detuvo tan súbitamente que por un segundo todo quedó en un silencio atroz. Él, por primera vez confundido, observó a las mismas hormigas que había torturado de tantas maneras derribar los templos que levantaron en su honor, las vio quemar los libros sagrados que le dedicaron y blasfemar las palabras que durante siglos le atribuyeron. Habían evolucionado, las hormigas se habían dado cuenta de la verdad que Él nunca quiso aceptar. La verdad que dictaba que su existencia y la de su precioso estudio jamás tuvo lugar más que en su mente colectiva. Las hormigas se revelaron como las verdaderas creadoras y Él como la ficción.
Ya no necesitaban la idea de Él y así, conforme la fe de la última de las hormigas comenzó a agonizar, todo a su alrededor crujió y tembló. Aterrado observó cómo sus muebles de lujosa madera secuoya eran devorados por enjambres de termitas, sus alfombras, cortinas y preciosos tapices se incendiaron, sus libros cayeron de sus estantes con el asqueroso olor a papel putrefacto y sus cuadros de... ¿Dije hombres y mujeres? No, quise decir, sus cuadros de notables hormigas fueron lo último que se mantuvo en su lugar, sitiándolo y rodeándolo como bestias, a punto de devorarlo. Entre terremotos, el suelo cedió y cayó en el abismo, en la nada, y mientras caía la visión de las terribles hormigas que lo veían desde los lujosos cuadros lo seguían acosando. Todo eclosionó y la nada fue lo único que quedó. Sí, fue Él quien las creó, pero fueron ellas las que borraron su existencia a costa de la suya.
¿No había sido Él omnipotente creador de ellas y todo lo que les rodeaba? ¿O acaso no fue más que la ficción de un pueblo primitivo? Así cayó infinitamente a un insondable vacío. Preguntándose y eternamente torturándose con una incógnita sin respuesta.
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