La rutina perfecta, kantiana, que no sufre alteración, es lo seguro, lo que conduce siempre a la solidez de lo conocido, donde todo fluye sin los sobresaltos de lo inesperado. Pero como la vida se sustenta en el cambio, ninguna rutina, a la larga, está exenta de él, a comenzar por la rutina del vivir, que en cualquier momento cambia y se transforma en muerte. Así, cualquier rutina secular puede ser afectada de improviso, causando desconcierto o malestar al sugerir una alternativa diferente. Esto fue lo que pasó con Thelma. Niña a las puertas de la adolescencia, con una apacible vida familiar; estudios bien llevados, y con la placentera costumbre de ir todos los fines de semana al cine en compañía de su abuela, incluso por la cercanía del local. Corrían los años cincuenta y se proyectaban allí los más variados géneros de películas: policíacas, románticas, de indios y vaqueros. Pero cuán lejos estaba ella de imaginar que la paz de esa amena rutina semanal se vería alterada por una película que le convulsionaría la incipiente existencia. Había entrado al cine como la Thelma de siempre, y había salido siendo para sí misma una persona diferente: emocionada, conmovida y, según su honesta convicción, profundamente enamorada. Se trataba de una película mexicana, las más proyectadas en esa época, y el protagonista, un apuesto galán de belleza incomparable. Su sonrisa, junto con una mirada envolvente de destellos azules, desleía hasta el corazón más empedernido. Demasiado para la pequeña Thelma. Se sintió inerme ante tanta belleza, y su corazón no cesaba de latirle acelerado. Salió en silencio de la sala de cine, sintiendo que ya no era la misma. En lo sucesivo, la imagen del galán ocuparía una y otra vez su mente, haciéndole idear idílicos momentos junto a él, con la esperanza de verlos algún día concretados.
Durante los primeros años de secundaria fue fiel a esa mágica fantasía, reforzada por un acontecimiento que tuvo lugar en ese tiempo. Sus padres la llevaron una noche a un espectáculo a campo abierto, en un centro de atracciones de la ciudad muy conocido. Se presentaban allí los más renombrados artistas del continente, y esa noche, sin ella saberlo, actuaba su galán. Debido a la gran aglomeración de personas, y a que se hallaban algo retirados del escenario, Thelma no lo pudo ver con nitidez, y salió entristecida del lugar. Ya en plan de retirada, un fuerte remezón entre la gente la hizo chocar contra el hombre que en ese momento se hallaba a su lado. Éste volteó sonriendo y, sin que ella pudiera reaccionar, suavemente le acarició la cabeza y le entregó una foto suya autografiada. Era él. Con la misma deslumbrante mirada de ojos azules y la misma sonrisa fascinante. Thelma sintió que se derrumbaba por dentro. Permaneció rígida, como entumecida, de modo que su padre tuvo que halarla por un brazo para proseguir el camino. Ese breve tropiezo le reafirmó la belleza y el encanto del actor, y le reforzó aún más el amor que ya estaba arraigado en su corazón. Si bien todavía era casi una niña, sabía que crecería y se haría mujer, y él todavía estaría en la plenitud, como hombre y como artista. Entonces decidió expedirle una carta a México, sin saber si la recibiría, pero necesitaba expresarle la intensidad de sus sentimientos, desde que lo vio la primera vez en una pantalla de cine, hasta que lo tuvo enfrente y le obsequió su fotografía, sellándole definitivamente su gran amor. No omitió nada. Le dijo su edad, catorce años por cumplir, y que cuando ya fuera una mujer lo buscaría, pues ese amor tan profundo no podía perderse en el vacío. También le envió una fotografía con la siguiente dedicatoria: “Al único sol que alienta mi vida”.
Pasaron más de cinco años. Thelma tenía ahora el talante de una mujer bonita y esbelta, y como era de esperar, la realidad le fue ganando poco a poco terreno a la fantasía. La imagen de su amor soñado, otrora tan fuertemente anclada en su mente, había empezado a debilitarse, aunque sin borrarse del todo, permitiéndole sumergirse sanamente en la inmediata realidad. Tuvo amigos y enamorados; ilusiones pasajeras, sin llegar a involucrarse en una relación sentimental de importancia. Se forjó un criterio objetivo que le permitió colocar cada cosa en su debido lugar; es decir, que pudo calibrar hasta qué punto la imaginación había dominado sus más recónditos deseos, y allí los dejó reposar como infranqueable tesoro, aunque recubiertos por un indeleble rayo de esperanza y de luz.
Al cumplir diecinueve años, ya para ingresar en la universidad, su padre, debido al excelente rendimiento en los estudios y a la predilección que sentía por México, le obsequió un viaje a ese folclórico país, donde presto se trasladó en compañía de su madre. Una vez en Ciudad de México, se instalaron en un elegante y céntrico hotel, con la intención de iniciar al día siguiente el itinerario preestablecido, que las llevaría a algunos sitios importantes del país.
