Estallaba el rugido de la burocracia. El constante y arrítmico tecleo de cientos de computadoras, los sellos estampándose, las engrapadoras clavando sus colmillos y el sonido de montañas de papeles pasando de manos humanas a inmensos archivos, dominaban el ambiente. La sede de la Secretaría Bancaria Estatal, o SBE, era como cabría esperar: un edificio con ventanas rectangulares por las que apenas pasaba la luz del día. Dentro, estaba iluminado por tintineantes y violentas lámparas que lanzaban un brillo pálido sobre las reflejantes losetas mosaicadas y los cientos de escritorios negros distribuidos en largas hileras en la enorme sala.
En cada uno de ellos había un hombre o una mujer. Sin importar cuál fuera el caso, compartían inmensas ojeras y, sobre éstas, una mirada carente de pena, misericordia o cualquier rastro de empatía. Vestían el sencillo, pero monótono, uniforme de un burócrata estatal: pantalones beige, camisa blanca y una corbata negra, lisa y sin diseños. Por otro lado, el único adorno eran los estandartes gubernamentales, las pantallas donde aparecía el Portavoz y un inmenso reloj suspendido al fondo de la habitación.
Karl se revolvió incómodo en su asiento. Entre su mano derecha y el muñón de su izquierda sostenía un sencillo fólder repleto de documentos. Esperaba que esta vez tuviera todo para el trámite. Un hombre sólo podía navegar por el sistema bancario un número finito de veces antes de perder la razón y quedar irremediablemente loco. No, esta vez estaba seguro: lo tenía todo. Lo revisó dos veces antes de irse a la cama, una al despertar y por lo menos una docena más mientras esperaba en la larga fila.
Había llegado a las nueve de la mañana, la hora en que las oficinas de la SBE abrían sus puertas. No fue sorpresa encontrar gente que ya estaba formada. Como él, no estaban completos. A algunos les faltaba un brazo, otros caminaban en muletas por la ausencia de una pierna, otros cubrían el agujero en su rostro con un parche, y aquellos que parecían tener todos sus miembros en su lugar... uno sólo podía adivinar. Pero era seguro que les faltaba algo.
Casi todo el mundo, por una u otra razón, había tenido que renunciar a una parte de ellos. Sólo unos cuantos privilegiados tenían el honor de permanecer enteros y, a veces, los que poseían una riqueza grotesca podían incluso permitirse tener más partes de las que necesitaban. Como sea, ninguno de ellos acudía a las oficinas centrales de la SBE. No, ellos tenían las suyas. Karl, por supuesto, nunca había entrado, pero se rumoraba que allí había refrigerios, sillones cómodos y dependientes sonrientes. Un sueño. Así eran las cosas bajo la atenta mirada del Portavoz, aquel hombre guapo y elegante que aparecía en todas las pantallas de la ciudad, recordándoles a todos las reglas de su cuadrado e incoloro gobierno.
—Recuerda: un buen ciudadano siempre paga lo que debe —rugió la melosa voz del Portavoz.
Miró el inmenso reloj suspendido al final de la sala. Marcaba las tres de la tarde. Su pie derecho tamborileó sobre el suelo, que desprendía un intenso olor a cloro. La hora de servicio terminaba a las cuatro. Después de eso, no importaría toda su espera, y tendría que pedir otro día de sus escasas vacaciones en el trabajo para volver a la mañana siguiente. Aquello no le gustaría a su jefe, el señor Berney, un hombre alto y malhumorado. Era sabido, a voces y nunca muy altas, que en su infancia había sido un diminuto chiquillo. Sin embargo, ahora, con dos pares de fémures, unas cuantas costillas extra y un juego más de antebrazos y bíceps, sobrepasaba los dos metros.
Karl casi podía escuchar sus regaños y gritos sobre cómo la gente ya buscaba cualquier pretexto para no trabajar. Aun así, el burócrata no parecía tener prisa. Tecleaba quién sabe qué en su computadora sin mirarlo. Karl notó que le faltaba un dedo índice.
“Afortunado”, pensó. Luego aclaró la garganta y observó los ojos hastiados del dependiente, que lo miraban por encima del monitor. Suspiró estirando la mano. Karl no respondió. Se limitó a entregar el fólder. Aquellos seres eran muy sensibles. Un tono incorrecto o una frase que pudiera ser tomada como reto o insulto era suficiente para que usaran el poco poder que tenían para entorpecer el proceso. El hombre ojeó los documentos con aire crítico. Probablemente estaba acostumbrado; era un trámite común. Asintió y volvió a la computadora. Tecleó un poco más y, al poco tiempo, con aquel sonido infernal, la copiadora empezó a vomitar una serie de papeles.
—Firme aquí y aquí. Sus iniciales en la hoja siguiente. Fecha, nombre y firma en la última.