A poco de partir el tren para Cuernavaca, un joven entró al compartimento y se instaló frente a ellas. Enseguida tuvo inicio una amena conversación. Apuesto, extrovertido y muy mexicano, les comentó que iba a Cuernavaca a retirar ciertos documentos que le exigía la universidad. Su nombre, Roberto. La información fue recíproca; ella le dijo que se llamaba Thelma, venezolana, y que se hallaba allí gracias a su padre que le había regalado el viaje como premio por su éxito en los estudios, y porque sabía de su desmedida admiración por México, y que al nomás regresar iniciaría los estudios de Filosofía en la universidad. Al llegar a Cuernavaca, el joven se ofreció para acompañarlas y mostrarles los lugares más típicos de la ciudad, originándose así una agradable y sincera amistad, la cual, por la consiguiente asiduidad, imperceptiblemente fue transformándose en una sutil connivencia afectiva. Cada día Roberto se presentaba al hotel para llevarlas al sitio escogido, y así, hasta que llegó la hora de la partida. Allí en el aeropuerto estuvo Roberto para despedirlas, prometiéndole a Thelma que a la brevedad iría a visitarla a Venezuela, y así aprovecharía para conocer ese país suramericano que tanto lo atraía por la variedad de su geografía y por su exuberante mundo vegetal.
Antes de los dos meses ya se encontraban recorriendo el Ávila, disfrutando de la policromía de Galipán, visitando los sitios históricos de la capital y organizando el viaje para visitar el Parque Nacional Canaima, con su impresionante salto Ángel, la Gran Sabana y los característicos tepuyes, cosas éstas que para Roberto encerraban una extraña y misteriosa belleza. Como la relación entre ellos había tomado un cariz más consistente, Roberto le propuso a Thelma formalizarla en México ante la presencia de su padre, único familiar directo, pues su madre había fallecido cuando él era muy pequeño, y su padre nunca quiso imponerle una madre sustituta. Lo había criado una “tata” que siempre estuvo pendiente de él, y que en verdad no habría podido hacerlo mejor. Nuevo viaje de madre e hija al país azteca. Roberto lo dispuso todo para que el tradicional cruce de aros tuviera lugar en su casa. Así, al otro día de haber llegado, Thelma y la madre ya se hallaban en la espaciosa mansión de Roberto, decorada con sobria, pero sutil elegancia; esperaban sólo la presencia del padre para efectuar el íntimo acto familiar. Éste llegó finalmente con cierto retardo, y se fue acercando para las debidas presentaciones, pero cuando le tendió la mano a Thelma y ésta lo miró a la cara, ambos experimentaron una fuerte turbación. Él, porque de inmediato comprendió que Thelma era la chica de la fotografía que guardaba con tanto celo desde hacía varios años, junto con su amorosa misiva; ella, por hallarse envuelta de improviso en el amor avasallante de su adolescencia: la misma sonrisa encantadora, la misma mirada azul resplandeciente. No pudo estrecharle la mano. Simuló un repentino malestar y le pidió a Roberto y a su madre que la llevaran de vuelta al hotel, pues en esas condiciones le era imposible continuar. Roberto, contristado, accedió a la petición de Thelma, prometiéndole que por la mañana volvería a visitarla.
Cuando Roberto retornó al hogar, su padre lo aguardaba. Quería sostener una delicada conversación con él, pero viéndolo tan desencajado y ansioso, sólo atinó a manifestarle que él sabía la causa del malestar de la chica y, sin añadir una palabra más, se dirigió a la caja de seguridad y regresó con un sobre que le entregó de inmediato. Roberto extrajo la carta con sigilo, y en medio de su estupor y de sus sentimientos resquebrajados le preguntó al padre qué lo había motivado a conservar la carta de una adolescente desconocida durante tantos años. Él le replicó que precisamente por eso, porque se trataba de la carta de una niña inocente y pura, y no de las innumerables cartas recibidas a lo largo de su carrera de mujeres de todas las clases y edades, proponiéndole u ofreciéndole las más variadas cosas, mas sólo una plena de inocencia y candor: la de Thelma. Agregó que la había guardado como una muestra de lo que sobresale por encima lo común, del efímero deseo material, de la trivialidad. Se quedó un momento pensativo y concluyó: “Son incomprensibles los arreglos encubiertos de la vida. Como si hubieses sido tú el ángel elegido para propiciar nuestro encuentro”. Roberto, con sus pensamientos y emociones sumidos en un violento torbellino, ante esa magna evidencia no pudo menos que concordar con el padre, y añadió: “Fui el aro que enlazó dos eslabones perdidos”.
Una vez Thelma a solas con la madre en el hotel, le reveló el secreto que desde hacía tanto tiempo custodiaba en el corazón; así podría entender el porqué de su malestar repentino en la casa de Roberto. Ya para finalizar la conversación, unos recatados toques en la puerta la hicieron acudir con premura y, al abrir y verlo de nuevo frente a ella, una fuerte conmoción casi la hizo tambalear; no obstante se sobrepuso y lo miró con firmeza, incrédula de que fuera el mismo hombre que le había impregnado de amor su tierna existencia. Allí continuaba él, con su inalterada beldad y su sonrisa cautivadora, igual que la primera vez que lo vio proyectado en la pantalla de cine. Entonces, con gesto delicado, Tito le hizo entrega de su escrito pasado. Cuando Thelma constató que era su ingenua misiva de niña, volvió a mirarlo alucinada, y hasta allí pudo contener el impetuoso caudal de emociones que la estrujaban por dentro. Un impulso incontrolable la arrojó a sus brazos, y él la acogió con vehemencia en su pecho. Así permanecieron unos segundos eternos, en silencio, sintiendo cómo se entrelazaban sus dos corrientes de vida, hasta que Tito, con sedosa voz sensual, le susurró al oído: “Un amor como éste no puede perderse en el vacío”.
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