Karl miró las hojas. Ya las conocía: era el Contrato de Comercio Absoluto. Una de las genialidades más grandes propuestas por quien sea que controlara al Portavoz. La norma, en favor de un comercio libre, permitía vender cualquier cosa que quisieran por los precios establecidos según la SBE. Lo leyó de reojo intentando discernir si había algo diferente al contrato de la última vez. No, todo era idéntico. En la primera hoja estaban sus datos personales, mientras que en la siguiente había una larga lista de apartados sobre lo que se buscaba vender. Había desde propiedades, personas, bienes, servicios y más. Karl asintió al ver que estaba tachado el apartado donde se leía “Cuerpo”. La última hoja era tan sólo un aviso de conformidad con las leyes y precios.
Karl firmó y devolvió el formato.
—¿Qué va a vender? —preguntó el hombre sin mucho afán.
—Esperaba el ojo, señor.
—¿Izquierdo o derecho?
—Izquierdo.
—Sus exámenes parecen estar en orden —murmuró para sí mismo—. Sí, por su ojo izquierdo, usted recibirá dos mil créditos.
—¿Sólo dos mil? —exclamó sorprendido. Hace unos años, cuando pagó su préstamo universitario, le dieron el doble por su mano izquierda.
El burócrata se encogió de hombros mientras bostezaba.
—¿Qué hay de mi pie?
El hombre tecleó buscando el dato.
—Por el izquierdo, dos mil quinientos. Pero el derecho, cuatro mil.
No era suficiente. Necesitaba por lo menos dos mil más. Karl miró hacia abajo. La oscuridad del escritorio le devolvió la mirada.
—¿Y si incluyo mi pierna derecha hasta la rodilla?
—Siete mil créditos —bufó.
El reloj marcaba las tres y media. No le quedaba mucho tiempo.
—Está bien —aceptó resignado.
El hombre asintió y volvió a su computadora. Unos minutos más tarde, y después de algunas firmas adicionales, le entregó un documento. Karl leyó la letra violenta impresa sobre el triste papel blanco.
—Repórtese al quirófano el día indicado. La cantidad pactada será depositada a su cuenta en dos o tres días hábiles.
Karl guardó la hoja y se retiró. Mientras caminaba, levantó la cabeza. El Portavoz le sonreía; más que eso, parecía seguirlo con la mirada desde la tétrica pantalla. Apretó los dientes y salió del edificio.
El camino a casa fue lento, pausado y agotador. Aun así, lo disfrutó; pronto ya no tendría una pierna, y estaba decidido a aprovecharla, aunque fuera para recordarla.
Las oficinas más importantes estaban en el centro de la ciudad. Era paradójico, pues nadie que verdaderamente las usara vivía allí. No, todos los que eran como él residían en las afueras, allí donde las rentas no costaban un ojo de la cara. Aunque, a veces, sí era necesario dar medio dedo cuando la cosa iba mal.
Cuando llegó a casa, todo lo demás se desvaneció. El aroma a comida caliente llenó sus fosas nasales, y de repente advirtió su hambre. Su esposa lo recibió con una sonrisa que calentó su alma. Le dedicó una mirada amorosa, haciendo énfasis en su vientre embarazado. No dijo nada. Por un lado, no podía: no tenía lengua, la había vendido cuando nació su hija. Por el otro, no lo necesitaba. Ambos se entendían sin palabras.
Allí, en la mesa, sobre la periquera, estaba Anna, su hija. Al verlo, comenzó a balbucear mientras estiraba sus regordetes brazos para alcanzarlo. Karl la levantó, apoyando el muñón en su nuca y la mano derecha en su espalda. La miró como si nunca lo hubiera hecho antes. De repente, la idea de vender su pierna no parecía tan mala. Cuando se enteraron de que serían padres por segunda vez, su esposa quiso ser ella quien volviera a sacrificarse. Era inevitable: no tenían dinero para cubrir los costosos gastos del hospital, y, aparte de ellos mismos, no tenían nada más. Tenía buenos argumentos. Ella insistió en que podía seguir siendo ama de casa sin un brazo, ojo o alguna de sus piernas. En cambio, él necesitaría su cuerpo completo para seguir manteniendo el hogar. Sin embargo, Karl no lo consintió. Ella ya no tenía lengua; era su turno de hacer un sacrificio por su familia. Decidió no decirle, al menos aún, que había elegido vender la pierna derecha y no sólo el ojo, como habían acordado esa mañana. Podía soportar estar incompleto, aunque fuera por la mera ilusión o esperanza de que a Anna nunca le faltara nada.
Al día siguiente, en la oficina, a unos cuantos minutos de salir, su teléfono sonó.
—Karl, ¿podrías venir a mi oficina, por favor? —la voz del señor Berney sonó del otro lado de la bocina.
Se sobresaltó; nunca le había hablado en ese tono tan educado, casi suplicante. Aquello le provocó una horrible sensación en todo el cuerpo. Era tétrico pensar que ese monstruo podía ser un hombre amable. Aun así, obedeció, pues lo conocía lo suficiente para saber que ese extraño buen humor no duraría para siempre. Karl abrió la puerta, interrumpiendo una conversación. Ambos, el señor Berney y su esposa, giraron hacia él apenas entró. Karl había visto a la esposa de su jefe antes, aunque no estaba seguro de conocer su verdadera apariencia. Siempre que la veía pavoneándose en la oficina tenía algo nuevo. Era adicta a las operaciones de miembros, algo común entre la gente de su clase. Esta vez lucía tres pares de preciosos ojos. Unos, los verdes, estaban sobre su frente; los azules, en su lugar, y los rojos, sobre sus pómulos. Además, Karl creyó advertir que los labios no eran los mismos que tenía la última vez. Todo lo que llevaba puesto se traducía en una cantidad de créditos que, ni sumando los sueldos de una vida, Karl podría soñar con tener.
—Pasa, pasa. Toma asiento, por favor —insistió el señor Berney. Su cuerpo anormalmente largo sobresalía por el otro lado del escritorio.
Karl obedeció en silencio.
—¿Quieres algo de beber?
—Estoy bien, muchas gracias.
—Dime, muchacho, ¿cómo has estado? Escuché que ayer fuiste a la SBE. Fuiste a hacer el trámite de Comercio Absoluto, ¿no es así?
—Así es, señor —respondió Karl, arqueando la ceja.
—Vamos, no pongas esa cara. Nancy me lo dijo todo —sonrió.
Lo miraba como si fuera un pedazo de carne. Algo poco común, pues normalmente para el señor Berney los empleados eran como larvas inservibles, excepto quizás por sus extremidades.
—¿Qué vas a vender?
—Mi pierna derecha —contestó después de un tiempo.
—No, eso no puede ser —reclamó el señor Berney con un tono de aparente preocupación—. Eso bajará tu rendimiento en el trabajo. No puedo permitirlo. Odiaría tener que despedirte, querido Karl. Eres muy valioso para mí.
—Lo siento, señor. Es que mi esposa está embarazada y el hospital...
—Ah, ahora entiendo —lo interrumpió el señor Berney, sonriendo como si acabara de resolver un enigma. Algo en la manera en que se iluminó su rostro sugería que no estaba sorprendido—. Debiste venir conmigo antes, hijo. Yo puedo ayudarte.
—¿Ayudarme? ¿Cómo?
—Bueno, eso es justo de lo que quería hablarte —carraspeó el señor Berney mientras entrelazaba sus manos desproporcionadamente largas—. Este será tu segundo hijo, ¿no es así?
Karl asintió, cada vez más incómodo. No le gustaba nada la dirección que estaba tomando la conversación.
—Verás, mi esposa y yo no hemos tenido la dicha y la suerte que tú tienes. Los doctores dicen que es por todas estas operaciones, pero ¿qué van a saber ellos? Le pusimos el mejor útero que pudimos encontrar y, aun así, no ha funcionado. Nunca hemos podido tener un hijo, alguien a quien legarle toda mi riqueza. Todo mi poder.
—No —respondió Karl de inmediato, sin pensarlo. Se sorprendió a sí mismo con la firmeza de su negativa, pero su jefe no pareció molestarse.
—No seas idiota, Karl —murmuró Berney con una sonrisa que no tenía ni un ápice de bondad—. Tú necesitas créditos, y yo puedo dártelos. Tú tienes dos hijos, y yo quiero sólo uno de ellos.
Karl sintió que el mundo entero se derrumbaba sobre sus hombros.
—Supongo que no puedo obligarte, pero es mi deber como tu jefe decirte dónde estás parado. Por un lado, si te niegas, conservas a tus hijos, pero sin tu pierna temo decir que tendré que despedirte. Dudo que duren mucho después de ello, pues aceptémoslo: el cuerpo de tu esposa y el tuyo, incluso si lo dieran entero, no sobrepasaría los cien mil créditos. No es suficiente para que dos niños sobrevivan, y sé que no eres estúpido. Lo sabes.
Karl permaneció en silencio.
—Por otro lado, podrías conservar tu pierna y, más que eso, pues con lo que estoy dispuesto a pagar por tu hija podrías volver a comprar esa mano que te falta, la lengua de tu esposa, y aun así podrías seguir viviendo muy cómodo con el sueldo del nuevo puesto que estoy dispuesto a ofrecerte. Claro, si aceptas.
La mujer del señor Berney, que hasta entonces había permanecido al margen de la discusión, se acercó. Frente a Karl puso un contrato y una pluma dorada. En el encabezado del documento se leía: Contrato de Comercio Absoluto.
Karl tragó saliva al ver los números. El nuevo sueldo, compuesto por una suma de cinco ceros, era más de lo que podía haber imaginado ganar en toda su vida. Además, el señor Berney había fijado el precio de compra de Anna en un millón de créditos.
El larguirucho y monstruoso hombre le había dado una opción, pero era una ilusión. Le pedía que eligiera entre la muerte de su familia o el olvido de su hija. Karl tomó la pluma con la mano temblorosa y firmó. Su corazón se partió en mil pedazos, pero la decisión estaba tomada. De alguna forma era mejor que Anna creciera completa que volver a tenerla cerca.
- Ley Comercio Absoluto - jueves 3 de julio de 2025
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